Hoy se cumple un siglo de la firma del armisticio con el que terminó la Primera Guerra Mundial. Esta fecha simbólica, fijada con tanto esmero en la memoria occidental, no marcó el fin de las penurias para todos los involucrados, como lo demuestra esta crónica-ensayo a través de una de las zonas de conflicto mayores: los Balcanes.

Tuve que buscar mi libreta de viaje de hace cuatro años. La memoria y los datos históricos no bastan para narrar lo particular que resultó la visita a los Balcanes en el verano de 2014, el paso por Bosnia-Herzegovina y, sobre todo, la estancia en Sarajevo a cien años del asesinato del archiduque Francisco Fernando y Sofía Chotek.

Tras un recorrido de dos semanas en Croacia a lo largo de la costa Dálmata, me adentré en la península balcánica para encontrarme con un panorama completamente distinto: Bosnia-Herzegovina. No solo era un cambio paisajístico —de los acantilados blancos que delimitan el mar Adriático de azules cristalinos a los escenarios montañosos surcados por ríos de gran caudal—, también parecía tratarse de otra temporalidad, o por lo menos de un manejo distinto del tiempo. A pesar de los vestigios históricos, en Croacia la vida transcurría con miras a la novedad, mientras que en Bosnia-Herzegovina la gente parecía tener la mente bien puesta en el pasado. Aunque no en todo el pasado.

Cada vez que cambiaba de pueblo o ciudad, una técnica me permitía llegar al lugar donde pasaría la noche sin grandes complicaciones: estudiaba el mapa cuidadosamente y memorizaba, si no el camino exacto, al menos la dirección que tendría que seguir una vez que pusiera un pie ahí. Así lo hice también en Sarajevo.

Llegué a la estación de autobuses de la capital bosnia alrededor de las 3 de la tarde. Tenía que ir en dirección norte, pasar un parque del lado izquierdo, cruzar el río Miljacka por el Puente Latino y… Me detuve en seco. Delante de mí, en el costado nororiental de la calle se anunciaba “La esquina que dio inicio al siglo XX”. El letrero pertenecía a un museo moderno —inaugurado en 2007— y notablemente remodelado. Ahí, el joven serbobosnio, Gavrilo Princip, había asesinado a Francisco Fernando y a Sofía Chotek el 28 de junio de 1914. Francisco Fernando estaba destinado a ser el heredero del imperio austrohúngaro y su muerte formalizó el estallido de la Gran Guerra un mes más tarde, el 28 de julio de ese mismo año.

Se trata de un hito en la historia occidental, del inicio del fin de una era. Pero, ¿qué significaba aquel suceso? Para los serbios, Princip fue un héroe que se rebeló a la sujeción del imperialismo austrohúngaro, pero desde la perspectiva bosnia, aquel asesinato fue el inicio de una cadena de tragedias que marcaron el principio del siglo XX.

Dibujo del Puente Latino en Sarajevo, 1914.

Uno de los factores que desencadenó la Gran Guerra fue la rivalidad entre Serbia y Austria-Hungría, cuyos territorios fueron escenario de los primeros enfrentamientos dado que toda la península balcánica era terreno estratégico en disputa. Mientras que Bulgaria se adhirió al bando austrohúngaro y alemán, Serbia, Montenegro, Rumania y Grecia se posicionaron del lado de los Aliados. La guerra se desarrolló, y gracias al apoyo ruso —más que al británico o al francés— los ejércitos búlgaros y austrohúngaros fueron replegados. Finalmente, las consecuencias más trascendentes de la Gran Guerra cocinada desde la primera década de 1900 y desencadenada en el cruce de dos calles de Sarajevo se tradujeron en el fin del orden imperial conocido hasta ese entonces. La guerra marcó el principio del siglo XX.

Este 11 de noviembre de 2018 se cumple un siglo de la firma del armisticio entre los Aliados y el Imperio Alemán en un vagón de tren en Compiègne, al norte de Francia. El anuncio de aquel cese al fuego desató una ola de celebraciones; las calles de Manchester, Londres, París y Nueva York se abarrotaron. ¡Por fin se detendrían los disparos! Y ciertamente había que celebrar el alto a una lucha que a lo largo de poco más de cuatro años había cobrado la vida de unas 20 millones de personas. Cien años más tarde, en conmemoración al término de la Primera Guerra Mundial, miles de antorchas alumbran la Torre de Londres en recuerdo a los caídos, el presidente francés visita los campos de batalla y decenas de mandatarios se reunirán el 11 de este mes en una ceremonia en París.

Pero esta fecha simbólica, fijada con tanto esmero en la memoria occidental, no marcó el fin de las penurias para todos, y ya no digamos los alemanes derrotados o los sirios, libaneses, cameruneses, palestinos y togoleses que siguieron bajo sujeción de potencias extranjeras, sino los habitantes de aquella península al sur de Europa que había servido de pretexto para el inicio de la guerra. Al contar la historia del triunfo de los Aliados, la atención suele ponerse en Europa del norte y el frente occidental mientras que los acontecimientos del sur se difuminan. Los conflictos desatados en 1914 no terminaron de tajo en 1918. El cese al fuego sería el primer paso de una larga cadena de negociaciones que culminaría con los Tratados de Paz en 1919. En pocas palabras, el reordenamiento del mundo se trataba de una redistribución de poder e influencia, pero eso sí, enarbolando orgullosamente el argumento del derecho de autodeterminación de los pueblos. Aquel derecho era un arma de doble filo, que además podía afilarse, pues muy a menudo implicaba un componente étnico y religioso. Estos dos elementos en el caso balcánico eran inseparables.

En este sentido, hay que señalar que la liberación definitiva del yugo austrohúngaro en los Balcanes fue anterior a la firma del armisticio, y la formación del Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios, que agrupaba a los eslavos del sur, tuvo lugar desde el 29 de octubre de 1918 y al margen de las negociaciones de 1919. La unificación no fue sencilla, pues el gobierno estaba en manos de Serbia y ésta no garantizaba la autonomía de los territorios agrupados. Así, si bien los habitantes de aquella península ya no estaban bajo un gobierno imperial, tampoco se trataba de un conjunto de Estados nacionales con fronteras definidas sino de un conjunto de naciones con distintas religiones y adscripciones étnicas —cuya “pureza” era cuestionable, por supuesto—: bosnios musulmanes, serbios ortodoxos y croatas y eslovenos católicos, entre otros. Éstos tenían ya un pasado marcado por el conflicto entre ellos.

A los ojos de las potencias triunfadoras, no todos tenían el mismo derecho de vivir en los Balcanes, y como su nombre lo indicaba, el Estado de los Eslovenos, Croatas y Serbios no incluía a los bosnios musulmanes. En este sentido, una de las primeras acciones del nuevo gobierno fue impulsar una reforma agraria en 1918 para colonizar y alterar las estructuras demográfica y de propiedad de la tierra. Bosnia-Herzegovina sufrió los embates más fuertes de estas acciones, donde, en un principio, los musulmanes eran dueños del 91.1% de la propiedad, el resto se repartía entre serbios ortodoxos (6%), croatas católicos (2.6%) y otros (0.3%). La reforma agraria básicamente consistió en expropiar las tierras a los bosnios musulmanes, empobreciéndolos estrepitosamente y provocando su éxodo a Turquía. Las tierras de Bosnia-Herzegovina se repartieron entre casi 250 mil familias serbias, y muchos de los registros de propiedad se hicieron sin que éstas tuvieran que poner un solo centavo; era la “recompensa” por pertenecer a la nación privilegiada.

Por lo menos en Occidente, a Sarajevo se le recuerda por el asesinato que justificó el estallido de la Gran Guerra. Del fin de ésta se recuerda la firma del cese al fuego el 11 de noviembre, la caída de los grandes imperios europeos y el consecuente surgimiento de Estados nacionales. Pero el fin de una época es sumamente complejo y, fijar las nuevas fronteras sobre el terreno fue mucho más conflictivo. Las nuevas demarcaciones nacionales no eran una realidad dada ni resolvían las rivalidades. Y las consecuencias de esto siguen presentes.

Serbios siendo expulsados de Croacia, 1941.

Mientras que en 2014 los anuncios del museo a un costado del Puente Latino recordaban el centenario de los acontecimientos, las calles de Sarajevo contaban una historia que tiene más sentido con su recuerdo centenario. Los edificios y la memoria de las personas estaban agujereados por una guerra más cercana: el enfrentamiento con sus ahora vecinos —croatas y serbios— con quienes hasta hacía menos de treinta años conformaban Yugoslavia. Allí, en el sur del continente, el armisticio del 11 de noviembre no fue el fin de los enfrentamientos, ni el principio de Europa.

 

Cecilia Burgos
Egresada del Colegio de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Realiza investigación independiente.