La fiesta brava levanta polémicas como pocos temas en la actualidad; una de las más recientes es en la que se ha visto implicado el documental Un filósofo en la arena, protagonizado por el filósofo Francis Wolff, que ha sido rechazado en diversos circuitos por su defensa de la tauromaquia. En esta entrevista el pensador francés, lejos de atrincherarse en una postura, trata de entablar una discusión basada en la búsqueda de conceptos.

Francis Wolff, fotografía de Marieclavier, bajo licencia de Creative Commons.


¿Qué es una corrida de toros? ¿Un arte? ¿Una forma gratuita de tortura? ¿Un placer sádico para algunos iniciados o un vestigio tradicional de viejos preceptos morales? ¿Es un acto de valentía o de cobardía pura? ¿Es acaso una fiesta o un funeral?

La fiesta brava parece destruir toda definición. Se trata, al mismo tiempo, de una representación sin guion ni actores, un juego de fortuna en donde los dados están cargados, un espectáculo de seducción femenina y embestida viril, algo arcaico y vivo, que respira apenas, entre viejas rencillas políticas y nuevos sueños sanitarios. Es un amasijo simbólico que se evade al acercamiento de los que no han sido iniciados y una imposibilidad de discusión sin que broten pasiones a flor de piel.

Ilustración: Víctor Solís

Como neófito, público lego y curioso profesional, fui a buscar respuestas para arrojar luz sobre esta disputa que parece eterna. Para eso, recurrí a un experto de la discusión y de los trajes de luces, un amante único de los toros y defensor de la fiesta brava que, a diferencia de tantos, no busca polémica. Un hombre al centro de una discusión violenta que quiere acallar gritos para escuchar razones porque su vocación de filósofo no está en el intercambio de pasiones, sino en la búsqueda de conceptos.

Francis Wolff, eminencia en filosofía clásica, profesor emérito de l’École Normale Supérieure de París, ha escrito decenas de libros que están en el centro de la conversación actual sobre el pensamiento aristotélico. Ahora, en los años en que deja la profesión de maestro para dedicarse, en pleno, a ser filósofo, su mirada se ha tornado hacia dos pasiones: la música y la fiesta brava. Como él mismo dice, una de estas pasiones es universalmente aceptada… la otra es vergonzosa. ¿Quién puede defender hoy en día las corridas de toros? ¿Quién puede hacerlo, orgulloso, frente a las acusaciones de sadismo, brutalidad y tortura?

Wolff, repito, no quiere polemizar. Su postura no alimenta el intercambio de gritos o descalificaciones, sino la tolerancia. La idea que porta como bandera es la de “darle sentido a una forma irracional de arte”. Así, busca argumentar su pasión por los toros, tratar de explicarla, acercarla a conceptos comunes para debatir con aquellos que fervientemente la rechazan.

Hasta ahora, ha escrito tres libros sobre el tema: Philosophie de la corrida (2007), 50 raisons de défendre la corrida (2010) y L’Appel de Séville. Discours de philosophie taurine à l’usage de tous (2011). El primero es un ensayo filosófico en torno a la fiesta brava que ha sido alabado, por su rigor y agudeza, por otros filósofos no menos polémicos, como André Comte-Sponville. En su segundo libro, mucho más cercano a un público general, aísla y separa todos los argumentos, los detalla paso a paso, para intentar salvar la corrida de toros.

Recientemente dos directores mexicanos buscaron ampliar el alcance de esta discusión al poner a Wolff en el corazón de una película: Un filósofo en la arena (2018). La cinta, que acaba de estrenarse en salas comerciales mexicanas, fue rechazada inmediatamente (como muchos de los libros de Wolff): festivales se negaron a proyectarla, llovieron trabas y bloqueos; y apenas empieza el juicio implacable de los espectadores en taquilla.

El problema del filósofo, de la película y de los documentalistas, es que la discusión es reticente. El pilar de la filosofía clásica, la razón de la mayéutica, no parece servir para mediar entre dos grupos profundamente polarizados. Entre todo esto, debo decirlo, soy el público ideal de Wolff. Él mismo me lo dijo: “Los más receptivos no son los aficionados, pero tampoco los fervientes convencidos del movimiento anticorridas.”

Wolff es paciente. Habla con gusto y sopesa sus palabras. Está cansado por el jet-lag y, aun así, pasó todo el domingo en la Plaza México: “Es lo mío”, me dice. “Si llego a un país y hay corridas de toros, tengo que verlas”. Le sorprenden, sin embargo, las corridas de toros en nuestro país: “Aquí no siento el espíritu trágico de las corridas de Sevilla: ustedes están demasiado cercanos a la muerte como para entenderla como tragedia. En México, la corrida es una fiesta.”

Hablamos de definiciones, miedos y resistencias. Porque hay algo de miedo y de desconfianza hacia los movimientos antitaurinos que se transparenta en las palabras del filósofo. No es incomprensión: el esfuerzo es claro, de su parte, por reconocer a antagonistas discursivos… pero la desconfianza sí es palpable: “Todas las manifestaciones culturales están destinadas a morir porque son humanas”, me dice Wolff. “Pero si hay una prohibición cuando todavía hay interés por parte de los aficionados, del público, de los toros —que existen, viven y necesitan expresarse—, de los toreros, hay un asesinato cultural. Como siempre, los que cometen asesinatos son personas bien intencionadas, generosas, que piensan tener el bien de su lado. No creo que detrás de esta generosidad solamente exista el deseo del bien, porque pienso que hay un peligro detrás de la generosidad. Desconfío mucho de las personas que hablan de un ‘bien absoluto’: las grandes catástrofes del siglo XX se hicieron en nombre del ‘bien absoluto’.”

Las referencias políticas no son gratuitas. Hemos visto cómo en España las corridas de toros se han politizado a un grado insospechado: la prohibición de la fiesta brava en Cataluña tiene más que ver con el nacionalismo centralista español que con protestas de crueldad animal. Así lo entiende también Wolff, que considera su pensamiento como un acto de resistencia minoritario: “En España, las corridas están politizadas y, si uno defiende a las corridas, se le asocia con la derecha o, incluso, con la extrema derecha, como el nuevo partido Vox; mientras que en Francia, como es un fenómeno cultural, minoritario y regional, no existe esa politización. El hecho de que sea minoritaria la defensa de la corrida me parece algo bueno, porque los grandes movimientos de liberación de los últimos treinta años fueron fraguados por minorías que han querido liberar a otras minorías.”

En esta defensa minoritaria de las corridas se mezclan también los argumentos que alguna vez enarboló Javier Marías: la desaparición de las corridas de toros supone la desaparición de una especie animal. Este argumento que disfraza a la fiesta brava de ecología es de los más polémicos en la discusión antitaurina. Lo cierto es que nuestra relación con los animales ha cambiado. “En este mundo moderno podemos aceptar que maten a un animal tras muros cerrados, después de vivir una vida indigna, sin conocer la luz del sol y llenos de hormonas”, me explica, “pero parece crueldad dejar vivir a un animal en campos abiertos durante cuatro años y darle la oportunidad de defenderse y morir de pie en un ruedo. La crueldad sanitizada de los mataderos siempre me pareció mucho peor que la gesta de la fiesta brava. Nadie tiene el derecho de dar la muerte a un animal sin jugarse en ello su propia vida.”

Cincuenta años atrás, cuando el equipo de Gualtiero Jacopetti filmaba la joya del documental mondo (ese género de documentales crudos con valor de shock), Mondo Cane, podíamos ver las diferencias entre culturas en cuanto a sus relaciones con los animales: cerdos en un festín de Guinea cocinados al aire libre y una señora elegante llorando a su perrito en un cementerio americano para mascotas. Nuestras relaciones con la naturaleza son hechos culturales muy precisos…  y por lo tanto cambian, evolucionan.

“El caballo está desapareciendo porque ha perdido todas sus funciones: función guerrera, función de transporte, función de cultivo y función alimentaria”, explica Wolff. “Las asociaciones de defensa de los animales en el siglo XIX luchaban porque se comiera caballo, porque era la única manera de preservar esa raza. Y, sobre todo, para que sobreviviera en buenas condiciones, porque un caballo malnutrido estaba a la merced de cocheros despiadados. Entonces, las asociaciones proteccionistas luchaban porque se comiera caballo. Hoy, las asociaciones de protección animal luchan porque no se coma caballo. El caballo va a desaparecer: ya no tiene funciones. Como no puede ser un animal doméstico, como no lo podemos meter en nuestra cama como un gatito o un perrito, va a desaparecer. Y es lo mismo con el toro: si el toro pierde sus funciones, va a desaparecer.”

Claro, otros aspectos culturales de las corridas de toros ya no se identifican con valores corrientes actuales. Wolff habla de una “ética aristocrática para todo el mundo” cuando se refiere a la fiesta brava. En ella defiende la fuga de lo ordinario hacia lo extraordinario, una cierta nostalgia de otros tiempos, un dejo de gallardía medieval. Frente a la sanitización del mundo, frente al cuidado obsesivo del cuerpo y la búsqueda de la juventud eterna, Wolff opone la presencia de la muerte que antes parecía ser parte indisoluble de la vida: “Creo que las corridas de toros tienen algo muy particular porque unen contrariedades históricas. Estoy pensando, particularmente, en la ética de las corridas de toros. Las corridas nacieron en el siglo XVIII y eran practicadas por una aristocracia que cultivaba una cierta moral de nobleza: preeminencia de los mejores, enfrentarse a la muerte, combatir… era una moral aristocrática que se volvió popular. Hay diferentes fenómenos así que son arcaísmos y que, al mismo tiempo, nos muestran una ética que tiene que preservarse porque es el símbolo de algo histórico, porque es el símbolo de algo que no puede ser reducido a la modernidad uniforme”.

En cualquier caso, esta resistencia es, para Wolff, una resistencia de la desautomatización, algo que va en contra del mundo programado, moderno: “Frente a la línea recta que busca el camino más corto entre dos puntos, la poesía, como las corridas, son una curva”. Es una resistencia de la irreverencia frente a la moralidad, de la vida animal en la que se vive, lucha y muere, frente a la utopía contemporánea de eliminar la muerte, la enfermedad y el mal. Así, para Wolff, la faena es aceptar la mortalidad como compañía y, en ello, buscar el acto estético: “Las corridas de toros son el acto a través del cual un hombre transforma en arte su miedo a la muerte”.

Todas estas razones pueden insultar a los defensores de animales o a aquellos convencidos de la crueldad de las corridas. Y esa sensibilidad es absolutamente comprensible. Lo que busca Wolff no es cambiar opiniones, o convencer adeptos, sino discutir conceptos. Esa es, finalmente, la labor de un filósofo.

No sé si cuando se prohíban terminantemente las corridas de toros, como dice Wolff, el humano perderá algo de humanidad. Lo que sí sé es que perdemos mucho cuando dejamos de escucharnos, cuando los gritos callan los argumentos, cuando las pasiones devoran las razones. Como les dije, no soy taurino ni antitaurino. Pero descubrí algo hablando con Francis Wolff: me di cuenta de que, al menos, detesto los absolutos y, encima de todo, detesto estar convencido.

 

Nicolás Ruiz Berruecos
Editor y reportero de Código Espagueti. Maestro en Literatura Comparada por la UNAM. 

 

 

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