El siguiente es un paseo por uno de los libros más emblemáticos de Juan José Arreola: Bestiario, esa colección de textos donde el ensayo breve se confunde con la poesía, donde, a través de un finísimo trabajo con el lenguaje, los animales que habitan sus paginas se nos revelan de forma portentosa.

Se jactaba José Emilio Pacheco de que su paso por este mundo quedó justificado por haber sido, en una ocasión memorable, amanuense de Arreola. La anécdota es conocida, pero no está de más recordarla. Al manirroto de Arreola le gestionaron, en 1958, un préstamo de la UNAM para solventar sus apuros económicos. Pero tenía el compromiso de entregar un libro de su autoría a más tardar el 15 de diciembre de ese año, a fin de ser publicado por esa casa de estudios. La fecha se acercaba angustiosamente, y el de Zapotlán el Grande era víctima del famoso writer’s block, es decir, se sentía, bajo la presión del calendario, absolutamente incapaz de escribir una palabra.

Un muy joven José Emilio se presentó el 8 de diciembre en su casa y le dijo a quemarropa: “Maestro, no hay más remedio: me dicta o me dicta”. Y en una semana, Arreola le dictó a Pacheco la mayor parte de los textos que conforman Bestiario, uno de los libros de textos breves más originales y de alto nivel poético escritos en México (solo se me ocurre compararlo con Ensayos y poemas, de Julio Torri, o con Cartucho, de Nellie Campobello). Y el escritor jalisciense pudo así, a unas horas del desastre, cumplir con su compromiso.

En el “Prólogo”, que no es prólogo sino una pieza más del volumen, escribe Arreola unas líneas que tal vez hubieran escandalizado a la mojigatería actual:

Ama al prójimo porcino y gallináceo, que trota gozoso a los crasos paraísos de la posesión animal.

Y ama a la prójima que de pronto se transforma a tu lado, y con piyama de vaca se pone a rumiar interminablemente los bolos pastosos de la rutina doméstica.

Fuera de ese texto, todos los otros hacen referencia, en una catarata de fantasía desbordada y de peripecia verbal, a animales de los que uno puede encontrar en la selva africana o, más cerca, en el Zoológico de Chapultepec.  (Nosotros, los seres humanos que nos deseamos los unos a los otros, también somos bestias, pero aún no engalanamos con nuestra ridícula presencia las jaulas de algún zoológico, parece decirnos Arreola.)

Ilustraciones: Estelí Meza

El primer texto que brotó de aquella imaginación portentosa fue “La cebra”, donde el lector asiste, de entrada, a la metamorfosis de ese animal que parece haber nacido para el circo (desterrado del circo, como el resto de los animales, vaga ahora, famélico y solitario, por polvorientos senderos, y ya van varios ejemplares atropellados al querer cruzar la carretera): “La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada se entigrece”.

¿No parece el rinoceronte un tanque de guerra? ¿No emula a un guerrero medieval enfundado en su armadura? Escribe Arreola:

El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete con un solo cuerno de toro blindado embravecido y cegato, en arranque total de filósofo positivista.

Es el rinoceronte en libertad. Pero en cautiverio, ese guerrero tan torpe como invencible se torna “una bestia melancólica y oxidada”.

No es, por cierto, el único animal al que Arreola compara con un filósofo. Otro tipo definitivamente meditabundo es el búho, ese insomne medio tenebroso que algunos se atreven a colocar, ya convenientemente disecado, en una esquina de su escritorio. ¿Pretenden que el miembro más sabio del reino animal les sople, desde el otro mundo, algunas ideas que enriquezcan los trabajos en que se ocupan?

De acuerdo con Arreola:

Antes de devorarlas, el búho digiere mentalmente a sus presas. Nunca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestinal. Estamos ante un caso de profunda asimilación reflexiva.

Bestiario es un libro pletórico de imágenes poéticas. Algunas de ellas sorprenden tanto por su aparente simplicidad, que uno no puede evitar preguntarse: “¿Y cómo fue que no se me ocurrió antes a mí?” Tomemos, como ejemplo, el texto dedicado a los sapos. ¿Cómo son los sapos? Viscosos, pétreos, asquerosos, se nos ocurre responder. Pero Arreola fija su atención en el modo tan peculiar que tiene el sapo de inflarse y desinflarse como globo en la boca juguetona de un niño: “Salta de vez en cuando, solo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.” Del avestruz, dice que “más que pollo” es un “polluelo gigantesco entre pañales”. Con la ironía que lo caracteriza, agrega que esta emperifollada señora que tan mal gusto tiene lo mismo en su vestimenta que en su modo de andar y comportarse, seguramente inspiró a los monjes del Santo Oficio,  obligados a imaginar cada vez más refinados e imaginativos métodos de tortura y castigo:

Destartalado, sensual y arrogante, el avestruz representa el mejor fracaso del garbo, moviéndose siempre con descaro, en una apetitosa danza macabra. No puede extrañarnos entonces que los expertos jueces del Santo Oficio idearan el pasatiempo o vejamen de emplumar mujeres indecentes para sacarlas desnudas a la plaza.

¿Y qué decir del mal llamado Rey de la Selva? ¿Qué decir de ese holgazán de tiempo completo, que delega en su hembra y en otros animales la tarea de agenciarse el diario sustento, y que todavía se da el lujo de ser un comelón de tal magnitud que cuando no está comiendo está dormido? Hay cazadores —no sabe uno si creerles— que aseguran haber sido testigos de que, aún dormido, un león, acostado bajo un árbol, seguía moviendo sin cesar las poderosas mandíbulas como si se ocupara en masticar y deglutir los restos de una gacela:

En realidad el león sobrelleva a duras penas la terrible majestad de su aspecto: el cuerpo del edificio no corresponde a la fachada y es como su alma, bastante perruno y desmedrado. Sigue siendo un carnívoro gracias a ciertos súbditos que realizan para él oficio de verdugos.

Por supuesto, nadie o casi nadie quiere un león como mascota. Ni un tigre o leopardo. La mayoría preferimos a un animalito que se parece al tigre, pero que es bastante más inofensivo y come mucho menos: el gato. Este simpático minino “de vez en cuando se acuerda de su origen y nos da un leve arañazo”, o bien se escapa por la ventana una noche cualquiera y no lo volvemos a ver.

Del oso, Arreola sugiere que puede ser, en algunos casos, bastante simpático e inofensivo, sobre todo cuando es de peluche,  pero que, no sabiendo medir sus fuerzas, “puede excederse y triturarnos en el abrazo”. Se sabe de un abuelo que, estando con su familia en uno de esos  zoológicos  donde  los  animales  se pasean en relativa libertad —sin jaula de por medio— y uno los admira desde su auto, se bajó del vehículo para tomarle fotos a un oso con cara de niño. Queriendo mostrarse afectuoso con el anciano, la bestia formidable le lanzó un zarpazo a modo de caricia y lo mató. Comenta Arreola de tan poderosos entes:

Por más adultos y atléticos que sean, conservan algo de bebé: ninguna mujer se negaría a dar a luz un osito. En todo caso, las doncellas siempre tienen uno en su alcoba, de peluche, como un feliz augurio de maternidad.

Para nadie es un secreto que el topo, que gusta de cavar túneles, representa una amenaza para los agricultores. Estos descubrieron, luego de laboriosos estudios, que la mejor forma de combatirlo es el agujero. “Hay que atrapar al enemigo en su propio sistema. (…) En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros que alcanzan el centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por docenas y no hace falta decir que mueren irremisiblemente carbonizados”. Y en cuanto al camello, el beduino que vaga por el desierto tiene en este jorobado una cantimplora andante, que conserva algo de agua fresca, así como la llama le es útil al anacoreta para satisfacer, al menos en la imaginación, sus ansias eróticas:

Para el que tiene sed, el camello guarda en sus entrañas rocosas la última veta de humedad; para el solitario, la llama afelpada, redonda y femenina, finge los andares y la gracia de una mujer ilusoria.

Entre los animales, pocos superarán a la boa en su manera tan asombrosa que tiene de devorar un conejito. Arreola nos la describe echando mano del humor negro, y describiéndola con detalles de minucioso científico:

La absorción se inicia fácilmente y el conejo se entrega en una asfixia sin pataleo. Desparecen la cabeza y las patas delanteras. Pero a medio bocado sobrevienen las angustias de un taponamiento definitivo. En ayuda de la boa transcurren los últimos instantes de la vida del conejo, que avanza y desaparece propulsado en el túnel costillar por cada vez más tenues estertores.

Cuando uno va al zoológico, luego de comprarle un helado a la impaciente nietecita, no puede menos que asombrarse, al mirar distraídamente la fosa atascada de fango que está detrás de una cerca, y donde no parece haber nada, cuando de pronto una de las rocas cobra vida, transformada en hipopótamo que abre el prodigioso hocico y nos muestra sus fauces prehistóricas:  

Jubilado por la naturaleza y a falta de pantano a su medida, el hipopótamo se sumerge en el hastío. (…) Buey neumático, sueña que pace otra vez las praderas sumergidas en el remanso, o que sus toneladas flotan plácidas entre nenúfares. (…) El hipopótamo es como es y así se reproduce: junto a la ternura hipnótica de la hembra reposa el bebé sonrosado y monstruoso.

Las focas no se engañan a sí mismas: se saben ridículas, se saben resbaladizas. No esperan a que, compadecido, el público aplauda sus torpes gracias. Antes de que se mofen de ellas, “baten el agua con duras palmadas; se aplauden ellas mismas en ovaciones viscosas”.  Por su parte el ajolote, breve y transparente, recuerda a aquellos seres mitológicos que seducían faltamente a los marineros con su canto y sus curvas.  Este diminuto personaje acuático, definitivamente femenino, no canta, pero, con sus formas sensuales, seduce. Por eso Arreola lo llama “sirenita de los charcos mexicanos”.

¿Qué es el Bestiario, de Juan José Arreola? ¿Un surtido rico de prosas? ¿Poemas en prosa, quizá? Yo me permito quitarle a esta última etiqueta tanto la preposición “en” como el sustantivo “prosa”. Para mí —no me importa si los tratadistas están o no de acuerdo conmigo— el Bestiario de Arreola es poesía. Nada más y nada menos que eso: poesía.

 

Armando Alanís
Académico y escritor. Autor de Las lágrimas del Centauro.