Aunque resulte humanamente imposible revisar la más que extensa oferta de narrativa mexicana publicada este año, el ejercicio se impone como necesario si queremos esbozar un panorama, un estado de las cosas. En las siguiente líneas, Roberto Pliego, acaso nuestro crítico más privilegiado, ofrece su diagnóstico sobre los logros y yerros de la novela y el cuento en 2018.

Cada vez resulta más difícil arriesgar una mirada integral sobre las novedades editoriales del año que se fue. Hay demasiadas apuestas, demasiados nombres y horizontes. A la producción de los dos grandes grupos que dominan el mercado (Penguin Random House y Planeta), debemos sumar la actividad de las casas llamadas “independientes” y del Fondo Editorial Tierra Adentro, y la pujanza de las universidades y los pequeños proyectos que sobreviven a fuerza de masoquismo y vocación más allá del éxito mercantil. Quiero decir que es humanamente imposible hacer un recuento exhaustivo de las piezas narrativas publicadas durante el año, a no ser que en lugar de la lectura sosegada practiquemos un mero censo de títulos y autores.

La omnicomprensión escapa a mis aptitudes pero eso no significa que renuncie a comprometer algunos gustos y desencuentros. Abro con el cuento, del cual no puede aventurarse ya que no tiene lectores, y cierro con la novela, cuya expansión parece borrar la frontera entre buena y mala literatura.

Irse de cuentos

No dudo al señalar a Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino como una decepción mayúscula. Sus siete relatos —el último de los cuales bautiza al libro— se fincan en la parodia como detonante narrativo y se entretienen demasiado con el guiño y el homenaje: a Cristina Rivera Garza y ese mecanismo inclasificable que es Había mucha neblina o humo o no sé qué, a Valeria Luiselli y su artefacto verbal Historia de mis dientes, a la aventura plástica de Carlos Amorales. Ya que descree de la originalidad, Herbert encuentra combustible en el cómic, el gonzo, el arte conceptual, las novelitas sobre pistoleros del Viejo Oeste y, sobre todo, en el cine. En “Z”, por ejemplo, unos comedores de carne humana condenados a la putrefacción toman la Ciudad de México. A pesar de su solvencia estilística, Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino se despeña una vez que declara su admiración por los productos más chapuceros de la cultura popular.

Igual suerte obtiene Autopista del sol, de José Luis Zapata, seleccionado por el Programa Editorial que convoca el Gobierno del Estado de Guerrero: carece de la unidad argumental que debemos exigirle a un libro de relatos, no importa si luce una condición de primerizo, y, aún peor, despacha sus historias como se despacha la orden en una cadena de hamburguesas. En un sentido, sirve para reflexionar sobre los apoyos que las instituciones estatales y federales brindan a los jóvenes creadores. Antes de dejarse ganar por la tentación de un libro publicado, deberían tomar sesiones espartanas de lectura, someter sus textos al juicio de un grupo de gamberros y arrojar tantas palabras a la basura como su autocrítica les exija.

Al otro lado del espectro se halla La última oveja del Ángel Exterminador. Sus 25 relatos están habitados por mujeres condenadas a la cirugía reconstructiva, la dieta baja en grasas, la belleza física a cualquier precio. Frente a las ambiciones superfluas de los personajes, uno podría suponer que su autora, Alejandra Junco, responde al ideario feminista o a cierta militancia que reivindica el linchamiento como acción social. Uno podría suponerlo y fallaría el tiro porque la mejor cualidad de esos relatos es la suficiencia con la que se mueven entre la realidad dislocada y el absurdo. Si sus mujeres son frívolas es porque son desgraciadas y no debido a un anatema patriarcal. Con aparente sencillez, y haciendo creer que la suya es una mirada superficial, Alejandra Junco ha podido concertar la unión de las apetencias y las insatisfacciones femeninas.

Celebro también la Monalilia y sus estrellas colombianas, con el cual Nazul Aramayo sostiene el impulso ganado con Eros diler (2012), su primera novela. Sus seis relatos apelan a una cotidianidad maldecida por el desempleo, la ausencia de futuro, el sexo de alto riesgo, la adicción a la piedra, la ruina sentimental y la fealdad urbana. Transcurren en el ámbito de la familia o de la mala vida en pareja y conducen al desencanto que significa haber nacido y luego irla pasando en Torreón y sus alrededores. Estamos así en lo que hemos dado en llamar el “Norte”, ajeno sin embargo a la guerra entre narcotraficantes o a las hordas que han sustituido al Estado. Quiero decir que la violencia no está “allá afuera” sino “ahí dentro”, entre cuatro paredes, en la sala o en la cochera donde humea la carne asada.

Dejo para el cierre Historia de historias, de Álvaro Uribe. Se trata no solo del libro de cuentos más destacado y envidiablemente literario de 2018 sino de al menos los últimos cinco años. Reúne Topos (1980), El cuento de nunca acabar (1981) y La linterna de los muertos (2006) más tres piezas fechadas en 2017. La ficción que da nombre al libro contiene sus alcances totales. Un joven recibe el encargo de tomar las riendas del negocio de su patrón. El joven pide consejo a su suegro, un hombre sabio, quien relata a su vez un exempla inspirado a su vez en otro exempla al que admitimos como descendiente de una larga cadena que tiene su origen en la pareja primordial. En esta laboriosa maquinaria narrativa podemos reconocer a El conde Lucanor, Las mil y una noches, y el arte combinatorio del Calvino de El castillo de los destinos cruzados. Cuando comprobamos que el saber libresco se une con paciente naturalidad al acto de contar, iniciamos la relectura y esa renovada fascinación trae consigo una experiencia feliz. No hay debate: Álvaro Uribe es el dueño del Verbo y de la linterna que lo alumbra.

El lugar de la novela

El Premio Alfaguara de Novela, como todos los reconocimientos, es caprichoso, imprevisible y sujeto a los vaivenes del mercado. De entre los autores celebrados en los últimos veinte años, me quedo con Tomás Eloy Martínez, Santiago Rocangliolo y Juan Gabriel Vásquez. En 2018, el Premio recayó en Una novela criminal, de Jorge Volpi, cuyo aliento procede en realidad de la crónica y el reportaje periodístico. Ignoro los criterios expuestos para meter a este libro en el género novelístico. El caso es que Volpi no deja de sentirse incómodo ante la tarea de desplazar un caso judicial a los terrenos de la “novela sin ficción”. La historia, que tiene como protagonistas a Israel Vallarta y Florence Cassez, acusados de capitanear a una banda de secuestradores, no necesita artilugios para mostrar el rostro más aterrador del sistema de justicia mexicano, y tanto es así que, cuando deja de autoproclamarse novelista, Volpi adopta el tono que mejor le sienta: el de un mediano redactor de informes. No aspira, es cierto, a demostrar la inocencia o la culpabilidad de los acusados pero sí, en cambio, a desenmascarar a los medios de comunicación, a policías, sacerdotes y líderes de opinión.

Un similar atrevimiento justiciero está detrás de Todos los miedos. Como si la novela tuviera la desinteresada obligación de rebelarse contra los males de este mundo, Pedro Ángel Palou ensaya la fórmula reportera combativa, expolicía o exmilitar con un pasado negro, y país corrompido que se ha instalado con total impunidad en las mesas de novedades editoriales. De modo que ha querido contar lo peor de la sociedad mexicana echando mano de lo peor que puede ofrecer un narrador: un estilo maquilladamente coloquial, que apenas se desmarca de las crónicas policiacas por el uso correcto de la puntuación. Una probada sin mala intención: “Lo tira en la lona la duda. Lo escuece la pinche pregunta”.

La llamada autoficción prolifera en la escena mexicana como los bloqueos en las autopistas y la roña en las plantaciones de café. Veamos, por ejemplo, La mala costumbre de la esperanza, en la cual Bruno H. Piché toma el caso de Edward Guerrero —condenado a cadena perpetua en una cárcel de Michigan por violar a tres mujeres entre el 20 y el 31 de octubre de 1970— como pretexto para hablar exclusivamente de sí mismo. Sabemos mucho de su diabetes y sus episodios depresivos, lo mismo que de la enemistad con su hermano, y muy poco de su personaje. Queda así la impresión de que no todas las desgracias ajenas son inspiradoras de la vorágine novelística. Guerrero no es Raskolnikov ni Humbert Humbert y en manos de Piché no pasa de ser una ausencia al servicio de su confesor.

A la cárcel también nos asomamos mediante Los últimos días de Ramón Pagano, una novela ideada sin otra determinación que la de atraer la sonrisa bobalicona del lector hacia un condenado a muerte por horca que, entre frases pomposas y anacronismos, va registrando sus cincuenta días finales de vida. Ya que su autor, Alejandro Hernández Palafox, ha hecho carrera en el periodismo —fue director de la Carlos Septién—, no es de extrañar que sienta la necesidad de alzar la voz y hacer caer sobre sus páginas una dosis contrita de indignación. A cuento, sin embargo, de qué desgracia, el reducto de la libertad y la imaginación cervantinas se ha convertido en la covacha de los redactores y denunciantes comunes y corrientes.    

No hace falta romperse la cabeza para sospechar los motivos por los cuales la narrativa ha sido secuestrada por agentes judiciales, sicarios, ministerios públicos, delincuentes de sol y sombra. Según parece, la realidad más cruenta resulta más atractiva que la creación de mundos y personajes. Mucho dicen Una novela criminal, La mala costumbre de la esperanza y Los últimos días de Ramón Pagano de esa tendencia empobrecedora de la misma realidad.

Dónde, pregunto, están las Novelas Definitivas del Narco o la Criminalidad Sin Freno, dónde al menos la novela que tenga una porción de la fuerza narrativa y reflexiva de El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, un ajuste de cuentas con el realismo mágico y una respuesta literaria al tiempo en que Pablo Escobar impuso el terror en Colombia. Vertical, del escritor chihuahuense Jorge Nores no pertenece a esa familia, sobre todo porque, como reconocemos desde las primeras páginas, en vez de arquitectura verbal exhibe un desaseado trabajo de albañilería. La escritura tiene el ritmo y la sintaxis de la declaración de un aprendiz de sicario, analfabeto y silvestre, ante un juez penal. ¿Se supone entonces que debemos concentrarnos solo en el argumento, la coartada unánime de los cultivadores de la novela del narco?

Ya que el narcotráfico ha pervertido la esfera social y política, una franja de la narrativa mexicana ha tomado en sus manos el derecho a la purificación. Balada de los ángeles caídos, de Israel T. Holtzeimer, es una muestra desconsoladora. Su trama, erigida sobre el culto al cliché, corre detrás de un analfabeto que ha llegado a la presidencia de México y ha promovido una cruzada antirreligiosa que se enfrenta a la resistencia armada de un grupo de católicos en Iztapalapa. Lo demás es un rosario de sermones, explosiones sentimentales y escaramuzas militares. Balada de los ángeles caídos sirve tan solo para preguntarse por la condición de las editoriales en México: ¿qué hace posible que un producto contrahecho despierte la ambición de un editor y llegue a las librerías?

En otras sensibilidades y otros ámbitos, he hallado también decepción. La tan publicitada novela de Alma Delia Murillo, El niño que fuimos, me ha dicho que la orfandad se parece mucho más a un culebrón a la mexicana que a muchas de las obras de Dickens. El libro secreto de Frida Kahlo, de F. G. Haghenbeck, me ha puesto a corroborar la existencia de fetiches concebidos para ese tipo de público que lo mismo obtiene un mórbido regocijo al creer descubrir las zonas oscuras que guarda la vida de Luis Miguel que aplaudiendo las indiscreciones de un grupo de monigotes made in Mexico. Animal verdadero, de Rafael Villegas, me ha traído la certeza de que muchos narradores solo se han alimentado de series de televisión. Nunca más su nombre —con la que Joel Flores obtuvo el Premio Juan Rulfo— y El pacto de la hoguera me han dicho que no hay novela sin un pacto verbal entre la tradición y la innovación y sin una declaración de guerra a todo lo que suene a lirismo inflamatorio. Si tú quieres, moriré, de Gerardo Laveaga, me ha hecho augurar que, a menos de que abandone toda aspiración totalizadora y todo celo rastreador, la novela histórica seguirá ofreciendo piezas de museo polvoriento. Por último, El oficio de la venganza, de L. M. Oliveira, me ha servido para descreer de las propiedades místicas de los hongos alucinógenos, revalorar las noveletas de Marcial Lafuente Estefania y negar tres veces a su legión de imitadores.

Las buenas noticias provienen de tres debutantes. Con El tiempo del cocodrilo, Uriel Mejía Vidal obtuvo el Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2017. ¿Qué encontramos? El rumor de aquellas leyendas —¿acaso provenientes de la tradición indígena?— en las cuales una bestia enorme imponía su fuerza y exigía un tributo en sangre antes de ocultarse por largas temporadas en una cueva húmeda. Revela, por tanto, la persistencia de los mitos, lejos, muy lejos, del temperamento de los cuentos de hadas. De El último día de septiembre sorprende que apenas conceda importancia al argumento y confíe en la gestación sostenida de un lenguaje. Alejandro Badillo ha imaginado una red de conexiones entre los hechos, entre los personajes, que se vuelve manifiesta a medida que el delgado argumento va tomando velocidad. Lo que parecía accesorio se vuelve central y los detalles que creíamos solo necesarios para trazar una atmósfera cobran un inusitado protagonismo. El tiempo del cocodrilo y El último día de septiembre me revelaron a dos autores refractarios a las modas, dueños de una personalidad escritural con signos propios. La sorpresa mayor, sin embargo, me la dio Ausencio, de Antonio Vázquez, que tiene la forma de un viaje descendente hacia la autodestrucción. Fantasmales son los escenarios del centro de la Ciudad de México, de sus parques, calles y cantinas, y aún más fantasmales los del poblado cercano a la capital oaxaqueña —estación de partida y también de último arribo— que ha dejado de mirar hacia adelante. Constructor de insomnios y temblores, Vázquez ostenta el ritmo y la paciencia suficientes para conducir a su protagonista hacia la indigencia espiritual y sumarlo a la corte de almas en pena que se multiplican a medida que avanza la novela.

Cierro con la enumeración tan solo de las novelas que me aseguraron el placer de la lectura: Catorce colmillos (Martín Solares), Europa y los faunos (Pablo Soler Frost), Paraíso en casa (Adrián Curiel Rivera), Perseguir la noche (Rafael Pérez Gay), Las increíbles aventuras del asombroso Edgar Allan Poe (Bernardo Esquinca), No contar todo (Emiliano Monge), Ahora me rindo y eso es todo (Álvaro Enrigue).
Este es mi 2018… y ahora también de ustedes.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.