Desde la nueva forma de performance inventada por Banksy en plena subasta hasta el Premio Benois de la Dance a Isaac Hernández, ofrecemos un breve recorrido por los sucesos más trascendentes en el mundo del arte, tanto en México como en el extranjero, en este 2018.

Hay algo que seduce y tranquiliza de una aserción como “lo más destacado del año”. Tal vez cautiva el anuncio por buscar la diferencia, o es que todo el atractivo radica en la promesa de algo finito. Tranquiliza que el recuento esté depurado y permita identificar todo aquello que no debió pasar desapercibido. Sospecho que también hay algo de morbo involucrado y una intuición —esperaría que poco latente— sobre la pretensión de un ejercicio parecido. Sin embargo, estos balances funcionan como una especie de rito de paso colectivo, una despedida necesaria para el año que termina, una ofrenda de gratitud incluso. Son buenos ejercicios para despabilarse, oportunidades raras de volverle a prestar atención a algo y otorgarle al inventario recopilado una permanencia pasajera.

El reto es enorme cuando el balance anual en cuestión es sobre el arte. Los contornos mismos de qué entendemos por arte son difusos. Se siente como mnemotecnia de una materia sumamente vasta en la que no importa cuál asociación elijas siempre vas a extraviar lo importante. El arte a lo mejor no tiene la solidez necesaria para estos trucos memorísticos. “Lo más destacado” puede ser una etiqueta casi prescriptiva que corre el riesgo de parecer inmutable y a su paso aplanar las experiencias artísticas. Nuestros encuentros con el arte muchas veces se sienten ambiguos y elusivos. Al mismo tiempo, si no jugáramos así al final del año, difícilmente pasaríamos el tiempo suficiente repasándolo para aislar los recuerdos felizmente adueñados por el arte.

Internacionalmente, del 2018 la prensa se aseguró de que casi todos ubiquemos la pieza autodestructiva de Banksy. La broma/performance en una subasta de Sotheby’s abrió una discusión interesante sobre el mercado del arte contemporáneo y la disociación entre precio y valor. La travesura de dejar la mitad de Niña con globo en tiritas fue un gesto que dio mucho de qué hablar en octubre, pero que en realidad no desestabilizó el mundo de las subastas. Tan solo un mes después, un cuadro de David Hockney, el retrato del artista parado frente a una alberca en la que observa a un hombre nadar, se vendió en 90 millones de dólares, precio récord para la obra de un artista vivo.

Hilma af Klint, De tio största, nr 3, 1907.

Este tipo de titulares merman la atención a otros eventos que podrían ser más significativos. Aunque había tenido una exposición importante en el 2016 en la Serpentine Gallery, fue ahora que se presentó en el Guggenheim en Nueva York que nos fijamos con más ahínco en la artista sueca Hilma Af Klint (1862-1944). Sus pinturas abstractas son brillantes y sus coloridos diagramas geométricos plasman una mística personal compleja. La aparente sencillez de las figuras las vuelve delicadas, evocan de manera muy indirecta formas orgánicas como conchas y flores. Además de que su trabajo es vivaz e interesante, Af Klint es importante para la historia del arte pues mirarla implica reconfigurar los albores de la abstracción. Años antes de Kandinsky, Mondrian y Malevich, Af Klint abandonaba desde 1906 el arte figurativo para experimentar con un lenguaje muy propio, afín al modernismo abstracto.

El ejercicio de reevaluación propuesto en la exposición resuena con las alusiones que hizo Hannah Gadsby en Nanette sobre la historia del arte. Gadsby subrayó las relaciones entre arte y poder, sobre todo en la exclusión implícita de la mujer, no solo en las representaciones tradicionales de la belleza femenina, sino también en el círculo de los grandes creadores. Crítica de los mitos de Van Gogh y Picasso, hacia el final de su monólogo rescata la idea utópica, central para el cubismo, de que tenemos que aprender a mirar desde múltiples perspectivas al mismo tiempo. Considerar esta idea con humildad extrema y empatía cautelosa enriquece y nos conecta.

Vista de la exposición Aprendiendo a leer con John Baldessari donde se observa la pieza Green Kiss/Red Embrace (disjunctive), 1988.

Pero es probable que nuestro encuentro más directo con el arte en 2018 tuviera lugar en las salas de algún museo de la ciudad. De qué nos acordemos mejor dependerá de las oportunidades que tuvimos de visitar estos espacios. A lo mejor nos aturdimos en Sublevaciones de Didi-Huberman en el MUAC al mismo tiempo que nos maravillábamos de la riqueza conceptual de la curaduría. Repasamos el alfabeto con Baldessari en el Jumex al principio del año para asistir meses después a ese mismo espacio a la retrospectiva de Xavier Le Roy y repensar con los bailarines el cuerpo, la danza y el archivo. Quizás en el verano disfrutamos las pinturas de Leonora Carrington en el MAM, los jolgorios de color de Cucho Reyes e incluso fuimos a la exposición casi enciclopédica de las colecciones vaticanas en San Ildefonso. El año no termina hasta dentro de unos días y todavía nuestro 2018 podría ser anfitrión de las sinestesias de Kandinsky en Bellas Artes y las fotografías de Graciela Iturbide.

Graciela Iturbide, “Los héroes de la patria”. Fotografía tomada del muro de Facebook de Fomento Cultural Banamex.

Lo más destacado del arte de 2018 para mí no estuvo en un museo. Si tuviera que quedarme con una sola cosa sería la obra Wenses y Lala. Adrián Vázquez la escribió y la dirigió; él mismo actúa junto con Teté Espinoza. Es una producción entrañable en la que dos personas muertas y aún enamoradas nos pasean por su vida. Toda la obra conmueve con el contraste entre la pareja, Lala tan parlanchina y alegre, Wenses tan hosco y callado. Se siente el amor que se tienen prácticamente desde niños y cómo madura cuando los conocemos. Su vida llega a ser difícil y sorprende la facilidad con la que los personajes te arrastran de las lágrimas a la carcajada, a la risa desbordada que parece a veces la única que deja sobrellevar la vida.

Si de escenarios se trata, también le guardo cariño a la edición de este año de Despertares organizado por Isaac Hernández. Mentiría si dijera que no me emocionó verlo bailar tan solo unas semanas después de que fuera galardonado con el Premio Benois de la Dance. Este reconocimiento internacional tan importante al mejor bailarín es de lo que no podría omitirse en el balance artístico del año. En un ejercicio colectivo también querría que todos hubieran sentido ganas de llorar cuando los bailarines de la compañía Hubbard Street Dance Chicago ejecutaron la coreografía de “Lickety-Split” de Alejandro Cerrudo en el Teatro de la Ciudad como parte del festival de Elisa Carrillo, Danzatlán. Al verlos bailar, uno quería que nunca terminara el diálogo primoroso entre los movimientos fluidos, elegantes, que contrastaban con algún gesto repentino que por poco desentonaba.  

Seguramente para otros ojos lo más valioso de mi año será lo más insignificante del suyo. Este tipo de listas en el fondo funciona más como los últimos párrafos aquí escritos. Son ejercicios personales e inapropiados, pero ojalá lo suficientemente expresivos para incitar a pensar qué incluir en un recuento propio. Ojalá la lista sea porosa y permita que las descripciones evoquen no solo lo específico, sino el sentimiento difícil de asir frente al arte que vale la pena, la manera en que puede saturar algún recuerdo. Derivaría una lista distinta de pensar en las experiencias artísticas que a uno le gustaría repetir, las que estaban impregnadas de expectativas, las que no esperábamos contemplar y se dieron de casualidad, o las experiencias que al compartirlas se volvieron especiales.

Irremediablemente y por fortuna, una lista de lo más destacado del arte de 2018 debería ser más plural.

 

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.