Desde tiempos bíblicos, las inundaciones y las sequías han sido materia de la fábula. Por supuesto, la ciencia ficción ha encontrado en estos (y otros) desastres un pretexto para crear obras tan perturbadoras como proféticas. A propósito del megacorte de agua que secará la capital durante los siguientes días, compartimos este repaso de tintes apocalípticos.

 

Miles de personas han sobrevivido sin amor; ninguna sin agua.
W.H. Auden

Si hay magia en este planeta, está contenida en el agua.
Loren Eiseley

No les mandé la lluvia cuando faltaban tres meses para la cosecha, o 
bien hice llover sobre una ciudad y mantuve en la otra la sequía;
unos campos se regaron con la lluvia, pero otros, faltos de agua, se secaron.

Amós 4:7

 

Parafraseando la célebre frase de Hamlet en la brillante traducción de Tomás Segovia: “Ser o no ser, de eso se trata”,los habitantes de la Ciudad de México podrán experimentar lo que es Tener o no tener… ¡agua!, y acaso entender la importancia de que de eso se trata —el agua es vida— en una probadita de un auténtico evento distópico, una suerte de escenario de ciencia ficción inédito en la otrora región más transparente del aire que, irónicamente, hace apenas 500 años fue una zona de lagos que abarcaba más de dos mil kilómetros cuadrados.

Desecación de la tierra en Sonora.
© Tomas Castelazo, www.tomascastelazo.com / Wikimedia Commons.

Quizás ahora más que nunca, en este puente tradicional —y árido— de Día de Muertos, haremos conciencia cabal de la triste contradicción entre el habitante de una colonia popular que camina kilómetros con un recipiente para conseguir unos litros de agua para beber, y aquel otro que desperdicia cientos (o miles) de litros lavando su auto cuando podría hacerlo con unas pocas cubetas.

¿Será en estos días sequerosos cuando recordaremos que, aunque el agua cubre tres cuartas partes de la superficie del planeta, realmente el agua potable representa solo el 3% de la totalidad del líquido planetario, y que de ese porcentaje, dos terceras partes se encuentran congeladas en los polos?

Apocalipsis (cuadro de Albert Goodwin, 1903); en la ciencia ficción, un apocalipsis puede resultar de causas naturales terrestres, por acciones de alienígenas o, sobre todo de 1980-90 a la fecha, por causas o errores de la especie humana.

Aparece la ficción climática

A propósito del cambio climático, cabe mencionar que hace algunas décadas, imitando la abreviación Sci-Fi (por science fiction) se acuñó el término Cli-Fi, abreviación de climate fiction (ficción climática). Adoptado pronto por exitosos especialistas en distopías literarias como Margaret Atwood, el novel género de ficción especulativa ya es objeto de una controversia que busca separarla de la ciencia ficción propiamente dicha, clasificándola como ficción literaria a secas.

Sea como sea, desde su nacimiento oficial en el siglo XIX —con Frankenstein, de Mary Shelley, según Isaac Asimov—, y hasta la fecha, la ciencia ficción se ha ocupado de la relación entre la especie humana y la naturaleza, sin que falten historias sobre la abundancia o la escasez de agua, aunque al parecer con preferencia por las primeras. De hecho, desde hace milenios, los textos más antiguos de la humanidad se han ocupado de las mismas historias. En La Biblia, poco después de la creación del mundo, llegó el diluvio al que sobrevive Noé con su arca; y más de mil años antes, en Mesopotamia, el sabio Utnapishtim enfrentó en la Epopeya de Gilgamesh otra inundación global provocada por el elemento que ahora faltará en la capital mexicana, donde el gobierno citadino confirmó en estos días que el 40% del agua se pierde en fugas, sin hablar del desperdicio ciudadano.

Si en La Biblia hay un solo diluvio y muchas sequías posteriores, hoy en día, cada año, tenemos diluvios más catastróficos en temporadas de huracanes, y terribles sequías se pronostican en el futuro inmediato del planeta.

Catástrofes, calamidades, cataclismos: todas son devastaciones, aunque el DLE, en su segunda y tercera acepción de “cataclismo”, informa que el término alude a un gran “trastorno en el orden social o político”, o bien a un “disgusto, contratiempo, suceso que altera gravemente la vida cotidiana”. Algo que en la Ciudad de México tendremos más o menos entre cinco y ocho días para meditar.

Tres tipos de catástrofes

En el desarrollo histórico de la ciencia ficción se narran básicamente tres tipos de catástrofes. Aquellas producidas por fenómenos naturales de la Tierra, planetarios o cósmicos. Le siguen las causadas por intervenciones —hasta ahora imaginarias— de seres alienígenas. Por último, tenemos las que resultan de la actividad humana. En años recientes, ya en pleno Antropoceno,1 estas catástrofes han sido tema importante en la ficción especulativa, más que las primeras dos.

Un ejemplo clásico de la catástrofe natural es el cuento “La estrella” (1897), de H.G. Wells, en el que el paso de una estrella vagabunda, aunque a enorme distancia de la Tierra, altera la vida humana en el planeta, casi destruyendo a la humanidad y obliterando la civilización. Otro ejemplo, pero de una alteración irreversible creada por el ser humano —que finalmente no se da— sería El secreto de Maston o Sin arriba ni abajo (1899), novela de Julio Verne en la que los personajes buscan enderezar el eje del planeta —motivados por intereses de lucro— disparando un monstruoso cañón hacia la luna.

Ilustración original de la novela: el interior del inmenso cañón construido en la montaña Kilimanjaro.

Y ya que estamos con Julio Verne, hablemos sobre algunas abundancias de agua primero, y sobre varias sequías apocalípticas después, siguiendo este breve recorrido temático.2

Abundancias de agua

La invasión del mar (1905), último de los Voyages Extraordinaires publicados en vida de Verne, habla de un magno proyecto para crear un mar tierra adentro en el Sahara. Basada en hechos reales y en un personaje histórico, François Élie Roudaire (amigo de Ferdinand de Lesseps, quien concibió el Canal de Suez), en la novela el portentoso proyecto de ingeniería —considerado con toda seriedad en su momento— se ve frustrado cuando la naturaleza misma se le adelanta a los humanos vía un terremoto titánico que le abre el paso a las aguas mediterráneas, creando así el mar en el Sahara.

The Kraken Wakes (1953), de John Wyndham —el más popular autor inglés de ciencia ficción de la posguerra—, relata la aparición de colonias de alienígenas en el fondo del mar, seres que con tecnología superior derriten los casquetes polares e inundan al mundo, buscando librarse de la molesta y engorrosa especie humana para poder utilizar el planeta a sus anchas. En esta novela del también autor de El día de los trífidos (1951), la humanidad vence a duras penas al enemigo extraterrestre y sobrevive.

Muy diferente es The Drowned World (El mundo sumergido), de 1962, de otro autor inglés, J. G. Ballard, obra en la que el calentamiento global derrite los hielos polares provocando inundaciones fatales. En una Nueva York sumergida, los protagonistas entienden que no habrá solución en el corto plazo —es decir, miles de años—, y se pierden en demencias, belicismo o resignaciones existenciales que equivalen a acciones suicidas. Cuando la humanidad desaparezca, tocará turno al imperio de otras especies.

Escaseces de agua, catástrofes ecológicas

En Interestelar (2014), de Christopher Nolan, una sequía devastadora obliga a la humanidad a buscar nuevos mundos entre las estrellas.

Además de algunas obras clásicas sobre sequías, incluimos aquí algunas que, sin tener que ver estrictamente con la falta de agua, resultan pertinentes por hablar de otros tipos de desastres naturales que afectan irremediablemente a la especie humana.

J. J. Connington, seudónimo del químico inglés Alfred Walter Stewart, nos legó Nordenholt’s Million (1923), novela sobre una bacteria que elimina el nitrógeno, causando así una eco-catástrofe que acaba con la agricultura mundial. The Death of Grass (1956) de John Christopher, recorre un tema parecido, cuando un virus mata todo el pasto y las plantas gramíneas del planeta.

Charles Eric Maine ofreció en 1958 The Tide Went Out (Se fue la marea), mejor conocida como Thirst! (¡Sed!), novela en la que cambios geológicos crean fisuras abismales en la corteza terrestre por las que toda el agua de la superficie comienza a escurrirse hacia las entrañas del planeta. Obviamente, lo que se desata es un sálvese quien pueda global en el que impera la ley del más astuto, voraz, y despiadado.

Más recientemente, Dust (1998) de Charles Pellegrino, narra otra eco-catástrofe, cuando los insectos de la tierra, en especial las polinizadoras abejas, comienzan a desaparecer misteriosamente, con aterradoras consecuencias alimentarias a nivel mundial.

George R. Stewart, historiador y especialista en toponimia, —a él le debemos el uso de nombres propios para designar huracanes— nos dejó Earth Abides (La Tierra permanece), de 1949, cuyo título proviene de Eclesiastés 1:4, “Se va una generación y viene otra, pero la tierra permanece siempre”. Es una de las más perdurables novelas de fantasía y ciencia ficción postapocalíptica, pionera de la denuncia ecológica, que hace hincapié en el hecho de que el hombre no tiene un lugar privilegiado sobre el planeta: cuando una epidemia viral casi extingue a la humanidad, Isherwood William, estudiante de geografía, se da cuenta de que no solo hay que reconstruir desde cero la sociedad, sino al mismo ser humano, desde su ética y su moral, hasta su tecnología; oscilando entre salvajismo y superstición, el hombre revierte el uso del arco y la flecha, y el martillo se convierte en un portento de prodigio tecnológico. Supuestamente este es el libro favorito de Jimi Hendrix, en el que el legendario guitarrista se habría inspirado para componer “Third Stone from the Sun”.

The Sheep Look Up (1972), de John Brunner, borda sobre polución y destrucción del equilibrio ecológico, con el siniestro agregado de que la malevolencia es perpetrada intencionalmente por consorcios internacionales para proteger sus ganancias y desestabilizar gobiernos. Se dice que la novela ha inspirado acciones del ELF (Frente de Liberación de la Tierra, por sus siglas en inglés), organización supuestamente defensora de la ecología. En noviembre de 2008, y después en 2009, una asociación similar, o derivada, se atribuyó algunos actos considerados vandálicos en el extinto D.F., contra el Metro, en la UNAM y también en Guadalajara, usando bombas molotov. En Estados Unidos, el FBI los considera eco-terroristas.

Sobre este tema, Michael Crichton ya había publicado State of Fear (Estado de miedo, 2004), una polémica novela que pone en duda algunas nociones sobre el cambio climático, y que centra su mecanismo de suspenso en un grupo de eco-terroristas que persiguen fines de lucro, y en el también multimillonario negocio de la ecología militante.

La obra más significativa sobre la escasez de agua es probablemente The Drought (La sequía), también conocida como The Burning World (El mundo ardiente), de 1964, del ya mencionado autor inglés J. G. Ballard, figura señera y controversial de la New Wave, que comenzando en Inglaterra, renovó en los años 60 y 70 la ciencia ficción en el mundo de habla inglesa.

Fue la novela que cimentó la fama de J. G. Ballard, autor que muchos consideran detestable, repulsivo, delirante o… demasiado perspicaz; un escritor que nunca olvida la subconsciencia de sus personajes.

En The Drought, una de cuatro novelas apocalípticas escritas en sucesión por Ballard, obra cada vez más inquietantemente premonitora, la polución industrial radioactiva de los océanos interrumpe el ciclo de evaporación-precipitación del agua —en otras palabras, simplemente ya no llueve— lo que resulta en una sequía mundial progresivamente devastadora.

J. G. Ballard —quien como Kafka ya tiene un adjetivo derivado de su apellido: ballardiano— es específico: la capa contaminante es una vastísima barrera de “átomos de espesor” sobre la superficie de los mares, compuesta por polímeros saturados de cadena larga que impiden la evaporación de las aguas oceánicas. Lo que viven los protagonistas de la novela, durante un lento éxodo hacia el mar “bloqueado” —la única agua que pronto quedará sobre la Tierra, y que tendrá que destilarse— es la destrucción de la civilización en cámara lenta en una espiral descendiente e imparable hacia la locura, el canibalismo, las masacres masivas y los delirios supersticiosos y religiosos.

En La sequía, el cuadro “Jours de Lenteurs” (Días de lentitud) del pintor surrealista francés Yves Tanguy representa para el médico que narra la historia el mundo infernal del que ha desaparecido el agua potable.

Al día de hoy

La sequía nos recuerda que en este año 2018 se detectaron masas flotantes de desechos plásticos, con dos veces la superficie de Francia, recorriendo el Océano Pacífico, con similares acumulaciones en el Atlántico, Centroamérica, África, etcétera.

Probablemente el cambio climático es el problema más acuciante que enfrenta la especie humana. De ahí el creciente número de autores de ciencia ficción que hoy escriben directa o tangencialmente sobre el tema, como el estadounidense Kim Stanley Robinson, la inglesa Jeanette Winterson, la finlandesa Emmi Itäranta o el notable escritor chino Cixin Liu, ingeniero experto en hidroelectricidad y autor de la trilogía Remembranza del pasado de la Tierra, que inicia con El problema de los tres cuerpos (2008). Punto de partida de este gran trío de novelas son las catástrofes ecológicas —y las hambrunas genocidas— de la Revolución Cultural china, y el recordatorio del libro pionero de denuncia ecológica Silent Spring (1962), de Rachel Carson. Por otra parte, de manera inédita en la historia de la ciencia ficción, Cixin Liu, en un deslumbrante ejercicio de “astro-sociología”, aplica el materialismo histórico marxista a la posibilidad del desarrollo de vida en otros planetas, y a preocupaciones ecológicas terrestres y extraterrestres. Un tour de force que ha colocado a China a la vanguardia de la ciencia ficción mundial.

Atisbos del apocalipsis

Muchos científicos consideran que nuestro planeta solo puede soportar razonablemente una población de dos mil millones de seres humanos; ya somos más de siete mil millones (y contando). Las soterradas y no tan soterradas guerras por el agua comenzaron hace tiempo, y las sequías y devastaciones forestales irrefrenables, resultado de la contumaz imbecilidad y codicia humanas —diría el profético Aldous Huxley— avanzan cada día a saltos kilométricos en distintos puntos de los cinco continentes.

Quizás, como ha dicho algún bromista cósmicamente escéptico, lo que sucede es que, salvo las proverbiales excepciones que podrían confirmar la regla, en realidad no hay vida inteligente sobre la Tierra. O como comenta en una tira cómica el célebre personaje Pogo de Walt Kelly: “Hemos topado con el enemigo, y es nosotros”.

La coyuntura en que nos encontramos fue tema de un laureado documental-ficción de 2009, The Age of Stupid (La era de la estupidez). Fue estrenado con bombo y platillo en buena parte del mundo, y sigue exhibiéndose a través del sistema Indie Screenings, pero hoy, a juzgar por los escasos views que tiene en YouTube, parecería que el mundo ha decidido ignorarlo, quizás por la inquietante y científicamente explicada realidad que presenta.

En este laureado filme, el narrador Peter Postlethwaite no deja de preguntarse, retrospectivamente, desde el año 2055: “No lo entiendo. ¿Por qué no nos salvamos cuando pudimos hacerlo?”

Cada día, la realidad nos advierte que aquello que imagina la ciencia ficción está cada vez más cerca de materializarse. Ante esta perspectiva cabe preguntarse: ¿Servirá de algo el histórico megacorte de agua en la capital mexicana? ¿Hará sonar alarmas en la conciencia de sus ciudadanos? ¿O seguiremos desperdiciando el vital líquido con singular alegría y despreocupación?

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor.


1 Nuestra propia era geológica, término acuñado por Eugene F. Stoermer en los años 80 y popularizado a partir del 2000 por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen.

2 De cientos de obras que directa o indirectamente tratan estos temas, comentamos aquí solo un puñado de ellas, sobre todo de la ciencia ficción europeo-estadounidense. Pero, obviamente, conforme otras naciones y culturas han ido llegando a sus propias revoluciones industriales —condición para el nacimiento del género literario de la ficción científica—, en ellas se han dado incontables historias sobre Homo sapiens, sus ciencias y la estrecha relación entre humanos y su entorno terrestre, planetario y cósmico.