En Estados Unidos aparece el primer canon literario ambicioso de nuestro joven siglo XXI: un ejercicio crítico bastante arbitrario como esclarecedor de los circuitos de traducción y recepción.

Lo mejor de lo que va del siglo, según los críticos

Válganos las redes. Más que “ansiedad de influencias”, como dijera Harold Bloom, lo que hay son ansias de canon; una forma posible de ordenar el caos de la sobreinformación actual, o bien, como otros quisieran, de someter a su autoridad los gustos y las modas. ¿De qué hablamos? La semana pasada, la revista Vulture publicó el primer canon literario de lo que llevamos de siglo XXI como mero entretenimiento informativo y, por supuesto, asumiendo la precocidad del ejercicio. También lo han llamado “la borrosa selfie de un momento cultural”. ¡Rediós!, hasta dónde llegaron los espejitos reflejantes. Pues bien, la lista —ambiciosa, sí—, que le encargaron a una terna de críticos y escritores estadounidenses, abarca el ensayo, la poesía, la autobiografía y la ficción en un total de 100 libros. No hay grandes sorpresas en los nominados, pero la mesa de disección permite tantear circuitos, puntos de partida y de llegada.

Ilustración: Raquel Moreno

Lo primero que sobresale, a ojo de hispanohablante, es la total ausencia de España y el tímido guiño de América Latina y Francia. Pero antes veamos la clasificación. Los puestos se debaten entre “El libro del siglo (hasta ahora)”, “Los 12 nuevos clásicos” (de tres votos en adelante), “El alto canon” (dos votos), y el resto. El libro del siglo XXI es El último samurái, esa novela de Helen de Witt, publicada en el 2000, que fue opacada por el churro de Tom Cruise en pantalla. Luego, en los 12 clásicos podemos hallar, en orden, nombres que acaso puedan perdurar unos años más, rebasando el fenómeno de moda y el impulso de marketing que los vio nacer: Las correcciones, de Jonathan Franzen; Nunca me abandondes, de Kazuo Ishiguro, ¿Cómo debería ser una persona?, de Sheila Heti; la saga de cuatro novelas, titulada Dos amigas, de Elena Ferrante; Los argonautas, de Maggie Nelson; 2666, de Roberto Bolaño (con un voto refractario, a favor de Los detectives salvajes); El vendido, de Paul Beatty; la trilogía novelística de Rachel Cusk (A contraluz, Tránsito y Prestigio); Expiación, de Ian McEwan; El año del pensamiento mágico, de Joan Didion; Saliendo de la estación de Atocha, de Ben Lerner; y Los lanzallamas, de Rachel Kushner. Efectivamente, todos han sido traducidos y, claro, no figuran ni Phillip Roth ni Cormac McCarthy que, con apenas dos “votecitos”, solo alcanzaron el alto.

Portada de la primera edición en español, Seix Barral, 2002, de la novela de Jonathan Franzen

¿Ha leído usted uno, dos o quizá la mayoría de esta docena? Considérese entonces un típico lector occidentaloso, colonizado por una estructura de pensamiento hegemónico patriarcal postcapitalista, le dirán según el kilo de libros que haya leído los miembros de la afamada Escuela del Resentimiento. Por la otra esquina: entienda que éste es el mayor canon de la lengua de Shakespeare (con mínimas, ínfimas excepciones) precisamente porque se trata de la lengua de Oh, Shakespeare, Sol de soles, y no la lengua poderosamente corrupta de Cervantes, le diría el Dr. Bloom si algún día le hiciera caso a su mugrosa existencia.

Ahora sigamos el paseo por este canon multicultural y benéficamente balanceado, contra el que impusiera el Dr. Bloom. Hay mitad de mujeres; una mexicana neoyorkina que creció en Sudáfrica, por ejemplo (aunque con un solo voto). Sobreviven, en las ruinas de simbolistas, surrealistas y existencialistas, solamente tres pobres franceses: evidentemente el polémico e inoportuno Michel Houellebecq; el encajonado problemático con De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère (¿Ficción o no-ficción? That is the question); y Suite francesa de Irène Nemirovsky, serie de dos novelas perdidas hasta 2004 que, sin embargo, fueron escritas en… los años 1940. No sigamos: la lista es prematura, pero consensuada y hasta deja espacio a la discrepancia, abundante cuando se quiere hacer pan con tan poca levadura.

El canon del pasado, hoy

¿Qué hubiera sucedido si una punta de energúmenos alzaba un canon similar de todo lo que se publicó hace exactamente un siglo? Aunque estuvieran enormemente “atareados” por la Primera Guerra Mundial, los críticos de 1918 hubieran podido establecer una lista mundial de los libros más representativos de inicios del siglo XX, y lo cierto es que pocos sobrevivirían a las insaciables colmilladas del tiempo.

Vamos a ello. El Ariel de José Enrique Rodó, uno de los libros más influyentes de la época en la cultura hispanoamericana, se publicó en 1900. Junto al arielismo, que propugnaba en pocas palabras una defensa panamericana contra la barbarie yanqui (ustedes podrán tener el progreso, pero nosotros tenemos la cultura), Rubén Darío era el príncipe letrado y el intelectual más prestigioso del orbe hispanohablante: en 1905, Juan Ramón Jiménez le publicó en Madrid Cantos de vida y esperanza, cúspide y liquidación del modernismo que abre senderos hacia el posmodernismo (poético) y lo coloquial. También empezaba a circular ese enorme banco de imágenes y metáforas del modernismo, el Lunario sentimental (1909) del argentino Leopoldo Lugones.

Portada de la primera edición de Calligrammes, publicada por Mercure de France, París, 1918

Grandes testigos de su tiempo son los poemarios Alcoholes (1916) y Caligramas (1918) deApollinaire; este último libro encarna la punta de lanza de la vanguardia formal y estética de principios de siglo. En 1907, Marcel Proust emprendió la escritura monumental de En busca del tiempo perdido, cuyo primer volumen, de siete, Del lado de Swann, apareció en 1913. No teníamos ni el Ulysses de Joyce ni La tierra baldía de T.S Eliot, ambos de 1922, que modificarían el panorama de la modernidad literaria para siempre. Pero Joyce ya había publicado dos libros fundamentales: Dublineses (1914) y Retrato del artista adolescente (1916), que tradujo magistralmente Dámaso Alonso.

En México, ya existían dos clásicos: Visión de Anáhuac y los ensayos de El suicida (1917) de Alfonso Reyes; así como una novela de amplia difusión de principios de siglo: Santa (1903), de Federico Gamboa. En el periódico texano El Paso del Norte apareció por entregas en 1915 Los de abajo, uno de los relatos más trascendentes en la larga marcha de la novela de la Revolución mexicana. Por último, la revolución cultural del Ateneo de la Juventud había comenzado ya desde 1909.

Comparar los panoramas de 1918 y 2018 puede ser desalentador: todo tiempo pasado parece mejor, literaria o artísticamente hablando. Pero aquí solo hemos citado algunas de las obras aparecidas entre 1900 y 1918 que no han caído por completo en el olvido. Solo el tiempo dirá cuáles de las del nuevo canon de Vulture queden para una posteridad de cambios cada vez más veloces y abruptos.

Tunda republicana

En asuntos más al alcance de nuestro pobre país, no olvidaremos la tunda que recibió Cuauhtémoc Cárdenas esta semana de la mano y pluma de Jordi Soler. La indignación llenó una carta, luego del ominoso paseíto, con el agravante fotográfico incluido, que hizo el hijo del mayor anfitrión de los republicanos españoles en América con el fascistoide presidente de la Generalitat, de cuyo nombre no queremos acordarnos. Ocurrió en Milenio el lunes y el exabrupto empeora si uno lee las declaraciones trumpianas del president, que pueden encontrarse en algunas columnas de Javier Cercas. ¿Se da cuenta, inge, de con quién estuvo paseando? Por favor, súbase al avión pero ya, con su ejemplar de Los rojos de ultramar bajo el brazo, donde está la historia de la familia del autor, la de los campos de concentración a cielo abierto, la del exilio, pero también está en esas páginas la historia del país que presidió su propio padre y por lo tanto la del nacimiento de usted. Si ya lo leyó, vuélvalo a leer, apréndaselo de memoria.

(Hasta ahora, los cuchicheantes redactores de estas líneas terribles no tienen noticia alguna de respuesta de Cuauhtémoc Cárdenas al escritor mexicano catalán. Quizá no hay tiempo para tanto.)