Tras el fallecimiento de Stan Lee, el siguiente texto sigue sus pasos para explicarnos la importancia de su obra: el acercamiento más humano y ordinario a los superhéroes y, sobre todo, creaciones que revolucionaron la industria del cómic.

Si Jerry Siegel y Joe Shuster pasarán a la historia como los pioneros del cómic de superhéroes con la presentación de su Superman en 1938, Stan Lee —que falleció ayer a los 95 años— será recordado, sin duda, como el mayor revolucionario del género, el responsable de su renacimiento y quien lo dotó de mayoría de edad. En las siguientes líneas hablaremos de la vida y obra de quien fue el motor creativo de Marvel, sinónimo de un universo, un estilo y una época.

Stan Lee en 2010. Fotografía de Gage Skidmore bajo licencia de Creative Commons

Stanley Lieber nació en Nueva York en 1922 y llegó a Timely Comics —una editorial que ganó fama con la creación del Capitán América en los 40 pero que se mantenía a flote con muchos problemas— cuando aún no cumplía los veinte. Su sueño era convertirse en novelista. La leyenda dice que, cuando tenía 18 años, y al quedar vacante el puesto de editor, Martin Goodman —que era el jefe de la compañía y su tío político— le pidió que tomara el trabajo “mientras encuentro a alguien permanente”. Treinta años después, Stan Lee, que comenzó a firmar sus trabajos bajo su famoso seudónimo, seguía siendo el editor de la casa.

En los años 60, luego de dos décadas editando y escribiendo historias bajo la dirección de Goodman, más interesado en maquilar historias del género de moda (fuesen superhéroes, westerns o cuentos de terror) e inundar el mercado con ellas que en crear algo nuevo, Lee estaba listo para renunciar. Fue entonces que Goodman le pidió crear un equipo de superhéroes totalmente nuevo para tratar de imitar el éxito que DC Comics había obtenido con la Liga de la Justicia de América (LJA). De nuevo, la historia cuenta que fue su esposa Joan quien convenció a Lee de darle una última oportunidad al negocio y aprovechar la propuesta para escribir la historia que siempre había querido hacer.

El resultado fue The Fantastic Four, cuyo primer número apareció a finales de 1961, de la mano de Lee y del ya reconocido dibujante Jack Kirby. La trama es conocida: un cuarteto liderado por un científico, determinado a vencer a los soviéticos en la carrera espacial, acaba obteniendo habilidades sobrehumanas producto de la radiación, en un accidente espacial. En tan solo 13 páginas, Lee y Kirby nos los presentan, nos cuentan su origen y narran una de sus aventuras, enfrentándose a un villano llamado Mole Man: toda una lección de storytelling. El objetivo de la pareja era crear una historia que le resultara atractiva a la “legión del chicle” (como llamaba Lee a los niños), pero también a lectores mayores y a quienes estuvieran interesados en la fantasía y la ciencia ficción, aunque no en los personajes de mallas y capa.

Portada del primer número de The Fantastic Four (Los cuatro fantásticos), de 1961

Como escriben Roy Thomas y Peter Sanderson en su libro The Marvel Vault, la creación de “The Fantastic Four inició algo distinto en el mundo del cómic: superhéroes más falibles, más realistas, más humanos que lo que los lectores habían experimentado en las tres décadas de existencia del medio”. El resultado funcionó y de la mano de una de las parejas más prolíficas de la historia del cómic, Timely (que cambiaría su nombre a Marvel en 1963) comenzó un momentum creativo inédito: en 1962, Kirby y Lee crearon The Incredible Hulk, que en su primer número era gris, no verde. En el mismo año crearon, junto al dibujante Steve Ditko y pese a la desaprobación de Goodman, a Spider-Man: el superhéroe adolescente que acabó convirtiéndose en el símbolo de la editorial. Aún en 1962 ven la luz The Mighty Thor y Ant-Man. En 1963, Lee crea con Kirby a The Invincible Iron Man, un superhéroe que llevaba un marcapasos bajo su armadura y, junto a Ditko, concibe a Dr. Strange, un cirujano convertido en hechicero. Luego siguieron The Mighty Avengers, una respuesta directa a JLA, y The Uncanny X-Men, un quinteto de jóvenes mutantes que retrataban los peligros de los estereotipos y la discriminación hacia quien es diferente.

La lista podría seguir. En esos años, la creatividad de Lee sólo parecía limitada por la velocidad de sus compañeros artistas, y el particular método de trabajo que existía entre el escritor y los dibujantes pronto se volvió famoso: el proceso comenzaba con Lee escribiendo un resumen de la historia de una o dos páginas, que el artista luego tenía libertad para transformar en imágenes. Una vez hechas las viñetas, Lee se encargaba de escribir los diálogos, poniendo los globos de texto ahí mismo, sobre el arte original. Luego, las páginas dibujadas pasaban a los letreristas, entintadores y coloristas. Esta manera de trabajar fue bautizada como el “Método Marvel” y pasó a ser imitada por otras editoriales. Lo que no es tan conocido es que el origen de este estilo de trabajar nació con la necesidad: en la época de maquila en Timely, cuando lo que importaba era la cantidad y no la calidad, Lee encontró en este método la forma para que los artistas no tuvieran que esperar a que terminara cada uno de sus guiones hasta el último detalle y mantener a la editorial produciendo ininterrumpidamente.

Las creaciones de Lee y de sus compañeros en “La Casa de las Ideas”, como comenzó a llamarse también a Marvel, fueron un éxito perdurarble, instalándose hasta la fecha en la cultura popular: son personajes que 50 años después siguen protagonizando cómics y aparecen en adaptaciones de distintos formatos: la noticia de la muerte de Lee llega sólo algunas semanas después de que se anunció que uno más de sus personajes, un vampiro llamado Morbius, será llevado al cine.

Las razones de su éxito son varias pero pueden resumirse en dos: en primer lugar, Stan Lee creó historias con héroes imperfectos —con pies de barro, como suele decirse— que, dentro de su fantasía, estaban plagadas de realismo y complejidad. La vida del desafortunado Spider-Man, que tendía siempre más a lo patético que hacia lo épico, era mucho más parecida a la del lector que la de cualquiera de sus antecesores. No hay imagen más icónica de lo que significó la revolución de Lee que la de Peter Parker por la noche, sentado frente a una máquina de coser, teniendo que remendar su disfraz luego de alguna batalla. O en un registro más trágico, el fallecimiento de la joven Gwen Stacy, pareja del héroe que, en un suceso inédito en el mundo del cómic, no solo murió sino que permaneció muerta.

La segunda razón es que Stan Lee concibió historias y personajes que supieron interpretar, en un medio tan accesible como el cómic, la historia de su tiempo: sí, definitivamente en sus páginas hay un exceso de villanos procedentes de la URSS, China o Vietnam (un producto de la Guerra Fría), pero también surge el retrato del drama que vive cualquier minoría discriminada en los X-Men, así como la tensión entre las posiciones conciliadores de Charles Xavier y las más radicales de Magneto, que replican, salvando las distancias, las de Martin Luther King y Malcolm X. Los guiones y personajes de Lee dieron cuenta de la pluralidad de las sociedades como pocos: Daredevil (1964) fue el primer superhéroe con una discapacidad; Luke Cage (1972), el primero en ser negro.

En suma, Lee llevó a un medio (el cómic) y a un género (el de superhéroes), otrora considerados exclusivamente para niños o soldados en el frente, más allá de sus fronteras. Al hacerlo, atrajo la atención de una audiencia más amplia y exigente y al mismo tiempo hizo posibles futuras obras maestras como Watchmen, de Alan Moore.

Stan Lee dejó de escribir cómics regularmente en 1972 (el último fue The Amazing Spider-Man #110). Algunos historiadores del cómic fechan ahí el final de la Era de Plata de este arte, iniciada con The Fantastic Four #1. En ese mismo año, Lee se convirtió en presidente de Marvel, sucediendo a Goodman, y en el editor principal, decidiendo qué historias se publicaban o no. Aunque dejó el primer puesto pronto, se mantuvo activo en el segundo por muchos años. De su labor como editor destaca darle paso a futuros maestros como Chris Claremont, John Byrne o Frank Miller (antes de su deriva fascista). En esa misma década, Marvel finalmente sobrepasó a su histórico rival, DC Comics, en número de ventas.

Conocí el mundo de Stan Lee en los años 90, cuando cursaba la escuela primaria. Curiosamente, eran malos tiempos para Marvel: la empresa había tenido que declararse en quiebra luego de un desastre derivado de especulaciones en la bolsa y un grupo de sus artistas más exitosos (Jim Lee, Erick Larsen, Todd McFarlane, entre otros) se había marchado de la editorial para fundar una compañía propia, Image Comics. Pero eso un niño de 10 años ni lo sabía ni le importaba. Eran, aquí en México, los tiempos de Editorial Vid: los herederos de Yolanda Vargas Dulché habían comprado los derechos editoriales de los cómics de Marvel y, por poco más de 5 pesos de entonces, podían leerse en español El Hombre Araña y Los Hombres X, con el característico logo de la hoja de parra. En una pequeña ciudad en la que no existían apenas librerías (solo había, lo recuerdo bien, tres papelerías que vendían además algunos libros), ir al quiosco de revistas que estaba frente a mi escuela cada quince días era una experiencia tan extraordinaria como inolvidable.

De las historias que nos dejó Stan Lee aprendí mucho en esos años: desde palabras como “otrora”, que nunca he visto tanto como en sus historias, hasta conceptos científicos como el de “simbionte”, que ninguna clase de biología podría explicar mejor que el personaje de Venom, pasando por la geografía de lugares como Nueva York, pues fueron sus personajes los primeros en vivir en ciudades reales, no imaginarias. Y que la radiación no es cosa de juego. Pero sobre todo, que el heroísmo está lejos de lo que nos dicen los libros de historia tradicionales y las estatuas: que es, la mayoría de las veces, un asunto de hombres y mujeres ordinarios que se encuentran de repente en momentos extraordinarios, con sus defectos y vidas privadas a cuestas. Y que el poder que uno tiene —por pequeño que sea— entraña siempre una responsabilidad.

‘Nuff said.

 

César Morales Oyarvide

 

 

Un comentario en “Adiós a un pionero imprescindible: Stan Lee (1922-2018)

  1. Artículo entretenido pero hay que precisar que la época de plata de los cómics inició en 1956 con la aparición de The Flash.
    Y la época de bronce dio inicio en 1973 con la muerte de Gwen Stacy.