Transitar de la cultura del poder al poder de la cultura comporta necesariamente la aprobación de un presupuesto a la altura de un ámbito de la vida pública cuyo carácter estratégico no podemos seguir soslayando.

A lo largo de diversos periodos de nuestra historia, la cultura ha desempeñado un papel fundamental en la generación de cohesión social. Así ocurrió en el proceso posterior a la Independencia, con la fundación del Museo Nacional —promovido por Guadalupe Victoria para crear la primera narrativa de la identidad cultural del México independiente—, así en la Reforma, con el aliento a un nacionalismo articulador y orgulloso en las letras y en las artes, así también tras la Revolución, con el fomento a expresiones que van del muralismo a algunas de nuestras mayores obras sinfónicas, y que lograron generar unidad en torno a los valores de la justicia social.

En la actualidad, la cultura ha vuelto a ser considerada factor regenerador del tejido social, a nivel tanto nacional como internacional. La Agenda 21 para el Desarrollo promovida por la Organización de las Naciones Unidas exhorta a conjuntar cultura y desarrollo sostenible a través de un enfoque dual que permita desarrollar ejes como la preservación y el aprovechamiento dinámico del patrimonio, el fomento a la creatividad, el impulso a las industrias culturales, la promoción del arte o la infraestructura para el turismo cultural. Esto pasa necesariamente por su reconocimiento en las políticas públicas, particularmente en las relacionadas con educación, economía, ciencia, comunicación, medio ambiente y cooperación internacional. Hoy es inevitable que este denominado Cuarto Pilar del desarrollo sostenible —donde los otros tres serían el crecimiento económico, la inclusión social y el equilibrio medioambiental— esté orientado a establecer sólidas conexiones de complementariedad con las demás dimensiones del desarrollo.

Ilustración: Izak Peón

Aquí la transversalidad de las acciones públicas en materia de cultura, y el presupuesto que se destine al sector, son determinantes. De acuerdo al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el presupuesto para cultura en México perdió casi un 26 por ciento entre 2012 y 2018, al pasar de 17 mil 300 millones de pesos a 12 mil 900. Por tanto, la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados, que me honro en presidir, está solicitando un incremento sustancial hasta llegar a los niveles de 2012. Sobre la transversalidad diré lo que ya sabemos: que es uno de los temas que quedó a deber el gobierno saliente, y que resulta paradójica esa deuda justo ahora que la política cultural es al fin materia de una Secretaría y ya no de un Consejo dependiente en lo jurídico, en lo económico y en lo administrativo de la Secretaría de Educación, como fue durante 27 años.

La Reforma Cultural que ha vivido el sector —la incorporación del derecho a la cultura en la Constitución, la creación de la Secretaría de Cultura y la aprobación de una Ley General de Cultura y Derechos Culturales— fue impulsada para garantizar el derecho de acceso a bienes y servicios culturales, orientado a atender la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones, con pleno respeto a la libertad creativa. Esta reforma exige poner la mirada en un presupuesto digno y en una transversalidad estratégica. Solo a partir de estas dos condiciones podremos lograr una legislación con perspectiva social, que es en lo que hemos puesto el acento de nuestro trabajo legislativo; una que permita redistribuir de mejor manera la riqueza cultural de nuestro país, particularmente hacia los sectores más desfavorecidos. Desdoblar la dimensión social de la cultura requiere sacar las mayores y mejores capacidades de este sector en forma armónica, a fin de generar un impacto sociocultural tanto en lo individual como en lo colectivo, y verlo reflejado en las comunidades.

Es ese el espíritu de la Cuarta Transformación en materia de cultura, con la que estoy plenamente comprometido. Deseo contribuir a dicha transformación sentando las bases legislativas que detonen un modelo exitoso para la actividad cultural, encaminado a promover la actividad económica creativa, a proteger los derechos de autor y la propiedad intelectual, a ofrecer a las industrias creativas una vinculación real con otros sectores de la economía y a ofrecer a esta esfera hoy estratégica de la actividad económica condiciones fiscales de desarrollo, así como incentivos y subsidios a las manifestaciones culturales que así lo requieran.

En la Cuarta Transformación somos conscientes de que no es posible generar impacto sociocultural sin un presupuesto del tamaño del reto que esto implica, sin una transversalidad estratégica entre las diversas áreas de la administración pública que abraza la cultura, y sin entender que los destinatarios finales de las acciones públicas en materia de arte y cultura son los ciudadanos.

 

Sergio Mayer Bretón
Presidente de la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados.

 

 

Un comentario en “El Cuarto Pilar del desarrollo en la Cuarta Transformación

  1. Compañero Sergio Mayer Bretón, uno de los principales obstáculos en el desarrollo de la producción artísticas está en la distribución de las utilidades que deja la explotación de la obra. Es indispensable realizar un cálculo certero para determinar el aporte al PIB de todas las disciplinas que componen el espectro de la producción artística y adecuar las leyes que fueron transformadas, en el proceso neo-liberal, en leyes que garantizaban los privilegios de explotación de los productores. Es indispensable también preparar a los estudiantes de estas actividades en el conocimiento de sus derechos y de las leyes que habrán de ampararlos una vez que lleguen a desempeñar sus actividades profesionales. El fortalecimiento correcto de las organizaciones de los creadores serán el soporte de las conquistas que sin duda se obtendrán en esta cuarta transformación que hoy la mayoría de los mexicanos celebramos, pero que al mismo tiempo, se encuentran completamente deformadas y/o acosadas por falsos líderes pro-empresariales.