Conocer a un escritor admirado suele resultar decepcionante. La persona detrás de los libros no está obligado a ser deslumbrante como su obra; sin embargo ese acercamiento, aunque oscuro, puede ser a la vez luminoso. El siguiente texto es la crónica de un encuentro con el hombre llamado António Lobo Antunes; es también un ensayo sobre uno de los autores vivos más poderosos.

Fotografía: © FIL/NABIL QUINTERO MILIÁN


1.

“¿Quieres hablar con Lobo Antunes en su hotel a las cuatro?”

Eran las tres y media. Dudé un momento. Un par de semanas antes había declinado la propuesta de entrevistarlo durante la Feria del Libro de Guadalajara. Sabía que Lobo Antunes era capaz de ser muy antipático, y su obra me importa tanto que no quería contaminarla con una desilusión personal. Pero esa llamada imprevista me hizo perder el equilibrio: estaba a media hora y trescientos metros de conocer al autor de algunos de los libros más hermosos y desafiantes que he leído. La inminencia me obligó a ser sincero. Dije que sí.  

 

2.

El día anterior, Lobo Antunes había tenido dos eventos en la FIL: una entrevista “con lecturas de Rulfo” y la presentación de No es medianoche quien quiere, que se acaba de traducir al español. Cuando le conté a una amiga que planeaba ir a ambos para escribir una crónica, ella me dijo que ya lo había escuchado hablar en la feria, y me advirtió: “¡Fue un golpe! Ve anímicamente preparado”. Se refería a que el autor septuagenario se había mostrado poco coherente, políticamente incorrecto y bastante coqueto con la escritora Laura Restrepo.

¿Estaba yo anímicamente preparado para que me decepcionara Lobo Antunes? Creía que sí. Ya había leído y escuchado otras entrevistas con él. El libro Conversaciones con António Lobo Antunes de María Luisa Blanco basta para saberlo casi todo sobre su vida e ideas: un hombre de su tiempo, alejado de los circuitos intelectuales, desconfiado de aquellos que hablan con elocuencia acerca de su propia obra. Sus opiniones literarias me parecían demasiado rotundas como para ser sabias, y su manera anticuada de pensar sobre las relaciones familiares y las clases sociales tampoco me entusiasmaba. El mismo Lobo Antunes había declarado alguna vez que “A los escritores hay que leerlos, no oírlos”, pero ahí estaba yo, a punto de oírlo en conversación con Jerónimo Pizarro, el gran especialista en Fernando Pessoa (ese ídolo portugués al que Lobo Antunes considera poco más que un aburrido imitador de otros poetas).

Cerca de las seis de la tarde nos dejaron entrar al Pabellón de Portugal, un foro abierto en medio de la inmensa nave industrial que una semana al año funciona como mercado internacional de libros. Debido a la enorme cantidad de gente que había en la feria, el ruido en el anfiteatro era ensordecedor, lo cual no tardaría en descubrir Lobo Antunes, que usa un aparato para la sordera. Lo primero que dijo después de ser recibido con aplausos como “el mayor escritor del idioma portugués”, fue: “No es posible hablar para mí”. Se le notaba molesto, desorientado. Durante más de cinco minutos se negó a usar el micrófono. Pensé que la entrevista se cancelaría. El entrevistador hacía intentos fallidos por animarlo a hablar sobre Pedro Páramo. Lobo Antunes se resistía como un toro exhausto. Pizarro le gritaba al oído palabras inconexas, con la esperanza de que alguna de ellas detonara el discurso del autor.

Eso de ponerlo a hablar de Rulfo me parecía un gesto de chovinismo jalisciense, un equivalente literario de llevar al “eterno candidato al Premio Nobel” a comer tortas ahogadas en Tlaquepaque frente a una multitud de admiradores.

Por fin, Lobo Antunes se resignó al bullicio y comenzó a divagar sobre Pedro Páramo. Cinco, ocho minutos. “Es tan difícil para mí hablar [y movía las manos como si el ruido fuera una nube de moscas a su alrededor]”… “Me voy a quedar loco con el ruido”… “Yo no escucho nada.” Alguien le pasó un papelito al entrevistador. La orden fue que pusiera al escritor a leer pasajes de la novela de Rulfo. Me sentí parte de un espectáculo geriátrico lleno de sadismo. Lobo Antunes ya había declarado su admiración por la obra de Rulfo, pero eso no impidió que al leer el primer párrafo de Pedro Páramo se interrumpiera varias veces para decir cosas como “Esto no es bueno. Es malo”, “Si yo fuera editor diría: ‘No voy a publicar esta mierda’”. A la vez juzgaba que esa escritura defectuosa estaba plagada de “milagros”, y que por acumulación lograba ser una obra maestra. La dinámica duró poco. Lobo Antunes cerró diciendo que obras como Pedro Páramo requieren una lectura concienzuda, entregada: “Para tener placer tienes que vivir solamente para el libro… en el poco futuro que tenemos, porque lo que falta siempre es muy poco tiempo”. Parecía que, en efecto, a Lobo Antunes le quedaba poco tiempo.

Al terminar la lectura se negó a firmar libros. Estaba desesperado por salir de ahí. “¿Puedo fumar un pitillo? Con este ruido es imposible.” Fue grosero con un par de personas. Me acerqué a una de ellas y le pregunté qué libro traía en la mano para que se lo firmara. “Nunca lo he leído, pero como voy a ir a Portugal en marzo compré ésta. Es que había muchas.” Había elegido como guía de viajes Esplendor de Portugal, un título muy irónico para un libro ambientado en la Navidad más triste posible, retrato de una familia que se pudre junto con el “esplendor” colonial de los portugueses en Angola. Pensé, al mismo tiempo divertido y apenado, que la señora se iba a llevar una gran sorpresa. 

Si alguien me preguntara con qué libro empezar a leer a Lobo Antunes, recomendaría El orden natural de las cosas, cumbre de una trilogía escrita alrededor de 1990, que incluye también Tratado de las pasiones del alma y La muerte de Carlos Gardel. También se podría empezar con su primera novela, Memoria de elefante, que refleja su crisis personal como psiquiatra que desea dedicarse a escribir. En ese libro se insinúa con pudor un estilo que alcanza la madurez en su siguiente novela, En el culo del mundo.

Salí del foro aturdido, deseoso de huir de la feria y encerrarme a leer Fado alejandrino, una de las obras de Lobo Antunes que más me han afectado. No encuentro un mejor término para describir la experiencia de leerlo: no se trata solo de disfrutar o conmoverse, tampoco de asombrarse, y mucho menos de divertirse o entretenerse. Son libros cuya belleza poética, en conjunto con su implacable disección de los sentimientos de gente sombría y nostálgica, me afecta mucho. Caminé apresurado por los pasillos de la feria. Quería olvidar que había sido testigo de ese episodio de banalidad y decrepitud, protagonizado sin querer por un escritor que admiro tanto.

Quería, insisto, largarme de la feria, pero una amiga editora, cuya pasión por Lobo Antunes yo desconocía, no tardó en escribirme un mensaje diciendo que ya había gente formada para entrar al siguiente evento de Lobo Antunes, la presentación de No es medianoche quien quiere en compañía de Antonio Ortuño. El espectáculo aún no había terminado. 

3.

¿Qué nos dan libros como Tratado de las pasiones del alma, ¿Qué haré cuando todo arde? o Auto de los condenados? Lobo Antunes se ha resistido a llamarlos “novelas” en varias ocasiones, acaso para deslindarse de los relatos que buscan sencillamente contar historias con nudo, desarrollo y desenlace, con intriga y peripecia, con suspenso y vuelta de tuerca. Sus “ensoñaciones” (él las ha llamado así) son densas, lentas, reiterativas, a veces confusas y siempre laboriosas, incluso agotadoras. Como los triatlones olímpicos, requieren que estemos en muy buena condición lectora. A lo largo de cientos de páginas es preciso tener la resistencia y la concentración para avanzar nadando, corriendo o escalando a través de las palabras. La prosa no es apolínea ni dionisiaca. Es volcánica, telúrica. Tiene una sensualidad de roca líquida: es brillante (suena muy bien, crea imágenes deslumbrantes) pero también sofoca (y nos hace sudar por el esfuerzo de seguir y seguir sin el descanso de una página de diálogo ágil o de un capítulo que termine en suspenso narrativo). Hay frecuentes recompensas líricas, tragos de jugo que dan energía para continuar. De pronto hay una descripción erótica intensísima o una metáfora cruda y exacta, como cuando dice de un limonero y un níspero que están “retorcidos por cólicos inmóviles”, y uno puede ver la forma de esos tallos con una intensidad apabullante. Al leer la prosa de Lobo Antunes me detengo a cada rato a pronunciar las frases como si fueran conjuros y saborearlas como si se tratara de unos labios amados. Con su extraordinaria música, sus libros complacen las fijaciones orales de los que buscamos placer sensual en la lectura.

Pero hay más. Tiene que haber más que orgasmos en la lengua, cunnilingus en la cóclea. Estas novelas (no me parece tan impreciso llamarlas así) no apuestan por el relato. Los personajes y argumentos suelen ser grises, dominados por el fracaso y la intrascendencia. Su mundo está poblado de ruinas y antihéroes. ¿Por qué nos apasionan entonces? Al dotar de lirismo al soliloquio de los derrotados, al describir los sentimientos y ambientes de la miseria con una opulencia verbal que se ha reservado casi siempre a los guerreros y las princesas, palacios y jardines, Lobo Antunes revela la hermosura terrible de una realidad en bancarrota. Su literatura es un desafío a la nada de las cosas, al sinsentido de nuestros días. No nos ayuda, como tantas obras de entretenimiento, a evadirnos de lo cotidiano; aspira a redimirlo.

Uno de los militares desgraciados de Fado alejandrino describe todo eso contra lo que esta literatura se subleva:

Pero lo que más me impresionaba, mi capitán, era el silencio de muerte de las habitaciones desiertas, la súbita, inexplicable tristeza del aparador y de las sillas, las fotografías repentinamente nubladas, repentinamente distantes, los objetos cargados de golpe de un sentido inesperado, la completa ausencia de voces, de altercados, de susurros y ruidos domésticos, la nada de acuario, la absoluta, irremediable, espesa nada de acuario en la que vivíamos.  

4.

En el auditorio donde se iba a presentar No es medianoche quien quiere había silencio. Lobo Antunes se encontraba mucho más a gusto que en el ruidoso Pabellón de Portugal. Una pregunta de Antonio Ortuño bastó para que el autor se soltara contando su vida entera, sin interrupción, a lo largo de una hora. El monólogo autobiográfico es el género por excelencia de la vejez, y Lobo Antunes lo practica con maestría. Evocó, entre otras anécdotas conocidas, la ocasión en que, trabajando como médico en un hospital de pediatría, vio cómo un hombre se llevaba en brazos el cadáver de un niño muy pequeño, muerto de leucemia. Recordaba cómo colgaba un pie del niño, moviéndose como si aún estuviera vivo. Entonces dijo: “Quiero escribir para aquel pie”.

Al día siguiente, a punto de entrevistarlo, recordé ese pie y decidí que iba a agarrarme de él para hablar con Lobo Antunes. Llegué a su hotel a las cuatro en punto. La organizadora de prensa me dijo que el autor estaba terminando de comer y que se encontraba muy cansado, deseoso de cancelar todos sus compromisos; pero ella le había dicho: “No vamos a cancelar, vamos a acortar. Quince minutos con cada uno”. Sentí pena por él.

Lo primero que me dijo él al saludarnos fue, con una sorpresa casi infantil, “Te pareces a Diego Velázquez”. Se refería al pintor barroco. Como había llovido todo el día, yo estaba más despeinado que de costumbre, y mi cabello había adquirido una forma piramidal bastante parecida a la del cabello de Velázquez en Las meninas. Le dije que me daba gusto el parecido porque me encanta su pintura. “Sí. Te pareces mucho.” Sospecho que esta nimiedad fue la responsable de que Lobo Antunes fuera tan amistoso conmigo.

Le confesé que me parecía muy extraño sentarme a platicar tan solo quince minutos con él, después de haberlo leído tanto. Le pregunté si le había pasado lo mismo al conocer a los autores cuya obra admiraba. “En general es siempre una desilusión”, me dijo, “son aburridos o excesivamente vanidosos”.

Volteó a ver a su esposa, sentada al fondo de la sala donde estábamos. Me preguntó si iba a grabar y le dije que no, que solo tomaría notas en mi cuaderno. Aproveché esto para inquirir si seguía escribiendo a mano, si alguna vez había intentado hacerlo a máquina o computadora.

“Solamente a mano. Se queda más orgánico, es una cosa que viene de tu sangre para la sangre del papel.” Hizo una pausa septuagenaria. “El problema de escribir es que se está tan solo, quedas muy cansado.” Siguió hablándome del esfuerzo de escribir, del esfuerzo como razón de ser de la escritura. Me contó que antes hacía planes muy exactos de cómo escribiría sus obras; ya había dejado de hacerlo, ahora se sentaba a escribir sin un plan desde las seis y media de la mañana, a veces hasta la nueve de la noche. Que era muy cansado. Habló del “terror” de comenzar a escribir un nuevo libro, y de la ocasional sorpresa ante lo escrito: “Yo no puedo haber sido el que escribió eso porque no escribo tan bien. No eres tú el autor de eso, no sabes quién es, eres tú el intermediario entre dos instancias que no conoces. Mi impresión es que me han fabricado para esto y para escuchar que las voces interiores empiecen hablando. Como lector lo notas mucho. Tienes que esperar que lleguen sin ruido”.

A veces pasan hasta dos horas sin que lleguen las voces. “Son las voces las que te conducen”. Y cuando uno por fin logra escucharlas, el resultado de toda esa espera y trabajo es que “El libro es mejor que tú”.

Le pregunté por el pie de aquel niño. Sonrió. ¿Qué había sentido con ese pie: el absurdo de la existencia, la injusticia de la muerte prematura, el sadismo de la enfermedad? Antes de responder, volvió a ver hacia su esposa. No sé si miraba hacia el pasado o hacia el futuro. “Me quedé furioso con la muerte. Aún no me gusta.”

Se volteó hacia mí y me pidió perdón por estar tan cansado. “Me gusta tu cara. Te pareces a Velázquez”. Me acordé del retrato de Góngora pintado por Velázquez (lo tuve mucho tiempo, como un fetiche, pegado frente a mi escritorio de estudiante).

Le agradecí por sus libros, le agradecí por la paciencia de esperar a que le hablaran aquellas voces y por el esfuerzo de transcribirlas. Me dijo “gracias” con una languidez escalofriante. Nos despedimos.

5.

Aquella noche me senté a releer las palabras de Lobo Antunes que yo había apuntado en mi cuaderno. Subrayé la frase que justifica la experiencia agridulce de conocerlo: “El libro es mejor que tú”. Por eso no importa quiénes son los grandes escritores. Sus libros siempre son mejores que ellos.

Apagué la luz con la certeza de que nunca volveré a hablar con Lobo Antunes. Fue una pesadumbre muy sutil, una saudade. Todo el tiempo, sin notarlo, hablamos con alguien por primera y última vez. En los viajes, las consultas, los hoteles. No volveré a hablar con Lobo Antunes, pero sí con sus libros, con las voces de sus libros. Iré a buscarlas cada vez que la nada me pese mucho; cuando necesite, en “el silencio de muerte de las habitaciones desiertas”, un rato de música y redención. 

Guadalajara, 30 de noviembre de 2018.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).