Los personajes de Alberto Chimal incluidos en Manos de lumbre (Páginas de Espuma, 2018) residen en su propio abismo, lidian con su enmascaramiento, recurren a la manipulación y generan incertidumbre. Chimal explora la posibilidad de invención y a la vez de descubrimiento de lo fantástico. En entrevista, el escritor conversa sobre la enfermedad como uno de los motores de la literatura, el flujo de la identidad y el cine como influencia importante.


Alejandro García Abreu: “Era atea desde la secundaria, sabía que no hay ningún ‘espíritu’ —ninguna porción de los procesos mentales que sea independiente del cuerpo, que pueda perdurar más allá de la muerte”, escribiste en “La segunda Celeste”. ¿Qué significa “el arte de perdurar” en términos literarios?

Alberto Chimal: El “arte de perdurar” mediante la escritura es más bien un acto de ilusionismo. Nada dura para siempre: hasta los clásicos más venerados terminan por volverse inaccesibles, por ser ignorados más que leídos, simplemente porque están —como cualquier obra escrita— fijos en un momento de la evolución del lenguaje, y la especie humana se va alejando de ellos. Al escribir intentamos una especie de autosugestión: nos persuadimos de que podemos vencer ese proceso invencible y crear algo realmente imperecedero… Lo curioso es que en cualquier momento de la historia y en cualquier lugar hay un conjunto de textos que parecen lograrlo. Obras que parecen eternas: que nos acompañan durante periodos mucho más largos que la vida de quien las creó, o que nuestra propia vida. Es menos que la inmortalidad, pero no es poco.

AGA: “Yo ya no soy la primera Celeste. He vivido un poco más que ella. Pero ella tampoco sería la misma si hubiera sobrevivido al cáncer. No es una cuestión de identidad. ¿Qué es eso de la identidad? No es una cosa sola, una escritura imborrable, una figura de piedra. Es un flujo: un proceso. Un camino.”, se lee en “La segunda Celeste”. ¿De qué manera percibes el flujo de la identidad?

AC: Todos somos narradores —hasta la persona menos interesada en la literatura lo es— porque hay al menos una historia que cada uno de nosotros se ve obligado a crear. Es la propia: el argumento que da validez a nuestra vida para nosotros mismos. Es una historia compuesta de hechos comprobables, de medias verdades y de mentiras piadosas, y lo más interesante de ella es que va cambiando: ideas, sucesos, sensaciones que son muy importantes en cierta época de la vida lo son menos después, o bien los interpretamos de otra forma. Incluso cuando envejecemos y nos estancamos en ciertas convicciones, nuestra propia imagen mental siempre tiene la posibilidad de sacudirse y transformarse.

AGA: El cáncer está presente en el relato. ¿Cómo vinculas literatura y enfermedad?

AC: La enfermedad es uno de los motores de la literatura, porque nos obliga a encarar la fragilidad propia y la ajena, el hecho de que nuestros cuerpos (como los libros) no son para siempre, aunque nos empeñemos en pensar que sí. Escribimos, entre otras muchas razones, para enfrentar estos hechos y hacer las paces con ellos en la medida de lo posible. A parte (y de forma más personal), varios familiares muy queridos han muerto de cáncer, así que conozco los pasos de la enfermedad y mucho del padecer que la rodea.

AGA: ¿Qué concluiste tras la escritura de “Los Leones del Norte”, cuento en el que se lee: “Shakespeare reprodujo pasajes de Montaigne en La tempestad. Lautréamont transcribió fragmentos del Apocalipsis —por no hablar de otros libros y hasta de una nota de periódico— en los Cantos de Maldoror”?

AC: Algo a lo que llegué durante la escritura, justamente pensando en esos ejemplos, es que el asunto del plagio literario tiene una serie de implicaciones estéticas y sociales más amplia de lo que se admite en general. Se le suele abordar desde el lado de la teoría: para discutirlo (y a veces para defender a algunas personas acusadas o perseguidas con mala fe) se menciona el concepto de intertextualidad, se invocan prácticas como la remake o la escritura no creativa, etcétera. Pero lo que al cuento le interesa otra cosa: el hecho de que el plagio —al menos como lo practica su protagonista— es sobre todo un acto de poder, de abuso en contra de alguien a quien se percibe más débil. El personaje creía que sus abusos iban a quedar impunes, y al final no ocurre así.

AGA: En “Los Leones del Norte” escribiste: “Con los restos de melena que mantengo, y con mi barba larga y todavía entrecana, me han dicho que no estoy muy lejos de parecerme a Stanley Kubrick en sus últimos años”. ¿De qué manera relacionas cine y literatura?

AC: Para mí el cine es una influencia muy importante. Justamente la obra de Kubrick es una de las que más admiro. Me parece que lo que he encontrado en ella (y en otras) es sobre todo una idea de montaje que se puede traspasar al texto escrito: un interés en cómo se engarzan (o no) diferentes escenas y planos, y en cómo se dan las transiciones entre diálogos y acción. Eso sí, el personaje de “Los Leones del Norte” menciona a Kubrick no porque le interese el cine (creo que en realidad no le interesa mucho), sino porque es un pedante.

AGA: “El frío se mete bajo mi piel. Hasta mis huesos. Recuerdo muchos momentos. Toda la vida. / El frío se mete en cada momento de mi vida”, escribiste en “Final feliz”. ¿Qué implica la suma de recuerdos de toda una vida?

AC: Para un personaje como el de ese cuento, implica el descubrimiento de algo que no sabía de sí mismo. Por eso se habla de un momento de revelación: porque él puede interpretar de una manera nueva lo que ya vivió, ponerse en claro algo que ni siquiera sabía que sabía. Este reconocimiento súbito no le llega a todas las personas, ni sus consecuencias son necesariamente positivas, pero siempre ofrece una posibilidad de transformación. Aquellos relatos de los que hablábamos, los que cada persona hace de ella misma, se pueden alterar muy violentamente cuando se mira su totalidad —la suma de sus hechos, como dices— y algo nuevo se asoma en ellos incluso contra nuestros deseos.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.