Brasil amanece transformado después de los resultados electorales presidenciales. La polarización extrema y la violencia parecen ser los nuevos signos del país, como lo relata esta crónica.

Polarización anunciada

El domingo 28 de octubre Rio de Janeiro amaneció y oscureció dividida en dos. La polarización política de los brasileños explotó ese día pero ya se había metido en la vida cotidiana durante los meses de la campaña electoral. En los 13 años que llevo en Brasil nunca antes había visto a tanta gente discutiendo sobre los candidatos, las propuestas, enfrentándose cara a cara en las calles, en los bares y en las mesas familiares: pro y anti Bolsonaro.  

Bolsonaro es una figura que provoca extremos exacerbados: hay quienes lo quieren y quienes lo odian, a nadie le simpatiza a medias. Y resulta que lo inverosímil sucedió. De excapitán apartado del Ejército, entró a la Cámara de Diputados en los años 90. Era el personaje medio loco al que nadie tomaba muy en serio y tampoco muy en broma. En 30 años logró que se aprobaran dos proyectos. Con la mirada altiva y el brazo firme defendió la dictadura militar y agredió a una diputada en una discusión en el hall del Congreso Nacional tildándola de “vagabunda”; y sin embargo, Bolsonaro fue electo con el 55,1% de votos válidos.1 Ganó en el 85% de los municipios de mayoría blanca y Haddad se impuso en un 75% donde la mayoría es negra.

Frente al mar de la Barra da Tijuca de Rio de Janeiro, a la altura del número 3100 de la Av. Lucio Costa, en la zona más cara del oeste de la maravillosa ciudad, vive el nuevo presidente de Brasil. El domingo pasado, un grupo de gente se concentró para alentarlo desde la mañana hasta la noche en que cerrarían las urnas. Los simpatizantes lucían camisetas con los colores de la bandera brasileña, los símbolos de la patria y su lema “Brasil acima de tudo e Deus acima de todos”.

Las motos y los autos pasaban y algunos se detenían. Los conductores hacían gestos eufóricos y unos seguidores se tiraron en reiteradas ocasiones al asfalto para hacer 17 lagartijas: 17 fue el número de la lista electoral de Bolsonaro. De fondo, un mamarracho sonoro mezclaba un funk improvisado con letras alusivas al candidato y burlándose del diputado del Partido del PSOL (Partido Socialismo e Liberdade), Jean Wyllys, abiertamente declarado homosexual. A eso se sumaban acordes que aturdían del himno nacional y rugidos de los motores de las grotescas motos sobre las que algunos posaban.

Elia, una simpatizante de pestañas postizas, dice identificarse con Bolsonaro “porque Brasil no es un país para la democracia”. Y cree que una de las razones y soluciones para evitar tantas desigualdades podría ser, según ella, “que los pobres tengan menos hijos”.

Al lado de su casa hay un gran edificio donde Zé Augusto es portero. Trabaja en jornadas de 7am a 7pm. Vive en la favela Cidade de Deus, en la misma región oeste de la ciudad. “Si este hombre gana, lo único que prometió son tiros, golpes y bombas”, dice Zé Augusto, a quien le falta un diente. “¿Y si gana Haddad?”, le pregunto. “Sería un voto de confianza. No haría las cosas mal. Va a corregir los errores del pasado. Por lo menos ofrece algo concreto como luz, gas y saneamiento”, responde. Pero cuando le pregunto si hubo mejoras en su barrio, dice que siguen estando en la misma situación de hace años y que son pocos los cambios.

El rapero Mano Brown, la noche de luna llena del 23 de octubre (antes de realizarse la segunda vuelta de las elecciones), dijo en un show con una platea repleta de seguidores de Haddad: “La comunicación es el alma. Si no conseguimos hablar la misma lengua de nuestro pueblo, vamos a perder. Hablar del PT a sus simpatizantes es fácil, pero hay una multitud que aquí no está y que precisa ser conquistada. Si somos el Partido de los Trabajadores tenemos que entender lo que el pueblo quiere”. Esa noche subieron también al escenario Caetano Veloso y Chico Buarque.

Ele Não

Volvamos al domingo de las elecciones. En la Praça São Salvador de Laranjeiras, en la zona sur de Rio, conocido reducto donde se estima que Haddad ganó por mayoría, un grupo de gente se concentró a esperar los resultados de las elecciones. El corazón de esa manzana rodeada de edificios bajos se parece a un pueblo del interior; casitas, una escuela pública en la esquina, el supermercado y el destacamento de bomberos.

Eran las siete y cuarto de la tarde cuando se dieron a conocer los resultados de los comicios y una oleada de voces gritó coreando “Ele Não”, “Ele Não”, “Ele Não”. Fue el lema de la campaña espontánea que se originó en redes sociales a lo largo de los últimos meses contra las declaraciones machistas y homofóbicas de Bolsonaro.

La Praça São Salvador estaba colmada de jóvenes, adultos mayores, niños en el arenero con sus padres y madres. Unos muchachos de camisetas amarillas, seguidores del presidente electo, se asomaron por la esquina del colegio y lanzaron una serie ininterrumpida de fuegos artificiales en señal de provocación. El grupo se fue acercando a la plaza y la dispersión comenzó cuando unos y otros se enfrentaron: el profesor de historia Felipe Velloso recibió un botellazo en el rostro al acercarse para calmar la provocación. En ese momento llegó la policía.

La Agencia Pública de Periodismo de Investigación registró unos 70 casos de violencia durante el mes de octubre: 50 cometidos por simpatizantes de Bolsonaro, 6 contra ellos y 15 indefinidos. Una de las agresiones más graves terminó en muerte: fue la de un maestro de capoeira, Moa do Katendê, que se pronunció a favor del PT en un bar de Salvador de Bahia donde lo mataron a apuñaladas.

El mismo Jair Bolsonaro recibió una puñalada en medio de la multitud mientras hacía campaña en Juiz de Fora, una ciudad de Minas Gerais. Y eso tiene mucho que ver con su discurso de odio y las repetidas agresiones que comente contra opositores.

La violencia es espiralada, va in crescendo. Su discurso y tono de voz de caudillo se exacerba con la selecta tempestad de palabras y gestos de quien porta armas. Algunas de las camisetas de su candidatura presentaban dos rifles cruzados; otras, nada más su rostro.

Violencia en la Universidad

Días antes de la segunda vuelta, agentes policiales entraron a la Universidad Federal Fluminense para retirar carteles que los estudiantes habían colgado con la inscripción “Universidad Anti-Fascista”. La alusión no mencionaba al candidato Bolsonaro, pero la interpretación de los jueces electorales fue que sí. Este episodio tuvo un final feliz: el Supremo Tribunal Federal confirmó la suspensión de las acciones policiales y judiciales por entender que era un acto contra la libertad de expresión. “Sabemos la importancia de la libertad de cátedra. No hay enseñanza si el profesor no puede exponer sus ideas”, citó uno de los jueces, Alexandre de Moraes.

Los extremismos tomaron también a estudiantes de la USP (Universidad de São Paulo). Esta semana una foto se viralizó en las redes: supuestos alumnos posaron vestidos de militares con una bandera de Corea del Norte y en el trasfondo se leía “Nova Era” junto al número 17; anteojos oscuros y armas encima de la mesa con la siguiente inscripción: “¿tienes miedo ‘petista’ zafada?”. La foto circuló y lo que pudo haber sido una broma de mal gusto postelectoral resultó inadmisible para el director, que ya ordenó una investigación en torno a los protagonistas de la imagen.

El plan educacional del futuro gobierno anuncia que va a revisar la base curricular y bibliográfica para eliminar todo tipo de “ideologías” en el dictado de las materias, pero no refiere exactamente qué entiende por “ideologías”. Menciona, eso sí, los principios de mérito y el refuerzo de las “matemáticas, ciencias y portugués, sin doctrinas”.

La diputada Ana Campagnolo, recientemente electa por el partido de Bolsonaro, pidió en sus redes sociales a los estudiantes que filmen a los profesores que “expresen discursos partidarios e ideológicos en las clases”. Abrió en su página de Facebook, el arma de la comunicación del partido electo, un canal de denuncia donde solicita el nombre de los docentes, la escuela y el distrito en que trabajan.

Como Brasil es un estado democrático y de derecho, la medida fue revocada por la justicia alegando que la diputada estaba violando el derecho constitucional de libertad de expresión y actividad intelectual.

Una nueva era se está gestando en Brasil. Los brasileños buscaron en las urnas un cambio de raíz en un discurso antisistema y antipolítica que caló hondo en la opinión pública. Un “otro” que se representa en el discurso exacerbado de Bolsonaro: el peligro de algún comunismo, de Lula, de la corrupción, de un modelo económico y medidas sociales que favorezcan a pobres. Así están ahora, dentro de un barco que timonea un excapitán —el presidente Bolsonaro— y un coronel retirado —el vicepresidente Mourão— que prometen no volver nunca más a ese pasado.

 

Soledad Domínguez
Periodista freelance con base en Rio de Janeiro.


1 En cifras totales, eso quiere decir que obtuvo 57.797.073 votos contra 89.504.543 que se dividen en: 47.039.291 para Haddad, el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y 42.465.252 de abstenciones, votos nulos y en blanco.