Tierra de cárteles

Al inicio de Tierra de Cárteles (Cartel Land, 2015) un hombre recorre la frontera entre Arizona y México: “Me gusta pensar que lo que hago es bueno, y que contra lo que estoy luchando es maligno”, reflexiona mientras muestra su vestimenta y equipo militarizado. Pertenece a Arizona Border Recon, un grupo de autodenomiados vigilantes. Lo maligno a lo que hace referencia son los migrantes mexicanos y de otras nacionalidades que cruzan la frontera con Estados Unidos. Pero sobre todo los cárteles, aquellos que buscan, según ellos, destruir su país.

cartel-land-poster

Del otro lado de la frontera, en Michoacán, comienza a surgir un levantamiento. En las plazas de las ciudades, en los zócalos, improvisadas asambleas toman lugar; el mensaje es claro: el Estado ha sido rebasado y es necesario tomar las armas para poder sobrevivir. Las caravanas de camionetas comienzan a recorrer los caminos michoacanos –sus pasajeros portan armas.

Sobre este contraste, grosso modo, es que se construye y desarrolla Tierra de Cárteles, documental de Matthew Heineman galardonado en el festival de Sundance. Si bien diametralmente distintos, la cinta pretende demostrar que los vigilantes de ambos lados de la frontera están unidos por un elemento común: buscar un fin mediante el uso privado de la violencia. ¿Qué motiva –pregunta implícitamente Heineman– a que alguien abandone su vida habitual y tome las armas? Sin embargo, tanto el espectador como Heineman, descubrirán que los ejemplos no son realmente comparables. La pregunta, al inicio válida, no puede ser respondida a través del contraste que se nos plantea.

En una entrevista, Heineman menciona que la idea de la película surgió a raíz de un artículo publicado en Rolling Stone sobre los patrulleros fronterizos en Arizona. Su propósito original era contar esa historia, y explorar las motivaciones de ese particular grupo de hombres dedicados a tiempo completo a expulsar inmigrantes. Una vez ahí, sin embargo, se enteró de los acontecimientos que estaban ocurriendo en Tepalcatepec y otros municipios de Michoacán. Subrayo el origen porque es determinante para el disparejo resultado que la cinta ofrece.

Es particularmente notable, por ejemplo, la distancia objetiva con la que Heineman retrata a los vigilantes estadunidenses. Hay en su retrato una falta de empatía que permite mantener una visión crítica, matizada, de sus personajes. Todo eso se pierde al llegar a Michoacán. El escenario al que llega, que no es exagerado describir como una zona de guerra, es desconcertante. El nivel de violencia y de sufrimiento, así como la ausencia de bandos reconocibles (no olvidemos que la narrativa dicotómica de buenos y malos es una de las más graves herencias de nuestra guerra), desorientan al documentalista.

Frente a esta situación, la distancia objetiva desaparece, en gran medida por lo seductor que resulta como personaje el doctor José Manuel Mireles. A diferencia del vigilante estadunidense, la personalidad de Mireles: temerario, arrojado, echado para delante, es irresistible –y Matthew Heineman no puede escapar de su atractivo.

A lo largo de la cinta, Heineman acompaña a Mireles: muestra su gran poder de convencimiento en las asambleas locales, retrata el liderazgo que ejerce en las autodefensas, exhibe su vida personal y amorosa. El retrato de Mireles como personaje, interesante sin duda, tiene un costo: la poca profundidad con la que el fenómeno de las autodefensas es analizado. La narrativa del líder, del alzado, se desarrolla en detrimento de una verdadera respuesta a la pregunta original: ¿qué hace que algunas personas se levanten en armas?

Dicho lo anterior, el trabajo de Heineman no carece de méritos. La osadía con la que se inmerge en los enfrentamientos y operativos de las autodefensas, nos ofrece un atinado retrato de las condiciones de violencia que se viven en nuestro país, y que vistas fuera de contexto bien podrían pasar por el Afganistán e Irak de la década pasada. Sin embargo, es esto también parte del problema: el retrato, por valiente y atinado que sea, no deja espacio para introducir preguntas importantes: ¿De dónde vienen estas personas? ¿Es legítimo lo que están haciendo? ¿De dónde obtienen armas, dinero? ¿Debemos confiar en sus motivos y en sus métodos? Las preguntas objetivas, para decirlo pronto, que se formularon durante meses por distintos periodistas mexicanos.

En cambio, se ofrece al espectador escenas de enfrentamiento tras enfrentamiento, con el audio sobrepuesto de noticieros como único hilo conductor. De ahí que cuando el sorprendente desenlace es ofrecido, y se nos revela que las autodefensas michoacanas fueron infiltradas por el crimen organizado, no es realmente una sorpresa. O dicho de otra forma: sorprende porque a lo largo del documental el cineasta no se detuvo a reparar en esos detalles.

El contraste con los patrulleros de Arizona, he mencionado, es disparejo y acaso fuera de lugar. Pero tiene otra implicación: el retrato de la violencia mexicana, así como la simbiosis entre fuerzas de seguridad estatales y organizaciones criminales termina legitimando, en cierto sentido, sus posturas xenófobas. Aquel bueno y maligno que menciona el vigilante al inicio, termina siendo ilustrado en esos términos simplificados; de un lado del muro: muerte y destrucción; del otro: la defensa legítima de un modo de vida.

Es por ello que los momentos más brillantes que ofrece Tierra de cárteles son aquellos que escapan a esta clasificación maniquea, aquellos en los que la tenebra de la ambigüedad rodea las actividades de las autodefensas. Pienso particularmente en la secuencia que muestra cómo es que los alzados obtienen información de sus enemigos, la arbitrariedad con la que actúan, y los excesos que cometen. En esos momentos, los más escalofriantes pero sin duda los más interesantes de la cinta, son en los que Heineman, lejos de la atracción de Mireles, recupera su distancia crítica.

Posiblemente algún día, en el futuro, se nos ofrezca una obra que arroje luz sobre el fenómeno de las autodefensas. Algo que, si bien no las explique por completo, nos permita entender mejor las motivaciones de su surgimiento y las razones de su eventual fracaso. Tierra de cárteles es un ilustrador retrato de un momento determinado, un ejercicio valiente por parte de quien arriesgó la vida por obtener las imágenes que se nos muestran. Pero no es mucho más.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Cine