Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, es uno de los invitados de honor de FIL 2018. Entre otras actividades, el novelista turco vino a presentar su más reciente novela, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House). El siguiente ensayo aborda esta obra en la que las tradiciones de oriente y occidente confluyen “como dos ríos apasionados”.

Cuando Ka, protagonista de la novela Nieve, publicada por el escritor turco Orhan Pamuk en 2002, visita las oficinas del periódico local de Kars, ciudad fronteriza a la que ha ido a hacer un reportaje, se lleva una sorpresa. En su edición del día siguiente ese diario, que con un tiraje de quizá 300 ejemplares constituye el negocio familiar de Sedar Bey y sus dos hijos, anuncia que Ka tendrá una presentación, de la que él aún no tenía noticia y que de hecho ni siquiera se había programado, para leer un poema que él no ha escrito todavía. Ante el total desconcierto de Ka, el director del diario le responde: “Muchos que nos menosprecian porque escribimos las noticias antes de que ocurran los acontecimientos, y piensan que lo que hacemos no es periodismo sino profecías, luego son incapaces de ocultar su asombro cuando los hechos se desarrollan tal y como los habíamos descrito […] Eso es el periodismo moderno”.

El Nobel truco durante la presentación de La mujer del pelo rojo.
(© FIL/Susana Rodríguez)

Este precioso momento surrealista del libro, que plantea con buen humor la influencia que tienen hoy en día los medios para “producir” las noticias, me hizo pensar en el nuevo libro de este gran novelista que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 2006, a los 54 años. En este nuevo libro, La mujer del pelo rojo (Literatura Random House, 2018) no se habla precisamente de “noticias” del futuro, sino de la gran influencia vital que historias del pasado remoto pueden ejercer en el devenir de generaciones enteras. Se rememoran dos mitos clásicos. Uno del mundo oriental: el Shahnameh, o Libro de los Reyes, atribuido al poeta persa Ferdousí y datado en el año 1000. Otro del mundo occidental: Edipo rey, tragedia griega de Sófocles, del año 400 aproximadamente. No es casual que estos dos ríos apasionados que conducen las aguas del destino de manera inexorable desde dos polos opuestos de la cultura confluyan en el Bósforo, es decir, en la ciudad de Estambul y en las páginas de la literatura que hace Orhan Pamuk, un ángel tocado por estos dos demonios (oriente y occidente). Ya en otros de sus libros (como el citado Nieve o Me llamo Rojo o Estambul, ciudad y recuerdos) estas dos fuerzas contrarias se contaminan mutuamente ante la imposibilidad de mantener las tradiciones intactas, al margen de la promiscuidad que propicia el roce continuo entre ambas.

La mujer del pelo rojo hurga en un problema moral que Sigmund Freud resolvió de manera un tanto esquemática: la necesidad de matar al propio padre y de sobrevivir a la culpa que ese asesinato propicia. Orhan Pamuk no solo aborda la solución occidental del problema, sino que va mucho más lejos y, al incorporar el mito persa de Shahnameh, por decirlo de alguna manera, le da la vuelta, ya que incorpora también la culpa del padre y la orfandad y su relación con la libertad.

Pamuk nos cuenta la leyenda del Shahnameh: “Hace mucho tiempo había un hombre llamado Rostam, un héroe excepcional, un guerrero infatigable. Era conocido y querido por todo el mundo. Un día salió a cazar y se extravió, y mientras dormía por la noche perdió también a su caballo, Rajsh. Cuando buscaba al animal se adentró en las tierras enemigas de Turán. Pero su fama lo precedía, y fue reconocido y tratado como merecía. El sha de Turán acogió solícito a su inesperado huésped, organizó un banquete en su honor y bebieron licores juntos. Cuando Rostam se retiró a sus aposentos después del ágape, alguien llamó a su puerta. Era Tahmine, hija del sha de Turán, que había visto al apuesto Rostam en el banquete y había venido a confesarle su amor. Le dijo que quería llevar en su vientre un hijo del célebre y astuto héroe. La hija del sha, alta y esbelta como un ciprés, tenía las cejas arqueadas, una boca pequeña y una abundante melena. Rostam no pudo resistirse a la tentación de aquella joven bella, inteligente, sensible y encantadora que se había molestado en ir hasta su habitación, y acabaron haciendo el amor. Por la mañana Rostam regresó a su país, no sin antes dejar algo suyo, un brazalete, para su futuro hijo. Tahmine llamó Sohrab a su hijo huérfano de padre. Al cabo de los años, cuando el muchacho se enteró de que su progenitor era el célebre Rostam, exclamó: ‘Me marcharé a Irán, derrocaré al despiadado sha Kay Kavus y pondré a mi padre en su lugar. Después regresaré a Turán, derrocaré al despiadado sha Afrasiyab como habré hecho con Kay Kavus y ocuparé su trono. De este modo mi padre Rostam y yo unificaremos Turán e Irán, Oriente y Occidente, y gobernaremos con justicia sobre el mundo entero’. Así habló el bondadoso y compasivo Sohrab. Pero no había previsto lo astutos y ladinos que eran sus enemigos. Afrasiyab, el sha de Turán, conocía sus intenciones, pero como iba a la guerra contra Irán le ofreció el apoyo de su ejército. No obstante infiltró espías en sus tropas para evitar que Sohrab reconociera a Rostam cuando se encontraran cara a cara. Desde la retaguardia de sus respectivas líneas, padre e hijo contemplaron como batallaban sus ejércitos. Finalmente, una serie de sucias tretas y ardides conspiró con los caprichos del destino para enfrentar al legendario guerrero Rostam y a su hijo Sohrab en el campo de batalla. Pero como ambos llevaban las armaduras puestas, no se reconocieron […] Ferdousí describió extensamente en sus versos cómo ambos se enzarzaron en una terrible lucha cuerpo a cuerpo, los largos días que duró la pelea, y cómo el padre acabó matando al hijo”. Rostam se desgarra de dolor al darse cuenta de que ha matado a su propio hijo. “¡El insoportable sentimiento de culpa y vergüenza que nos arrebataría en el mismo momento de descubrir que habíamos destruido algo tan bello y tan valioso!”.

El ir y venir de los sentimientos extremos que provoca el enfrentamiento entre padre e hijo a la luz del mito milenario y la imposibilidad de burlar al destino cobran vida en los diálogos finales de La mujer del pelo rojo, cuando padre e hijo se enfrentan de manera definitiva. Se plantea ahí la imposibilidad de ser libre y el peligro de quedar anulado como individuo si no se mata al padre. Pero al mismo tiempo y en sentido inverso: sin padre, sin guía, es más largo el camino para lograr el desarrollo de la propia individualidad. “Cuando creces sin padre [y hay que tomar en cuenta algo en lo que no hemos reflexionado lo suficiente, que también Edipo creció sin padre], piensas que el mundo no tiene centro ni fin, y te crees que puedes hacer cualquier cosa… Pero al final te das cuenta de que no sabes qué es lo que quieres, intentas encontrar algo en lo que centrarte, un sentido a tu vida: alguien que te diga no”.

La imagen paterna más poderosa del protagonista de La mujer del pelo rojo no es su padre biológico, que huyó de la casa, sino su primer jefe, un maestro de nombre Mahmut Usta, que se dedica a cavar pozos y que lo empleó siendo él un muchacho. La comunicación entre ambos se basa en las historias que se cuentan al finalizar la jornada, tumbados boca arriba, contemplando las estrellas. “Me encantaba que mi jefe me mirara a los ojos con cariño y me contara esas aterradoras historias edificantes, y mientras narraba vívidamente aquellos relatos sobre aprendices descuidados, yo percibía cómo en su mente el universo subterráneo, el mundo de los muertos y las profundidades de la tierra, se asociaba con partes concretas del cielo y del infierno fácilmente reconocibles, y esto me ponía la piel de gallina. Según Mahmut Usta, cuanto más nos adentrábamos en la tierra, más nos acercábamos al nivel de Dios y de los ángeles”. Para Pamuk adentrarse en las profundidades de la tierra es aferrarse a sus raíces turcas, las cuales provienen de antiguas tradiciones tanto de oriente como de occidente, que crecen y se entrelazan como las calles de los suburbios de la ciudad de Estambul, que en treinta años han alcanzado el pequeño poblado en que un muchacho de 16 años cavó junto con su maestro un pozo profundo y oscuro que le servirá al mismo tiempo de mortaja física y moral, y de liberación de su complejo de Edipo y, si cabe, de Rostam. Cuando escuchó la historia de Edipo rey de labios de su aprendiz, el maestro constructor de pozos Mahmut Usta lo primero que hizo fue recriminarlo: “Y por qué me cuentas esta historia a mí”, y luego dijo, como hablando para sí mismo: “Así que al final ocurrió lo que Dios había anunciado. Nadie puede escapar a su destino”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.