Hoy hace un siglo que murió el escritor Eduard von Keyserling. En esta espléndida semblanza, acompañada de la traducción de un cuento inédito en español, Ricardo Bada recuerda al —hoy olvidado— maestro del impresionismo alemán.


Cuando comencé mi trabajo de investigación y documentación a fin de escribir un artículo sobre Eduard von Keyserling, en ocasión del centenario de su muerte, me dije que se trataba de una tarea peluda, como la llamaría Cortázar; y ello porque en el ámbito de la lengua española solo se conoce al sobrevalorado Hermann Graf (=conde) Keyserling, a través de sus Diarios de viaje de un filósofo y de sus Meditaciones sudamericanas, libros muy comentados en sus días y entre los hispanoamericanos, si bien hoy ya no le interesan a nadie, ni siquiera a los alemanes. Pero Eduard von Keyserling, si acaso lejanamente emparentado con el antaño famoso conde, es harina de otro costal, es una harina de la que se hacen la baguette francesa, la ciabatta italiana y el pan candeal de Castilla (¡ahí van tres pleonasmos seguidos!), de corteza crujiente y blanda miga… Lo curioso del caso es que aunque se trata de uno de los más grandes escritores de su idioma en el siglo pasado, tampoco a él lo conocen los alemanes.

Es a decir verdad acongojante y exasperante lo poco que hay en alemán acerca de él y de su obra, pese a que fue el más valioso de sus escritores impresionistas, no sin haber pasado antes por el sarampión de la novela socialmente comprometida. (Me recuerda el caso de Jorge Amado con su trilogía Los subterráneos de la libertad, ¡abominable!, escrita todavía bajo la férula del realismo de cuño socialista, y cómo por dicha rompió con ese fantoche al pergeñar la inmortal Gabriela, cravo e canela). Así pues, sacar adelante un artículo medianamente informativo acerca de EvK cuesta poco menos que sangre, sudor y lágrimas, pero creo que vale la pena dar a conocer al público lector en lengua española una obra tan tocada por la gracia como la de este ciego que desde 1906 tuvo que dictar la mayor parte de esa obra a tres de sus hermanas. ¡Qué precioso debe de haber sido para él su sentido de la vista! Me basta con recordar dos líneas de Olas, donde le dictó a su hermana Elise: “¡Qué maravilloso! ¡Color, color! ¡Y qué color! De él se podrían recortar cien mil mantos para Madonnas venecianas”. Cerrando los ojos consigo figurarme a Elise escribiendo esas palabras con lágrimas en los suyos. Su hermano ciego le hacía ver cosas que ella jamás hubiera sido capaz de ver aun teniéndolas a la vista.

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Pienso que será bueno comenzar por una breve biografía que enmarque aunque sea de un modo muy somero los tiempos y las peripecias que le tocaron vivir. Eduard von Keyserling era un vástago de la nobleza báltica oriental. Nació el 14.5.1855 en un lugar llamado Liepãja, entonces en la provincia rusa de Curlandia, hoy en Letonia. Fue el séptimo de diez hermanos, y tres de sus hermanas serían personas clave en su vida, como ya dije más arriba y ampliaré más abajo. Estudió la primaria y la secundaria en ciudades que tienen todas un nombre distinto según se las mencione en letón, polaco, alemán o ruso. E ingresó el año 1875 en la Universidad Imperial de Dorpat (hoy Tartu, en Estonia) para cursar los estudios de Derecho.

(Inciso por mor de la curiosidad: El Gran Ducado de Curlandia formó parte de la República de las Dos Naciones, o Mancomunidad de Polonia–Lituania, entre 1569 y 1795, y experimentó un auge económico que le llevó a tener dos minúsculas posesiones ultramarinas: una en África, en una isla del estuario del Gambia, y otra en América, en la isla de Tobago, la colonia llamada Nueva Curlandia, que duró poco a causa de graves problemas surgidos en su “metrópolis”).

La vida universitaria de Eduard von Keyserling resultó algo accidentada, por decir lo menos. Exmatriculado en 1876 por no haber pagado a su debido tiempo las deudas contraídas con su corporación estudiantil, seis meses más tarde se le readmitió…, si bien tan solo 24 días después resultó encausado judicialmente por injuriar de palabra y obra, amén de amenazar a un bedel sin atender a los requerimientos que se le hicieron en nombre de la ley, y por si fuera poco puñetazos al cliente de un burdel y una “mujerzuela” [sic]. El 20.10. lo condenan a ocho días de arresto, y el 26.11. lo vuelven a exmatricular. El 13.12.1877 lo readmiten al estudio, pero a los dos meses se le suspende por nuevas deudas. Al año siguiente y a pesar de reembolsar en fecha el efectivo “desviado”, se le acusa de un desfalco deshonroso de los fondos de la corporación a la que pertenecía, la Curonia (el nombre latino de Curlandia). Ese mismo año, tal vez harto de semejante desbarajuste, se matricula en la universidad de Viena y luego en la de Graz para los estudios de Filosofía e Historia del Arte. Es el año en el cual comienza a escribir y en el cual, por su trato con las “dulces muchachas” de las mancebías vienesas, contrae una enfermedad venérea, la sífilis, que a la postre lo dejaría ciego.

Comienza a publicar en 1882, su cuento “Solo dos lágrimas”, que no se volvió a imprimir hasta que este año, con motivo de la efeméride, la editorial Manesse lanzó el volumen Landpartie [Exursión campestre] recogiendo íntegro el conjunto de su obra narrativa menor (en extensión, no en calidad) . Entre ella el cuento “Verwundet” [“Herido”], traducido por mí en estas mismas páginas, siendo motivo suficiente el de ilustrar el arte de este cuentista ciego y tan lúcido.

En 1890 regresa a Curlandia para hacerse cargo de la administración de las fincas familiares, y en 1895, tras la muerte de su madre, traspasa todos los bienes a sus hermanos Otto y Heinrich y se traslada a Múnich con sus hermanas Elise y Henrriette, siendo la capital bávara su domicilio fijo hasta el fin de sus días. En 1899 emprende un viaje de año y medio por Italia, y a su regreso a Múnich se convierte en miembro fijo de diversos círculos literarios, entablando conocimiento y amistad con colegas como Frank Wedekind, Erich Mühsam, Oskar Maria Graf (otro gran desconocido de la literatura alemana) y Thomas Mann. En 1901, y tras un nuevo viaje a Italia, una temporada a orillas del Lago Starnberger, durante la cual Lovis Corinth pinta su retrato justamente famoso, pero que el retratado comentó diciendo: “Me gustaría más no parecer así”. Y la verdad es que a nadie le gustaría parecerse a una persona con ojos tan saltones que se diría que fuesen los de un batracio, pese a la tristeza que traslucen, y un rostro afilado y vaciado por la enfermedad donde destacan unos labios abultados y pintados que recuerdan los de un pez.

El año 1905 pasa varias semanas en un balneario apartado del valle del Isar, el río que cruza Múnich, y al año siguiente se agrava rápidamente su estado de salud, con parálisis parciales y una progresiva ceguera. Se retira de la vida pública y comienza el periodo más fructífero de su actividad literaria, toda ella dictada a sus hermanas, primero a Henriette y a Elise, y tras la muerte de ambas a Hedwig y su sobrino Otto. Son los años de las novelas Dumala (el nombre del palacio en torno al cual se desarrolla la acción), Wellen (Olas), Abendliche Häuser (Casas crepusculares), Fürstinnen (Princesas)… todas ellas obras maestras del impresionismo alemán.

Cuando cumplió sesenta años, en 1915, se le rindió un obligado homenaje en el curso del cual Lion Feuchtwanger alabó su “arte dulce, amargo, ajeno al mercado, aristocrático”. Tres años más tarde, el 28.8., su sobrino Paul cae en combate en la batalla del Somme, y el 28.9. fallece Eduard von Keyserling, mes y medio antes del armisticio que puso fin a la llamada Gran Guerra (“la guerra para acabar con las guerras”, como se la definió con un excesivo optimismo). Fue enterrado en el cementerio del norte de Múnich, en una tumba destinada por la municipalidad para personajes ilustres. Su necrológica la escribió Thomas Mann: “Faltan en Keyserling la amplitud, el regodeo, el largo aliento, la sana impavidez ante el aburrimiento, que eran propios del arte de narrar de 1860. Su obra es más esbelta, más grácil, más tardía, más selectiva, tiene un pulso más nervioso, la mirada a la vida se ha vuelto más fría, la ironía más espiritual, la palabra más precisa, el hábito general es más incómodo, más artístico y más abierto al mundo: se percibe la europeización de la prosa alemana desde 1900”.

En cuanto a su legado, atendiendo una disposición testamentaria suya, fue destruido por su hermana Hedwig y la baronesa Marie von Osten–Sacken.

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Tres han sido las grandes editoriales que, de una u otra manera, han contribuido a que la obra de Eduard von Keyserling haya sobrevivido a la devastadora azada de la globalización y el estéril arado de la literatura chatarra. La Manesse, una de mis editoriales predilectas entre las alemanas, se ha venido ocupando regularmente con esa obra, desde el 2005, y ha dado cima en estos días al ambicioso proyecto de reunir en un solo volumen todas las novelas breves y todos los cuentos de Keyserling, algunos de los cuales no se habían vuelto a imprimir desde la fecha de su primera publicación: se trata del precioso volumen Landpartie, ya citado más arriba, en cuyas 650 páginas hay auténticas joyas y ni un gramo de aburrimiento. Por su parte la editorial Steidl (cuyo mascarón de proa es la obra de Günter Grass) también comenzó a interesarse por la de Keyserling, en este caso las novelas, a partir de 1999. Y Kiepenheuer & Witsch (la “casa” de Heinrich Böll y García Márquez) ha publicado hace unos meses una novela de Klaus Modick titulada Keyserlings Geheimnis (El secreto de Keyserling), en torno al retrato de Lovis Corinth durante la temporada que pasó el autor a orillas del Lago Starnberger. Ese secreto, que dizque Keyserling se llevó a la tumba, es el de su degradación a persona non grata en Dorpat, cuando desfalca los fondos de la corporación estudiantil a la que pertenece; un secreto que no es tal pues se trata simplemente del subproducto de un encandilamiento erótico que reaparecerá en su vida años después, justo a orillas de ese lago bávaro. Lo mejor de esta novela, sin ser mala, que no lo es, es que despierta el deseo de releer (o bien de leer por primera vez) muchas de las obras del maestro del impresionismo alemán.

En cuanto a nuestro idioma, hasta donde he podido rastrearlo, de Eduard von Keyserling solo existen en él las traducciones del cuento “Schwüle Tage” (“Días bochornosos”), del que —caso harto curioso— se publican dos versiones el mismo año 2010: como “Un ardiente verano”, por Carlos Fortea, y como “Aquel sofocante verano”, por Miriam Dauster, incluida esta última el año 2013 en el volumen Novelas bálticas. Además los cuentos “Harmonie” (“Armonía”) y “Nicky”, traducidos por Xandru Fernández en el 2011, e integrados igualmente, dos años después, en el ya citado Novelas bálticas. Y hay asimismo dos versiones del cuento “Im stillen Winkel”: la titulada “En un rincón tranquilo”, de Carlos Fortea, 2013, y la titulada “Un lugar apacible”, debida a Xandru Fernández e incluida directamente entre aquellas Novelas bálticas.
A todo ello se añade la traducción del cuento “Verwundet” (“Herido”), que traduje para que acompañase este artículo en fecha tan cercana al centenario del final de la dizque Gran Guerra. Y esos cinco cuentos es todo lo que se conoce de Eduard von Keyserling en castellano.

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Quiero cerrar este acercamiento a la vida y la obra de nuestro autor con una selección de opiniones acerca de su obra.

“Como apenas otros escritores, los autores aristócratas —les gentilshommes écrivains— han dominado el relato del final”. Este hallazgo de Edoardo Costadura, acuñado en relación con la obra del caballero Chateaubriand y el príncipe de Lampedusa, se puede aplicar con el mismo derecho al conde de Keyserling. Con sus refinadas donquijoterías se ubica en una tradición de la literatura mundial que se extinguió de manera definitiva a mediados del siglo XX: la del autocuestionarse y autorironizar de la cultura y el genio aristocráticos. Al igual que el autor de
Il Gattopardo (y Llorenç Villalonga en Bearn o La sala de las muñecas, añado por mi cuenta), Keyserling también ha retratado con gran clarividencia a la clase dominante de la que procedía, sin someterla al escarnio de los lectores no aristócratas”, arguye Horst Lauinger, a cuyo cuidado estuvo la ejemplar edición de Landpartie.

Y en el posfacio de la misma, esta aguda observación de Florian Illies: “La modernidad de Eduard von Keyserling consiste justamente en que describe un presente como pasado, aunque sus contemporáneos todavía crean en un futuro. Es esa mirada con los ojos cerrados, que llega desde grandes profundidades, lo que vuelve tan emocionantes/impresionantes sus relatos”.

“Cuando escribió Princesas, en 1915, lo que evocó sinestésicamente de la libre Naturaleza y de la domesticada, en y con todos los sentidos —a la manera impresionista o a la simbólica—, es una Delicatesse de la más alta literatura. […] La última novela de Keyserling es el testimonio de una profunda resignación. Su clarividencia brilla en las descripciones ambientales de los aburridos esparcimientos, siempre los mismos, y relampaguea en los diálogos de sus personajes. […] ¿Cómo desarrollarse, si una princesa, de acuerdo con las leyes de su casta, no debe aprender nada? Keyserling no es sarcástico, describe la situación como el cronista magistral que es. Tan sólo hay perdedores,.., sobre todo perdedoras”. (Rose–Maria Gropp, en una reseña del 2017, de la edición especial con motivo del centenario de la publicación de Princesas).

“Keyserling sabe describir una tarde del estío de modo que durante sus ardores y su crepúsculo se tiene el sentimiento de la vida entera”, dijo Hermann Hesse, y Alfred Polgar señaló de manera muy gráfica la sensibilidad casi implosiva del idioma que usa Keyserling: “Es una especie de éxtasis que, exigiendo silencio, se lleva él mismo un dedo hasta sus labios cerrados”.

Hay quienes pusieron su obra a la par que la de Turgueniev, y otros la parangonaron con la de Arthur Schnitzler y la de Thomas Mann, mientras que el propio Thomas Mann lo compara con Fontane y ve en la narrativa de Keyserling “la transfiguración y el melancólico ironizar de su familiar ambiente feudal”.

Y Rilke, en una carta a su amiga Sidonie Nádherný, le recomienda la lectura de Abendliche Häuser y le explica el por qué: “Lea su última novela, la encuentro especialmente hermosa y característica de su definitiva manera de ver y de contemplar”. Esto último se podría traducir también, quizá, como “su definitoria manera de mirar y ser todo ojos”. Un gran elogio indirecto si se piensa que está hablando de un escritor ciego y cuya escritura es un dictado.

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Queda para el final una confesión de parte, respondiendo a la pregunta de por qué he dedicado tantas horas de lectura e investigación a un autor que ni en su propio país se conoce bien, y del que muy poco se ha traducido a nuestro idioma. El ya citado Horst Lauinger tal vez pudiera motejarlo como una donquijotería, pareja a las muchas de Eduard von Keyserling. Pero estuve reflexionando acerca del impulso que me llevó a conocer más de cerca la obra y la persona de este autor, y a darlas a conocer a mis lectores, y llegué a una conclusión poco o nada quijotesca, más bien de catequesis.

No suele ser frecuente que uno descubra a un autor, y aún menos a un autor que escribió en un idioma distinto al propio. Cuando se tiene una experiencia de lector tan extensa y variada como la mía, las posibilidades de que ello suceda se acrecientan, claro está, pero de cualquier modo no tanto que sean una cosa habitual. Y eso fue lo que me sucedió con Wellen (Olas), el primer libro de Keyserling que leí. Ese alemán tenía una dicción distinta, ¡y cómo!, del alemán de los demás autores que ya conocía en su original. Algo parecido me pasó con los relatos de Emine Sevgi Özdamar, la autora turca que escribe en una lengua calificada por mí como “alemán con sabor a turrón”. El de Eduard von Keyserling es un alemán de ámbar, el lujo de las costas de su Mar Báltico.

Alcanzado este punto me siento muy tentado de llegar al extremo que llegó Miguel Sáenz en el prólogo a la antología de poemas de Günter Grass (Visor, Madrid 1994), y aplicarlo a la obra de Keyserling: “Ruego al lector con insistencia que aprenda alemán. Vale ampliamente la pena, aunque solo sea para leer a autores/poetas/creadores tan intraducibles como Günter Grass”.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

 

2 comentarios en “Eduard von Keyserling (1855-1918)

  1. Desocupado lector : Hay más obra traducida de Eduard von Keyserling al castellano. Mi buen amigo Carlos Fortea me desasna desde Salamanca (buen lugar para desasnamientos) informándome de que él tradujo a nuestro idioma, además de los cuentos que reseño en mi artículo, cuatro novelas, nada menos que cuatro novelas de EvK, que son las siguientes: “Princesas”, “Otoño en Berlín”, “Los niños de los bellos días” y “Dumala”. Únicamente puedo alegar en mi descargo de que durante la elaboración de este artículo sólo manejé fuentes alemanas. Sorry, como decimos los puristas.

    • Los dedos corren a mayor velocidad de lo que uno cree. En el anterior comentario, donde dice “Únicamente puedo alegar en mi descargo de que durante la elaboración de este artículo sólo manejé fuentes alemanas” debe decir “Únicamente puedo alegar en mi descargo el hecho de que durante la elaboración de este artículo sólo manejé fuentes alemanas”. Vale.