¿Cuál es la vigencia de la obra de Juan José Arreola? ¿Cómo aproximarse hoy a este prosista elegantísimo, a este maestro de lo fantástico, a este agudo editor y promotor cultural tan sui géneris como infatigable? En el marco del centenario de su nacimiento, nexos convocó a una pléyade de escritores para recordar al inmortal mago de Zapotlán el Grande.

Fotograma cortesía de Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


Héctor Orestes Aguilar

El primer contacto con la literatura de Juan José Arreola se produjo a partir de mi lectura escolar, en la secundaria, de Confabulario y de La feria, dos de sus obras más célebres y atendidas. Para entonces, los mediados años setenta, era sobre todo conocido por sus apariciones en televisión, así que al leerlo me desconcertaba mucho encontrar un despliegue narrativo deslumbrante y cautivador que no necesariamente correspondía con el extravagante personaje que opinaba —con envidiable elocuencia, hay que reconocerlo— sobre prácticamente cualquier cosa que se le consultara. 

No creo que haya sido definitivo para mi literatura directamente, pero a través de él llegué a la obra de Marcel Schwob, quien sin duda ha sido uno de mis grandes penates y a quien debo gran parte de mi actitud ante la vida y la literatura. 

La mayor aportación de Arreola es la de haber compuesto una obra singular, mexicana y universal. Y perdurable. Relatos como “El guardagujas” nunca caducan. Por supuesto que puedo enfatizar en la incomparable voluntad de estilo de Arreola, que —espero citar correctamente— intentaba burilar la escritura de cada una de sus páginas, según Monsiváis. La búsqueda del fraseo perfecto, del periodo perfecto, del párrafo perfecto es algo muy respetable y admirable. Solo por ello, los jóvenes deberían volcarse a la lectura cuidadosa de Arreola. De sus libros, el que más me sigue gustando es Confabulario. En las nuevas generaciones, en especial en las jóvenes escritoras mexicanas, no encuentro mucha influencia de Arreola, era muy misógino. Aunque es posible que respeten e incluso admiren su “preciosismo” (en el mejor de los sentidos) de estilo. María Emilia Chávez Lara tiene algunos pasajes arreolianos en sus libros.

Para algunos de los mejores escritores de mi generación sí que tuvo un gran nivel de influencia y capacidad de interpelación. En escritores varones de generaciones más recientes no me atrevería a trazar una filiación arreoliana. Tengo la convicción de que la influencia de la obra de don Juan José se ha ido diluyendo con el paso de los años. No creo que entre los lectores del siglo XXI La feria despierte la pasión lectora que alcanzó en los años sesenta y setenta.

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Alberto Chimal

Arreola fue (es) un escritor muy importante para mí, muy influyente. Algunas de mis primeras lecturas en la infancia, de las decisivas, fueron de textos suyos. En casa de mi mamá encontré una edición de Confabulario (una de tantas versiones de aquel libro, de 1979); probablemente fue el primer libro que devoré y que me estremeció en serio. Hasta ahora sigo pensando que su manera de contar y de evocar en extensiones pequeñísimas es muy importante en mi propio trabajo.

Creo que su mayor aportación es haber usado el castellano para volverlo poroso, para abrirlo a una gran cantidad de posibilidades de transformación e influencia. Las más obvias son sus referencias eruditas, pero no hay que olvidar que también retomó el lenguaje del campo, de la sociedad lejana al privilegio en la que nació. Para mí su gran libro siempre será Confabulario, aunque mi edición ideal tiene textos agregados de sus otros libros, como la de mi infancia.

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Ana Clavel

Asistí a algunas de las clases de Arreola en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, a comienzos de los ochenta. Ahí fue oírlo hablar sobre cualquier tema y ver cómo transformaba todo en alta literatura. Pero su influencia decisiva fue leerlo y saber de su experiencia como tallerista de Mester, ese taller de los sesenta al que asistieron José Agustín, Elsa Cross, Alejandro Aura y tantos escritores en formación. De ahí se desprendió el modelo de talleres que proliferaron después. Tanto Orlando Ortiz como Guillermo Samperio, mis primeros coordinadores de taller, lo tomaron siempre como referencia, y yo recibí esas enseñanzas en mis primeros cuentos. Pero la enseñanza fundamental de Arreola es su carpintería literaria: no te haces escritor por lo que cuentas sino por cómo lo cuentas.

Además, leerlo te abre el horizonte, como pasa con Borges y Cortázar. Una imaginación fina y con sentido del humor. Su escritura es el goce de la imaginación puesta a jugar. Mis novelas Cuerpo náufrago y Las Violetas son flores del deseo le deben, en buena medida, uno, la ligereza para abordar el tema de la metamorfosis de género; y dos, la provocación de las muñecas vírgenes de su cuento “Anuncio” y la marca registrada Plastisex. Arreola te hace ver que formas parte de una tradición: la que ve en el lenguaje una de las más altas cimas de lo humano. Era un hombre de una imaginación prodigiosa y gozosa, unida a la frase cuidadosa y certeramente urdida. No podría escoger entre sus libros. Me encantan Confabulario, su Bestiario y La feria.

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Miguelángel Díaz Monges

Su relación con mi literatura es fuerte. Supongo que por una forma particular de escribir lo fantástico y el desinterés por escribir más que lo que de verdad merece ser escrito. Por supuesto: en el cuidado en la precisión de las palabras con sus aristas y sus reflejos entre sí, así como el gusto por la fantasía asfixiante. También en el uso de ambientes y atmósferas imbricadas con el transcurso narrativo. La incorporación de la fantasía en una tradición literaria muy terrenal, la riqueza cuantitativa y cualitativa del lenguaje, y una libertad creativa que antes era desconocida o desdeñada. De sus pocos libros él mismo hizo una antología llamada Estas páginas mías; es el mejor. Como él mismo dijo, La feria es otra cosa. Y hay un pequeño gran libro sacado de su oralidad por Felipe Garrido: La palabra educación, pero también es otra cosa. Es un autor atemporal. Nunca fue muy influyente, porque era un genio, pero su influencia en unos cuantos sigue porque es irresistible.

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Álvaro Enrigue

Arreola es un escritor de una calidad escultórica; recuerdo sus páginas como objetos tridimensionales y eso viene de una imaginación verbal y un oído bárbaros.

Leerlo, de jovencito, casi niño, representó para mí el hallazgo de que leer literatura puede ser una experiencia sensorial arrolladora. Sobre su influencia solo puedo decir que a las nuevas generaciones más les vale leerlo.

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Javier García-Galiano

Desde que leí a Arreola por primera vez en la preparatoria no he dejado de leerlo y mi admiración por él no ha dejado de acrecentarse; cada lectura de sus libros me depara nuevos asombros y el cultivo de otros que ya me ha deparado, los cuales acaso proceden de su curiosidad inagotable y su fervor por la literatura. Arreola parecía poder convertirlo todo en literatura.
Quizá coincido con él, entre otras cosas, en el interés que me despierta cualquier minucia, en el prodigio que se halla en la naturaleza convertida en la tradición del Bestiario, en las historias antiguas que pueden propiciar una evocación, en la cultura cotidiana, auténticamente popular, en la creencia en la nobleza de los oficios, en entender la escritura como un oficio, en el culto a la palabra y al lector…

Arreola no solo fue un escritor ejemplar, sino que, se sabe, fue un editor generoso y en su taller se formaron escritores muy distintos como Gerardo de la Torre, Federico Campbell, Guillermo Fernández o Elsa Cross. Fue fundador de la Casa del Lago y estuvo en el origen de Poesía en Voz Alta. Editó revistas y fue maestro en la Facultad de Filosofía y Letras. Quizá por el espectáculo que creó de sí mismo como personaje, no se ha valorado su labor como lo que llaman “un intelectual”. Ha sido uno de los grandes incitadores de la cultura en México.

Quizá la gran influencia de Arreola no sea obvia, acaso resulta invisible, pero tengo la certeza de que persiste, aunque aquellos que están influidos por él no lo adviertan. Estoy asimismo seguro que no dejará de tener lectores sagaces como lo merece su escritura.

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Ana García Bergua

Desde chica leí —como muchos de mi generación y las anteriores— La feria y Confabulario, que me maravillaron por esa calidad que yo llamaría, con perdón de los serios, chisporroteante, juguetona y seria a la vez. Es, además, un genio de la prosa, de la prosa breve como Julio Torri, de la poesía en prosa como Baudelaire o prosa-prosa. Muy pocos escriben ya como Arreola, si acaso los poetas.

Su biografía contada por él y escrita por Fernando del Paso fue una lectura posterior que me deslumbró y que tengo siempre presente. Nunca lo conocí, pero me contaban que era jovial y generoso, apasionado jugador de ajedrez. Su figura pública de capa y sombrero me conmovía y me alegraba, rompía la falsedad ignorante de los locutores de televisión y parecía que hablaba sin ton ni son, pero hablaba de las cosas que realmente importaban, de lo humano. No sabría decir si ejerció alguna influencia sobre mí. Quizá un poco en el humor y en la relación entre lo cotidiano, lo fantástico, lo absurdo, lo teatral. Pienso en su cuento “El guardagujas”, que es uno de mis preferidos, y quizá en esa libertad con que hilvanaba planos reales e irreales, un poco a la manera del surrealismo, quizá eso me emparenta con él. 

Es inevitable compararlo con Rulfo, pero yo siento que es único, hizo su propio camino en la prosa siguiendo el de Marcel Schwob y los grandes poetas-prosistas franceses, y también el de su formación teatral con Louis Jouvet, por eso sus cuentos tienen esos grandes golpes de efecto que nos hacen sonreír. Y con todo y ser único, impulsó muchísimo a la literatura mexicana como editor, como animador, como una figura que representaba la buena literatura.

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Anamari Gomís

No conocí a Arreola ni tengo influencia de él. Mi gran maestro y gran amigo Salvador Elizondo recibió mucho del ejemplo de Arreola y, quizá, esa sea mi relación con el escritor de Confabulario. No me gusta toda su obra. Pienso que cuando es bueno, es extraordinario. Fue primero a través de Marcel Schwob que me acerqué a la escritura de Arreola. Sin duda creó una manera de escribir novedosa, brillante, más allá de las de las preocupaciones indigenistas de otros escritores. La suya es una literatura “mental”. Varia invención renovó la idea de los géneros definidos, abrió las puertas a una literatura que no se circunscribe a la mera realidad. Hay que releerlo y mucho.

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Mauricio Montiel Figueiras

Mi relación con la literatura de Arreola la considero secreta, no del todo visible. Creo que todos los cuentistas mexicanos, sobre todo los que nos inclinamos hacia lo fantástico, estamos influidos en mayor o menor medida por Juan José Arreola.  Siento que cuentos como “El guardagujas” están al fondo de algunos de mis textos. Leí a Juan José Arreola cuando comencé a dar mis primeros pasos en los talleres literarios de Guadalajara, hace ya treinta años, y sus libros me impactaron tanto como los de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Estos tres autores conforman para mí el ABC del cuento latinoamericano contemporáneo.

Pude asistir a un taller que el propio Arreola impartió en mi ciudad natal: más que taller fue una cátedra de conversación cultural que dejó en mí una marca profunda. No se puede concebir la literatura fantástica en lengua española sin Arreola y sobre todo sin Confabulario, que considero su obra maestra.  Hace falta que las nuevas generaciones se acerquen más, mucho más a Arreola. Confío en que el centenario de su nacimiento vuelva a afianzar su estatura de clásico del cuento latinoamericano.

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Pedro Ángel Palou

Empecé a leer a Arreola muy joven, por los cuentos de Confabulario y, curiosamente, por un libro “oral”, La palabra educación. Me parecía en la misma línea que el Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos o del Borges de Ficciones. Ahora sé que su prosa límpida y efectiva —que no efectista— es producto de su propia destilación literaria. Como tantas cosas en la literatura mexicana, la lectura que Pacheco hace de Arreola, vía Schwob, me permitió releerlo una década después. Lo he seguido leyendo, incluso enseñando. Creo que Arreola es más una ambición —escribir como él, ser tan diáfano, tan solo aparentemente simple— que una influencia en mi caso. Sin embargo, era como la contraparte rulfiana que necesitaba mi generación, y que también teníamos en Elizondo. Su mejor libro, indudablemente, es La feria. Su carácter fragmentario, su perfección formal, su economía. Acaso es nuestra novela perfecta.

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Enrique Serna

Mi relación con la obra de Arreola es la de un lector devoto y agradecido. Era un fabulador en estado puro, con una capacidad formidable para inventar mundos fantásticos. Le agradezco mucho la aparente ligereza de sus ficciones, único punto de contacto que tal vez tengo con él. Era un genio con un gran poder de condensación para decir mucho en pocas palabras. Una de las mejores novelas de amor que se han escrito es su prodigioso “Cuento de horror”: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”. Solo por eso tiene asegurada la inmortalidad.

No puedo presumir que Arreola me haya influido. Yo escribo principalmente ficciones realistas. En mis ensayos y crónicas a veces rozo el género de la varia invención, pero no alcanzo ni remotamente los vuelos poéticos de Arreola. Además de sus aportaciones literarias, yo destacaría su gran talento como improvisador. Cuando yo era un adolescente, sin haberlo leído, me maravillaron sus disertaciones en el segmento final de un noticiero del Canal 13, en el que aparecía con su capa roja. Después, en Televisa, lo exprimieron tanto que llegó a caer en la verborrea, pero aún entonces tenía destellos magníficos. En un ensayo dije que sus bufonadas televisivas fueron mucho más brillantes que las solemnes apariciones de Octavio Paz en la pantalla chica y sigo pensando lo mismo. Para mi gusto su mejor libro es Confabulario.

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J. M. Servín

Leí a Arreola de muy joven y me atrapó su capacidad imaginativa, su lenguaje preciso y elegante, rico en imágenes mordaces e irreverentes. Su literatura fue la puerta de entrada a un universo de imaginación desbordada y posmoderna. “El guardagujas” y su aparente sencillez formal aparece en mi escritura como un referente para abordar el desconsuelo y la enajenación del individuo atrapado en la ruta incierta de su destino. Me influenció como autodidacta iconoclasta en la escritura y en su actitud frente a la vida.

Arreola renunció a la solemnidad y el regionalismo para abrir un diálogo con las vanguardias literarias desde el relato breve, del cual se convierte en un innovador. Asumió la literatura como un riguroso compromiso con el lenguaje, lo lúdico, la sensualidad y el absurdo. Como personaje, Arreola es probablemente el escritor mexicano que, asumiendo un papel de histrión, mejor acercó la literatura a las masas, gracias a sus apariciones en televisión como conversador en La movida, el popular programa de entretenimiento nocturno conducido por Verónica Castro a principios de los años noventa. Inventario y Confabulario son referentes imprescindibles en la literatura mexicana.  No sé si Arreola sea un autor influyente todavía, pero debería, en estos tiempos donde las redes sociales y la proliferación de editoriales de bajo perfil se han convertido en refugio de ocurrencias que se quieren hacer pasar por literatura breve.

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Martín Solares

La primera vez que leí un texto de Juan José Arreola tuve la impresión de presenciar un torrente atronador, de ningún modo reciente ni transitorio, sino universal y muy vivo, que venía desde lejos: me pareció un relato majestuoso, hecho para perdurar, uno que ahondaba en las fuentes mismas del idioma, que lo revivía y lo mezclaba con materiales tan ajenos como la publicidad estadunidense y las novelas de Franz Kafka. Soy un admirador devoto de la seguridad y puntería con que Arreola diseñó ya no digamos sus cuentos sino cada una de sus frases, de la resonancia que consiguió con las palabras que invocaba, de su erudición natural y ese humor incendiario que consiguió en prácticamente todos sus escritos, incluso los que fingen ser dolientes y llorosos, pero que guardamos en la memoria como una lección de ironía.

Más que a entrevistarlo, fui a admirar su ingenio a Ciudad Guzmán, mientras él ofrecía una de sus legendarias improvisaciones literarias. Cuando pensé que me había equivocado de hora y de lugar y me disponía a retirarme, Arreola subió a todo motor una pendiente muy inclinada en su motocicleta y se estacionó frente a mí. Además de una cazadora de cuero y botines dignos del conde de Montecristo, usaba unos anteojos de diseño punk que, según él, eran lo que mejor protegía sus ojos cuando salía a hacer las compras. Porque me detuve a admirar un tablero de ajedrez en su antesala, la charla que iba a durar quince minutos duró una mañana, y lo que iba a ser una conversación periodística se transformó en un monólogo rutilante, en el que un hombre que vivía para las palabras, y amaba lo que estas provocan al combinarse, demostró cómo solía extraerlas de lo más profundo del idioma y de la memoria (o de esa memoria que es el idioma). Entonces me permitió presenciar, mientras se excusaba por la brevedad que tendría nuestra entrevista, cómo se emocionaba con las palabras al ver lo que suscitan y habló de sus tímidos intentos por echarlas a flotar en una especie de río, a fin de mantener con vida esa necesidad de belleza y expresión que para él era la literatura.

Más tarde, cuando él se mudó a Guadalajara, fui a visitarlo tres o cuatro veces para convencerlo de visitar a un grupo de lectores suyos que nos reuníamos en el Roxy. Acudí puntualmente a cada cita con él, pero en cada una de ellas dijo que no podría asistir, y nos dejó plantados, pero me ofreció una generosa explicación, que duraba en promedio una hora con cuarenta minutos, y que era una cátedra mitad ensayo y mitad relato sobre cómo formular una excusa convincente y rebosante de virtudes literarias. La literatura era eso que Arreola compartía cuando se excusaba por no hacer más literatura.

Los textos de Arreola son literatura vertical: lejos de ascender en diagonal, como las novelas, sus confesiones, anuncios y relatos saltan en línea recta de las manos del autor a lo más alto del espíritu y se quedan allí, para iluminar al lector.

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David Toscana

Lo leí con mucho placer hace ya un montón de años, pero no es un autor que suela releer, salvo por “El guardagujas”. No lo tengo presente cuando escribo. Es un maestro de la prosa fina. Fue el mejor comentarista de futbol. Entre sus libros prefiero Confabulario.

 

Héctor González
Periodista cultural.