Camino a Marte funge como un pertinente recordatorio de que, sin importar el origen, alguien distinto puede aportarnos algo.

Camino a Marte, 2017
Director: Humberto Hinojosa Ozcariz.
Guión: Anton Goenechea, Humberto Hinojosa Ozcariz.
Elenco: Luis Gerardo Méndez, Camila Sodi y Tessa Ia.


En un cine mexicano plagado de películas sobre narcotráfico y de comedias sosas, se agradece que Humberto Hinojosa haya coescrito y dirigido Camino a Marte, una cinta sobre un joven aparentemente de otro planeta que se encuentra con dos mujeres: Emilia (Ia) y Violeta (Sodi).

De inicio, ambas se muestran reticentes a los raros comportamientos de este personaje; no habla, trae un casco puesto, y cuando finalmente se lo quitan, parece asombrase de todo lo que ve; como si nunca hubiera visto o sentido nada así antes.

Muy al estilo de Hinojosa, esta tercera película retoma el tópico de la transición de joven-adulto, los enamoramientos que transforman y los sentimientos frente a la vida.

A los tres protagonistas: Luis Gerardo Méndez, Camila Sodi y Tessa Ia los hemos visto en mejores papeles; aunque a Méndez se le recuerde por Nosotros lo Nobles, o Club de Cuervos, era apantallante en la obra El curioso incidente del perro a media noche; Sodi realizó un papel sumamente digno en A que no me dejas e Issa sorprendió en Después de Lucía y recientemente en Los adioses (a estrenarse en marzo). 

Aquí Luis Gerardo tiene más oportunidad de lucimiento, pero la trama carece de suficientes puntos dramáticos para el personaje. Aunque plantea diálogos existencialistas que podrían haber dado para más, se quedan en anécdotas.

A la par, estas jóvenes tienen mucha química (son medias hermanas en la vida real) pero solo parecen reaccionar a lo que Mark (como lo bautizan) hace en este road trip por Baja California, aún cuando una de ellas enfrenta un asunto de vida o muerte.

No obstante, al personaje de Méndez hay mucho que aprenderle, y aunque Emilia y Violeta inicialmente lo critiquen y no lo entiendan, poco a poco esta mirada curiosa se les contagia. Aprenden a ver las cosas con esa importante capacidad de asombro, a maravillarse de las montañas, los caballos, o el viento.

“Sería mejor que él fuera normal”, dice en algún momento Emilia.

“Ninguno es normal”, le responde Violeta. Y es ahí, en esa breve conversación, en donde está el encanto de esta película; ¿quién es normal? y ¿por qué cuando algo no se parece a lo que conocemos, lo rechazamos?

En tiempos como los que estamos viviendo, con un presidente vecino que se muestra sumamente intolerante a los inmigrantes y a evidentes realidades como el calentamiento global (al que también se hace referencia en esta cinta), qué importante resulta escuchar y aprenderle a alguien diferente.

Porque en Camino a Marte este personaje podría provenir de cualquier planeta (o de la propia Tierra; quizá estaba en alucinógenos), pero aún así funge como un pertinente recordatorio de que, sin importar el origen, alguien distinto puede aportarnos algo.

Esa misma tesis la tenía Arrival, una de las mejores cintas del 2016 justamente por mostrar a seres extraterrestres que, lejos de querer destruir el mundo, querían mejorarlo.

En menor y más económica escala, pienso que eso mismo logra Camino a Marte, es una bocanada de aire fresco que nos motiva a perdernos para después encontrarnos; que nos reta a cuestionarnos. Una película que lleva a observar, entender y aceptar lo diferente. Sea de éste o de cualquier otro planeta.

 

Mariana Mijares
Crítica de cine.