Ha muerto nuestro último escritor monumental, Fernando del Paso. Autor de una obra que marcó un antes y un después en la narrativa mexicana, su idea de la novela como gran artefacto verbal y su atención a sucesos clave de la historia mexicana, le confieren un sitio de honor en la cartografía literaria de habla hispana.

El siguiente ensayo aplica la “ley de los cuatro elementos” de Gaston Bachelard a la obra narrativa del premio Cervantes 2015. Tierra, aire, agua y fuego dominan cada una de sus novelas, hermanadas a su vez por la incansable búsqueda estilística de aliento poético que lo convirtió en uno de nuestros novelistas mayores.


Es sólo otra forma de comenzar: la obra narrativa de Fernando del Paso (1935-2018) acaso puede ser observada a la luz de la “ley de los cuatro elementos” de Gaston Bachelard. Ésta fue esbozada por el crítico francés en los capítulos finales de su Psicoanálisis del fuego, en donde dice, primero, que “las almas que sueñan bajo el signo del fuego, del agua, del aire y de la tierra se revelan como muy diferentes entre sí”. A la vez, cada elemento físico va unido a un temperamento, representado por el gnomo, la salamandra, la ondina y la sílfide. Cito: “El gnomo terrestre y condensado vive en la fisura del roquedal, guardián del mineral y del oro, saciándose con las sustancias más compactas; la salamandra, toda fuego, se consume en su propia llama; la ondina del agua deslízase sin ruido sobre el estanque y se alimenta de su reflejo; la sílfide, a quien la menor sustancia entorpece, a quien el más insignificante alcohol espanta, que se disgustaría, quizá, de un fumador que ‘turbase su elemento’ (Hoffmann), se eleva sin pena en el cielo azul, dichosa de su anorexia”.

El gnomo, pues, es tierra; la salamandra, fuego; la ondina, agua, y la sílfide es aire.

Este esbozo de una doctrina, a partir de la cual podría establecerse una física o una química de la fantasía, fue retomado por Bachelard en El agua y los sueños, en donde afirma: “Para que una meditación se prosiga con bastante constancia como para dar una obra escrita, como para que no sea tan sólo la fiesta de una hora fugitiva, debe hallar su materia, es necesario que un elemento material le dé su propia sustancia, su propia regla, su poética específica”.

Según Bachelard, los sueños están bajo la dependencia de los cuatro elementos fundamentales. Cita, al respecto, estas líneas de Lessius, un viejo autor, quien en el Arte de vivir mucho asegura: “Los sueños de los biliosos son sobre fuegos, incendios, guerras, muertes; los de los melancólicos, de entierros, sepulcros, huidas, fosas, de cosas siempre tristes; los de los pituitosos, de lagos, ríos, inundaciones, naufragios; los de los sanguíneos, de vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos y cosas que no se osa nombrar”.

En consecuencia, los biliosos, los melancólicos, los pituitosos y los sanguíneos (como antes se dijo de la salamandra, el gnomo, la ondina y la sílfide) quedarán respectivamente caracterizados por el fuego, la tierra, el agua y el aire y “sus sueños trabajan de preferencia el elemento material que los caracteriza”.

Esta es mi propuesta de arranque para un estudio de la obra narrativa de Fernando del Paso: acaso sin planearlo así, como un desarrollo natural de su imaginación, Del Paso dedicó cada uno de sus cuatro ejercicios novelísticos a un elemento material. Veamos. Desde el título, José Trigo (1966) se presenta como una novela de la tierra; y lo es más si acudimos a las distintas descripciones que pueden hacerse de ella: simula el recorrido de un personaje por los campamentos ferrocarrileros, de oeste a este, cruzando, en medio, el puente de Nonoalco. El acto de caminar la gobierna; y el lector avanza por ella de un modo similar a como se recorre el Dublín de Joyce en el Ulises. Ambos títulos (José Trigo y Ulises) podrían ser descritos como novelas peatonales, para andar y desandar.

Al mismo tiempo, José Trigo es una pirámide; y lo que el lector registra es un ascenso (del capítulo 1 al 9), un descanso en la cima y un descenso (del 9 al 1, con correspondencias estilísticas y argumentales del 1 al 1, del 2 al 2, etcétera). Puede verse en ello una aspiración a lo más alto, aunque los pies siempre estarán en la tierra.

Se trata, además, de una novela que explora la lengua española mexicana hasta su misma raíz, es decir la base prehispánica, de cuya ascendencia se obtiene toda una mitología. La aventura de llevar hasta sus últimas posibilidades de expresión el español nuestro (se diría que capitalino o chilango) es, al mismo tiempo, una inmersión en sus orígenes. Se funden en su trama, hacia el final, cuando los campamentos ferrocarrileros son desmantelados y se construyen los multifamiliares, esas tres culturas (la prehispánica, la colonial y la moderna, con su correspondencia verbal) que darán nombre a una plaza que será, a la vez, un símbolo trágico futuro. Podría decirse que en José Trigo deambula ya el fantasma de la Plaza de las Tres Culturas.

Para continuar el juego habría que preguntar a Bachelard cuáles son para él otras características de una imaginación terrestre (lo que indaga en dos tomos dedicados a ese elemento: La tierra y los ensueños de la voluntad y La tierra y las ensoñaciones del reposo), y averiguar cómo esto se podría aplicar, o no, a José Trigo.

El navegante

En Del Paso, así, primero fue la tierra; luego, el agua. Como se recordará, el autor mexicano toma el nombre del protagonista de Palinuro de México (1977), su segundo trabajo novelístico, de la Eneida de Virgilio. De este modo retrata John Lemprière al personaje en su Bibliotheca Classica: “Palinuro, un hábil piloto de la nave de Eneas, se cayó al mar durante su sueño, estuvo tres días expuesto a las tempestades y las olas del mar y al fin llegó sano y salvo a la costa cercana a Velia, donde los crueles habitantes del lugar lo asesinaron para despojarlo de sus vestiduras; su cuerpo quedó insepulto en la ribera”.

A Cyril Connolly, quien transforma a Palinuro en una suerte de alter ego desde el que escribe La tumba sin sosiego, le llama la atención que en las pocas apariciones del navegante en la Eneida —en los libros tercero, quinto y sexto— se introduzca siempre, como asociado a él, un “ritmo marino ondulante”… Quizá podamos percibir esto si no en la lengua original sí en la espléndida traducción (literal y literaria) de Rubén Bonifaz Nuño. Se trata de la primera mención al personaje (libro III, versos del 192 al 208):

Después que altar mar tuvieron los barcos, y ya más ningunas
tierras aparecen —doquiera el cielo y el ponto doquiera—,
allí sobre mi cabeza se puso una lluvia cerúlea,
noche y tormenta trayendo, y la onda se erizó con tinieblas.
Al punto el mar revuelven los vientos, y se alzan las magnas
llanuras; en el vasto abismo nos arrojan dispersos.
Envolvieron las lluvias el día, y la noche húmeda el cielo
se llevó; redoblan en abruptas nubes los fuegos.
Somos sacados de curso, y en las ciegas ondas erramos.
Niega que el día y la noche discierna en el cielo
Palinuro mismo, y que, a media onda, el camino recuerde.
De tal modo, en ciega oscuridad tres soles inciertos
en el piélago erramos, y otras tantas noches sin astro.
Por fin, en el cuarto día la tierra levantarse primero
es vista, abrirse a los lejos los montes, y el humo enroscarse.
Las velas caen, con remos andamos; no hay demora, los nautas
tuercen, apoyándose, espumas, y lo cerúleo barren.

Lo que nos devuelve, desde luego, a Bachelard, cuando dice que el agua “aporta también un tipo de sintaxis, una unión continua de las imágenes, un dulce movimiento de éstas que hace levar anclas a la ensoñación aferrada a los objetos”.

El personaje virgiliano tendrá resonancias varias en la novela de Fernando del Paso. Por un lado, representa una figura: aquel que se deja llevar por los sueños, lo que en este caso se extiende a la generación de jóvenes de 1968 y al movimiento estudiantil ocurrido ese año en nuestro país. Por otro, da a la experiencia verbal, como diría Connolly, un ritmo marino ondulante, aunque los sucesos de la trama estén situados sobre todo en la Plaza de Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México; es decir, tierra adentro. La prosa es marina; y, como en la Eneida, el flujo onírico avanza, a grandes oleadas (en el turbulento mar de la historia, con visitas a algunas islas imaginarias), hacia la muerte.

Tierra y agua… El aire, claro, se percibe en las altas torres de los altos castillos de Miramar, Chapultepec o Bouchout, donde habitó Carlota, la joven y anciana emperatriz (lo uno en su aventura mexicana, lo otro eternamente en su extenso monólogo) que protagoniza Noticias del Imperio (1987). Ella, si volvemos a Bachelard, sería una sílfide, pues “se eleva sin pena en el cielo azul, dichosa de su anorexia”; o su temperamento podría ser calificado, con Lessius, como sanguíneo, con sueños “de vuelos de pájaros, de carreras, festines, conciertos y cosas que no se osa nombrar”.

Como una prolongación de Noticias del Imperio, Del Paso publicó posteriormente Castillos en el aire (2002), en donde el ejercicio lírico que caracterizó al monólogo de Carlota, que daba estructura (y elevación) a la novela, fue despojado de los lastres de la historia para dejarlo volar libremente… aunque el discurso de la emperatriz es ya, en ese tercera novela, variable y ondeante, como se lee aquí: “Porque yo soy una memoria viva y temblorosa, una memoria incendiada, vuelta llamas, que se alimenta y se abrasa a sí misma y se consume y vuelve a nacer y abrir las alas. Porque yo tengo alas de águila: me las robé de una bandera mexicana. Yo tengo alas de ángel: me crecieron anoche mientras soñaba contigo, mientras te imaginaba. Porque yo no soy nada si no invento mis recuerdos. Porque tú no serás nadie, Maximiliano, si no te inventan mis sueños”.

En El aire y los sueños, Bachelard encuentra como característico de la imaginación aérea “la experiencia dinámica de la palabra que sueña y piensa la vez”, y “una sublimación discursiva que se adhiere a los detalles y juega sin cesar entre impresión y expresión”… lo que nos transporta, de nuevo, a los monólogos de Carlota, que son la columna vertebral de la novela, en los que la locura, en los capítulos nones, establece un diálogo constante con la Historia, en los capítulos pares.

Contar y cantar

Debe decirse aquí que en Del Paso el novelista construye artefactos literarios a la manera de los poetas. En el siglo XIX comenzó a darse esta derivación, que tiene a Flaubert como uno de sus primeros artífices: siguió importando, sí, contar, lo que se intentaba hacer entonces de la manera más sencilla, sin complicaciones mayores con el lenguaje, pero a ello se añadió el cantar, escribir en prosa con la concentración con que lo hacía la poesía. Flaubert confesaba tardar semanas en encontrar la palabra justa; Joyce, años más tarde, decía tener ya las palabras y su gran preocupación consistía en hallar la forma correcta de acomodarlas.

Bachelard, en sus libros sobre los elementos materiales, estudia sobre todo a los poetas, porque en ellos encuentra que suelen apegarse a tierra, agua, fuego o aire como “hormonas de la imaginación” o vías hacia el sueño literario profundo. Va en busca de poetas sustanciales o elementales. Es con el predomino de cada elemento como el artefacto literario adquiere dinamismo, y la exploración así va más allá de una labor preciosista o hueca. Recuerda Bachelard a Benjamin Fondane, para quien un elemento material es el principio de un dón conductor que presta continuidad a un psiquismo imaginante.

En cada novela de Fernando del Paso, poeta en prosa, hay un principio dinámico que lo arropa todo: la búsqueda del personaje José Trigo, por ejemplo, lleva al lector a saltar tras él de un tren y caminar por los campamentos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, donde se entera de muchas historias particulares y es testigo de un movimiento social (el de los ferrocarrileros de 1958-59) apagado por la represión del Estado; los sueños del Palinuro virgiliano funden o confunden dos épocas, los años cincuenta y sesenta del México del siglo XX, navegan por la contracultura, la liberación sexual y la protesta estudiantil, en una deriva que, de modo previsible, por el destino del piloto que ya fija la Eneida, concluye con la muerte; y está la locura aérea de Carlota, quien desde las alturas de un castillo observa y sobrevuela (con la imaginación, la loca de la casa) un paisaje distante, el del Segundo Imperio mexicano, del que ella misma formó parte.

Habría que considerar esos principios y explorar en ellos. Su enunciación es sólo un punto de partida. De la mano de Bachelard podemos ver cómo la fidelidad de un autor a un elemento primario puede dar densidad a su obra. En Palinuro de México, por ejemplo, el flujo no es, prima facie, marino (porque, como ya se dijo, la geografía es urbana) y sí interno, pues otro protagonista, en la historia de unos estudiantes de la Escuela de Medicina, es el cuerpo humano y sus fluidos, los océanos interiores.

La hoguera

¿Cuál es el elemento material que rige Linda 67 (1996), la cuarta y última novela de Fernando del Paso? Si ya agotó tierra, agua y aire, queda el fuego, sin duda predominante en toda novela policiaca. Lo será aquí por diversas razones; y esta vez el arma homicida, como resultaría previsible, no es una pistola o un rifle (que disparan un fuego mortal), sino una llave inglesa. En el Psicoanálisis del fuego, Bachelard detalla varios complejos relacionados con esa materia, y acaso alguno pueda aplicarse a David Sorensen, el protagonista. Uno es el complejo de Prometeo, que implica “todas las tendencias que nos empujan a saber tanto como nuestros padres, más que nuestros padres, tanto como nuestros maestros, más que nuestros maestros”. Otro, el de Empédocles, “en el cual se unen el amor y la reverencia por el fuego, el instinto de vivir y el de morir”. Uno más, el complejo de Novalis, que se sintetizaría “en el impulso hacia el fuego provocado por la fricción, la necesidad de un calor compartido”; según Bachelard, dicho impulso reconstituiría, en su exacto primitivismo, la conquista prehistórica del fuego. O el complejo de Hoffmann, relacionado con la llama del alcohol…

De ellos optaría, al ajustar a Sorensen, por el complejo de Empédocles, que tiene que ver con el incendiario, aquel que es llamado por la hoguera. Lo relacionaría, además, con la salamandra, que se consume en su propia llama; y quizá aún resulte plausible describirlo como de un temperamento bilioso…

Como se recordará, luego de haber dedicado largos periodos a esos tres novelones que son José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio, publicados en tres décadas distintas (los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado), Del Paso optó por cambiar de régimen y se entregó al divertimento de una novela policial. Mas lo hizo luego de ese arduo aprendizaje y de hecho repite sus métodos de aprehensión de la realidad, acudiendo a documentos varios (periódicos o mapas) y mostrando conocimientos enciclopédicos en temas como el automovilismo, la publicidad, el vino o la moda, entre otros. Su historia, claro, es pura ficción; no está asentada en la Historia, como sí ocurría con las novelas anteriores. Las vacaciones del novelista consistieron en instalarse unas semanas en la ciudad estadounidense de San Francisco, territorio natural para lo policiaco (por El halcón maltés de Dashiell Hammett o la cinta Vértigo de Alfred Hitchcock, por mencionar sólo un par de títulos clásicos ahí situados) e imaginar a un hombre atrapado en sus mediocridades que planea una muerte, la de su esposa, con lo que construirá su propia hoguera, pues finalmente se trata de una autoinmolación. El lector sigue el espectáculo de quien cava su propia tumba… un poco también como en aquel filme francés de los años cincuenta, de Louis Malle (también relato de un crimen absurdo), que en español se tituló Ascensor para el cadalso.

Curioso, desde la perspectiva bachelardiana, que al comienzo de la relación la que será su esposa (la Linda del título, nacida en el año 67) pida a Sorensen no encender cigarrillos en su presencia, prohibiéndole el fuego; y lo primero que él hace, al liberarse de ella, es fumar. Estamos ante un espíritu encendido: “Si el odio era como una espuma caliente que sube por el pecho, por dentro del pecho y lo ahoga a uno. Si el odio era un deseo de dirigirse a la recámara y destapar a Linda y golpearla hasta hacerla perder el sentido. Si el deseo era un deseo incontenible de matar a Linda, de matarla no una sino dos veces, tres, como si eso fuera posible, tendría que serlo, debería ser posible, porque ella le había hecho sentir la muerte más de una vez: ella había matado en él al niño, al joven, al hombre que habitaban en su cuerpo y en su mente. Sí, si eso era el odio, entonces su odio era oro puro, odio sin disfraces, un odio que no le cabía en el cuerpo”.

A tono con esto, y como si lo comentara directamente, apunta Bachelard: “Desde que un sentimiento asciende a la tonalidad del fuego, desde que se relaciona, en su violencia, con las metafísicas del fuego, se puede estar seguro que habrá de acumular una suma de contrarios”.

Así, acaso no resulta caprichoso aplicar la “ley de los cuatro elementos” de Bachelard a la obra narrativa de Fernando del Paso. Es claro que en sus búsquedas intentó en cada nueva empresa construir universos distintos, aunque persista un cierto perfil estilístico (sobre todo la idea de la novela como gran artefacto verbal y el foco de atención en sucesos de la historia mexicana en sus tres primeros trabajos). La variación mayor, entre uno y otro título, es el cambio del elemento natural predominante: la tierra donde crece el trigo; el movimiento de las olas como un murmullo onírico; el viento de la historia, que poco le hacía a Benito Juárez y mucho dañó a Carlota y Maximiliano, o ese fuego malévolo del resentimiento que provoca, en un marido confundido, un incendio interno.

Esa herramienta, la confrontación de las exploraciones de Bachelard (en los varios títulos donde dibujó su ley poética) con los trabajos del novelista, acaso abra extensos senderos por los que pueda transitar el lector no en busca, esta vez, de José Trigo, aunque por ahí se empiece, sino del mismo Fernando del Paso.
 

Alejandro Toledo
Editor y ensayista; es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su libro más reciente es Instantáneas de la beatlemanía y otros apuntes sobre música y cultura (Dosfilos, Zacatecas, 2018).