Para este Día de Muertos, ni Halloween ni celebración tradicional. La propuesta del poeta y ensayista Alberto Paredes es volver a los clásicos epigramas funerarios. Según su autor la inspiración de éstos se debe a la Antología Palatina (en particular: Peter Jay, The Greek Anthology, Oxford, 1973). El dedicado a Anselmo parte de Marco Argentario, Libro 7 #403. Incluso, podríamos adaptarlo a la novela Pantaleón y las visitadoras de Mario Vargas Llosa cambiando los nombres por “Pantaleón” y “soldados”. “Los inconquistables” son aquellos cuatro amigos y parientes que vemos en continuas parrandas en el burdel llamado “La casa verde”; los versos 4-6 son libre adaptación de Antimedón, en el Libro 11, #46.

Ilustración: Víctor Solís


Anselmo
Aquí yace Anselmo, de oficio tratante.
Tenía su manojo de muchachas —para fiestas y celebraciones,
no era un negocio agraciado.
Caminante, ahora que ha muerto,
respeta su tumba, no la escupas con indignación.
Brindaba un beneficio: que los inconquistables
dejaran en paz a nuestras mujeres.

Bonifacia
Vivió en conventos y burdeles,
nació para servir y sufrir.
Sus ojos —negros soles de carbón—
llameaban en la selva y el desierto.
Los hombres la martirizaban deseándola
sin comprenderla ni rasgar su silencio.
Su sonrisa era lluvia de estrellas.
Miradla ahora durmiendo tan tranquila.

Fushía
Los ríos son casas sin fin,
el japonés no conoció otro domicilio,
la lancha bajo la enramada era su hogar.
Comerciar fue su sino, a todos robaba;
tarde se dio cuenta que Aquilino y Panchata eran sus amigos.
Acabó purgando todo lo que debía,
su piel —costra de lepra— fue el sudario.

Julio Reátegui
Fue el amo de todos y dueño de su miserable riqueza,
explotar y sojuzgar fue su alegría
(los dioses permiten misterios así).
Pero, como a Midas, todo y todos se le escapaban de las manos:
encontrarse con su mirada daba alas a los pies
(los dioses se apiadan de los miserables).

Aquellos amigos
Somos los inconquistables, no sabíamos trabajar,
sólo chupar, sólo timbear,
y aquí vinimos a morir.
Emborracharse juntos en las noches: somos humanos.
Al amanecer, bestias
desgarrándose entre sí.
Fuimos los inconquistables: la Mangachería lo sabe;
bajo el polvo de Piura yace nuestra leyenda.

Epílogo de ultratumba:
Caronte
—En toda su vida no ganaron ni un sol,
pero yo soy inflexible.
Inconquistables
No gruñas, lanchero; atrás viene la Selvática:
ella te dará la moneda.

Lalita
¿Miró alguien alguna vez dentro de mis ojos?
La belleza de mi cabellera los seducía,
enredándose cada cual en un laberinto sin luz.
Fushía, Nieves, el Pesado —les di lo que buscaban en mí.
Que no era la felicidad.
Viví en silencio criando a mis hijos.

Lituma
Fue aventurero, soldado y hombre casado;
Su camino nunca se detuvo
como si estuviera siempre huyendo o como si
algo lo esquivara sin cesar
bajo el sol y las tormentas de la Amazonia;
llevaba la noche consigo.

Nuestra vida a tumbos no es demasiado diferente
—los dioses se divierten vendándonos los ojos.
Deposita aquí un ramo de flores y una mirada piadosa.

Adrián Nieves
El río era la palma de mi mano
hurgué todos sus meandros y pozas
llevando a cada cual a su destino;
pocos iban en pos de la vida o el amor,
todos buscaban la muerte, propia o ajena.
El río y yo nos susurrábamos secretos.
He llegado a mi propio puerto.
Soy el práctico Nieves, llamadme Caronte.

 

Alberto Paredes
Investigador de la FFyL y escritor. Autor, entre otros, de Las voces del relato y Rubén Darío: Retrato del poeta como joven cuentista.