Gracias a los libros de Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), el mundo se enteró de los horrores del régimen soviético; y no solo eso: su obra, sobre todo la monumental Archipiélago Gulag, contribuyó al desmoronamiento de aquel sistema brutal y opresor. Para conmemorar el centenario de este autor imprescindible del siglo XX, el siguiente ensayo recuerda a Los invisibles, un grupo de disidentes que arriesgaron la vida para que el novelista ruso pudiera escribir, en la clandestinidad, su obra maestra.


Uno de los pocos libros que cambiaron la historia es Archipiélago Gulag (1973) de Aleksandr Solzhenitsyn. De esta manera lo asimiló Octavio Paz y otros intelectuales que dieron cuenta de su desencanto por el socialismo de la Unión Soviética.

Chéjov ya había dicho que los grandes escritores deben hablar de política “para defender al pueblo de la política”. Si con Pabellón de cáncer Solzhenitsyn ya había deslumbrado a sus lectores porque se refiere al cáncer como la enfermedad del espíritu que es el Estado totalitario, en sus siguientes títulos continuó con un retrato fiel de la represión que se vivía durante el régimen soviético. No le importó arriesgar su vida, continuó escribiendo en la clandestinidad, a salto de mata, con apoyo de un grupo de amigos que creyeron en él, a quienes llamó Los invisibles. ¿Quiénes eran esos invisibles? ¿Cómo apoyaban al escritor? ¿Cuántas veces corrieron el riesgo de que la KGB diera con ellos? ¿Qué tenían en común?

Desde 1958 —como detalla un documental de Jean Crépu y Nicolas Miletitch sobre las entretelas de Archipiélago Gulag— Solzhenitsyn tenía la idea de escribir un libro que narrara un día en la vida de un preso. No obstante, se dio cuenta que no bastaba con su experiencia personal, sino que debía exponer todo el terror que se vivió a lo largo de 40 años.

Los invisibles eran un grupo de disidentes cuyos padres habían sido asesinados por el régimen o habían estado presos. Se trataba de hombres y mujeres que pertenecían a un selecto círculo de confianza: eran astutos, diestros en los momentos que debían ocultar sus pasos y evitar llamar a las personas con sus nombres verdaderos; también requerían ser discretos y estaban listos para arriesgar su vida con tal de apoyar el trabajo de Solzhenitsyn.

Nadia Levitskaia y Elena Tchukovskaia debían distinguir cuando escuchaban que alguien tocaba la pared una y otra vez, luego un silencio, y lo intentaba de nuevo. Era la señal acordada para abrir la puerta de su departamento y que pudiera entrar el escritor. Él llegaba, se sentaba en la sala y comenzaba a escribir. Si quería comunicarse con ellas, les mostraba una tarjeta y la quemaba en ese instante. Mientras tanto, ellas colaboraban con él buscando citas, leyendo libros, localizando pasajes, toda la información que fuera necesaria.

La palabra gulag se refería a las siglas de la dirección general de campos de trabajo y zek quería decir prisionero del gulag, alguien que ve la vida como “una rara y temporal anomalía”. “Ningún destino en la Tierra podía ser peor. Sin embargo, estaban en paz consigo mismos, eran tan audaces como podían serlo unos hombres que habían perdido todo”, refiere el novelista sobre el trabajo de los esclavos en prisión en Archipiélago Gulag.

Cuando Aleksandr Solzhenitsyn fue un zek conoció a Arnold Susi, un hombre que se convirtió en su amigo y al le gustó mucho la novela Un día en la vida de Ivan Denisovich. Arnold Susi fue asesinado por el régimen soviético y su hija, Heli Susi, en recuerdo de esa amistad que tuvieron el novelista y su padre, quiso ser parte de ese círculo cercano a Solzhenitsyn. Le prestó un lugar para que pudiera sentarse a escribir durante horas sin el temor de ser molestado o vigilado por agentes del gobierno.

De 1965 a 1967, cada invierno, el narrador permaneció oculto en una granja a las afueras de Moscú. Heli Susi casi no lo veía, solo escuchaba el sonido de la máquina de escribir que no paraba durante horas. Ella borraba sus huellas en la nieve de diferentes maneras, con la intención de que nadie siguiera sus pasos hasta la granja.

Elena Tchukovskaia fue la encargada de reunir los textos que el escritor tenía dispersos, que en total acumulaban tres tomos. Por su parte, Nadia Levitskaia fue la encargada de buscar un encuadernador de confianza y, de nueva cuenta, arriesgar su vida. “Yo siempre estaré agradecida con Solzhenitsyn porque nos mostró un camino. Yo sabía que un hombre solo no podía luchar contra todo el régimen, por eso decidí ser parte de su cercano círculo de amigos, de Los invisibles”, apunta Levitskaia en el documental.

Una vez que los tres tomos estuvieron encuadernados, decidieron fotografiar cada página de los volúmenes y hacer un archivo en microfilm, ya que era la única manera de lograr sacar ese libro de Moscú y ponerlo a salvo.

Otro grupo de invisibles colaboró en la nueva misión: en el metro de Moscú hicieron entrega del microfilm. Cuando un periodista de Suecia, cercano a Solzhenitsyn, ya contaba con el documento, les mandó el siguiente telegrama: “El análisis de sangre de tu hermana ha dado positivo”. Tras enterarse de eso, el escritor y su círculo de amigos entraron en una etapa de desasosiego y miedo, pues cavilaron que habían sido descubiertos y que los iban a atormentar durante días en un interrogatorio. Sin embargo, después de unos días se enteraron que en realidad se trataba de buenas noticias, no de un mal augurio.

En 1970 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura a Aleksandr Solzhenitsyn. Se sabe que desde 1965 y después de que recibió tal distinción, el régimen puso más vigilancia en las actividades que realizaba el escritor.

Uno de los primeros editores que leyeron Archipiélago Gulag fue Claude Durand, quien se llevó el manuscrito que le hizo llegar el periodista sueco a la Feria del Libro de Frankfurt. En realidad, no había una fecha para que se publicara el libro, pero el precipitado arresto, tortura y asesinato de unas de las mujeres que apoyaron al escritor, quien tenía orden de destruir una copia del manuscrito y nunca lo hizo por admiración y cariño Solzhenitsyn, derivó en la publicación del libro. La muerte de una de Las invisibles le dolió mucho al novelista y, en medio de la pena, tomó la decisión. El 28 de diciembre de 1973, el libro salió al mercado tanto en Alemania como en Francia.

Pronto, Archipiélago Gulag se convirtió en el número uno de la lista de libros prohibidos por el régimen soviético. Era muy peligroso leerlo. En la URSS circulaban algunos ejemplares, pero se los pasaban de casa en casa con extremo cuidado. Se comenzó a formar un círculo de lectores interesados en el libro, quienes leían muy rápido, por la noche, para que no los descubrieran. Lo que hacían era lectura clandestina y se avisaban unos a otros cuando les tocaba el momento de turnarse el libro.

“Por lo visto, la maldad también es una magnitud de umbral. Sí, el hombre vacila y se debate toda la vida entre el bien y el mal, resbala, cae, trepa, se arrepiente, se ciega de nuevo, pero mientras no haya cruzado el umbral de la maldad tiene la posibilidad de echarse atrás, se encuentra aún en el campo de nuestra esperanza. Pero cuando la densidad o el grado de sus malas acciones, o el carácter absoluto de su poder le hacen saltar más allá del umbral, abandona la especie humana. Y tal vez para siempre”, escribe Solzhenitsyn.

El 13 de febrero de 1974, el escritor fue llevado a Lefortovo, un barrio al sureste de Moscú. Ahí comenzó su interrogatorio y, más tarde, el juicio. Para ese momento, lo descrito en Archipiélago Gulag vino a revelar los horrores del sistema y la decadencia opresora del régimen. Por un lado, el novelista sabía que no podía ser encarcelado porque sería un escándalo internacional y el sistema acabaría por darle la razón a lo descrito en el libro. Tras el juicio, el régimen concluyó que el castigo para Solzhenitsyn consistiría en acabar con la red de amigos de Los invisibles y condenarlo al exilio.

Cuando el escritor fue expulsado de la URSS, fue recibido en Alemania por Heinrich Böll, quien lo apoyó en esos primeros meses de libertad, ante los ojos del mundo y la decadencia de un sistema que prometía ser otra cosa. “El enigma que nosotros, los contemporáneos, nunca podremos descifrar, es el siguiente: ¿Cuál es la razón por la que Alemania puede castigar a sus malvados y Rusia no? ¿Qué camino funesto ha de seguir aún nuestro país si no podemos sacudirnos esta inmundicia que se pudre en nuestro cuerpo? ¿Qué lección va a poder darle Rusia al mundo?”, describe Solzhenitsyn.

Archipiélago Gulag vendió más de treinta millones de ejemplares en más de treinta idiomas. El escritor supo que contar su experiencia y la de otros acabó por enriquecer todo ese entramado en tono autobiográfico que construyó un bildunsroman. Solzhenitsyn, como en otras novelas, volvió a recurrir a la técnica polifónica, y eso también le dio mayor fuerza a lo que narra. Es un coro de confesiones, lamentos y zozobra, que reta al lector a continuar la historia.

Conviene recordar la formación intelectual del autor; toda su vida fue marxista y, de manera repentina, acabó repudiando esa ideología y procurando otras alternativas. Su experiencia zek lo marcó de por vida. Cuando opta por otra visión, el escritor vuelve la mirada hacia los griegos, específicamente a Platón, al referirse a la “extrema injusticia” que ronda en la URSS, “cuando el injusto es considerado justo y el único refugio posible y deseado de los justos es la prisión”, señala el novelista.

En 1974, Ignacio Solares entrevistó a José Revueltas sobre lo que opinaba de lo que escribió Solzhenitsyn, quien en ese entonces era visto por cierto sector de la izquierda como “alguien utilizado por el imperialismo para llevar agua a su molino”. Comenta Revueltas: “Literariamente, Solzhenitsyn era un gran heredero de sus paisanos Tolstói y Dostoievski. No es de este mundo y, por lo mismo, es profundamente actual. Con pocos escritores vivos, como él, se puede tener la plena seguridad de que será un clásico”. Cuando Solares le pregunta sobre el desencanto del socialismo que transmitió el escritor ruso, responde: “La verdad es siempre revolucionaria, no importa de dónde ni cómo surja. Solzhenitsyn tenía que decir su verdad, de una u otra forma, dentro de éste o de cualquier sistema político, nos alimenta a todos.” La entrevista viene citada en Octavio Paz y su siglo, de Christopher Domínguez Michael.

Para Octavio Paz fue importante leer a Solzhenitsyn, aunque no estuviera muy de acuerdo con la moral cristiana que adoptó. Por los libros de Solzhenitsyn el mundo se enteró de los horrores que se venían gestando en la URSS y también contribuyó al desmoronamiento del régimen. La crisis de las ideologías permeó al siglo XX y lo que vivimos en el XXI también es consecuencia de esa experiencia. En esa polifonía de voces que es Archipiélago Gulag, en sus entretelas, se encuentran Los invisibles, los cómplices del escritor que se unieron por una misma causa: revelar la verdadera cara del régimen.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista, periodista y editora.