El 22 de febrero se cumplen 80 años de la muerte del gran poeta de la República española, Antonio Machado. Esta crónica revive las distintas conmemoraciones, su simbolismo, por todo el sur de Francia y los puentes que se estrechan con México.

A dos guardianes de la poesía, Serge Pey y Modesta Suárez

Surcos

Cuando se conmemoró el centenario de Machado, en 2014, yo me encontraba en una de sus rutas del exilio. Más bien, estaba en el camino de la tan mal llamada “Retirada” —la gran marcha de españoles huyendo de la guerra civil hacia Francia— donde quedarían sus huellas imborrables. La Universidad de Toulouse, donde en ese entonces estudiaba, lleva esa marca en su dirección postal, en sus centros y programas de estudio, en las historias y apellidos de sus profesores. A veces, en los días preclaros del invierno, se llegaba a ver a lo lejos, desde el punto más alto del Pont Neuf o desde el último piso de la biblioteca, la hilera de picos nevados de los Pirineos, colosos vigilantes de la memoria y barrera natural que difuminaba azulado el aire pero la historia devolvía como una sombra siempre reconocible: la del paso de decenas de miles huyendo del fascismo y los bombardeos. En esa cordillera fronteriza se habían sembrado caminos de condena y gloria, ahora sin nombre, como por los que Machado se preguntaba: “¿Para qué llamar caminos / a los surcos del azar?”.

Historia de dos banderas

Colgada de los balcones y terrazas de Toulouse yo había visto muchas veces esa bandera, la de tres franjas, roja, amarilla y morada, símbolo de la Segunda República. Una mañana de mayo, el poeta Serge Pey, el último beatnik de Francia, el hombre del poema acción y de la etnopoesía (rasgo que comparte con Jerome Rothenberg), que había convivido con los Wixárika durante meses y escrito sobre ellos y amaba a México —el país en que nació su hija— y a sus poetas, leería algunos versos y emprendería “La marche de la poésie” (El camino o la marcha de la poesía) llevando consigo un morral al hombro y un curioso bastón pintado. Su destino era Collioure, en concreto, el cementerio y la tumba más visitada: la de Machado. Como mi amiga Modesta, hija de una anarquista y un comunista españoles exiliados y profesora en la universidad, no podía asistir, mi encomienda era simple: llevarle a Pey, para su peregrinación a Collioure, la bandera republicana de José Suárez, el padre de Modesta recién fallecido a los 98 años, que había encontrado su camino al exilio por los senderos blancos de los Pirineos en el otoño de 1939. Aunque entendía la importancia del símbolo, por ese entonces seguía creyendo que toda bandera encierra un orgullo sectario, irracional, inútil, capaz de cerrar mundos, sellar exclusiones y justificarse. Pero a diferencia de otras, en este caso la bandera era un estandarte imposible, el vivo color de una utopía que se destiñe sin perder la esperanza de ser restaurada. Cuando llegué a entregársela, con menos solemnidad con la que escribo ahora y en mitad de sus efusivos abrazos, Pey recordó a José y a todos los exiliados, a los hijos de los exiliados, y a los hijos de los hijos de los exiliados, y agradecía a Modesta, “una de las pocas guardianas de la poesía en Toulouse”.

También agradecía a México. En ese entonces yo no había leído esa obra preciosa que es Los rojos de ultramar de Jordi Soler. La novela desemboca, en un punto crucial, en una anécdota tan terrible y patética como las que solo producen las guerras. La legación mexicana en Francia se tuvo que atrincherar, bajo el régimen de Vichy, en tres suites del hotel de Midi de Montauban (a una hora en coche al norte de Toulouse). Gracias al incansable servicio del embajador Luis Rodríguez, esos tres cuartos se volvieron durante la ocupación un asilo efímeramente seguro para los republicanos que quedaban y que no habían sucumbido a las redadas de la Gestapo y de los agentes de Franco. Manuel Azaña, presidente de la República, al que perseguían los colaboracionistas de Vichy, falleció guarecido ahí una tarde de noviembre de 1940. Pétain, que buscaba boicotear el entierro, se había opuesto rotundamente a que lo envolvieran con las tres franjas republicanas. Ante la autoridad de Vichy, Rodríguez consiguió que el féretro y su mínimo cortejo llegaran en paz al panteón y dijo: “entonces lo cubrirá con orgullo la bandera mexicana, para nosotros será un privilegio, para los republicanos unas esperanza y para ustedes una dolorosa lección”.

A veces la carga simbólica de las banderas se torna en escudo jurídico. Pero en mayo de 2014 Pey solo llevaba el aura de conmemoración y memoria protectora. La bandera en una mano, levantó el bastón con la otra y de cerca pude ver bien que entre los ribetes rojos había escrito diminutos poemas que ahora leía y que leería durante todo su camino a Collioure.

Los pies del recuerdo absoluto

La marcha empezaba esa tarde y llevaría a Pey y demás seguidores —a los que por desgracia no pude unirme más tiempo— por un recorrido a pie de unos 200 kilómetros. Harían una suerte de camino de Machado por todo el canal de Midi hasta llegar al cementerio. El canal fue construido por Pierre-Paul Riquet, un ingeniero visionario de finales del XVII, con una ambición de aires bíblicos: unir los mares. Es decir, permitir la navegación fluvial, de pasajeros y mercancías, del Mediterráneo al Atlántico (por Bordeaux). A la sombra de los altísimos plátanos y sus cortezas blancas, los caminantes irían leyendo versos, organizando comidas, conciertos, charlas y declamaciones, y reuniendo cartas, harían camino al andar tras las huellas que Pey iba dejando en sus declamaciones o con los caminos de los versos de Machado que evocaba Pey al caminar. Con él a la cabeza todo daba una impresión de tropa de circo, de festival itinerante. Antes de partir leyó el propósito, casi litúrgico, de todo aquello:

La poesía anula el tiempo, pero, mediante ese gesto, funda también un recuerdo absoluto. Su trabajo de verdad convoca paréntesis del porvenir revelando pasados y presentes que la Historia no puede saciar. Lengua que transforma la vida, y vida que la trastorna de vuelta, es la luz de un invisible que cuenta un mundo que no vemos de tanto verlo. Lo real que se fuga frente a nosotros cuando queremos asirlo, regresa a nuestras bocas como un cuchillo, haciendo sangrar nuestras palabras.

La poesía cuenta historias de la poesía, y la poesía es una historia que la Historia no conoce. Exploradora de las incógnitas de lo real, se convierte en la incógnita fundamental que nos constituye.

En la hora en que la humanidad olvida sus poemas, el deber de la poesía tiene el deber de todas sus memorias.

Así en los caminos y en los paisajes de los turismos del mar, antaño erizados de púas y de torres de control, ¿quién se acuerda aún de los exiliados de una República de poetas que han caminado por nuestra historia como palabras que están de pie?

No olvidemos. En 1939, con las tropas franquistas pisándoles los talones, quinientos mil republicanos llegaron a la frontera francesa, donde, a ciertos, los esperaban los campos de concentración, la muerte por enfermedad, y pronto, a muchos, la deportación. Entre ellos, camina titubeante el poeta de la transparencia: Antonio Machado. Tiene 64 años. Está extenuado. Junto con su madre, se bajarán a un furgón policial en Cerbère. Su primera noche en tierra de exilio la pasan en un vagón olvidado, en el frío, en una vía muerta de la Historia. El miércoles 22 de febrero, a las tres y media de la tarde él muere mientras su madre agoniza en el mismo cuarto.

La noticia de la muerte del poeta se difunde muy rápido entre los exiliados catalanes y españoles.

Pero, hoy, muchos lo han olvidado. Los funcionarios patentados de nuestra civilización del olvido metódicamente se organizan para borrar la historia.

Un puñado de caminantes de la poesía sin embargo lo recuerda, en sus puños y en sus canciones.

Una época en la que los poemas son aventados en las cunetas de la escuela y en las desagües de la mercancía, la poesía debe inventar nuevas páginas para escribirse. Así es nuestra marcha.

El 16 de mayo de 2014 salgo de la avenida Antonio Machado, dirección histórica de la Universidad de Toulouse-Le Mirail, y caminaré hasta el cementerio de Collioure en el que está la tumba de Antonio Machado.

Un poeta es también un cartero. En mi morral llevaré cientos de cartas escritas por niños que remitiré a la tumba de Machado el sábado 31 de mayo, a las 11 de la mañana. Una de las raras tumbas en el mundo en la que han colocado un buzón.

En todo este recorrido, subiré por el canal de Midi hasta Carcassonne y atravesaré Corbières hasta el Mediterráneo. Mis etapas de poesía: Ramonville, Castelnaudary, le seuil de Naurouze, Bram, Carcassonne, Mayronnes, Laroque de Fa, Cucugnan, Quéribus, Tautavel, Rivesaltes, Elne, Saint Cyprien, Argelès, Perpignan…

Durante todo este andar de quince días, evocaré la memoria de la poesía así como la Odisea de los exiliados de la República española.

Un alto de resistencia se hará en cada campo de concentración que haya visto la detención de aquellos que querían cumplir la esperanza.

Esta marcha también es una marcha para la poesía, quebrada y sacrificada por estos tiempos de asesinos.

La muerte del poeta es la de la poesía que debe sin cesar renacer de sus cenizas para reinventarse.

Antonio Machado no es solamente una calle anónima en un barrio de Toulouse.

La tumba de Antonio Machado es también una cuna que acoge nuestros nacimientos. Su buzón, como una boca, está ahí para dar testimonio. Los cientos de cartas que me han sido confiadas son un llamado a los vivos.

Evocaré así con mis pies a los que mi amigo Rafael Alberti llamó alguna vez los “poetas del sacrificio”: Federico García Lorca, asesinado en una barranca de Viznar (Granada) y Miguel Hernández, muerto por tuberculosis en la prisión de Alicante. Asociaré del mismo modo la memoria de Walter Benjamin en Port-Bou, cuyo nombre porta el del final de un viaje, ese cabo del puerto, ahí donde un mar infinito nos espera.

El último verso de Antonio Machado, garabateado en un pedazo de papel arrugado, hallado en su bolsillo era el siguiente:

Estos días azules y este sol de la infancia 

“Estos días azules y este sol de la infancia” son los nuestros.

Mi marcha, nuestra marcha, será la de una victoria y no la de una retirada.

Antonio Machado nunca se retiró. La poesía tampoco.

Tenemos pies en la boca que no paran de caminar.

Hoy como entonces, los pueblos del sur de Francia y los Pirineos recuerdan el exilio y los caminos de Machado. Entre sus mundos sutiles / ingrávidos y gentiles cabe recordar no solo sus versos sino las decenas de artículos que escribió durante la huida. En Valencia, mientras la guerra acechaba, se publica el 18 de marzo de 1937 en El Pueblo uno de sus textos más representativos del periodo de la guerra, con estos versos iniciales:

Frente a la palma de fuego
que deja el sol que se va,
en la tarde silenciosa
y en este jardín de paz,
mientras Valencia florida
se bebe el Guadalviar
—Valencia de finas torres,
en el lírico cielo de Ausías March,
trocando su río en rosas
antes que llegue a la mar—,
pienso en la guerra. La guerra
viene como un huracán
por los páramos del alto Duero,
por las llanuras del pan llevar,
desde la fértil Extremadura
a estos jardines de limonar,
desde los grises cielos astures
a las marismas de luz y sal.
Pienso en España vendida toda
de río a río, de monte a monte, de mar a mar.

Sigue un discurso en prosa, en el que Machado culpa a la “trágica frivolidad de los reaccionarios”, sus artimañas para vender el país a las potencias fascistas extranjeras.

Antonio Machado, retrato de Joaquín Sorolla, 31 de diciembre de 1917. Fuente: Wikisource.

Tan interesantes y originales son las reflexiones que va publicando en revistas republicanas y en periódicos bajo el pseudónimo de su otro “yo” lírico, Juan de Mairena. En Hora de España, Mairena publica en octubre de 1937 una aguda percepción de la guerra mundial inminente. Como recoge su biógrafo más importante, Ian Gibson (en Ligero de equipaje), Mairena vive con la preocupación de la paz perdida y reformula el dicho romano del belicismo perpetuo Si vis pacem para bellum (“Si quieres paz prepara la guerra”) así: “Si quieres paz, prepárate para vivir en paz con todo el mundo”. Cuánta falta le harían a muchos de los políticos actuales, marrulleros, bocones, acercarse no solo a los versos sino al pensamiento social y político de Machado-Mairena. Pero la fórmula idealista de J. F. Kennedy: “Si hubiera más políticos que supieran de poesía, y más poetas que entendieran de política, el mundo sería un lugar mejor para vivir”, parece abocada al mismo destino fúnebre que el del expresidente. Los poetas como Machado entendieron sus circunstancias y las de su nación porque eran arrolladoras, y vivían en carne propia, atropello tras atropello, el curso cruel de la Historia.

Pero, como decía Pey, siempre hay otra historia que contar y que ofrece otro salvoconducto al horror de las guerras, a la maldición de su recuerdo. Una parte de esa otra historia se está contando y escribiendo hoy en un buzón de Collioure que se llena de cartas. Acaso todos los poetas del exilio merecerían uno. Ahí está la historia íntima de sus lectores, el diálogo posible entre anónimos y desconocidos, formas de encuentro que solo se dan en el silencio de la lectura y la escritura. Ese buzón es felizmente uno de los surcos del azar para llegar a Machado.

 

Álvaro Ruiz Rodilla