En su más reciente libro, Perseguir la noche, Rafael Pérez Gay habla sobre su lucha contra el cáncer, la enfermedad y el dolor, pero también regresa a la Ciudad de México de finales del siglo XIX y principios del XX, época en que los modernistas hicieron del Centro Histórico su territorio.

Rafael Pérez Gay
Perseguir la noche
México
Seix Barral
2018
200 pp.


Cada vez que Rafael Pérez Gay (Ciudad de México, 1957) habla del cáncer cruza los dedos. Sabe que lleva la marca indeleble de quien lo padeció y cada tanto una sombra atraviesa cualquier situación. “Sé que es su sombra”, reconoce.

El escritor publicó Perseguir la noche (Seix Barral, 2018), novela con la que cierra lo que él mismo ha llamado “tríptico indeseable”. En el primero, Nos acompañan los muertos, los protagonistas son sus padres; en El cerebro de mi hermano el epicentro es su hermano José María; y en la más reciente es el propio Rafael quien lleva la voz cantante.

En entrevista y sin un ápice de ironía, confiesa: “Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos”.

Héctor González: Te robo una de las preguntas que planteas en el libro. ¿Qué tan lejos estás del escritor que querías ser?

Rafael Pérez Gay: Es una pregunta difícil de contestar. Uno siempre debe estar lejos del escritor al que aspira ser. Y nunca debe sentirse suficientemente satisfecho. El libro que uno trae entre manos siempre tiene la posibilidad de ser mejor. Decía Adolfo Bioy Casares: “Cada nuevo libro es una posibilidad de evitar los errores cometidos en el anterior”. Todavía estoy lejos de ese escritor, pero la verdad es que hay un momento de libertad en la textura narrativa que me hace sentir cómodo literariamente. Hace tiempo terminé con el falso dilema del periodismo y la literatura. Gracias a eso he podido trabajar con mayor libertad.

HG: Creo que la trilogía, definida por ti mismo como indeseada y que termina con Perseguir la noche, gira en una órbita diferente al resto de sus libros, ¿no?

RPG: No hay tema que un escritor no pueda o deba tocar. Efectivamente es un tríptico indeseado. Nos acompañan los muertos es la historia de dos viejos —mis padres— que avanzan hacia la muerte, pero también es la reconstrucción de su juventud, sus amores y su ciudad. El cerebro de mi hermano es una novela que no hubiera deseado escribir, porque trata de la larga y penosa enfermedad de José María Pérez Gay. En la misma lógica tenía que escribir sobre el cáncer que me diagnosticaron hace una década. La vejez, la enfermedad y la muerte son asuntos que todos los escritores tenemos frente a nosotros, y no solo eso, son situaciones a las que todos nos enfrentaremos tarde o temprano. Por otro lado, este tríptico indeseado es una reconstrucción de la novela familiar que he escrito en crónicas y cuentos desde tres miradores: la restauración de una ciudad, el tono melancólico de que nada dura y el dolor contrapunteado con el humor. Decía Schopenhauer que las vidas vistas de cerca son trágicas, pero si te alejas un poco son tragicómicas.

HG: ¿Al evocar la ciudad de finales del siglo XIX trazas una cartografía personal?

RPG: Desde luego. Perseguir la noche incluye al menos tres noches. La primera es la de la enfermedad. La segunda es la que fundan algunos de los escritores modernistas mexicanos como José Juan Tablada, Amado Nervo, Alberto Leduc, Bernardo Couto y el gran artista de artistas, Julio Ruelas. La tercera es la noche de la memoria familiar y de los recuerdos de un adulto. Todas coinciden en la historia de un investigador cultural que tiene la ilusión de escribir una novela sobre los modernistas, ilusión que se trunca cuando le diagnostican un cáncer. Siempre pensó que habría tiempo para todo, pero cuando le informan que padece una enfermedad seria, el tiempo se convierte en agua entre las manos. En respuesta, el narrador, es decir yo, diseña un plan de evasión que consiste en abrir sus archivos para mudarse y evadirse hacia el pasado. Y la ciudad de finales del siglo XIX y principios del XX se vuelve un lugar habitable ante un presente duro y complicado. Una parte de mí cree que la compañía de los escritores me devolvió la posibilidad de quedarme en el barrio de los vivos.

HG: Y se convierte en una evasión tal que te lleva incluso a soñar con Monsiváis.

RPG: Cierto. La novela es también el escenario donde pasan diversos fantasmas. Estoy convencido de que una enfermedad te convierte en un fantasma en distintos sentidos. Hoy, platicando aquí contigo pasa una sombra casi inexplicable. No sé a dónde va, ni de dónde viene, pero sé que es el recuerdo de la enfermedad. Hay además otros fantasmas. El narrador recuerda, por ejemplo, que exactamente en Madero 4 estaba el Salón Bach, punto de reunión de los escritores cuando terminaban de hacer esa extraordinaria publicación que fue la Revista Moderna en 1898. El narrador hace los mismos recorridos y busca mediante mapas y directorios telefónicos, lugares como el Bar América ubicado en Cuajomulco (hoy José María Marroquí) esquina con Juárez, el primer after hours de la Ciudad de México.

HG: En el contraste entre la ciudad de finales del siglo XIX y la actual emerge la melancolía.

RPG: En el fondo somos el recuerdo y la memoria de una calle. Puede ser la calle donde creciste, jugaste o donde viste crecer a tus hijos. El Centro Histórico se presta porque tiene un peso específico muy fuerte. En la calle de Madero fijé recuerdos de infancia; en Artículo 123 caminaba con mi padre para comprar whiskies en La Europea.

HG: A los fantasmas literarios se suman los fantasmas de los muertos cercanos. En una década murieron tus padres y tu hermano.

RPG: Sí. Primero se fueron mis padres como un proceso natural. Ambos vivieron 91 años, pero como dice la frase: los viejos siempre mueren jóvenes o bien, qué jóvenes mueren los viejos. Después vino la enfermedad de mi hermano. Hace años cuando publiqué El cerebro de mi hermano, Carlos Loret de Mola me preguntó por qué me acerqué al tema. Le respondí con otra pregunta: ¿Si en este momento empezara una guerra en Oriente Medio irías? Por la misma razón que respondió que sí yo decidí hacer el libro. No podía dejar que un hecho así pasara ante mis ojos. No podía seguir escribiendo como si no hubiera pasado nada. No obstante, nunca me propuse escribir una trilogía.

HG: ¿La literatura sirvió para sanar algo?

RPG: La literatura sirve para todo. Mentiría si no reconozco que tiene una capacidad liberadora. Cuando escribes sobre cosas difíciles y duras, por supuesto te pones melancólico y triste, pero aun así es liberador. No escribí pensando en el lector sino en lo que necesitaba contar. No podía pasar de largo el hecho de que me diagnosticaran un cáncer y que la muerte me viera de cerca. Siempre cruzo los dedos cuando hablo de esto. Y no podía tampoco dejar de combinarlo con otro momento importantísimo para mí como es la Ciudad de México del siglo XIX. La reunión de esos mundos, más la circunstancia familiar, constituyen la fibra última de Perseguir la noche.   

HG: ¿Conocer tu vulnerabilidad cambió tu relación con el miedo?

RPG: Sí, pero la sombra de la que te hablo vuelve a pasar en momentos inexplicables. Esta novela es también una exploración de y en el dolor. Fueron seis meses de dolor intenso. La relación entre literatura y vida es una frontera casi invisible. Escribir sobre eso libera, aunque no te voy a negar que he pensado que quizá al regresar a la enfermedad pueda traerla mágicamente de vuelta.

HG: Vives con el miedo…

RPG: Sí. Hay una cosa que está estudiada y se llama el estigma del cáncer. Te da una vez y si corres con suerte, como yo, vives con su sombra.

HG: Desde el principio de la enfermedad supiste que escribirías el libro.

RPG: Sí, no iba a dejar que esto pasara. Los médicos me advirtieron que había un camino para detener e incluso curar este mal. Claro que para esto firmas un contrato de por vida que implica revisiones primero cada dos meses, luego cada tres, seis y después anuales. No podría haberlo escrito desde el recuerdo porque para fortuna de todos, el dolor se olvida. Por otro lado, no concibo escribir un libro sin investigación. No soy el tipo de escritor que se encierra en un gabinete para hacer una novela que ha planeado como una catedral. Uno de los momentos más plenos de Perseguir la noche fue cuando junté los 25 o 30 libros que acompañaron su escritura. Obras de José María Marroquí, Artemio del Valle Arizpe, Luis González Obregón, las memorias de Tablada, Amado Nervo o mapas de la ciudad. Para la parte de la enfermedad eché mano de tres historias generales del dolor: El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer de Siddhartha Mukherjee, el clásico La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag y La hermana de Sándor Márai. Y de dos biografías de Balzac.

HG: El autor estadounidense Harold Bordkey escribió Esta salvaje oscuridad durante el proceso último de su enfermedad: el sida. De tener otro rumbo tu enfermedad, ¿cómo habría cambiado el tono o sentido de Perseguir la noche?

RPG: No sabría decirlo. A lo largo de los tratamientos tomé notas. No fue sencillo ni chistoso porque las instilaciones son duras, eran seis y yo no pude llegar a la sexta por el dolor. Lo comento porque una parte de la novela está escrita durante el proceso y algunas notas están llenas de desesperación, dolor, miedo y soledad. El dolor es intransmisible, te pueden acompañar muchas personas, pero solo lo siente el enfermo.

 

Héctor González
Periodista cultural.