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Si la memoria no me falla, la última película que vi en los cines Insurgentes 2000, ubicados en donde luego estuvo un K2, en contresquina del Parque Hundido y Porfirio Díaz, fue Soylent Green (1973), película de Richard Fleischer traducida al mexicano como Cuando el destino nos alcance. Claro que, si pienso en la fecha de estreno, es imposible que esto haya ocurrido en 1973, cuando yo tenía tres breves años, así que, probablemente, la película era parte de un ciclo de ciencia ficción. O lo soñé. Para el caso da lo mismo. En Soylent Green, película antiutópica en la que la eutanasia estaba bien vista –había planes de suicido programado–, un investigador sui generis descubre que el alimento que el Estado provee no es otra cosa sino seres humanos convertidos en una especie de pan ázimo o alegrías verdes, asunto que deja perplejo al espectador cuando se desvela (vgr. como cuando en The Crying Game, de Neil Jordan, descubrimos que la guapa chica es chico afeminado y con tremendo badajo como prueba). El caso es que, esta semana, se estrenó en Estados Unidos el documental Food, Inc. (2008), dirigido por Robert Kenner (la reseña puede leerse en el New York Times) y en el Reino Unido un señor fue compensado luego de descubrir que su pan de malta tenía como ingrediente extra un bien preservado y aplanado ratón (seguramente muy nutritivo, a pesar de su momificada pelambre), según se lee en un reportaje de The Guardian sobre las sorpresas que uno encuentra en la comida. Lo mismo que el cambio climático, el devenir alimentario es un tema en boga: ¿qué demonios nos llevamos a la boca, en realidad, luego de preparar los productos básicos, o procesados, que adquirimos en una cadena de súper mercados tipo Wal Mart? Las respuestas que ofrece Food, Inc. no son para nada gratificantes: comemos, pues, basura. Y no estaría mal hacer un documental similar en México, país de obesos malnutridos, antes de que el destino nos alcance y comencemos a comernos a nosotros mismos. ¿Voluntarios?