La cinta de Natalia Beristáin revive y saca el polvo que revestía a un hito en la historia de México y Latinoamérica. Lo hace de forma desigual y a veces abrupta, pero también con grandes aciertos; el mayor de ellos, acercarse a una figura clave de nuestras letras.

Año: 2017
País: México
Dirección: Natalia Beristáin
Guion: Natalia Beristáin
Reparto: Karina Gidi, Daniel Giménez Cacho, Tessa Ía, Pedro De Tavira

 

(…) De noche la soltera
se tiende sobre el lecho de agonía.
Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas
y el vacío se puebla
de diálogos y hombres inventados.
Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.
—Rosario Castellanos, Jornada de la soltera.

 

A pesar de su aparente celebridad, la figura de Rosario Castellanos (1925-1974) ha sido violentamente opacada. Opacada por el patriarcado, por la academia, e incluso por la educación nacional mexicana, que ha moldeado una imagen bastante pálida de esta mujer de letras, ícono fundamental para la literatura en lengua española y gran insignia del feminismo en América Latina.

Los adioses, la última película de la realizadora Natalia Beristáin (1981), se pone la difícil tarea de abordar la fascinante y mal conocida existencia de Castellanos desde una perspectiva menos documental que militante. Tras un intenso proceso de lectura de varios años, la directora trató de “encontrar un eco de esa mujer que se descubre en su correspondencia y entablar un diálogo con ella”, para salir de esa insulsa imagen de monografía que ha quedado en el imaginario colectivo de varias generaciones en México y en Latinoamérica.

Karina Gidi da vida a la emblemática escritora Rosario Castellanos en Los adioses.

Pese a su voluntad de producir algo “alejado del documental”, es evidente que la obra de Beristáin pasa por varias encrucijadas. La indecisión es notoria en una historia que se enfrenta al dilema del melodrama y del biopic sin resolverlo del todo. Durante los primeros minutos, hay unas cuantas escenas que dejan una sensación de falsedad, algunos problemas en la construcción del guion, evidenciados sobre todo en ciertos diálogos falseados, carentes de espontaneidad e impostación. Los saltos temporales se vuelven conflictivos y terminan afectando seriamente la coherencia de la historia.

La estructura narrativa de la película consta de dos líneas dramáticas: la juventud de Rosario Castellanos en Comitán, Chiapas, donde conoce a Ricardo Guerra, reconocido hombre de letras y su compañero sentimental más importante; y los diferentes episodios tortuosos de celos, desamor y violencia que padeció junto a él en su malograda vida conyugal. Lamentablemente, la imbricación de estas dos líneas abunda en ambigüedades y se presta a confusiones, pues resalta un desequilibrio notable de las secuencias de adultez que no terminan siendo claras. Es probable que esto obedezca a los avatares de una edición apresurada.

Tessa Ía interpreta a Castellanos durante sus días de juventud.

Además, la transición de lo escrito a lo oral en la cinta también sufre un giro inconstante, no siempre venturoso. La adaptación de ciertos escritos emblemáticos de Rosario Castellanos como Lección de cocina está bastante bien logrado gracias a un armonioso contrapunto visual, pero los diálogos de la cotidianidad conyugal, muchos de los cuales fueron retomados de las cartas a su esposo, sufren de un tambaleo que se hace muy visible para el espectador.

Sin embargo, la cinta toma un giro bastante positivo a partir de la escena de confrontación entre ambos amantes, en un diálogo poético (tomado de los diarios de la escritora) pero un poco forzado acerca de las infidelidades y mentiras de Ricardo. Lo que sigue después mejora progresivamente y va tomando un ritmo mucho más afortunado. Una fotografía impecable, dominada por planos generales de la hermosa sierra chiapaneca, así como planos cerrados del drama cotidiano bajo una atmósfera de tonos pálidos, muy cercana a la ambientación de los relatos de Clarice Lispector. Nada que reprochar a la exquisita utilería de la época y a los aires inminentes de rebelión política y social tanto en el contexto de Chiapas como en el medio universitario de la Ciudad de México.

Asimismo, la excelente ejecución de Karina Gidi —ganadora del Ariel a mejor actriz— en el papel de Rosario en su madurez, logra revivir el cielo y el infierno interior que debió agobiar a la poeta: sus carencias emocionales, la presión del machismo cavernario en la década de los cincuenta, su maternidad frustrada por varios partos fallidos y luego por los menesteres de sus labores académicas y literarias, su indiscutible fortaleza, su genio intelectual y una honda angustia mitigada por los efectos del Valium.

Galardonada con el premio del público, nominada a 8 premios Ariel y aclamada en el Festival de Morelia de 2017, Los adioses parte de un propósito sencillo —mostrar los diversos conflictos de una pareja en su intimidad— pero a fin de cuentas logra mucho más que eso: revive y saca el polvo que revestía un hito bastante urgente en la historia de México y Latinoamérica. Gracias a esta producción, se demuestra que la urgencia de rescatar historias como la de Rosario Castellanos no solo responde a una cuestión de memoria histórica, sino sobre todo a la vigencia que tiene la lucha de género, una lucha de la que cada vez más personas son conscientes. De hecho, el origen del proyecto de Béristain parte de una constatación reveladora: los textos de la correspondencia de Rosario Castellanos no parecen anclados en una problemática antigua. Cualquiera podría pensar que son narraciones de amor y dolor escritas por una mujer latinoamericana en nuestros días.

 

Camilo Rodríguez
Periodista cultural y consejero editorial de francés en Éditions Maison des Langues.
Twitter: @Cajme