Para aprovechar estos días de descanso y ponerse al corriente con la oferta artística de la capital, compartimos una selección original de exposiciones que vale la pena agendar.

La Bienal de fotografía en el Centro de la Imagen siempre es una sorpresa, no solo por los temas que se abordan sino por la variedad de formatos en que se presentan; en esta XVIII edición se expone fotografía, videoinstalación y video en los que predominan ejes temáticos de carácter político-social con algunas de las problemáticas más urgentes del México contemporáneo: desde los feminicidios y la desaparición forzada, a las políticas de migración y los proyectos arquitectónicos abandonados por falta de presupuesto. También hay exploraciones mucho más personales, como una visita al mercado de La Lagunilla o la recuperación de fotografías antiguas en bazares. En total son 24 proyectos los que forman parte de la muestra organizada por núcleos que crean un conjunto de vivencias en las que el cuerpo y su relación con el entorno marcan la dirección de las obras. “Exhumar”, “encarnar”, “resistir” y “existir” son algunas de las palabras que titulan dichos núcleos y cada una de ellas hace referencia a la manera en que la cámara funciona como una herramienta de socialización de realidades y vivencias.

Juan Carlos López Morales, Extraños familiares / Strange relatives, 2018.

La iluminación de la exposición en el CI es tenue y en cada espacio expositivo –cada uno formulado con tres paredes y un pasillo–, se presentan de dos a tres obras entre las que encontramos la serie de fotografías de Juan Carlos López Morales, quien trabaja con su álbum familiar como si fueran habitaciones que recorre con ojos nuevos. En cada una de las fotos descubre a personas que, por una u otra razón, salen en las imágenes: un hombre de espaldas, una persona distraída al fondo de la foto, un niño que juega junto a las personas que posan, en fin, un conjunto de fantasmas sin historia que albergan de cierta manera los recuerdos del propio Juan Carlos. Aunque este proyecto puede parecer una indagación totalmente personal, la historia hace eco de los momentos en que vemos nuestros álbumes familiares. Otra serie de fotografías que sobresale es “El Abance” de Sonia Madrigal, la cual retrata a los habitantes de varios municipios de la zona oriente del Estado de México que diario saltan por encima de un muro de contención en el que está inscrita la frase “MURO DONAL TROMP PURO ABANCE”.  Lo notable de este proyecto es que conjunta una estética muy luminosa –las 71 fotografías son pequeñas y están llenas de color– con una crítica feroz a la mala infraestructura de las carreteras, la falta de espacios para el cruce de peatones y la marginación migratoria.

Sonia Madrigal, El abance (“Progres”), 2018.

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Cada una de las fotografías de la Bienal se encarga de recordarnos algo sobre el país en el que estamos situados. De la misma manera, la exposición Noches fieras que se presenta en el Museo Universitario del Chopo, está pensada como un ensayo visual concreto en el que se muestran las dos facetas de la noche, aquella que incita a la fiesta, los excesos y la diversión, y la que desata muerte y la violencia. Esta exposición muestra el trabajo de 57 artistas y fotógrafos de Colombia, Argentina, Chile, Cuba, Perú y México que han retratado escenas nocturnas desde 1970 y hasta 2017. A pesar de que las fotos presentan situaciones muy distintas entre sí, la muestra explora atinadamente la idea de que, en la noche, todos somos iguales. El soporte principal es la fotografía, pero la muestra también incluye collages de recortes de prensa y postales como “Servicio de lujo” de Felipe Ehrenberg, que funcionan para el registro de la realidad que aparece cuando las luces se apagan. En cada uno de estos escenarios resalta la diferencia y similitud entre cada país. Las fotos hacen evidente el papel del fotógrafo para elegir el instante en que el obturador retratara la noche, pero también el hecho de que siempre haya una segunda, tercera o cuarta historia escondida detrás de cada instantánea.

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Por otra parte, la exposición Modos de oír: prácticas de arte y sonido en México quese presenta de manera paralela en el Ex Teresa Arte Actual y el Laboratorio Alameda, consigue dos objetivos muy claros. El primero exhibe lo que artistas mexicanos de distintas generaciones han creado con relación al sonido desde diversas posibilidades: la intervención gráfica de partituras, el cuestionamiento de los soportes como los LP o los casetes, la utilidad de los instrumentos antiguos, etcétera; y por otra parte, la exposición funciona como la muestra de un acervo o una suerte de archivo para futuros estudios pues, como menciona el texto de sala, hasta ahora no se tiene un registro puntual de estos trabajos relacionados con el sonido. A pesar de que cada pieza tiene una estética y una intención muy distinta de la otra, es evidente que todas cargan con un motivo comunicativo y de denuncia social. La muestra que se presenta en el Laboratorio Arte Alameda cuenta, además, con un par de sorpresas, pues aunque la exposición está organizada en módulos que tienen que ver con las líneas de investigación de la música y sus alcances, la curaduría permite visitar absolutamente todos los espacios del Laboratorio. Cabe mencionar que algunas de las piezas pueden activarse, como La tensión extendida de Manuel Rocha Iturbide (México, 1963), una guitarra suspendida en la parte alta del Laboratorio que mantiene una tensión irresuelta entre lo oculto y lo expuesto, y cuya ficha técnica dicta las instrucciones para activarla y descubrir aquello que está escondido. De la misma manera, la instalación sonora de Luz María Sánchez, V-Fi[n]1.01, presenta 31 reproductores digitales portátiles a partir de una pistola Carcal 9mm de plástico; cada una de estas grabaciones fue realizada en situaciones de peligro, como balaceras, por personas que grabaron la escena y después la pusieron en circulación en la web.

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Vista de la exposición Podría ser (una flecha): Una lectura de la Colección Jumex Museo Jumex,  2018. Fotografía: Ramiro Chaves

Bajo la misma lógica de abordar a las exhibiciones como un registro vivo, podemos referirnos a la exposición colectiva que se presenta en el Museo Jumex: Podría ser (una flecha): una lectura de la Colección Jumex. Esta muestra se pensó como una relectura de la colección Jumex desde una mirada distinta: la manera en que diversas mujeres han interrogado los cánones tradicionales de la producción de imágenes en el arte para subvertirlos y hacerse de un lugar en la escena artística. Únicamente se presenta obra hecha por mujeres, aunque de diversas generaciones y de varias partes del mundo. La museografía está organizada por núcleos temáticos y espaciales con los que las mujeres se han relacionado –como la arquitectura y el paisaje–; sin embargo, queda la sensación de haber visto muchas piezas que no necesariamente se relacionan con el núcleo propuesto pero cuya presencia es fundamental. Vemos pintura, instalación, video, fotografía y escultura, refiriendo todas a las posibilidades que tiene la imagen para crear identidad. Algunas de las artistas que participan son Minerva Cuevas (México, 1975), Candida Höfer (Alemania, 1944), Teresa Margolles (México, 1963) y Amalia Pica (Argentina, 1978).

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Finalmente, para sumergirse de lleno en el posicionamiento de una mujer en el mundo del arte hay que asomarse a Nancy Spero: Paper Mirror en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. Se trata de una retrospectiva del legado de Nancy Spero (Ohio, 1926- Nueva York, 2009) quien inició su carrera como artista figurativa pero que en 1966 renunció al estilo establecido por la academia del óleo sobre lienzo para dedicarse a trabajar sobre papel. En éste encontró el soporte para crear una nueva identidad como artista, considerando sus similitudes con la condición de fragilidad del propio papel. En Paper Mirrorse reúne obra de casi 50 años de producción en la que se entretejen repeticiones de personajes, cabezas con una lengua larga, temas como la sexualidad y lo ritual en el cuerpo de la mujer y una crítica latente hacia la guerra de Vietnam. Para Spero, dibujar cuerpos sobre el papel es una extensión del lenguaje: comenzó a utilizar sellos desde joven pues sufrió de artritis a muy temprana edad, y fue justo este medio el que le permitió explorar el dinamismo estático y la repetición de personajes que a su vez formulaban un trabajo narrativo. Además, desarrolló una serie de cuadros que oscilan entre el collage y la poesía concreta titulados Artaud Painting en los que conjunta frases del artista francés con su trabajo pictórico.

Todos los personajes que protagonizan sus cuadros son mujeres representadas ya sea como víctimas, como diosas mitológicas –Nut, Sheela o Venus–, o como agentes activas. Al respecto explica: “Decidí ver a mujeres y hombres representando a las mujeres, no solo para revertir la historia convencional, sino para ver qué significa ver al mundo a través de la representación de las mujeres”, con lo cual evidencia también su lucha feminista por encontrar un espacio, un soporte y un medio en el que las mujeres fueran reconocidas en la sociedad como sus pares hombres. Las pinturas de Spero en pequeño y gran formato habitan las salas del Museo Tamayo creando un texto de largo aliento. Además de las casi 100 obras que se presentan, en el patio central del museo está instalada su última pieza Maypole: Take No Prisoners, concebida para la 52° Bienal de Venecia de 2007; esta obra sintetiza la exploración que Spero realizó respecto a la “victimización”, término que ella entendía como la transición de víctima a protagonista, y que está configurada por más de 200 cabezas decapitadas con expresiones de angustia emocional y miedo, impresas en aluminio cortado y colgadas de cintas de colores y cadenas de metal.  

Todos los espacios expositivos manejan horarios normales durante las vacaciones excepto los días 24, 25, 31 de diciembre y 1 de enero.

 

María Olivera
Egresada de Literatura por la Universidad del Claustro de Sor Juana.