El estreno de The Post de Steven Spielberg no podría caer en mejor momento para revitalizar la libertad de prensa en la era Trump. Relato sobre los tiempos heroicos del Washington Post y el escándalo de los “papeles del Pentágono” en plena guerra de Vietnam (1971), el último film de Spielberg concentra su tensión en las relaciones conflictivas y hasta incendiarias entre la prensa y el poder; y las relaciones humanas que se van dando entre periodistas y políticos.

The Post: los oscuros secretos del Pentágono
Dirección: Steven Spielberg
Guión: Liz Hannah, Josh Singer
País: Estados Unidos
Elenco: Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson
Productores: Steven Spielberg, Kristie Macosko, Amy Pascal
Duración: 116 minutos
Año: 2017

El lema que adoptó el Washington Post después de la elección de Donald Trump tenía tintes batmanescos: “La democracia muere en la oscuridad”. Ahora, de la mano de Steven Spielberg, el periódico estadounidense ya tiene lo que demanda todo superhéroe: una historia de origen.

The Post: los oscuros secretos del Pentágono es el relato de un momento fundamental en la vida del diario. La película abre en Vietnam, 1966. El año en que a Daniel Ellsberg, soldado de a pie en la jungla y analista al mismo tiempo, le entra un ataque de consciencia. A bordo del avión que lo lleva de regreso a casa escucha al Secretario de Defensa admitir que la guerra es un desastre. Al aterrizar, el mismo secretario declara orondo ante las cámaras que todo va de maravilla.

Para Ellsberg el cinismo es indefendible, y entonces decide fotocopiar un estudio secreto que el Departamento de Defensa había encargado a una serie de militares y académicos sobre la guerra. En los documentos —cuya extracción Spielberg filma con la misma tensión que un asalto bancario— se revela lo que él había visto en primer plano: el gobierno hacía cosas muy distintas a las que decía en público. Por ejemplo, mandar cada vez más soldados a la guerra pese a que todos los indicadores apuntaban hacia una derrota. Para Washington era preferible la simulación al reconocimiento del fracaso.

Ellsberg filtra los llamados “papeles del Pentágono” a un periodista del New York Times. El 13 de junio de 1971 el diario neoyorquino abre con el informe secreto en la portada. Por las mismas fechas, el Washington Post —hasta entonces un diario con aspiraciones más modestas, de corte más bien dinástico jet-set— se propone convertirse en una compañía pública y vender acciones con vistas a una expansión más ambiciosa. Dos figuras comandan el esfuerzo: Katharine Graham (interpretada por Meryl Streep), la presidenta de la compañía, encargada de los desayunos y la sonrisa hacia políticos y banqueros, y Ben Bradlee (Tom Hanks), el director editorial del diario, encargado de los titulares y el trabajo con los reporteros.

Cuando el New York Times publica parte de los documentos filtrados, Bradlee —y todo mundo en el Post— sostiene un ejemplar de la competencia entre manos, y lo devora con algo que podría llamarse admiración rabiosa o envidia complaciente y para lo cual seguro existe una palabra larga y precisa en alemán.

La película, por cierto, no muestra a ningún ciudadano leyendo el diario, con lo que Spielberg parece poner en pantalla algo cercano a un adagio del oficio, con el que más de uno que haya pasado por una redacción puede comulgar: los periodistas son aquellos que se leen entre ellos.

En medio de ese feliz maridaje gremial la nota de la discordia son los políticos, aquello de lo que los periodistas escriben, sus otros lectores. Al ver The Post queda claro que Julio Scherer no era un animal exótico cuando decía que no tenía reparo alguno en aceptar cualquier invitación a Los Pinos. “Es difícil decirle que no al presidente”, dice Graham en una escena, para justificar algún paseo en barco con Lyndon Johnson —y para mostrar el contubernio que existía entre el periódico y la Casa Blanca hasta antes de que se filtraran los documentos—. Bradlee tiene en la sala de su casa una foto enmarcada: una tarde cualquiera que pasaron su esposa y él con John F. Kennedy y Jacqueline Onassis.

Cuando Bradlee y Graham leen los “papeles del Pentágono” descubren que aquellos a quienes creían sus amigos les mentían de forma descarada. La traición, más que una cuestión patriótica, es un tema personal. Graham va a casa de Robert McNamara, el Secretario de Defensa que había encargado el estudio, para echarle en cara la desvergüenza. “Mi hijo fue a Vietnam”, le dice el personaje de Streep al Secretario, incapaz de creer que su amigo había jugado con la vida del muchacho sin ningún escrúpulo. Lo que se rompe en esa escena en particular no es la confianza del público estadounidense en sus líderes, sino la certidumbre que tenían los periodistas al pensar que los políticos estaban de su lado.

El periodismo, de acuerdo con la visión de la película –una visión cínica que quizá escapa al registro general de la cinta, donde la cámara juega y se mueve todo el tiempo, donde la caja que contiene los archivos filtrados se filma como si fuera el arca perdida que tanto había buscado el profesor Jones– nace como una especie de revancha, la vendetta en ocho columnas que surge de esa traición cainita.

Graham decide, pues, publicar los archivos secretos en primera plana, ir en contra de los banqueros que se habían puesto nerviosos, del resto de la junta directiva del periódico, del juez federal que lo había prohibido. El caso llega hasta la Suprema Corte. Tal como en La lista de Schindler, la virtud del personaje principal reside en su capacidad de renunciar a aquello que había sido siempre. En la cinta de Spielberg de 1993, el capitalista sin escrúpulos se despoja al final de su abrigo y sus anillos. En su nueva película, la anfitriona que solía levantarse de la mesa para dejar a los hombres hablar de política toma el teléfono y habla por encima de ellos. Héroes de la traición, que diría Javier Cercas.

Al igual que en Schindler, cuando un grupo de sobrevivientes del exterminio nazi hace fila para rendir homenaje al protagonista en su tumba, The Post tiene un momento de reconocimiento y reivindicación parecido que completa el arco de Graham: después de que la Justicia se ha puesto de parte de los diarios, el personaje de Meryl Streep baja por la escalinata de la Suprema Corte ante la mirada atenta y casi mística de una fila de mujeres que le abren el paso al ángel.

Hace poco el New York Times publicó un artículo que hablaba sobre cómo Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, fundador de Amazon y dueño del Washington Post, había empezado a salir de las sombras y a tener cada vez más cosas que decir acerca de cuestiones políticas. Bezos, según la nota, está construyendo una nueva mansión en Washington, donde planea pasar más tiempo y organizar fiestas, cenas, recepciones. Sus nuevos vecinos en el barrio serían los Obama y el matrimonio Ivanka Trump-Jared Kushner. El empresario, que nunca se ha distinguido, hasta ahora, por participar en la conversación pública, por hacer visible su postura ante ciertos temas, hizo recientemente una donación destinada a apoyar con becas a los llamados dreamers y otra a una campaña que defiende el derecho al matrimonio igualitario. Hace un mes, cuando la The Post se estrenó en Estados Unidos, Bezos caminaba del brazo de Meryl Streep y Tom Hanks por la alfombra roja.

Spielberg, un maestro para estas cosas, mira con claridad al protagonista de su próxima película y el estudio que podría financiarla.

 

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.