La historia del albergue de Rosa Verduzco en Zamora conmocionó la conversación pública al revelar la existencia de un Estado que no sabe hacerse cargo de su niñez. La Gran Familia, el musical, busca complejizar aún más este relato.

Antes, mi papá le decía a mi abuela “Jefa”. Mi abuela migró —se escapó— de Hidalgo a la Ciudad de México cuando era adolescente. En algún momento se casó y tuvo tres hijos. Al tiempo, el esposo se fue. Mi abuela entonces consiguió trabajo de cocinera en una casa de las Lomas de Chapultepec con una familia húngara —otros migrantes—. Este trabajo le daba techo y comida, un salario suficiente para asegurar la educación de los hijos, y a ellos una juventud como de Cenicienta. Pero antes de que los chicos pudieran aprovechar los beneficios de vivir en un barrio de ricos, mi abuela tuvo que mandar a mi papá, que es el hermano de en medio, y a mi tío Javier, el menor, a vivir a un internado en San Jerónimo.

Cuando se escaparon del internado mi papá tendría 7 años y mi tío 4. El mayor se había dedicado durante meses a observar cada minucia del día a día de ese lugar: qué puertas chillaban, a qué hora se iban a dormir los sacerdotes, qué días estaba el velador más viejo. Se hizo el consentido de una maestra que lo sacaba a pasear de premio y mi papá aprovechaba para preguntar cómo se usaba el transporte público o a dónde llegaban las calles.

Mi papá cuenta entre risas la hermosa y desesperada historia de su aventura. Resulta que una vez que escaparon, los niños se pusieron a caminar por las obras del Periférico, entonces en construcción, porque sabían que llegarían todo derecho a las Lomas. Ya en esa colonia familiar, un policía los encontró y los llevó a la casa donde vivía mi abuela. Ella los regresó al día siguiente al internado. Estaba aterrada de que no los aceptaran de vuelta por las innumerables reglas que habían roto. Si no los acogían, mi abuela tendría que dejar su trabajo, su casa y el sustento para sus tres hijos. El final “feliz” de esta historia es que los niños pudieron regresar al internado y mantenerse separados de su madre y su hermano mayor durante varios años más. En no menor medida, el éxito de esta familia requería estar separados.

En esta historia sobre mi familia paterna hay dos ausencias: la del padre y la del Estado (en algún momento histórico supusimos, colectivamente, que eran más o menos lo mismo). Esas ausencias no pesaron tanto en sus vidas como la infatigable persistencia y la voluntad para sobrevivir de mi abuela. De chica creía que mi papá le decía “Jefa” de cariño a mi abuela; ahora me doy cuenta que no es un sobrenombre amoroso sino un rango.

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La Gran Familia es un musical sobre Mamá Rosa, una zamorana de alcurnia que dedicó su vida a recoger a niños sin familia o de familias pobres y hacerse cargo de criarlos. En 2014, tras una redada en su hospicio, las cadenas de televisión (que tuvieron acceso privilegiado al operativo) informaron al Gran Público que había más de 500 personas, la mayoría menores de edad, viviendo en una casa hogar privada en Michoacán, en condiciones desesperadas. Al principio supimos que estaban hacinados, durmiendo sobre colchones podridos, alimentándose con comida también podrida, muchos de ellos privados de su libertad. Luego se replicaron “declaraciones” nunca probadas sobre la “posibilidad” de que hubiera restos humanos en el predio —de un adulto, de varios niños, o de los hijos de esos niños. Como resultado de la operación policiaca, las autoridades (acompañadas de una ONG) “liberaron” a medio millar de personas, aprehendieron a unos cuantos adultos, y a Mamá Rosa la dejaron libre aduciendo imputabilidad por su edad avanzada.

La historia que transmitió la televisión, terrible y espectacular, se centró en una villana (la “Jefa”, como le decían los niños). Esa historia se le complicó a su narrador, el Estado, cuando un grupo de periodistas, historiadores, escritores y activistas salieron a defender a Rosa, aportando testimonios sobre su labor y acusando al gobierno y a los medios de fabricar un caso para desviar la atención de las inminentes reformas energética y educativa.

La indignación de los intelectuales trabaja de manera misteriosa —uno nunca sabe qué la puede despertar. De repente aparecen vociferantes, haciendo uso de herramientas que no les son habituales: desplegados un día, marchas otro. Sin duda, en el caso de Mamá Rosa el gobierno no esperaba que estos hombres y mujeres decidieran convertirse en parte de la narrativa y contradijeran la historia sencilla que se había propuesto originalmente. Los intelectuales acusaron el uso desmedido de los recursos del Estado para intervenir en un albergue que no era perfecto, pero cuyas fallas palidecían frente a sus virtudes y, sobre todo, frente a las fallas de otros. “Hay que preguntarse cuál hubiera sido la suerte de esas miles de criaturas a lo largo de 30 o 40 años, de no haber estado ahí”, insistía Enrique Krauze este 2018. Que alguien piense en los niños, nos demanda todavía el historiador.

Alberto y Claudio Lomnitz, autores de la obra de teatro, relatan la historia con dos objetivos: contextualizar a Rosa, el personaje principal, como producto de una sociedad conservadora, y devolver el foco a los niños como víctimas del Estado y de las tragedias sucesivas que se han amontonado en Michoacán en las últimas cuatro décadas. Los resultados son desiguales.      

La obra transcurre durante la visita de la primera dama de Jalisco a uno de los albergues que acogieron a los niños rescatados. Durante esa visita, los niños montan una obra de teatro en la que narran la historia de Rosa. La primera dama atestigua la comedia de los chicos, primero cuestionando su intento por humanizar a Mamá Rosa y luego repeliendo los ataques a las diferentes instituciones gubernamentales que ella representa. Estos instrumentos —montar una obra dentro de la obra, incluir un stand-in del público que reacciona a la historia como si fuéramos nosotros— son recursos ingeniosos para ocuparse de las narrativas en conflicto. ¿Mamá Rosa es una villana, una heroína o una víctima? ¿O fue todas las anteriores en distintos momentos de su vida? Si no es ella entonces, ¿quién es el malo?

Las preguntas serían más sugerentes si la obra fuera tan ambivalente como pretende. Al explorar qué convirtió a la Rosa joven en la “Mamá Rosa” dura, se privilegia necesariamente su historia personal y se explican sus motivos en detrimento de las historias de los niños y del efecto de las omisiones y delitos que los convirtieron, a ellos sí, en víctimas. A diferencia de la protagonista, en los personajes de los niños no hay matices, son caricaturas: la ruda, el peleón, el que sólo repite que tiene un hermano en San Diego. En esa medida, el artilugio de puesta en abismo supone una concesión amarga: el rol de los niños se limita a narrar la vida de su custodia.

Ahora, desenfocar la historia respecto a la villanía de Rosa sí resulta en una exploración relevante y vigente sobre las múltiples instituciones que les fallaron a los hijos de la Gran Familia. El musical inicia con un número coral que denuncia a “la familia”, como la entendemos en México, implorando por reinventarla. Se entiende que los mexicanos sostenemos nuestra identidad, nuestros éxitos o fracasos en función de nuestra familia. También recurrimos a ella para todo, incluyendo las tareas que podrían solventar otras instituciones: pedir trabajo, pedir asilo, pedir dinero. Pobre familia, la responsabilizamos de tanto. Qué mala es la familia que prácticamente nunca está a la altura de nuestras demandas.

Se nos explica que cualquier exigencia familiar que podamos tener las clases medias y bajas se exacerba cuando perteneces a una familia de abolengo, como era el caso de Rosa. La historia traza el origen de su coleccionismo desaforado a un capricho infantil (“¿me lo puedo quedar?”, pregunta la niña Rosa a su padre cuando se topa con un niño de la calle), manía que se pronuncia en su juventud. Su padre, imponiéndole las exigencias propias de una familia-de-toda-la-vida de Zamora, le prohíbe casarse con un joven “don nadie”. Rosa responde a esa restricción haciendo un voto de castidad y volcándose a adoptar niños por el resto de su vida.

Después de la familia, la obra explora el rol del Estado en la tragedia. En el centro de la escenografía aparece una adaptación del logo del IMSS, una madre alada que parece un águila, con un niño en su seno; un guiño a la grandilocuencia del discurso de nuestras instituciones de seguridad social. Pero en esta historia el Estado no es ni de lejos un refugio: en su atestiguamiento silencioso de las prácticas de Rosa, sólo se le atisba como propiciador de las separaciones, como facilitador de las apropiaciones y como acusador cínico. Precisamente, el guion y las canciones brillan más cuando relatan las sucesivas fallas del Estado: cuando explican que la pobreza permanente, el fenómeno migratorio y el crimen organizado potenciaron la diáspora de niños del campo hasta el hogar de Rosa. Al tiempo que las condiciones de Michoacán se hacían más precarias, el Estado habilitaba y recurría formalmente a la Gran Familia para que atendiera sus omisiones. En tanto la escala de las necesidades aumentó, la labor de Rosa se hizo insostenible.

En la obra, el deterioro político es el telón de fondo de las tragedias personales. Sin embargo, es una equivalencia falsa suponer que la tragedia de Rosa (el escarnio público) es igual a la de sus niños: abandonados, inhabilitados por el Estado y por su cuidadora, “liberados” y abandonados a su suerte, seguirán en la precariedad por el resto de su vida.

Hace sólo unos meses, Krauze pedía que alguien le dedicara “muchos años” a investigar la historia de Mamá Rosa para hacerle justicia. Insistía en que Rosa era alguien a quien respetaban personas de enorme prestigio en el mundo. “No puede ser que tantas personas estemos equivocadas”, decía, refiriéndose a un grupo que en el momento del escándalo incluyó a un premio Nobel de Literatura.

Llama la atención que en el caso del albergue de la Gran Familia un grupo de liberales haya desestimado cualquier tipo de responsabilidad personal. Es cierto que vivimos en un país desesperadamente incapacitado para atender a los más necesitados y para hacerles justicia. Es cierto que nuestras instituciones se sostienen en un equilibrio precario, en buena medida gracias a las Jefas. Pero en esa jefatura que el Estado y la sociedad hemos delegado a las mujeres, hay tremendos matices que las lecturas más superficiales de la maternidad ocultan. Hay historias tan divergentes como la de la Jefa de mi papá y la Jefa de la Gran Familia.

Finalmente, en “el grupo de intelectuales” que hace cuatro años salió a pedir que matizáramos la historia hay una tremenda incongruencia. Cuando exige que se revalorice la labor de Mamá Rosa por el número de niños que atendió y al mismo tiempo acusa al gobierno de perseguirla para distraernos a los demás de lo que verdaderamente importaba: las reformas estructurales. Esto supone que, en una jerarquía no sólo política sino moral, era más importante que los ciudadanos pusiéramos atención en la metodología con la que ahora se evaluaría a los maestros que educan a los niños, que al hecho de que el Estado sostenga la existencia de niños vulnerables en una escala masiva. Habrá que preguntarles a los intelectuales cuándo será apropiado que pensemos en los niños.

 

Alina Hernández
Internacionalista y maestra en medios, cultura y comunicación. Ha escrito en diversos medios sobre cultura y política.

 

La Gran Familia
Del 18 de octubre al 9 de diciembre
Teatro Juan Ruiz de Alarcón
Centro Cultural Universitario