El 3 de agosto de 1914, pocas horas después de que Edward Grey se dirigiera a la Cámara de los Comunes con el discurso que convencería a Inglaterra de entrar a la Primera Guerra Mundial, el secretario de la Foreing Office veía caer la tarde desde su oficina de Whitehall con un grupo de amigos. La luz artificial empezaba a iluminar la noche. Al contemplar el tenue fulgor, este hombre de nariz romana y carácter serio pronunció una frase que cifraría el futuro de la historia: “Las luces van a apagarse en toda Europa y ya no las volveremos a ver brillar en nuestras vidas”.

En El mundo de ayer, noble y conmovedor retrato de una época, Stefan Zweig evoca un mundo de veranos esplendorosos. Europa llevaba casi medio siglo sin guerra; las ciudades crecían fuertes y sanas, el progreso permitía que la sociedad trabajara menos y disfrutara de la vida. La gente paseaba por los montes, atiborraba parques y albercas públicas, salía de vacaciones, hacía deporte, se asoleaba. Robert Graves escalaba las montañas de Gales, Wilfred Owen daba clases en Burdeos, Zweig recorría Europa, enamorado de su cultura.

Sin embargo, los vapores de la guerra pronto embriagaron al continente. Tras el discurso que el rey Alberto dirigió a sus súbditos una hora después de enterarse que las tropas alemanas acababan de invadir Bélgica, el delirio se apoderó de la gente. El ejército, visto con recelo por el pueblo hasta entonces, se convirtió de inmediato en un cuerpo de héroes que defenderían a muerte la independencia belga, tan costosamente ganada. Ese mismo día en París, los soldados recorrían las calles en uniforme de gala, cantando exultantes. La gente, los corceles, las armas, eran ríos que se dirigían a la Gare du Nord y la Gare de l’Est con destino a la gloria. Miles más inundaban las plazas y avenidas con pancartas que exclamaban “¡Luxemburgo nunca será alemán!”, “Italia, cuya libertad fue ganada gracias a la sangre francesa”, “España, la hermana adorada de Francia”, “Latinoamérica vive para la madre de la cultura latinoamericana”. En Berlín, cuando dos hombres a bordo de un auto propiedad del diario Berliner Tageblatt comenzaron a arrojar volantes que anunciaban la declaración de guerra inglesa, una multitud rabiosa apedreó la embajada británica. En los despachos del Reichstag, con la maquinaria inexorablemente puesta en marcha hacia Lieja, el canciller Theobald von Bethmann-Hollweg aseguró, regocijado: “Cualquiera que sea nuestro destino, el 4 de agosto de 1914 quedará grabado en la eternidad como uno de los días más grandes de la historia alemana”.

Soldados británicos en las trincheras durante la batalla del Somme.

En el momento más ilustrado de la historia, muchos, demasiados intelectuales se volcaron inicialmente en favor de la contienda. Escritores alemanes y austriacos componían poemas bélicos y maldecían enérgicamente a sus pares franceses e ingleses. La invasión a Bélgica era justificada por filósofos y pensadores; hombres de letras corrían a la oficina de reclutamiento para ponerse a las órdenes de la patria. El poema “Canto de odio a Inglaterra”, de Ernst Lissauer, musicalizado y hasta adaptado para teatro, era recitado por 70 millones de alemanes como un nuevo himno. En Inglaterra, obras como The First Hundred Thousand, de Ian Hay Beith, describían lo divertido que era vivir en el campo de entrenamiento, donde los valientes soldados la pasaban bomba en un ambiente de camaradería y festividad. Todo sería boato y eufemismo. El apellido Kaiser pasó a ser Kingsley, los pastores alemanes, alsacianos. Los partes oficiales atemperaban la realidad. En Gallipoli to the Somme: Recollections of a New Zealand Infantryman, el matemático Alexander Aitken recuerda el lenguaje de los comunicados: “Se ha expulsado al enemigo tras una intensa lucha; se ha producido una enérgica respuesta”. Tiempo después entendería que enérgico e intenso querían decir que la mitad de la compañía había resultado muerta o herida.

Las potencias, casi todas hermanadas por los lazos de sangre que vinculaban entre sí a una buena parte de sus gobernantes, estaban seguras de que el conflicto sería rápido, expedito, una cuestión de meses, sino es que semanas. Francia aceptó la guerra como destino manifiesto, Alemania argumentó que no le quedaba otra salida, Inglaterra encaró la tarea con su flema. “Volverán a casa antes de que las hojas caigan de los árboles”, le dijo el Kaiser a las primeras tropas que partían hacia Bélgica. Ninguna nación estaba preparada económica, logística, moral o emocionalmente para soportar un conflicto total por más de cuatro meses. Salvo dos o tres escépticos, nadie podía prever la carnicería que estaba a punto de arrastrar a Europa al infierno.

Soldados franceses atacan las trincheras alemanas en Flandes con gases y lanzallamas.

Durante los siguientes cuatro años, las potencias se enterrarían lentamente en una guerra de trincheras cuyos saldos se cuentan por millones. Ni siquiera el tanque, esa nueva y atroz bestia que apareció por primera vez en la historia en la batalla del Somme en 1916 con la intención de desatascar las cosas, logró acelerar el desenlace. Cada otoño, la gente decía que no iba a poder sobrevivir otro invierno. Implacable, la guerra se tragó los recursos. La pobreza y el hambre cabalgaron como plagas bíblicas por el continente entero. Zweig recuerda cuando se encontró por primera vez con los “amarillentos y peligrosos ojos del hambre”:

El pan negro se desmigajaba y sabía a resina y cola, el café era un extracto de cebada tostada, la cerveza, agua amarilla; el chocolate, arena teñida y las patatas estaban heladas; la mayoría de la gente criaba conejos para no olvidar el sabor de la carne; en nuestro jardín un muchacho cazaba ardillas con escopeta para las comidas de los domingos, y los perros y los gatos bien alimentados pocas veces regresaban de sus paseos.

Durante la Gran Guerra se cavaron aproximadamente 40 mil kilómetros de trincheras, suficientes para darle la vuelta a la Tierra. Las inglesas eran húmedas, frías y apestosas; las alemanas amplias, limpias y hasta confortables. Kipling recuerda que de las francesas, aunque desagradables y “cínicas”, muchas veces emanaba un delicioso olor a comida.

Uno de los capítulos más negros de la historia se estaba abriendo como un abismo negro, y la gente se entregaba, ciega de júbilo, a los brazos de la guerra. Era el último acto de inocencia colectiva de la humanidad. Sin embargo, tras los primeros meses, la fiebre empezó a bajar y la población de todos lados empezó a ver el verdadero rostro de la batalla. Recuerda Zweig:

Una irritada desconfianza fue apoderándose poco a poco de la población: desconfianza hacia el dinero, que perdía valor cada vez más, desconfianza hacia los generales, los oficiales y los diplomáticos, desconfianza hacia los comunicados oficiales y del estado mayor, desconfianza hacia los periódicos y sus noticias, desconfianza hacia la guerra misma y su necesidad.

La guerra relámpago planeada por Alemania acabó por empantanarse en un conflicto de años que vivió matanzas indescriptibles como la batalla del Somme, que en principio iba a durar un día y se extendió 140, segando la vida de un millón 200 mil personas; o que creó mitologías como la de la famosa batalla de Marne, en la que las tropas aliadas repelieron la embestida alemana. “Juana de Arco ganó la batalla de Marne”, diría el filósofo francés Henri Bergson al referirse a ese episodio en el que 600 taxis parisinos se organizaron para transportar 6,000 tropas al frente. Mil 460 días de combate hasta que los aliados encadenaron una serie de victorias, la Ofensiva de los Cien Días, que marcaron el principio del fin. Hasta que a la hora 11 del día 11 del mes 11 del año 1918, las potencias firmaban el armisticio y ponían punto final a una guerra que dejó hasta 50 mil muertos en una sola jornada.

Imagen del Mark I, el primer tanque de la historia, de fabricación británica

En La Gran Guerra y la memoria moderna, Paul Fussell subraya que nunca antes en la historia habían habido soldados más letrados. La palabra escrita nunca tuvo más peso como en ese conflicto: “En 1914 prácticamente no existía el cine; no había radio y desde luego tampoco televisión”, así que, a excepción de la bebida y el sexo, la literatura era la forma mayor de entretenimiento. En las trincheras se leía a Conrad, a Cervantes, a Frost, a Platón, a Maupassant, a Hawthorne, a las Brönte.

Sin embargo, ninguna obra era capaz de explicar lo que estaba sucediendo. Amputaciones, ratas, guerra química, agonía, locura. El lenguaje, con toda su riqueza, se quedó corto. “Una de las características de la guerra reside en el encontronazo entre los acontecimientos y el lenguaje disponible, o el que se considera adecuado para describirlos”, explica Fussell. El lenguaje “de uso público”, continúa, llevaba un siglo exaltando las bondades del progreso, y de pronto se topaba con una realidad que lo dejaba boquiabierto. “Te ibas a casa de permiso durante seis semanas o seis días y el mero hecho de estar o de quedarte allí era algo terrible porque estabas rodeado de gente que no entendía nada de lo que ocurría”, explicó en alguna entrevista Robert Graves, autor de Adiós a todo esto, una de las biografías fundamentales de aquellos años.

Tras el armisticio, nada volvería a ser lo mismo. “Toda una generación de jóvenes había dejado de creer en los padres, en los políticos, en los maestros; leía con desconfianza cualquier decreto, cualquier proclama del Estado. La generación de la posguerra se emancipó de golpe, brutalmente, de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces”, apuntó Zweig.  “Todas las grandes palabras han sido canceladas para esa generación”, escribió D.H. Lawrence. Ciudades devastadas, soldados mutilados y enloquecidos, familias rotas y traumatizadas, gobiernos ensangrentados, banderas que nunca volverían a ondear con el mismo brío. La desilusión y la desconfianza se instalarían para siempre y en primerísimo plano en la conciencia humana. La guerra de trincheras, en la que el enemigo, el “otro”, siempre estaba oculto más allá, invisible y acechante, fomentó también la polarización y la paranoia política, psicológica y cultural que dominaría las décadas por venir.

Imagen del famoso “Vagón de Compiègne”, donde se firmó el armisticio.

Experimentación artística y moral, estética y sexual. Peinados a la garçon, rostros cubistas, melodías ininteligibles, casas incomprensibles, poemas entrecortados,  ensayos lisérgicos, ciencias ocultas, la juventud como imperativo, el pasado como forma de abjuración: una descarga de libertad recorrería la vida e infamaría los corazones en los años de la posguerra. A pesar de la crisis, de las cicatrices, la idea de que un conflicto de esa naturaleza no podría repetirse jamás flotaba en el ambiente. La desilusión ofrecía dos caras, la pesadumbre y la esperanza. La paz parecía ser un regalo que todos acaparaban.

“¿Ha sido este el final? ¿Ha sido simplemente un capítulo más de una historia cruel e insensible? ¿Se desangrarán otra vez y exhalarán el último suspiro nuestros hijos en tierras devastadas?”, se pregunta Churchill en las últimas líneas de su monumental La crisis mundial 1911-1918. Ni en sus peores pesadillas alguien podría imaginar que, tan solo veinte años después, los sueños febriles de un artista desdeñado volverían a desatar a la bestia de mil cabezas.

 

César Blanco
Editor y traductor.