La posible presidencia de Jair Bolsonaro se cierne sobre Brasil con distintas amenazas. En materia de educación, ciencia y cultura, ¿qué pretenden realmente hacer algunos asesores militares del candidato ultra?

“Los libros de historia que no traigan la verdad sobre 1964 deben ser eliminados”. Fue de esta manera, perentoria, que el general de reserva, Aléssio Ribeiro Souto, uno de los militares que trabaja en el “grupo técnico” —especie de equipo asesor del candidato a la presidencia, Jair Bolsonaro, y que formula propuestas de gobierno— definió la “verdad” sobre uno de los momentos más conturbados y violentos de nuestra historia. Se refería al golpe militar de 1964, responsable de abrir un proceso que segó los derechos de los brasileños, además de institucionalizar la tortura. No menos aterrador fue saber, aún, que también el ministro presidente del Tribunal Federal Supremo, Dias Toffoli, afirmó que prefiere decirle “movimiento de 1964” y no “golpe” al derrocamiento del gobierno brasileño, aquel año, con tanques en la calle, y la destitución ilegal de políticos.

Quedo preguntándome si me perdí algo de aquella conversación o bien no se han visto los documentos, relatos y fotos que yo vi. El problema es que no hay otra manera de definir ese “movimiento” más que como golpe. Al final, se trata de haber removido del poder a un gobierno democráticamente electo, que no había practicado ningún acto que desobedeciese o atentase contra la constitución vigente.

La definición de golpe de Estado no es una invención de los brasileños; muchos menos el resultado de una manipulación ideológica (y de izquierda, un término que el militar deja claro, aunque de manera subliminal). El golpe está presente en cualquier manual de ciencia política, mejor conocido por su versión francesa, “coup d’État”, que por su versión alemana, “staatstreich”. Pero cualquiera que sea el modelo o ejemplo que se quiera emplear, siempre se refiere a una ruptura institucional repentina. Ésta se convierte a menudo en la deposición de un gobierno legítimamente instalado o legalmente vigente.

Por lo tanto, interpretaciones aparte, no hay lugar a dudas de que el “movimiento” iniciado por los militares el 31 de marzo de 1964, que depuso al presidente João Goulart, haya sido distinto a un golpe. No entiendo los motivos de Toffoli, que días después alegó haber sido mal interpretado. Ya en el caso del general Ribeiro Souto la historia es otra y su “ciencia” también. El antiguo director, de 2006 a 2009, del CTEx (Centro Tecnológico del Ejército) que fue llamado por Bolsonaro para dar las directrices referentes a las políticas públicas en las áreas de ciencias, educación y tecnología, se opone a lo que llama la “ideologización de la enseñanza”, marcada, según el militar, por la influencia del italiano Antonio Gramsci.

En congruencia con lo que ha leído, o con lo que no ha leído, Ribeiro Souto usa su “autoridad en el tema” para condenar los libros de historia que tratan 1964 como un golpe. Escogiendo un verbo de uso militar —“eliminar”—, en el sentido en que se inculca una orden de mando, el general no sólo alude positivamente a la idea de censura sino, en la misma entrevista, aprovecha para meter todo en el mismo “paquete”: “no existe ningún Partido dentro de la escuela. Punto final”, bramó.

Vale la pena destacar la retórica del general de reserva, común a grupos totalitarios que siempre hacen discursos al hablar, además de abusar de un tono afirmativo y sin titubeos, como si existiese apenas una verdad en este mundo: la de ellos. Impresiona, aún, como los libros, sobre todo los de historia, parecen amenazar ese tipo de voces de comando. Por eso no es raro apelar a la censura, cuando no a la quema en la plaza pública.

El ejemplo más famoso es el de Hitler que, en 1933, después de su toma de poder, quemó libros considerados contrarios al nazismo o que no correspondían a algo digno de narrar al “pueblo ario”. Ha sido el caso en muchos momentos de la historia. Fue así con la dinastía Qin que cerca del 213 a. C. mandó aniquilar una gran cantidad de libros que preservaban ideas consideradas peligrosas. Fue así cuando el faraón Akenatón quemó millares de papiros, extinguiendo el 75% de la literatura que había entonces en su país. Fue así con la mayor biblioteca del mundo antiguo, Alejandría, creada en 300 a. C., que contenía más de 9 mil manuscritos. Fue así en la época de la Inquisición que hizo la hazaña de quemar 5 mil manuscritos árabes y libros referentes a otras religiones que no fueran la católica. Fue así cuando la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de los EE. UU. desapareció las obras del dramaturgo Wilhelm Reich por considerarlas peligrosas. Fue así, una vez más, cuando en la Unión Soviética, a partir de los años veinte, una inmensa cantidad de obras literarias “decadentes” de Occidente fueron destruidas. Fue igualmente así durante el macartismo, en la década de 1950, cuando muchas bibliotecas de los EE. UU. incineraron textos que consideraban adversos a las buenas costumbres locales. Fue así en Chile, durante la dictadura de Pinochet, cuando cientos de libros acabaron en el fuego. Fue así en Sri Lanka, en 1981, cuando se aniquiló la biblioteca pública de Jaffna que tenía unos 100 mil libros raros. Fue así también en Bosnia del 1992 al 95, época en que las fuerzas serbias liquidaron bibliotecas que poseyeran obras musulmanas. Fue así siempre…

Como puede verse, Ribeiro Souto no está solo cuando afirma que le gustaría eliminar libros que profesan ideas distintas a las suyas. Toda vez que un régimen autoritario resuelve abolir todo el conocimiento que no reconoce como legítimo, apela a “otra historia”, que funciona como baluarte para defender sus propios intereses, luego convertidos en realidad.

En el caso de nuestro general, parece creer que sería preciso recordar mínimamente los hechos del “movimiento de 1964” —el cual, según él, elevó la producción de Petrobras de 70 a 800 mil barriles e hizo pasar a Brasil de la economía 42 al nivel de la octava. El general tiene la certeza de que estos datos ya desautorizan mencionar, en nuestros libros de historia, la palabra “golpe”; y “punto final”.

El hecho es que ensalzar algunos elementos que considera positivos, y que tuvieron lugar en el contexto del régimen militar, no significa olvidar el Estado fallido que nos legó la dictadura (con una inflación galopante) y, aún más, arbitrar sobre la ilegalidad del golpe. Tampoco autoriza al general a silenciar sobre la tortura institucional vigente en el país, ni mencionar la Constitución impuesta en 1967, o los 17 Actos Constitucionales que garantizan los derechos de los brasileños. Peor aún es profesar que todo lo que se opone a lo que pensamos debe ser eliminado sumariamente, o imaginar que la historia se hace por un ejercicio de la voluntad, atribuyéndole un sentido unívoco. Ésa es una “ideologización al revés”, hacia el lado opuesto, y profesada por Ribeiro Souto como la última conclusión en esa área. ¡No lo es!

Tal vez lo que nuestro especialista en “tecnología militar” no sabe es que “historia” viene del griego y significa pesquisa; la producción de un conocimiento por medio de la investigación. El concepto ha variado mucho a lo largo del tiempo, pero hay quien no deja de considerar a Heródoto el padre de la historia, justamente por haber investigado aquello que narró. Mas fue Tucídides el primero en aplicar el así llamado método crítico, que implicaba justamente el cruce de datos y el uso de distintas fuentes contrastadas. Cicerón, en su obra Sobre el orador, concluyó que la historia es el “testimonio de los tiempos”. La idea de dar testimonio, en el sentido de ofrecer la verdad de su tiempo pero no de manera definitiva, ya estaba en la definición de ese gran político, orador y filósofo de la Antigüedad.

De allá para acá los historiadores han procurado definir su arte de narrar con documentos primarios, debidamente colegidos y rastreados. La historia sería también una ciencia del tiempo, una vez que está siempre en diálogo con las novedades y con los documentos que cada contexto permite presentar. Y como es una disciplina siempre en disputa, no faltarán bellas definiciones. Para Goethe, por ejemplo, “escribir historia es una manera de librarse del pasado”. Incluso un escritor romántico admite que es necesario narrar lo que ocurrió en el pasado para que, de alguna manera, podamos librarnos de los traumas o de lo que, en general, preferimos olvidar. Marc Bloch, uno de los fundadores de las Escuela de los Annales, en su libro Apología para la historia, define la disciplina como “la ciencia de los hombres en el tiempo”. Haciendo eco de esto, Lucien Febvre —integrante de la misma Escuela, pero de otra generación— concibe una definición sintética y eficiente: “La historia es hija de su tiempo”. Con esta frase, el francés mostraría que nada de lo que el historiador escribe es definitivo ni existe una sola verdad o un “punto final”. Por su parte, el inglés Eric Hobsbawm, en Historia del siglo XX, definió a los historiadores como “memorialistas profesionales de lo que sus colegas-ciudadanos desean olvidar”. Su colega, Peter Burke, en Formas de historia cultural, apela a una definición más humorística, pero no menos contundente:

Antaño había un funcionario denominado “Recordador”. El título en verdad era un eufemismo para el cobrador de deudas. Su tarea oficial era recordarle a las personas lo que les gustaría haber olvidado. Una más entre las importantes funciones del historiador: ser un recordador.

La función del historiador es, por lo tanto, “dejar un recordatorio” de aquello que se procura olvidar. Además, contra lo que juzga el miembro del equipo de Bolsonaro, el pasado no vive aislado en un tiempo remoto e intocable. Por más que a nuestro general lo tiente eliminar el concepto, lo único que ha hecho es corroborar la idea de que nuestro presente está lleno de pasado. O mejor aún, los pensadores pragmáticos del presente, como Souto Ribeiro, acaban dejando que se vea la carpintería de su edificio, buscando hacer del pasado apenas una réplica de sus intenciones y deseos.

Distinto a lo que profesa este asesor de Bolsonaro es lo que ya mostraba Polibio en el siglo II a. C.:

Desde que un hombre asume la actitud del historiador tiene que olvidar todas las consideraciones, como el amor a los amigos o el odio a los enemigos […]. Pues así como los seres vivos se vuelven inútiles cuando se les priva de los otros, también la historia se bate en retirada ante la verdad en cuanto alguien le quiere sacar provecho.

Quién sabe si le haría bien a Souto Ribeiro inspirarse un poco en nuestros maestros de historia, que le dejarían claro lo que tiene que hacer o no un buen profesional. La actitud del general consejero de Bolsonaro me recuerda un cuento de Italo Calvino llamado “Un general en la biblioteca”. En él, el escritor italiano narra un extraño episodio que ocurrió en “Panduria, nación ilustre, [donde] una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar”.

Pues bien, a partir de una serie de investigaciones militares percibieron que “esa costumbre tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferente de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros, modernos y antiguos, pandurios y extranjeros”. Frente a tal constatación el Estado Mayor no tuvo otro remedio más que nombrar una comisión investigadora para examinar la biblioteca local más grande. Todos los estudiosos que acostumbraban frecuentar la biblioteca fueron sumariamente retirados, con excepción del señor Crispino, un viejo bibliotecario local. Como los militares no eran muy versados “en materia bibliográfica”, tenían que acudir a Crispino cuando buscaban desarrollar su trabajo de censura.

Y si las primeras relatorías fueron más bien fáciles, las demás se mostraron más complicadas: “La selva de libros, en vez de ralear, parecía cada vez más enmarañada”. Un libro llevaba a otro, los raciocinios iban tornándose cada vez “más históricos, filosóficos y económicos” y de ahí nacían “discusiones generales” que seguían por horas. Después del general y los tenientes llegó el turno de que a los soldados los contaminara esa “manía lectora que asoló a toda la tropa”. El resultado fue que durante largas semanas invernales los militares no emitieron documento alguno. Por eso, cuando el comando supremo —cansado de esperar— ordenó la conclusión de la investigación, y la presentación de la relatoría, obtuvo lo que quería, pero no como lo quería. En vez de una lista de obras censuradas, apareció “una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en el que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas [y] el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas”. La asamblea de los generales de Panduria empalideció, y se habló de degradación. Después, temiendo un escándalo todavía mayor, el general y sus cuatro tenientes fueron mandados a la reserva, a causa de “un grave agotamiento nervioso contraído en el servicio”. Fin de la historia, aunque no del todo. Hasta hoy, vestidos con ropa común, abrigados para no congelarse, los militares destituidos son “vistos entrando en la vieja biblioteca, donde les espera el señor Crispino con sus libros”.

Los libros guardan memorias, perturban, excitan, y revolucionan nuestra imaginación. El general de reserva Souto Ribeiro no tendrá el mismo destino que el de sus colegas de Panduria. Qué pena… Ahora que comenzó a pontificar, parece haberle gustado ese lugar.

El relato “Un general en la biblioteca” pertenece a La gran bonanza de las Antillas, trad. de Aurora Bermúdez, Barcelona, Tusquets, 1993, 1ª ed.

Por otro lado, éste parece ser el estilo de los correligionarios del PSL: hablar fuerte, discurrir a voces, sin investigar ni ponderar. Prefiero quedarme del lado de los grandes historiadores, de los generales de Panduria y muy lejos del equipo técnico del PSL, que parece un buen espejo que refleja el proyecto de Jair Bolsonaro para la cultura y la educación. Hace ahora 30 años que la censura y que las violaciones de los derechos fueron arduamente derrotadas por nosotros los brasileños. Siempre hay un proverbio para ayudar en la tarea de finalizar una columna cuyo tema está lejos de agotarse. Ahí les van dos. “Antes solo que mal acompañado”. Permítanme otro más, que se refiere a los miembros del equipo de Jair Bolsonaro: “¡Dime con quién andas y te diré quién eres!” Un viento conservador recorre Brasil. Es hora de separar la mala hierba del trigo. Si el PSL y el PT son los dos polos de la política, no obstante, y como muestra mi texto, no hay comparación entre el compromiso con la democracia que profesa Fernando Haddad y la total falta de compromiso de Jair Bolsonaro y los miembros de su equipo.

 

Lilia Mortiz Schwarcz
Profesora de la Universidad de Sao Paolo y académica de Princeton.

Traducción de: Nicolás Segovia y Álvaro Ruiz Rodilla.

Este artículo se publica con la autorización de la autora y de © Nexo Jornal Ltda., donde fue publicado originalmente el 7 de octubre (y actualizado el día 9, luego de los resultados de la primera vuelta).

 

 

Un comentario en “Los libros censurados y el sentido de la historia:
¿qué pretenden algunos asesores de Bolsonaro?

  1. Bravo!
    Magnífico y bello articulo que no voy a empañar con ninguna opinión extra.
    Felicidades profesora Lilia Mortiz Schwarcz.