Hace cien años, Buenos Aires vivió la ebullición de un movimiento obrero sin precedentes. Frente a demandas laborales legítimas, aquellos temerosos al avance socialista en la ciudad desataron una serie de enfrentamientos con una importante carga nacionalista y xenófoba. El recuerdo de aquellos días es una lección de historia sobre el cambio y sus opositores.

In memoriam Osvaldo Bayer

Entre el 7 y el 14 de enero de 1919 una insurrección popular desestabilizó Buenos Aires. La llamada Semana Trágica —apelativo que ya había sido utilizado diez años antes en la huelga de Barcelona— refiere a las manifestaciones emprendidas por un grupo de trabajadores y pobladores del barrio de Nueva Pompeya en respuesta a la represión de una huelga en la empresa metalúrgica Talleres Vasena e Hijos. Rememorar este acontecimiento, aparentemente inconexo con la historia y presente mexicano, aclara parte del origen épico de los derechos laborales adquiridos en los albores del siglo XX que hoy ansiamos restituir, y ejemplifica el surgimiento de reacciones nacionalistas y xenófobas motivadas por la acción social que pueden ser fatales.

La Semana Trágica estuvo protagonizada por el movimiento obrero bonaerense, un sujeto colectivo experimentado y multicultural en el país pampeano que, a inicios de la Primera Guerra Mundial, tenía poco más de cuarenta años de existencia y se había nutrido de las masivas migraciones europeas. El desarrollo industrial argentino tuvo un rápido crecimiento durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, producto de la conformación de enclaves productivos para la exportación cárnica y agroalimentaria;1 este modelo multiplicó por diez las exportaciones, conformó una nueva infraestructura industrial (puertos, frigoríficos, ferrocarriles, agricultura intensiva) y sentó las bases para el crecimiento exponencial de la clase obrera argentina.2 Dentro de las organizaciones gremiales de principios del siglo XX se ubican distintas tendencias (anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarios), según sus métodos y la finalidad de la acción sindical.

Al sur de Buenos Aires, el 2 de diciembre de 1918 los Talleres Vasena suspendieron sus labores. Las peticiones de la plantilla de 2500 trabajadores metalúrgicos eran la reducción de la jornada laboral de 11 a 8 horas, un aumento escalonado de salarios, descanso dominical, pago de horas extra y recontratación de delegados obreros despedidos en conflictos anteriores.3 El petitorio no fue recibido por Alfredo Vasena, patrón e hijo del fundador de la empresa. Ante la clausura de la prospera fábrica, la confrontación no tardó en llegar y se registraron por lo menos tres muertes de transeúntes sobre las calles que conectaban los almacenes del barrio de San Cristóbal (hoy la plaza Martín Fierro) con la planta de Nueva Pompeya, cerca del Riachuelo y el local sindical de la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos (SRMU).

La revuelta inició el 7 de enero con un nuevo derramamiento de sangre. Cuatro muertos y 30 heridos de distintas nacionalidades dejaron una embestida de policías, bomberos y rompehuelgas que atacaron las casas de huelguistas y vecinos de Nueva Pompeya. La indignación obrera y popular ante el ataque fue tal que el gobierno nacional de la Unión Cívica Radical (UCR), precedido por Hipólito Yrigoyen, intervino como mediador del conflicto, temiendo el crecimiento de la protesta. Un acuerdo entre la empresa y la dirección sindical fue pactado esa misma noche: aumento salarial de 12%, reducción de la jornada laboral a 9 horas y readmisión sin castigo de todos los huelguistas. Sin embargo, el frágil acuerdo se rompió a la mañana siguiente cuando Vasena arguyó la infiltración de agitadores anarquistas en la plantilla. La Federación Obrera Regional Argentina (FORA) “IX Congreso”, la confederación con mayor número de agremiados en el país, llamó a la solidaridad con los metalúrgicos del Taller Vasena; su contraparte, la FORA “V Congreso”, anarquista y con influencia directa en el sindicato metalúrgico, convocó a la huelga general para poder asistir al entierro de los cuatro caídos.

Semana Trágica de 1919 en Buenos Aires. 9 de enero de 1919: cortejo fúnebre hacia Chacarita para enterrar a los cinco personas que murieron en la masacre del 7 de enero.

El 9 de enero de 1919 Buenos Aires amaneció paralizada. Gremios estratégicos como los ferroviarios y marítimos (también en huelga por la mejora en sus condiciones de trabajo) ya habían expresado su solidaridad: los comerciantes del sur bonaerense cerraron sus comercios y muchos otros pararon labores para poder asistir al sepelio. La SRUM convocó al cortejo fúnebre partiendo de la fábrica en huelga hasta el cementerio de Chacarita. A la comitiva se sumaron cerca de 200 mil personas según los periódicos de la época; al frente, un grupo de autodefensa resguardaba el cortejo y tomaba el pertrecho de las armerías por las que pasaba. Una nueva confrontación aún más letal se registró cuando la multitud rodeó los Talleres Vasena en los que estaban el patrón, dirigentes de la Asociación Nacional del Trabajo y empresarios ingleses. El enfrentamiento entre los guardias propatronales y los manifestantes del cortejo dejó un saldo de decenas de muertos y heridos. Los enfrentamientos se sucedieron durante todo el día, en especial en el cementerio, donde otra embestida dejó entre 12 y 50 muertos según lLa Prensa y La Vanguardia; ambos diarios coincidieron en que no hubo ninguna baja de las fuerzas de seguridad. Los cuatro asesinados del día 7 quedaron insepultos.

Según David Rock, historiador especializado en la protesta social durante los gobiernos de la UCR, la represión policial y el asesinato de pobladores fueron los propulsores de los acontecimientos. Si bien los detonantes de la revuelta siguen siendo discutidos por la historiografía especializada, lo que es un consenso es que la movilización popular disminuyó a partir del día 10 y que ésta fue sustituida por una contraofensiva nacionalista. La retoma por parte del Estado fue orquestada por el general Luis J. Dellepiane, intimo amigo del presidente Yrigoyen, con consecuencias que excedían el conflicto original.

Aunque la capital seguía paralizada, el jefe militar anunció que no habría clemencia contra la “minoría sediciosa” que dirigía las acciones. La comunicación de las autoridades entusiasmó a las élites bonaerenses del norte de la ciudad, las cuales afirmaron: “si hay barricadas de revoltosos, se deben formar barricadas de argentinos”.4 Entre la noche del 10 y el 14 de enero y tras allanar locales sindicales y casas e instalar metralletas en el epicentro de la revuelta por parte de las fuerzas de Dellepiane, el orden se recuperó. Sin embargo, la nota la dieron los civiles organizados en bandas parapoliciales de ideología ultranacionalista, las cuales atacaron extranjeros y radicales con el fin de “restaurar el orden”.  Su núcleo más conocido fue el Comité Pro Defensores del Orden que poco tiempo después cambiaría de nombre a la Liga Patriótica Argentina, organización célebre en la posterior trayectoria del paramilitarismo.

El “terror blanco”, como se ha denominado a la reacción de la actividad sindical de ese momento, hace alusión directa a la respuesta conservadora frente a la Revolución rusa de 1917. El pavor que recorría a los sectores acomodados sobre un escenario del tipo soviético en la Argentina, aunuados a un clasismo y racismo propios de la constitución de las élites porteñas, estaba a la cabeza de la violencia en que desencadenó la Semana Trágica. El tango “¡Se viene la maroma!” (letra de Manuel Romero y música de Enrique Delfino), es un testimonio que capta claramente dicho estado de ánimo:

Parece que está lista y ha rumbiao
la bronca comunista pa’ este lao;
tendrás que laburar pa’ morfar…
Ah ¡Lo que te van a gozar!
Pedazo de haragán,
bacán sin profesión;
bien pronto te verán
chivudo y sin colchón.
Ah ¡Ya está! Ah ¡Llegó!
Ah ¡No hay más que hablar!
Se viene la maroma sovietista.
Los orres ya están hartos de morfar salame y pan
y hoy quieren morfar ostras con sauternes y champán.
Aquí ni Dios se va a piantar
el día del reparto a la romana
y hasta tendrás que entregar a tu hermana
para la comunidad…

El punto más dramático del antibolchevismo en enero de 1919 fue la persecución y asesinato de judíos en Buenos Aires, único pogrom que ha sufrido el continente americano. En el barrio judío Once, la Liga Patriótica Argentina y otros grupos católicos atacaron a las personas por su aspecto y ostentación de símbolos hebraicos, allanaron casas y quemaron sinagogas, la librería Poalei Sión y las oficinas del periódico Avantgard. Aquellos acontecimientos popularizaron la frase “yo, argentino” para salvar la vida de la turba de la “gente bien”. La excusa fue la detención del carpintero y periodista Pinie Wald, quien era acusado de presidir “el primer Soviet argentino”.5 El fundador del Bund (liga) socialista fue interceptado y torturado en la calle 7ª, y se le obligó a confesar el complot maximalista del que se le acusaba. No lo hizo. Diez años después, al abandonar la cárcel, Wald escribió Koshmar (Pesadilla) donde relató lo vivido durante la Semana Trágica. Un pasaje de este libro —traducido al español hasta 1987— describe esos días.

Salvajes eran las manifestaciones de los “niños bien” de la Liga Patriótica que marchaban pidiendo la muerte de los maximalistas, los judíos y demás extranjeros. Refinados, sádicos, torturaban y programaban orgías. Un judío fue detenido y luego de los primeros golpes comenzó a brotar un chorro de sangre de su boca. Acto seguido le ordenaron cantar el Himno Nacional y, como no lo sabía porque había llegado al país recientemente, lo liquidaron en el acto. No seleccionaban: pegaban y mataban a todos los barbudos que parecían judíos y encontraban a la mano. La identificación del movimiento obrero argentino con la Revolución rusa y el pueblo judío tuvo un final sangriento. Durante los siete días que duró la Semana Trágica, los cálculos de víctimas mortales oscilan entre los 100 que informó el diario conservador La Nación o los 1500 y 55 mil detenidos que afirma el líder de la FORA “V congreso”, Diego Abad de Santillán.6 Por nuestra parte, compartimos la opinión de Osvaldo Bayer, quien ve la trascendencia de la Semana Trágica en otro lado:

Lo triste, lo trágico es que se tergiversó todo, se hizo valer como siempre o, como casi siempre, la historia oficial. No eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. […] Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala.7

Los trabajadores metalúrgicos del Vasena lograron mejorar sus condiciones de trabajo y conquistaron a pura sangre la jornada de 8 horas y los derechos laborales. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, hubo un pico en la protesta obrera en Argentina según contabilizan las huelgas generales en ese país.8 Otros conflictos violentos por esos mismos años, como los de La Patagonia o La Forestal en la provincia de Santa Fe, conformaron una auténtica época heroica de los trabajadores organizados —con la conquista de derechos y condiciones de trabajo dignas basados en la movilización—.  La segunda semana de enero de 1919 fue su momento más dramático.

El centenario de la Semana Trágica nos recuerda que vale la pena dar cuenta de episodios en el movimiento obrero de otros países latinoamericanos. Las vibrantes primeras décadas del siglo pasado nos permiten establecer comparaciones y contactos con la conformación de la cuestión social en México, así como las trayectorias que la regulación laboral siguió en cada caso con sus similitudes y discrepancias. En específico, conocer lo acontecido entre el 7 y el 14 de enero de 1919 en Buenos Aires, permite aquilatar el origen de los derechos laborales que ahora nos son negados. Pero quizás la mejor lección de esa semana bonaerense sean los peligros imperecederos de las reacciones xenófobas y ultranacionalistas desatadas por el miedo a abandonar el statu quo.

 

Diego Bautista Páez
Historiador. Doctorante en el Instituto José María Luis Mora.


1 Hora, Roy, Historia económica de la Argentina en el siglo XIX, Siglo XXI, Buenos Aires, 2010, p. 165.

2 Cattaruzza, Alejandro, Historia de la Argentina 1916-1955, Siglo XXI, Buenos Aires, 2009, P. 2.

3 Godio, Julio, La semana trágica de enero de 1919, Hyspamérica, Buenos Aires, 1972, p. 11.

4 Bilsky, Edgardo J., . La Semana Trágica, CEAL, Buenos Aires, 1984, p. 121.

5 List Avner, Mara, La Semana Trágica de Enero 1919 y los judíos: Mitos y realidades, The International Raoul Wallenberg Foundation, 2006, 55 y ss; Mirelman, Victor A. (1975) “The Semana Trágica of 1919 and the Jews in Argentina”, Jewish Social Studies, Vol. 37, No. 1, p. 64.

6 Godio, Op. Cit. p. 19; Abad de Santillán, Diego (1982) La F.O.R.A, ideología y trayectoria [1933], La Antorcha, Buenos Aires, 1982, p. 164.

7 Bayer, Osvaldo, “La Semana Trágica” en Página 12, 16 de enero de 2006.

8 Ese año registró 367 paros de labores, el número más elevado desde 1907 hasta 1930 según los registros. El promedio de huelgas entre 1916 y 1922 fue de 169.9 por año, con más de 125 000 participantes y 1 801 357 horas-hombre por huelga. Cfr, Zapata, Francisco (1993). Autonomía y subordinación en el sindicalismo latinoamericano, México, Colmex, p. 97.