Las expresiones públicas en contra del acoso han salido a relucir en múltiples y diversos espacios. Este testimonio habla de los abusos de género en un ámbito generalmente pensado como seguro, la escuela, y en particular en una de nuestras instituciones más serias, El Colegio de México.

Ilustración: Belén García Monroy


Sabemos que caminar solas por una calle mal iluminada es una locura, por eso pedimos acompañamiento a los hombres que conocemos, escoltas solemnes que se aseguran de que lleguemos a salvo a nuestro destino. Pero hay lugares donde pasamos la mayor parte de los días —la casa, la escuela, el trabajo— en los que el tiempo y la frecuencia construyen un sentimiento de seguridad y confianza. Aquí forjamos lazos íntimos; aquí existimos. Y como en una calle cualquiera a las diez de la noche, también aquí agreden; como el hombre extraño que grita desde lejos, también el compañero de pupitre empuja contra la pared con violencia. La burbuja estalla y salpica los días que siguen con angustia. Estamos acostumbradas a miradas lascivas, a que nos agarren en el metro y nos sigan en espacios públicos. Salimos de nuestras casas preparadas para estos pincelazos de vida cotidiana. Difícilmente nos pensamos víctimas, pues ésta es nuestra normalidad. Sin embargo, ahora queda claro que no hay refugio.

La burbuja estalló para una compañera el año pasado, cuando otro abusó sexualmente de ella mientras dormía. Para otra fue hace pocas semanas, cuando un amigo hizo otro tanto en su propio departamento. La primera había hablado con autoridades de la institución, la segunda conocía los resultados y por ello prefirió no hacerlo; optó, en cambio, por escribirle a las demás. Así, nos reunimos en un café. Seis de las ocho mujeres de la generación 2014-2018 de las licenciaturas del Centro de Estudios Internacionales del Colmex. Hablamos por horas y nos damos cuenta de que no es sólo una, sino varias; no es sólo uno, sino varios.

Nuestras compañeras de la UNAM tienen más experiencia en alzar la voz y manifestarse. En el Colmex las cosas se resuelven con tranquilidad y en silencio, apenas con un murmullo de papeles y voces quedas. Quienes conocen el Colegio saben que hay tres profesores por cada estudiante inscrito. Tenemos el privilegio enorme de su atención constante. Se asume que podemos acudir directamente con quien queramos, conversar sobre lo que nos consterna y que, de este modo, cualquier problema debería resolverse de manera natural y orgánica.

La movilización estudiantil en una comunidad pequeña y conservadora se ve con suspicacia. Pronto surgen las preguntas del millón. ¿Por qué no resolver las cosas discretamente? Porque acudimos a las autoridades correspondientes y no hubo castigo. ¿Para qué atiborran todo con carteles si saben que no habrá sanción? Porque estamos cansadas. El caso de nuestra compañera quedó estancado mucho tiempo en el Centro de Estudios Internacionales y la Junta de Profesores se declaró incompetente para lidiar con él. El Colegio se interesó desde 2016 en un protocolo en caso de acoso, como el que se publicó en el Diario Oficial de la Federación, pero la redacción del mismo ha sido lenta. Lo que llaman “mecanismo temporal” acaba siendo el vacío. Nuestra compañera jamás tuvo claro quién tenía la responsabilidad de ayudarla ni recibió el acompañamiento que necesitaba. En su proceso de denuncia hubo inconsistencias, falta de información y un claro desconocimiento sobre cómo proceder. El mecanismo temporal, pues, se inventó sobre la marcha.

Hay que decirlo: empapelar la institución sin permiso es también una fiesta. Como una marcha, apropiarse del espacio es una actividad eufórica y pasional, un escape momentáneo para apaciguar al monstruo de las entrañas. Aquí no gritamos consignas ni aventamos pinturas llamativas, pero las palabras brillan intensas en las paredes; convocamos y pronto se sumaron mujeres de otras generaciones y otros programas. Las mayúsculas en el texto que distribuimos no son una “llamada de auxilio”, como describió una nota de El País; son denuncias, gritos de furia, para que los lectores sientan esa rabia y consideren la violencia propia. Desde ese día sucedió lo inevitable. Hay hombres que caminan por los pasillos cabizbajos, evitándonos; pero también quienes, avergonzados, llegan a ofrecer disculpas. Ellos saben que son los hombres de los testimonios publicados. Otros también se disculpan en exabruptos: leyeron los carteles y se reconocieron, recordaron algo que hicieron hace tiempo y ahora lo confrontan.

El Colegio de México es una institución de excelencia académica y nuestra protesta ha recibido mucha atención por parte de los medios. Agradecemos que su cobertura haya traído una oleada de mensajes de mujeres de otras universidades. Estudiantes de la UANL, el Tec de Monterrey, el ITAM y el CIDE se muestran entusiastas, nos dicen que replicaron el ejercicio de los carteles, nos cuentan cómo viven lo mismo en sus aulas. Sin embargo, queremos hablar nosotras y sin mediaciones. Las palabras han sido un reclamo para ellos, pero también un abrazo para ellas y para las que no son estudiantes y han enfrentado situaciones similares en la universidad. Los carteles llegaron a los cubículos de profesoras, los escritorios de las secretarias, el comedor y los lugares de esparcimiento de las trabajadoras de limpieza y cocina. El martes pasado llegamos antes de las 6 de la mañana con la intención de pegar más de mil copias en todo el Colegio. El edificio estaba helado y sin luz. Nuestro mayor miedo era que el personal de limpieza —el primero en llegar— quitara las hojas. La primera trabajadora en atisbarnos, una mujer de edad avanzada, se acercó mientras pegábamos carteles en las puertas de los profesores. Nos miró, sonrió y nos pidió que no se nos olvidara ninguna puerta.

Es indudable que la protesta agilizó la conversación que teníamos pendiente con las autoridades. Gracias a ella nos enteramos de que quienes están a cargo del mecanismo temporal son dos hombres y una mujer, quienes ya ocupaban otros puestos en el Colegio y carecen de la formación necesaria para ostentar esta responsabilidad. Descubrimos también que ninguna acusación había llegado tan lejos como la de nuestra compañera; es decir, se admite abiertamente que hay un historial de casos, pero éstos se resuelven a puerta cerrada, con disculpas o acuerdos que desconocemos. “Nos mandan a la guerra sin armas”, comentó un profesor en la junta a la que nos convocaron tras la protesta. Hoy queremos cursos obligatorios sobre acoso, hostigamiento y consentimiento; queremos que se acelere el proceso de redacción del protocolo y una fecha precisa para su publicación; queremos que contraten mujeres para atender los casos de acoso y que su trabajo se considere especializado y tan preciado como cualquier plaza de profesor-investigador; queremos que haya mecanismos de acompañamiento para quienes presenten denuncias. Queremos que al denunciar nadie se quede sola como nuestra compañera. Pedimos congruencia a una institución que tiene buena voluntad y que se declara interesada en la igualdad y en nuestro bienestar.

El abuso es sólo una cara de la misoginia. Profesores arrancaron los carteles de las puertas de sus cubículos; secretarias preguntaron por qué nos quejamos de algo que nos ocurre estando borrachas, si la culpa es nuestra; compañeros permanecen leales y solidarios con sus amigos acosadores. No todo acto misógino se sanciona citando el inciso de un artículo desconocido. El acoso se ha definido en términos sexuales por demasiado tiempo. Quizá es más práctico describirlo como la sensación palpitante que tenemos de ocupar un espacio que no nos pertenece. Las mujeres somos invasoras en las calles y en sus aulas. Hay una hostilidad abierta hacia el cuerpo femenino cuando nos gritan y tocan en la vía pública, pero también cuando el profesor es condescendiente y prefiere ceder la palabra a nuestros compañeros; cuando su mirada pasa de un lugar a otro y en el medio estamos nosotras, sentadas en un lugar vacío. Somos pasajeras indeseables en un espacio ajeno.

Esta lucha se fragua en múltiples frentes. “El protocolo sólo es un extintor”, dijo una profesora con acierto. Es una respuesta inmediata al fuego desmedido, pero lo que se necesita es un programa amplio de sensibilización para atender la violencia cotidiana a la que estamos tan acostumbradas. Usemos más voces para despertar ánimos, más energías para soportar las críticas escépticas y el desprecio de quien prefiere vivir su vida en letargo.

Compañeras, persistamos. Nosotras tuvimos la fortuna de conmocionar en muy poco tiempo, pero sabemos que ustedes se movilizaron antes y mejor, que su lucha ha sido cansada y prolongada. Saludamos a las mujeres del CIDE, ITAM, UNAM, UANL, ELD, UV, UDG y todas las casas de estudio del país. No estamos solas.

 

Suscriben:
Andrea Arenas Fuentes (Relaciones Internacionales)
Azucena Paloma Garza Garza (Relaciones Internacionales)
Daniela Yunuhen Cruz Armenta (Política y Administración Pública)
Génesis Alida Topete Sánchez (Relaciones Internacionales)
María José Ramírez Rosaslanda (Relaciones Internacionales)
Mariana Ceja Bojorge (Política y Administración Pública)

 

 

Un comentario en “#AquíTambiénPasa: contra el acoso en las universidades

  1. ¿Hay denuncia a ministerio público? Ojalá si, y si necesitan ayuda, somos muchas las que podemos hacer alianzas por y para nosotras. Yo me dedico al área de la salud y siempre conocemos buenos litigantes que pueden ayudar.