El pasado 14 de octubre falleció el artista y escritor español Eduardo Arroyo. Como lo muestran las siguientes líneas, parte de su obra es un homenaje al boxeo, un arte en el que integró por igual a pugilistas, poetas y pintores.

Creaba historias en sus cuadros y también sabía narrarlas. Eduardo Arroyo (Madrid, 1937–2018) era artista plástico, escenógrafo y escritor. “La mano, el ojo, el arrojo… Hay ciertas analogías entre el combate del cuadrilátero y el cuadro que por fuerza tenían que incitar a Arroyo”, reflexiona Julián Ríos en La vida sexual de las palabras.

Es memorable la serie de retratos que hizo de boxeadores, entre quienes destacan: Kid Chocolate, Arthur Cravan, All Brown, Marcel Cerdan, Willie Pep, Raymond Famechon, Oddone Piazza, Eugène Criqui y Sugar Ray Robinson, a este último lo consideraba un grande en el ring, aunque solía reconocer que la presencia de Mohamed Alí vino a cambiar la concepción del arte del boxeo, porque “no es un deporte brutal o salvaje. Es una actividad heroica por excelencia”.

Primer round. El cuadro que hizo de Kid Chocolate está fechado en 1972. Es posible distinguir un juego de luces y sombras muy definido, casi un homenaje a la geometría y a la perspectiva al estilo de Giorgio de Chirico. Arroyo pone la luz en donde lo requiere, exhibe la fuerza y enfatiza en el gesto adusto de uno de los grandes peleadores que ha dado el boxeo cubano. Parece que cuenta con puños de acero, sus guantes brillan al igual que su cabello envaselinado para que ninguno de sus rizos desafíe al sudor y caiga sobre la frente del joven peso pluma.

Eduardo Arroyo, Retrato de Kid Chocolate, 1972

Eligio Sardiñas Montalvo, mejor conocido como Kid Chocolate, una leyenda del boxeo en Cuba, se retiró en 1938 con un récord de 135 victorias, 9 derrotas y 6 decisiones nulas. Le decían Yiyí, Chócolo, Chocolate o, simplemente, El Rey. Aprendió de los grandes boxeadores, era muy rápido, sabía imponerse con un certero juego de piernas y, sobretodo, contaba con un eficaz golpe de izquierda. Curiosamente, esta última cualidad era un defecto físico que supo operar a su favor: tenía un brazo izquierdo más corto que el derecho, “por eso mis contrincantes nunca supieron medirme”, le confesó a Eliseo Alberto en una entrevista para un documental. Unos cuantos estaban enterados de esa peculiar situación de sus extremidades, por supuesto su manager Pincho Gutiérrez, su entrenador Jess Losada, un comentarista deportivo y el sastre que le confeccionaba los trajes, a quien le hicieron jurar que nunca divulgaría esa característica de Chócolo.

Segundo round. Arroyo creó una serie de seis dibujos con el rostro de Arthur Cravan después del combate con Jack Johnson, Arthur Cravan après son combat contre Jack Johnson. El enfrentamiento se llevó a cabo el 23 de abril de 1916 en la Monumental de Barcelona. Cravan era un boxeador suizo que supo combinar sus dos pasiones: el pugilismo y la poesía. El poeta, precursor del dadaísmo, era un hombre corpulento, medía casi dos metros y pesaba 120 kilos. El día del combate se presentó borracho y, de los veinte asaltos anunciados, aguantó seis antes de caer sobre la lona. Johnson prolongó el encuentro más por obligación, porque sabía que estaban filmando la pelea.

La serie gráfica de Arroyo resulta ser un ejercicio puntual de cómo se van engendrando los cambios en el rostro de Cravan. De nuevo es la geometría la que impone las reglas en el trazo firme y certero, como cada golpe. Las líneas sutiles ceden paso a la imaginación del espectador para que reconstruya cuál fue la trayectoria de los golpes rectos, curvos y mixtos que impactaron a Cravan. Cada pliegue, cada cicatriz, derivan en un efecto similar a cuando alguien arroja una piedra en un estanque de agua apacible y se forman ondas. Esa secuela o despliegue de puños es delineada cuidadosamente por el artista plástico.

La secuencia de Arroyo recuerda que un puñetazo eficaz es el último eslabón de la cadena cinética. Los pugilistas no pegan sólo con el brazo sino que se trata de un movimiento completo y sincronizado, de forma ascendente, que inicia en los pies y termina en los nudillos.

Tras el enfrentamiento, ambos lograron su cometido: Cravan pudo viajar a Nueva York en el trasatlántico Montserrat y el triunfo de Johnson subió las expectativas de sus seguidores, quienes no tardaron en ser testigos de que el boxeador se convertiría en el primer campeón de los pesos pesados de raza negra.

En Nueva York, Cravan conoció a la poeta Mina Loy, con quien contrajo nupcias. La pareja se casó en México y ella, al poco tiempo, quedó embarazada. Loy le pidió que la alcanzara en Argentina. Él se encontraba en Salina Cruz, Oaxaca, no en la costa de Veracruz como se ha mencionado en otros textos. Existen dos versiones sobre su muerte que no se han comprobado: una, que murió en el mar; otra, que por error fue asesinado en la revuelta revolucionaria de aquellos años en nuestro país.

Tráiler de Cravan vs. Cravan

El director español Isaki Lacuesta realizó en 2002 un documental sobre la vida de Arthur Cravan. En Cravan vs. Cravan, aparecen Enrique Vila-Matas y Eduardo Arroyo, entre otros intelectuales que dan cuenta de lo eficaz y ágil que era el autor suizo en el cuadrilátero.

Tercer round. Otro poeta y boxeador que llamó la atención de Arroyo fue Byron, a quien le dedica un extenso ensayo, la tercera parte de su libro El Trio Calavera (Goya, Benjamin y Byron —boxeador—). George Gordon Byron fue el poeta europeo más popular del romanticismo, considerado un seductor, un hedonista y un admirador de Napoleón. Arroyo cuenta que Lord Byron llegó a practicar el boxeo, pero que tenía los brazos cortos para su altura.

Cuando Byron frecuentaba el arte del pugilismo, los rivales peleaban con el puño descubierto, era un deporte de caballeros y no existían reglas establecidas. Los guantes se implementaron con el reglamento del Marqués de Queensbury, publicado en 1867, el suegro de Oscar Wilde, padre de Bosie. Esta medida se impuso porque gracias a los guantes los boxeadores acababan con menos heridas faciales y, esencialmente, disminuían los daños al cerebro; se ha comprobado que reducen un 70% la fuerza de los golpes.

“Golpea a la derecha, golpea a la izquierda, quien no está contigo está contra ti”, era una frase que Byron escuchaba de su maestro, el campeón británico John Jackson, con quien entrenaba cada semana. El escritor daba una ejemplar muestra de compromiso, constancia y esfuerzo físico. Había un par de limitantes que supo sobrellevar de la mejor manera posible: su tendencia a subir de peso y su cojera. Para Byron, citado por Arroyo, sus sesiones de ejercicio derivaban en un óptimo desarrollo de su escritura:

Ayer por la mañana boxeé de nuevo con Jackson y mañana voy a repetir la sesión […] Mis hombros y mis brazos están cansados, pero después del ejercicio estoy mejor dispuesto para el trabajo intelectual. Cuando el esfuerzo es frecuente, más fresco está mi espíritu el resto del día. No soy mal boxeador cuando puedo controlar mi sangre fría, y la práctica del pugilato me permite resaltar la parte etérea de mi persona.

Eduardo Arroyo descubre en Byron a un hombre que forjó su carácter a base de golpes dados y recibidos. Reconoce: “El púgil en general es hombre pacífico, pero blanco preferido de grandulones inconscientes, idiotas y perversos a veces armados de navaja que le desafían e insultan, esperando ufanarse de haber corregido a un campeón”. Y aquí evoca como si se tratara de una piedra en el zapato de Byron, a un locutor que se burló de la obesidad del pugilista y el poeta lamenta no haberlo derribado de un zurdazo. No obstante, son conocidos los episodios en donde Byron frecuentemente se veía inmerso en peleas callejeras.

Otra aportación de Arroyo al mundo del boxeo es la biografía Panamá Al Brown, que escribió sobre el púgil panameño, el primer hispano campeón del mundo del peso Bantam o peso gallo (de 51 a 54 kilos). Y es autor de la pieza dramática, Bantam, estrenada, en 1986, en el Residenztheater de Múnich, en donde narra la vida y muerte de algunos pugilistas como Battling Siki, Milou, Gato Montés o Eugène Mandíbula Metálica.

En Arroyo. Boxeo y literatura, una antología gráfica de su obra dedicada a celebrar el pugilismo, se cuenta que el pintor español tenía 13 años cuando descubrió su fascinación por todo lo que ocurriera arriba del cuadrilátero.

Con seguridad y destreza, acaso como el escritor que se enfrenta a la hoja en blanco, Arroyo se sitúa frente al lienzo que está a punto de transformar: de su brazo salen jabs, uppercuts y una serie de movimientos rápidos. Es hábil con los puños, con las manos que van a lograr contundentes trazos.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Ensayista y editora.