El 14 de febrero de 1989 el escritor Salman Rushdie era condenado a muerte por el ayatola Jomeini. Las consecuencias de este gesto de fanatismo sin parangón en la historia contemporánea fueron una serie de amenazas y asesinatos no resueltos, pero también indignación mundial y la resistencia risueña del autor de Los versos satánicos.

Uno de los mayores atentados cometidos contra la libertad de expresión, si es que no el mayor, tanto a nivel individual como universal, lo perpetraría el ayatola Jomeini el 14 de febrero de 1989 cuando decretó la fatwa, es decir la sentencia de muerte, contra “el autor del libro Los versos satánicos —el cual es contrario al islam, al Profeta y al Corán—, y contra todos aquellos involucrados en su publicación y que son conscientes de su contenido” (sic).

La cosa iba en serio y lo pagó con la vida el traductor de ese libro al japonés, Hitoshi Igarashi (nacido un 10 de junio, como yo, ocho años antes que él). A Igarashi lo apuñaló una media docena de veces un agresor desconocido, falleciendo en el acto, y encontraron su cadáver el 12 de julio de 1991 en su despacho de la Universidad de Tsukuba, Ibaraki, Japón.

Ilustración: Oldemar González

(Dicho sea de paso, corre por Internet una de esas fake news que hacen las delicias de quienes no se toman la molestia de ponerse a averiguar si son verdad o mentira. Según ésta a la que me refiero, Japón no sufre peligro a causa del islam ya que el islam está prohibido en el país; hasta se aduce el testimonio de un profesor de la Universidad de Tokio, quien dizque dijo que “existe una percepción en los japoneses de que el islam es una religión para mentes muy estrechas, y se debe permanecer lejos de ella”. Puro invento, como podrán comprobar aquí).

Dos años más tarde del asesinato de Igarashi, al editor noruego de Los versos satánicos, William Nygaard, le dispararon tres tiros por la espalda en Oslo, y pudo sobrevivir al atentado. Pero del mismo modo que la policía japonesa jamás siguió la pista que hubiese conducido al país de los ayatolas y cerró el caso en el 2006, la policía noruega cerró su investigación en el 2007 sin seguir jamás la pista que conducía a Teherán. Recién ahora, solo dos años antes de que prescribiera el plazo legal para continuar con la persecución judicial, y ante la fuerte presión de la opinión pública, la policía noruega abrió de nuevo el expediente.

Pero adonde quiero llegar es al colmo de la demencia moral, más allá de asesinatos y atentados, que tan solo (¡tan solo!) son delitos de sangre. En febrero de 1995, con la indubitable intención de conmemorar el sexto aniversario de la fatwa, una organización iraní próxima al gobierno de Teherán, cuya finalidad es la divulgación del islam, organizó un concurso literario. En él se premiarían los tres mejores cuentos, y las tres premiaciones consistirían, respectivamente, en diez, cinco y dos monedas de oro.

Hasta aquí santo y bueno, porque los concursos literarios, por muy desacreditados que estén, siempre dependen de sus jurados, y éstos, como seres humanos que son, están expuestos al error y alguna vez se equivocan y premian algo de verdadera calidad. Pienso aquí por ejemplo en La guerra del general Escobar, de José Luis de Olaizola, Premio Planeta 1983, “un clásico”, en la opinión admirativa de Álvaro Mutis.

Solo que el concurso creado en 1995 en Teherán no era de tema libre, cosa que tampoco objetaría uno si el tema hubiese sido, sin ir más lejos, el elogio de las rosas de Isfahán, famosas por su aroma. Pero no era así: el obligado tema de los cuentos aspirantes a ganar ese concurso (¡agárrense, que vienen curvas!) era el miedo que debía estar padeciendo Salman Rushdie a consecuencia de su vida de proscrito, en la clandestinidad, protegido por Scotland Yard y temiendo a diario, a cada hora, a cada minuto, a cada segundo, la ejecución de la fatwa.

Convengamos en que, para empezar, no se entiende muy bien cómo un concurso literario, con un tema tan monstruoso e inhumano, puede fomentar la divulgación del islam. Se entiende, eso sí, perfectamente, que tienen que haber sido unas mentes mezquinas y deformes las que parieron semejante monstruosidad. O sea, mi querido don Paco (de Goya y Lucientes), que no es tan solo el sueño de la razón el que engendra monstruos: también el de la sinrazón.

No hay noticias (al menos que yo sepa rastrear) acerca de en qué quedó el malhadado concurso, pero a mí me gusta pensar que el tiro le salió por la culata a sus organizadores; me gusta pensar que hubo que declarar desierto el premio porque los iraníes demostraron suficiente coraje como para no presentar ningún cuento al concurso. Aunque una voz interna me susurra que no debo ser tan optimista, siempre hay algún hideputa capaz de escribir una infamia tal. Pero me gusta pensar que también pudo haber alguien escudado en el chador de un seudónimo, alguien con el suficiente valor como para presentar a concurso un cuento en el que se describiese el miedo de Salman Rushdie comparándolo con el que pasarán quienes lo condenaron a muerte cuando comparezcan ante el Dios misericordioso que es el Alá del Corán.

Seductora, al menos, se me figura una tercera posibilidad, y no la descarto a priori: me gusta pensar que el propio Salman Rushdie se presentara al concurso con un borrador del relato autobiográfico Joseph Anton (su nombre de proscrito, un homenaje a Conrad y a Chéjov). En ese caso, y si el fundamentalismo no fuese un fascismo, y el jurado de Teherán reconociera la indudable mejor prestación testimonial (amén de literaria) del concursante Salman Rushdie, el premio, en vez de esas fementidas monedas de oro, que tanto hieden a Judas, no podría ser otro que la conmutación de la fatwa.

En el 2015 Salman Rushdie visitó Colombia y Héctor Abad Faciolince presentó con él la traducción al español de Dos años, ocho meses y veintiocho noches, entonces el último libro de su gran colega, y publicó en El Espectador de Bogotá palabras muy ciertas:

La izquierda mojigata, la izquierda que desprecia las “libertades burguesas” (de expresión, de prensa, de sufragio, de movimiento), la izquierda biempensante que se llena la boca con palabras grandes (antiimperialismo, neocolonialismo, unión de los pueblos oprimidos del sur), considera un error criticar al islam y a los islamistas. La suya sería una lucha desesperada de un pueblo oprimido que por casualidad asume el ropaje de la religión.

Si alguien se ríe del Papa de Roma, está bien; si alguien ironiza sobre los predicadores evangélicos norteamericanos, no hay problema; si un caricaturista pinta a Obama como un orangután, perfecto. Pero como los islamistas son del tercer mundo y denuncian a Estados Unidos como el imperio del mal, y a Francia, Gran Bretaña y España como sus aliados, entonces criticar al terrorismo islámico (o pintar al profeta) es lo mismo que apoyar los bombardeos del hombre blanco occidental. Frente al islam dicen que hay que ir con maña, que no podemos ser ofensivos con esa cultura y esa religión que hace medio milenio era más tolerante y culta que la católica.

¡Medio milenio! ¡Tan largo me lo fían!                                            

Ese mismo año 2015, el Círculo de Bellas Artes madrileño, una de las más altas instituciones culturales del idioma español, le concedió su Medalla de Oro a Salman Rushdie, y en el acto de la entrega Antonio Muñoz Molina evocó el primer encuentro que tuvo con él, y lo retrató de este modo:

la primera cosa que me sorprendió cuando lo conocí, hace ya veinte años, en Granada, fue que era un hombre con un gran sentido del humor, a pesar de que en aquel momento llevaba ya seis años escondido. Y no solo tenía una gran sentido del humor sino que, a diferencia de una gran cantidad de escritores que he conocido, ¡no tenía manía persecutoria! Supongo que cuando te persiguen de verdad, ya no hay manía…

Sí, Rushdie tenía y tiene mucho sentido del humor; estoy seguro que de haberse presentado al ominoso concurso de Teherán habría titulado su cuento así: “¡No sufro manía persecutoria!”

Para terminar, una pincelada cinematográfica. Su diálogo con Natasha en Bridget Jones, que es del año 2001 y certifica la exactitud de la observación de Muñoz Molina:

—Natasha: ¿Cuán autobiográfica es su obra, Salman?

—Salman Rushdie: ¿Sabe una cosa? Es algo asombroso, nadie me ha hecho nunca esa pregunta.

 

Ricardo Bada 
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.