“Libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”, es una de las frases icónicas de Rosa Luxemburgo que hoy, en el centenario de su cobarde asesinato, recobran actualidad.

Fue una rosa con espinas, espinas como espolones de gallos de pelea. Y a nadie dejó indiferente esa mujer llamada Róża (según otras fuentes Rozalia) Luksemburg, que en el ámbito de nuestra lengua conocemos como Rosa Luxemburgo. Esa mujer cuya vida quiso filmar Rainer Werner Fassbinder con Jane Fonda como protagonista, y terminó filmando Margarethe von Trotta con Barbara Sukowa, la Hannah Arendt de otra de sus películas.

Nacida en 1871 en el seno de una familia judía y en una Polonia dependiente del zar de todas las Rusias, Rosa Luxemburgo fue de una precocidad política sin parangón: ya a los 15 años era miembro de un partido político polaco, Proletariat, de tendencia izquierdista, y a los 18 debió huir a Suiza para evitar así su detención. En Zúrich se doctoró con una disertación sobre el desarrollo industrial en Polonia, a la cual le cupo el raro privilegio de ser publicada por una editorial comercial, y que todavía hoy —según refiere Hannah Arendt en Men in Dark Times, de 1968— se sigue usando para estudiar la historia del país.

A lo largo de su vida pública fue condenada cuatro veces a prisión, sin que por ello cesara en su actividad: maestra consumada en el arte del Kassiber (es decir, el correo clandestino del prisionero), se las ingenió siempre para sacar de la cárcel sus escritos, que se publicaban con el seudónimo Junius, en honor al fundador de la República de Roma. Desde la cárcel, además, escribía cartas a sus amigos, algunas de las cuales se cuentan entre las más bellas enviadas por prisioneros. Nadie menos que Karl Kraus publicó en Die Fackel, número de julio 1920, “en memoria de la noble víctima”, una carta de Rosa a su amiga Sonia Liebknecht fechada en diciembre de 1917. Cito de la misma:

Es mi tercera Navidad entre rejas, pero no lo considere trágico. Estoy tan tranquila y serena como siempre. Ayer estuve despierta hasta muy tarde (no puedo conciliar el sueño antes de la una, pero debo acostarme a las diez), entonces soñé varias cosas en la oscuridad. […] Aquí me encuentro sola, envuelta en los negros paños de las tinieblas, del aburrimiento, de la falta de libertad del invierno, y siento latir mi corazón por una incomprensible, desconocida alegría interior, como si caminara bajo un sol resplandeciente por una pradera florida. Y le sonrío en la oscuridad a la vida, como si conociese un secreto mágico que desmiente todo lo malo y lo triste y lo transforma en pura claridad y felicidad. Y al hacerlo busco un motivo para esa alegría, no encuentro nada y tengo que volver a reírme de mí misma. Creo que el secreto no es otro que la vida misma: la profunda tiniebla nocturna es tan hermosa y suave como el terciopelo, con sólo que se la mire bien; y el rechinar de la arena húmeda bajo los despaciosos, pesados pasos de los centinelas, también canta una pequeña y hermosa canción a la vida, con sólo que se sepa oírla bien.

Y a uno se le humedecen los ojos al leer en el resto de la carta los cariñosos, dulces diminutivos (“Soniuscha”, “Sonitschka”) con que se dirige a su amiga, y no le extraña que sus carceleros siempre se despidieran llorando de “la Rosa roja” cuando regresaba a la libertad.

Fundó el Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia, y gracias a su nacionalidad alemana, adquirida al casarse en 1898 con Gustav Lübeck y mudarse a Berlín, fue una de las figuras más importantes del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). No solo por sus escritos, también por la inmensa dignidad que se desprendía de sus actos, como documenta Hannah Arendt con este ejemplo: “En un congreso internacional terminó [Jean] Jaurès una elocuente intervención poniendo en ridículo la ‘extraviada pasión’ de Rosa Luxemburgo, y de repente se dio el caso de que no había nadie para traducirla, a lo cual reaccionó Rosa traduciendo ella misma el encendido discurso del francés en un alemán igualmente vibrante”. Era su manera de demostrar, con hechos, lo que postula su frase más famosa: “Libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”.

Y es también Hannah Arendt quien nos dice de ella:

Era muy claro que detestaba el movimiento emancipatorio por el que se sentían extraordinariamente atraídas las mujeres de su generación y sus convicciones políticas. Al grito de las sufragistas en pro de la igualdad seguramente hubiese respondido “Vive la petite différence!”, no sólo como judía polaca en un país que no le gustaba, y en un partido que pronto despreciaría, sino justamente también como mujer.

Una mujer que amó con toda el alma y todo el cuerpo a su compañero de lucha, Leo Jogiches,
pero nunca pudo perdonarle que la hubiese engañado con otras. Una mujer no muy agraciada físicamente y de andares chuecos, como secuela de una enfermedad infantil, pero que tuvo amores apasionados, uno de los cuales —con el hijo de su gran amiga Clara Zetkin— estuvo a punto de costarle esa preciosa amistad. Una mujer que hizo bueno el epitafio que se deseó, común con esa misma Clara Zetkin, cuando se opuso al conformismo del santón pirulero de la socialdemocracia alemana, August Bebel, conformismo que se condensaría en la aprobación de los créditos para la guerra contra Francia en 1914; con profética antelación, Rosa le espetó en plena cara, refiriéndose a ella y a Clara Zetkin: “Que en nuestra tumba rece el epitafio: AQUÍ REPOSAN LOS DOS ÚLTIMOS HOMBRES DE LA SOCIALDEMOCRACIA ALEMANA”. Hay que tener un buen par de cojones para eso, comentaría Hemingway.

Lenin, por su parte, cuando se enfrentaron sus dos versiones tan distintas del marxismo, lo dejó dicho de un modo que no puede ser más reverente:

Le respondemos con una fábula rusa que viene a cuento: Ciertamente puede suceder alguna vez que el vuelo del águila sea más bajo que el de las gallinas, pero nunca volarán las gallinas a las alturas de las águilas. Rosa Luxemburgo se equivocó… Pero a pesar de todos sus errores, fue y sigue siendo un águila.

Lo demostró de manera contundente el 20 de febrero de1914 en el alegato en su defensa frente al tribunal de Fráncfort donde se le juzgaba por agitación y exhortación a la desobediencia y la objeción de conciencia en caso de guerra ¡cinco meses antes de la Gran Guerra!, alegato que concluyó así:

Para terminar, sólo una palabra acerca de un vituperable ataque que revierte en contra de su autor. El fiscal ha dicho literalmente (lo he anotado) que solicita mi detención inmediata porque “sería incomprensible que la acusada no emprendiera la huida”. Eso significa, dicho con otras palabras: Si yo, el fiscal, tuviese que expiar un año en la cárcel, en tal caso emprendería la huida. Señor fiscal, le creo: usted huiría. Un socialdemócrata no huye. Responde de sus actos y se ríe de vuestras sentencias. ¡Y ahora condénenme!

El 5 de agosto 1914, tan solo ocho días después del estallido de la Gran Guerra, y junto con sus amigos Clara Zetkin y Karl Liebknecht, funda Rosa la Liga Espartaquista (otra referencia más a la historia de Roma, la lucha conducida por Espartaco para acabar con la esclavitud), como consecuencia de lo cual ella y Liebknecht son condenados a dos años y medio de cárcel. Fueron puestos en libertad en noviembre de 1918 y reanudaron de inmediato la lucha política en una Alemania convulsa por la pérdida de la guerra, el fin del Imperio, el regreso de miles de soldados (muchos de ellos unas piltrafas humanas inválidas) y una caótica desorganización administrativa, social y policial que fomentaba la creación de organizaciones paramilitares como los Freikorps (cuerpos libres). Uno de ellos, el 15 de enero de 1919, se encargó de asesinar a ambos espartaquistas, y ello, según se ha sabido luego, ejecutando un atentado urdido por Wilhelm Canaris, posterior jefe del servicio secreto militar durante la dictadura nazi, la que se pretendía milenaria y duró doce años.

Fotocomposición del autor, con el monumento a RL en Berlín occidental enmarcando el Canal a cuya orilla se encuentra, y al fondo el puente desde el cual la arrojaron a las aguas.

La artista más grande de la época, Käthe Kollwitz, escribió en su diario el 16 de enero de 1919, una sola y sangrante línea: “Infame, indignante asesinato de Liebknecht y [Rosa] Luxemburgo”.

Lina Alonso, en su delicado ensayo “Un jardín por entregas. El herbario de Rosa Luxemburgo”, aparecido en la revista bogotana El Malpensante (octubre 2018), lo cuenta de este modo:

Enero. De un culatazo en la cabeza. La derribaron a la salida del Hotel Edén de un culatazo en la cabeza. La acompañaba Karl Liebknecht, con quien había fundado el Partido Comunista alemán dos meses atrás. Los montaron en un camión de los Freikorps, donde les dispararían minutos después, acusados de ser detractores de la república y traidores de una patria que nunca fue suya. A ella la arrojaron al canal Landwehr de Berlín. Era 1919. Tuvieron que pasar seis meses para que encontraran su cuerpo hinchado, irreconocible.

Quede constancia de sus nombres para la historia universal de la infamia: el soldado del culatazo se llamaba Otto Runge, el oficial del disparo a la cabeza Kurt Vogel (o Hermann Souchon, según otras fuentes).

Paul Celan, en su poema “Du liegst”, del libro póstumo Schneepart [Parte de nieve], 1971, nos lo cuenta también a su manera: “Es kommt der Tisch mit den Gaben, / er biegt um ein Eden – // Der Mann ward zum Sieb, die Frau / mußte schwimmen, die Sau, / für sich, für keinen, für jeden – / / Der Landwehrkanal wird nicht rauschen. / Nichts / stockt.”

Felipe Boso tradujo:

La mesa con los obsequios se aproxima ya,
dobla el coche la esquina del que fue un Edén.

El hombre, hecho una criba; la mujer,
¡a nadar!, la marrana, 
por ella, por nadie, por todos.

El Canal de Landwehr no bramará.
Todo
sigue su curso.

No consta que a Liebknecht (“El hombre, hecho una criba”) lo acribillaran a balazos, las fuentes históricas dicen que lo ejecutaron de un tiro en la nuca, pero sí parece ser que a Rosa la arrojaron al canal malherida aunque todavía viva (“la mujer, ¡a nadar!, la marrana”), por lo que a Celan debe habérsele impuesto la rima interna de “Frau [mujer]” y “Sau [marrana]”. Hoy, a la Orilla Lützow del Canal, al poniente del Puente Cornelius, su nombre recuerda en letras mayúsculas tridimensionales aquel lugar donde la arrojaron a las aguas.

Sus últimas palabras conocidas son las del artículo “El orden reina en Berlín”, escrito la noche del 14 de enero, víspera del alevoso y vil asesinato. Dicen así: “‘¡El orden reina en Berlín!’ ¡Esbirros estúpidos! Vuestro orden está edificado sobre arena. La revolución, mañana, ya ‘se elevará de nuevo con estruendo hacia lo alto’ y proclamará, para terror vuestro, entre sonido de trompetas: ¡Fui, soy y seré!”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.