Las imágenes de Mahoma en la cultura occidental han sido múltiples y contradictorias. El siguiente ensayo recorre un camino milenario sobre la forma en que el islam y su profeta han sido vistos e interpretados a lo largo de la historia.

Los extremos se tocan. Los ateos de izquierda que presentan a Mahoma como un reaccionario y un terrorista, demuestran unos prejuicios muy similares a los de un apologista católico de la Edad Media. La caricatura del Profeta del islam no nos informa sobre el personaje histórico del siglo VII d.C., sino sobre los tópicos y los miedos de nuestro propio mundo. Esa parece ser una tendencia fatal del ser humano: cuando contempla una cultura muy distinta a la suya, no la valora en función de su propia lógica sino de parámetros ya conocidos. Los conquistadores españoles denominaban “mezquitas” a los templos indígenas porque así reducían lo desconocido a las proporciones de lo familiar. Con el mundo musulmán, Occidente no se ha comportado desde entonces de manera muy diferente.
Muchos europeos acostumbran suponer que lo islámico —no confundir con lo islamista— representa lo totalmente otro. En el siglo XIX, por ejemplo, el pensador galo Ernest Renan aseguraba que islam y Europa eran antónimos porque el primero, en su opinión, representaba el rechazo a la ciencia y a la sociedad civil. Esta teoría era insostenible entonces y lo es también ahora, no solo porque exista una importante comunidad en el viejo continente que profesa la fe coránica. Históricamente, el dominio musulmán abarcó la península ibérica y más tarde, con el imperio turco, los Balcanes, hasta llegar a Europa central.

A lo largo de los siglos, los seguidores de la cruz y los de la media luna se han mirado con desconfianza, si no con abierta hostilidad. Pero eso no significa que la (in)comprensión europea del islam se reduzca a una colección de estereotipos negativos. John Tolan, profesor de la Universidad de Nantes, demuestra en Mahomet l’Européen (Albin Michel, 2018) cómo la visión occidental del profeta árabe ha sido cualquier cosa menos monolítica.

Ilustración: Víctor Solís

Con estilo accesible y rigor documental, Tolan recorre una montaña de los más variados textos sobre Mahoma y el Corán, unos eruditos, otros literarios. Algunos son armas para el combate en una batalla religiosa, otros reflejan un espíritu de tolerancia. Pese a esta diversidad, un nexo une las distintas percepciones. Por lo general retratan a sus propios autores, llenos de aspiraciones que proyectan en el mundo ajeno. No hay diálogo en realidad, sino monólogo de los europeos sobre sí mismos, ya sea en nombre de la fe o desde una perspectiva laica. Como lectores, tenemos la ventaja de que el autor establece la genealogía de las diversas obras. Sabemos así quién se inspira en quién y cómo unas ideas persisten y se modifican en el tiempo. Muchas aproximaciones a Mahoma parten de una ignorancia casi total de las fuentes. No obstante, un conocimiento de las mismas tampoco garantiza por sí solo la ecuanimidad si la militancia ideológica se impone al deseo de saber.

Los primeros cristianos que se enfrentaron al islam intentaron desacreditar a Mahoma como falso profeta. Era un hereje hábil, capaz de encandilar a su gente con falsos milagros. También se decía que era el dios al que los árabes adoraban, en descripciones que lo mezclaban con Apolo, el personaje de la mitología clásica, y Termagante, una divinidad por completo imaginaria. Nada distinto, en realidad, a lo que ahora hace el cine con películas como Batman vs. Superman o Godzilla vs. Kong. La crítica insistía, por otra parte, en la inmoralidad de Mahoma en su vida privada, al entregarse a una lujuria insaciable. Pero el sexo, en su caso, habría tenido también una dimensión pública. La promesa de un paraíso de placeres carnales le serviría para reunir en torno suyo a una horda de fanáticos.

El fundador del islam podía ser un impostor. También un cismático, como lo imaginó Dante en el Infierno de su Divina Comedia, donde purgaba el pecado de haber dividido a la cristiandad. Otra posibilidad, todavía más tremebunda, consistía en suponer directamente que era una falsa divinidad. Esta leyenda, que hoy puede resultarnos estrafalaria, estuvo llamada a tener un gran éxito: persistió hasta el siglo XIX. El islam, desde esta perspectiva, sería una variedad de paganismo. Un poema cristiano, escrito en tiempos de la Primera Cruzada, se reía de la imaginaria superstición de los sarracenos, que habrían adorado a un ídolo, Mahoma, suspendido en el aire. Tolan hace notar el carácter paradójico de este tipo de acusación. ¿Paganos los musulmanes? Ellos pensaban lo mismo de los cristianos, puesto que creían en la Trinidad, dogma contrario a la unidad radical de Dios, y en el culto a los santos, una suerte de politeísmo disfrazado.

Este discurso no pretendía, en realidad, convertir a nadie, sino fortalecer a la propia gente en sus creencias, sobre todo en tiempos de adversidades, cuando las catástrofes cuestionaban que se adorara a la divinidad correcta. De esta forma, toda una colección de prejuicios extravagantes, las “fake-news” de la Edad Media, ahorró a la cristiandad el trabajo de observar lo que creían los seres de carne y hueso. En francés, la palabra “Mahommet” se convirtió en sinónimo de “ídolo”.

A partir del siglo XVI, con la Reforma, la figura de Mahoma adquiere nuevos matices. Todo el mundo lo utiliza en las disputas sectarias para indicar que el enemigo es todavía peor. A ojos de los protestantes, un papista resulta mucho más despreciable que un turco. De esta manera, el Profeta ya no aparece bajo una luz tan negativa. Se dijo, sin ir más lejos, que su éxito histórico se debió a la corrupción del catolicismo romano, que él hizo muy bien en rechazar. Miguel Servet no dudó en elogiarle por haber enseñado la unidad de Dios y rechazado la Trinidad. No es que se tenga un verdadero respeto, porque todos ven en su figura la encarnación del mal. Sin embargo, en comparación con el Papa, es su santidad lo que resalta. Los católicos, a su vez, le convirtieron en personaje de sus propias querellas. Se dio la paradoja de que algunos lo citaran como argumento de autoridad en el debate sobre la Inmaculada Concepción de María.

Ya en el siglo ilustrado, Voltaire escribirá una obra de teatro sobre Mahoma. Lo presenta como la encarnación del fanatismo, pero su objetivo no es criticarlo sino denunciar la intolerancia de la Iglesia católica por persona interpuesta. Más tarde, el escritor cambia de parecer y pasa a considerar al fundador del islam, en su Ensayo sobre las costumbres, como un gran reformador. Napoleón, por su parte, vio en Mahoma a un gran estadista y militar, con lo que no hacía sino proyectar en su figura la visión que tenía de sí mismo. Los románticos retomaron esta comparación, con Víctor Hugo y Goethe a la cabeza. El escritor francés vio en Bonaparte a un Mahoma de los tiempos modernos. El alemán, a un “Mahoma universal”.

El Concilio Vaticano II marcará una nueva etapa en las relaciones entre catolicismo e islam. El primero se desmarca de los enfrentamientos del pasado para fijarse en lo que une a los fieles de las dos religiones: la creencia en un Dios único, la espera de un Juicio Final. Los musulmanes, aunque no reconocen a Jesucristo como Dios, le veneran como profeta. Y también poseen un alto concepto de María, la virgen. De esta forma, la idea de que fuera de la Iglesia no hay salvación pasa a convertirse en una reliquia del pasado. Ha llegado el momento del diálogo interreligioso. Un importante teólogo, el alemán Hans Kung, realizará notables esfuerzos en este sentido.

A finales de los años setenta, Edward Said, en un libro famoso, arremetió contra los lugares comunes de británicos y franceses, en los siglos XIX y XX, a la hora de representar el universo oriental. El falseamiento de la realidad formaba parte, a su juicio, de los mecanismos de dominación imperial. Para Tolan, Said fue igualmente reductor con los occidentales, al mostrarlos como un bloque compacto sin poner atención a las complejas reacciones europeas frente al islam.

Las imágenes de Mahoma en la cultura occidental han sido, como hemos podido ver, múltiples y contradictorias. Unas han sido y son de un simplismo grosero, como demuestra la islamofobia de la extrema derecha. Otras, mucho más positivas de lo que nos podemos imaginar en estos tiempos turbulentos, en los que bastaban cuatro tópicos para despachar desde la condescendencia, en el mejor de los casos, la religión que profesan cientos de millones de personas. Investigaciones como la de Tolan tienen el mérito de mostrarnos cómo, en demasiadas ocasiones, nuestra visión del Otro se convierte en un espejo deformante. Los mitos ocupan el espacio de los hechos. Cuando eso sucede, la catástrofe se aproxima.

 

Francisco Martínez Hoyos
Historiador. Autor de Breve historia de Hernán CortésLos españoles iban de gris y Kennedy, entre otro libros.