En un país desbordado por la violencia, visitar un cine para adultos siendo mujer parece, en principio, una aventura poco recomendable. Sin embargo, como relata la siguiente crónica, a veces los prejuicios opacan los matices de la realidad.

No hay pornografía sin una vigilancia.
—Paul B. Preciado

Pensar en ir a un cine porno en la Ciudad de México me ponía nerviosa e insegura; los pelos de punta, más que el clítoris. ¿Cómo excitarte si en lugar de gozar estás pensando en cuidarte de que te maten? Me hice esa pregunta mil veces y una más. “Pero si uno sabe moverse, si entiende las dinámicas, los horarios, no es peligroso. O menos peligroso”, le leí a Mariana Enriquez en su libro Las cosas que perdimos en el fuego.

No fui sola. El tercer miércoles del último mes del año pasado, una semana después de la lectura de Enriquez, decidimos entrar al Cinema Río en la calle de República de Cuba en el Centro Histórico. Poco importó que la marquesina amarilla y quebrada ahí en medio de la calle asustara por su abandono, como muchas de las fachadas que la rodean. El susto no es gratuito en una ciudad que se ha vuelto intransitable, sobre todo para las mujeres.

“¿Estás lista?”, me preguntó mi acompañante, otra mujer. Respondí que sí con un movimiento de cabeza. Cruzamos la calle y, envalentonadas, subimos las breves escaleras hacia la taquilla enmarcada con una plasta de color rosa mexicano. Del breve mostrador de metal se escuchó un “Pareja. Recibo 200”, muy bajito. Con el cambio vino un ticket blanco sellado por la sex shop Erotika que tiene impresa la leyenda “150.00. Entrada Vip”.

Ilustración: Patricio Betteo

Con los cincuenta pesos devueltos en el bolsillo caminamos a la entrada donde el guardia de la puerta, que al parecer también hace de trovador y hostess, dejó su guitarra vieja y brillante para revisar identificaciones, boletos y mochilas. En ese orden.

—¡Qué bueno ver parejas de mujeres! ¡Disfruten! Es subiendo las escaleras; primera puerta.

Nunca habíamos llegado tan lejos. Dar el paso requirió de un par de semanas de pensar en hacerlo, de buscar “violencia en cine porno de la CDMX” en Google —voy a tener suerte—. Además del ejercicio mental de pensar en las infinitas posibilidades de lo que podía pasar en las butacas. Y todo llevó siempre al mismo resultado: cualquier cosa, gritamos y salimos corriendo.

Por fortuna, en Google no hubo malas noticias sobre el Cinema Río.

En el primer piso todo era rojo. Al fondo a la izquierda estaba la pequeña entrada a los baños y un mezzanine con sillones individuales de vinipiel donde no cabe el trasero de alguien que pese más de 40 kilos.

No sé qué esperaba, pero con esa postal vino una pequeña decepción: los pósteres de las películas en turno se confundían con cualquier pared de vulcanizadora; puro cliché de porno heterosexual convencional con nombre tipo Murder of Kink II y ESCORTS. Nada de títulos jocosos como Semental, mi querido Watson; Mamatrix; Nabocop o Entrevista con el pepino; cabezales ingeniosos que tanto se prometen en la sección de comentarios de Google Maps y en las reseñas de periodistas gonzo.

Animada por el preámbulo que regala el edificio, una discreta pero efectiva combinación de neones sobre art déco, me imaginé otra cosa. Pero en las dos salas —una solo para hombres y otra para parejas heterosexuales—, no queda mucho de las glorias de los años 40 y 50, cuando los universitarios de la época se amontonaban para ver películas internacionales.

Con el palmo de narices arquitectónicas y el entendido de que cabíamos en la sala para parejas —donde no pueden entrar hombres solos—, jalamos la puertita y entonces los tonos cambiaron. La luz de la pantalla nos reveló un trío de hombre-mujer-hombre que, al centro de las butacas, practicaba una penetración doble. No hubo vuelta atrás, el pacto de voyeur-exhibicionista estaba hecho.

El Cine Río es un cine en teoría pero no en la práctica. Lo comprobaron la falta de dulcería y las butacas de los extremos donde no se comían palomitas, sino partes del cuerpo, y donde las caricias y la masturbación eran el único combo disponible.

Con la sorpresa de los dos penes entrando y saliendo con ritmo corrimos a ocupar dos lugares cerca de la salida pero al centro de la sala para estar cubiertas por todos los frentes, en caso de que, como siempre, a algún hombre se le ocurriera venir a restregarnos que éramos un par de improvisadas en los códigos de interacción.

Por fortuna nadie vino, así que pudimos sentarnos a confirmar lo sabido y descubrir lo desconocido. Apenas sentada vi dos prejuicios derrumbarse: el primero fue que el lugar no estaba sucio ni apestoso. Todo olía a una mezcla de cloro y aromatizante de pisos. El segundo fue que, en términos de números, en esa sala éramos más las mujeres. Grata movida de balanza en un espacio que se piensa exclusivamente masculino.

Comenzó otra película en la pantalla. No había celuloide sino un proyector mal ajustado al que se le asomaba el viejo menú de una computadora Mac donde el Quicktime hace el trabajo sucio de reproducción.

Pasaron minutos de mirar sin mirar la pantalla. Había que estar atentas a cualquier movimiento extraño, así que a modo de doble resguardo yo abrí el compás de mis piernas para parecer masculina y abracé a mi compañera para “protegerla” de mis propios prejuicios sobre el espacio. Confirmé que entiendo muy poco del coito heterosexual.

Tiene sentido que mi paranoia sumara a la sensación de estar en el lugar equivocado, pues entre las historias de hombres morbosos que acompañaban al cine y las condiciones del país donde se asesina en promedio a nueve mujeres al día, en una cultura que normaliza la violencia de género, el miedo no es gratuito.

¿Los hombres también sienten miedo cuando quieren ir a un espacio consensuado a masturbarse o a ejercer ciertos aspectos de su sexualidad? ¿Tardan tanto en integrarse?, pensé al paso de los minutos y los gemidos.

Ojalá fueran preguntas ociosas, pero en ese momento nosotras no hicimos nada más que cruzar miradas y entender que éramos dos adultas saldando una deuda sexual de la adolescencia a la que no tuvimos acceso por ser mujeres en este país y obedecer a ese imaginario. Con todo eso encima, discretas o no, estábamos ahí preguntándonos en voz baja si podríamos voltear sin que alguien se molestara, en un juego donde se nos perdió la frontera entre la pasividad y la precaución.

Era muy pronto para andar con los pantalones abajo. Sobre las imágenes de la pantalla donde una rubia le practicaba sexo oral a un musculoso, se imponía mi memoria y lo crudo de las imágenes de mujeres tiradas en baldíos. Necia, seguí insistiendo: ¿cómo le hacen para andar encuerados y erectos por toda la sala?

La matanza de mujeres en el país también tiene una influencia preponderante en el erotismo y el placer. No puedo evitar la relación de “hechos pasionales” que en mi cabeza ha sido bien descrita por Ingrid Suckaer: “[el placer y] el erotismo fue inoculado por la imbricada complejidad de la violencia”.1 ¿Cómo desear e ir a un cine porno después de leer sobre un feminicidio?

—¿No puedes concentrarte en la maldita película? ¡masturbate y ya!, me decía.

Pero no es tan fácil, porque ni siquiera se trata de deseo, sino de tener la certeza de que no acabaremos muertas “por cochinas”.

Ahí en medio de más mete-saca cabía la anécdota: nosotras decidimos no abrir el periódico dos días antes de ir al cine. Para fines prácticos decidimos no leer detalles morbosos e innecesarios que se mantienen, sin distinción, en todas las noticias nacionales sobre mujeres asesinadas: su condición social y económica, su manera de vestir y lo que “provocó” o “desató” la furia de su atacante,  su “mala suerte”.

Así, aún sabiendo que la construcción de nuestras pertenencias y territorios públicos es algo que podemos explorar limitada y pasivamente por nuestro género y preferencia sexual, ella y yo nos dimos permiso para ver y oír la acción en ese espacio que al final nos ofreció un nuevo paradigma por 150 pesos: una burbuja de posibilidades y distancia. Estábamos en la boca de un lobo que no comía.

Corren los créditos de una tercera película de 20 minutos y con ellos comienza nuestro voyerismo pleno y el acto sexual de otra pareja que es terreno digno de exploración. Ella, una trabajadora sexual de no más de 25 años, le pregunta si le gustó. Él, un tipo no menor de 45 le contesta: “Sí, mucho. Gracias”. Ella lo besa mientras saca unas toallas húmedas de su bolso. Le retira el condón y lo limpia cuidadosamente. Le sube los calzones y termina de vestirlo. En los cinco minutos que se quedan descansando, él aprovecha para invitarla a comer y, en completa galanura, le extiende el brazo para bajar lento a la salida. Desaparecen en la oscuridad y dos cuarentones que eligen los asientos de abajo hacen el relevo.

Ella deja su enorme bolsa en un asiento para sacar una toalla de baño color mamey y extenderla. Él la manosea por detrás y la deja alistarse. Cuando termina, la jala a una esquina de la salida de emergencia y la arrincona para besarla. Ambos miran a su alrededor para calentar. Todo sigue igual: el trío, las parejas de los costados y hasta nosotras. Todos en lo suyo. Siguen besándose y manoseándose. Llaman la atención porque él no tiene prisa, se hinca y le levanta el vestido para darle más besos. Su preludio dura muchos minutos entre caricias. Se acerca un muchacho cuya acompañante mira el celular con los audífonos puestos, completamente abstraída. Pide interactuar y lo dejan. Bajan los tres a donde está extendida la toalla y el más adulto se sienta para que ella le haga sexo oral. Mientras, ella se inclina y le pide al joven en digresión que la penetre. Sin dudarlo, corre por un condón a su asiento y vuelve para emprender la acción.

Un par de minutos, termina, agradece y se va. Siguen los cachondeos de la pareja por muchos minutos más hasta que cambian de posición y ella vuelve a los gemidos duros y al rítmico jaloneo de pelo. Por fin llegan a un coito largo y él termina a sus pies. ¿Dónde está el régimen de terror masculino que envuelve a los espectadores del cine para adultos?

 

Karina Espinoza
Comunicóloga, editora y escritora.


1 Ingrid, Suckaer, Erotismo de primera mano, Ciudad de México, Ed. Praxis, 2011.