Como cada año, el Festival Internacional de Cine de Morelia programa entre sus actividades un homenaje a la época más gloriosa que ha tenido la industria fílmica mexicana, personificada en alguno de sus artífices o algún género popular. En esta edición, el ciclo de cine y la exposición fotográfica que conforman dicho homenaje versan sobre una de las figuras más importantes y probablemente menos celebradas de nuestro cine: el cinefotógrafo Alex Phillips.

En la década de los treinta, artistas de diversas disciplinas se afanaban en la invención iconográfica del México posrevolucionario, una imaginería nacionalista en torno a la cual se congregaron creadores provenientes de diferentes países que ayudaron a trasladar nuestra identidad cultural a los nuevos lenguajes artísticos. En el campo de las imágenes en movimiento destacan los nombres de Paul Strand, Sergei Eisenstein y Eduard Tissé, entre otros, quienes exaltaron los paisajes, las costumbres y las fisonomías de México.

Alex Phillips, un joven cinefotógrafo canadiense que trabajaba en Hollywood, llegó a México en 1931 para filmar la que se considera la primera película sonora de nuestra industria: Santa (Antonio Moreno, 1931) —segunda adaptación de la popular novela de Federico Gamboa—. Phillips vino con un contrato de cinco semanas, no hablaba español y prácticamente no conocía nada del país que se convertiría en su patria a partir de entonces. En diversas ocasiones recordó el impulso que le brindó un amigo mexicano que trabajaba de extra en los estudios californianos: “solo pasé a ver al Indio Fernández, que vivía cerca y me dijo con su exaltado temperamento: ‘¡No lo dudes más! Vete y sabrás lo que es México’”.1

Phillips, cuyo verdadero nombre era Alexander Pelepiock, nació el 11 de enero de 1900 en Ontario. Durante la Primera Guerra Mundial formó parte de la Canadian Expeditionary Force en los frentes de Francia y Bélgica. Ahí tuvo su primer contacto con la fotografía y también ahí conoció a la estrella del cine mudo Mary Pickford, quien fungía como madrina del regimiento canadiense enviando misivas de aliento a los soldados y visitándolos en el frente. Herido de gravedad, Pelepiock fue trasladado Londres y más tarde a un hospital en California para recuperarse. Según relataba, como no conocía a nadie en ese país, lo primero que hizo al salir fue ir a los estudios en busca de la diva canadiense para agradecer su bondad.

Juan José Martínez Casado y Lupita Tovar en una escena de Santa, la primera película sonora de México.

En 1921 Pickford creó la Motion Picture Relief Fund, una organización de ayuda para los actores y técnicos del cine perjudicados por la guerra. Christie Film Co., una pequeña compañía fundada por los hermanos Al y Charles Christie, también originarios de Ontario, fue su principal aliado. Entre los artistas favorecidos estuvo el aspirante a actor Alec Phillips (como apareció escrito en sus primeros créditos), quien pronto pasó detrás de la cámara para especializarse en “la fotografía de comedia, estilo Charles Chaplin. Todas las comedias seguían esa técnica. Christie pensaba que la fotografía tenía que ser plana, sin luces altas ni efectos, para que nada distrajera los ojos del actor”.2

Al iniciar el cine sonoro, Christie Film quebró y Phillips se integró a la productora de Samuel Goldwyn como stillman, alumbrador y asistente de algunos de los cinefotógrafos más talentosos de la época. “Ahí fue donde realmente inicié mis conocimientos sobre la fotografía, la de Goldwyn era la mejor escuela en todo el mundo”. Phillips montó un estudio fotográfico al que acudían productores y directores en busca de caras nuevas. Trabajaba ahí por las noches y organizaba veladas con sus amigos y las hermosas aspirantes a estrella. “Eran los tiempos de bohemia y alegría en ese mundo fascinante de Hollywood”, recordó alguna vez.

Sin embargo, las dobles jornadas mermaron su rendimiento y fue despedido de la productora. Una buena amiga, la actriz mexicana Carmen Guerrero, le avisó que la Compañía Nacional Productora de Películas buscaba en Hollywood técnicos solventes para realizar la primera película sonora del cine mexicano. El cinefotógrafo fue reclutado junto con el director español Antonio Moreno, los hermanos Rodríguez como sonidistas, y los actores Lupita Tovar y Donald Reed. Viajó solo desde Los Ángeles por carretera y al llegar a la ciudad le escribió al Indio agradeciendo su consejo: “Tienes razón, México es muy bonito, es más bonito de lo que me dijiste”.

María Félix en una escena de Doña Bárbara.

El 8 de noviembre de 1931, El Universal informó: “Se encuentra ya en esta capital el cinefotógrafo Alec Pillips, considerado como uno de los más competentes cameramen de los estudios de Hollywood”. Santa se filmó en un rudimentario set construido en Chapultepec y en locaciones de Chimalistac, escenario del relato de Federico Gamboa. Durante la producción, Phillips “no solo fue el fotógrafo, sino el que hacía todo. Él fue quien vino a enseñar cine a México…”,3 recordaría el director Julio Bracho al referirse a su primer encuentro con quien sería su fotógrafo predilecto.

Al terminar la filmación, las ofertas de trabajo se multiplicaron. Phillips fotografió una cuarta parte de todas las películas que se filmaron en la década de los treinta gracias a su enorme talento para dotar de significado a las imágenes. “El propósito de la fotografía, no es el de usar la luz mecánicamente y esperar como único resultado el capturar una imagen, sino el de lograr pintar una escena con la luz; crear una atmósfera, inspirar un arte verdadero…”. Él mismo se consideraba el fotógrafo más lento del mundo por el tiempo que tardaba en iluminar para crear sus atmósferas.

Con el rigor que lo caracterizaba integró a su trabajo la mística mexicanista que predominaba en el arte, aportando interesantes imágenes a la invención iconográfica de nuestro país. Películas como: Revolución (Miguel Contreras Torres, 1932), Enemigos (Chano Urueta, 1933), La mujer del puerto (Arcady Boytler, 1933) o Chucho el Roto (Gabriel Soria, 1934), fueron fundamentales en el adiestramiento de su aprendiz y amigo, Gabriel Figueroa.

Julio Bracho y Alex Phillips durante el rodaje de la cinta Crepúsculo.

Phillips fue maestro de muchos de sus compañeros y una figura muy respetada por el gremio. “Alex es un gran hombre… un hombre de una dulzura… de una bondad… de la que se debe sentir orgulloso. Tuve el privilegio de ser su discípulo y otro privilegio es ser amigo de él, a quien considero mi hermano”,4 dijo Figueroa. “Alex es un santo, es el hombre más bueno que he conocido, y como fotógrafo el mejor que he tenido”,5 le confesó Buñuel a Gustavo Alatriste. A Claudio Isaac lo dejó impresionado cuando apareció de visita en el set de Foxtrot (Arturo Ripstein, 1975): “Don Alex llegó en silla de ruedas, por un caso avanzado de gangrena le habían amputado ambas piernas. Al ver su silueta avanzando desde la gran puerta del foro los técnicos, todos los miembros del staff, se congregaron en una clara actitud de reverencia”.6 Y podríamos seguir citando historias sobre su generosidad, profesionalismo y talento. Pero son sin duda sus palabras las que mejor retratan el carácter afable del cinefotógrafo:

¡No hay palabras para agradecer lo que México ha hecho por mí! Me ha brindado una esposa, la mejor esposa del mundo, Alicia. Un hogar maravilloso y el cariño de todos mis compañeros. México no tiene que agradecerme nada. Yo soy el que tengo que agradecerle mucho a este maravilloso país, que es el mío.7

Alex Phillips murió el 14 de junio de 1977 dejando tras de si un legado impresionante: más de 200 películas filmadas, y una legión de fotógrafos formados bajo su tutela. En 1973 recibió un “Ariel especial por su labor de maestro y forjador de generaciones de fotógrafos”. Credenciales suficientes para ser homenajeado en este importante festival con una exposición fotográfica y un ciclo con siete importantes películas en las que participó: Santa (Antonio Moreno, 1931), La mujer de nadie (Adela Sequeyro, 1937), Doña Bárbara (Fernando de Fuentes, 1943), Aventurera (Alberto Gout, 1949), Subida al cielo (Luis Buñuel, 1951), Sombra verde (Roberto Gavaldón, 1954) y El castillo de la pureza (Arturo Ripstein, 1972). Sin duda una buena oportunidad para acercarse al trabajo de este importante personaje de nuestra historia fílmica.

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


1 Juan Manuel Tort, “Los monstruos del cine mexicano”, en Ovaciones, jueves 24 de marzo de 1977.

2 Alex Phillips en Testimonios para la historia del cine en México, tomo I, pág. 21, México, 1975.

3 Julio Bracho en Testimonios para la historia del cine en México, tomo V, pág. 34, México, 1975.

4 Juan Manuel Tort, op. cit.

5 Documental Alex Phillips, la magia entre la luz y la sombra, director Ernesto Medina, 1998.

6 Claudio Isaac, "Veintidós recuerdos póstumos del cine mexicano”, en Revista de la Universidad, no. 8, octubre de 2004.

7 Juan Manuel Tort, op. cit.