La llegada del Diez a Sinaloa para dirigir a los Dorados ha levantado una tolvanera de especulaciones, no tanto sobre la posible mejora de la escuadra, sino más bien por adivinar cuál será el primer despropósito del Pelusa. Aquí, las cuentas de un rosario que no parece tener fin.

Ni el más osado creador de ficciones habría imaginado a Diego Armando Maradona como entrenador de los Dorados de Sinaloa. Semejante extravagancia, o desatino, se antoja muy lejos de salvar un proyecto futbolístico que amenaza con hundirse en las aguas sin retorno de la segunda división. Así que solo es posible atribuirla al dinero, o al capricho mercadotécnico, que terminan significando lo mismo: poder, control, espectáculo.

Desatinado no fue, en cambio, el paso de Josep Guardiola por los Dorados —entonces en la primera división—, con los cuales fichó a finales de 2005. Iba siguiendo la invitación y la amistad de Juan Manuel Lillo, a quien había conocido en un Barcelona contra Real Oviedo en 1998. Vivió en el Hotel Lucerna, entrenaba en un parque acuático, jugó apenas diez partidos y se empecinó en limar, inútilmente, la técnica de recepción de aquel inolvidable Loco Abreu. Volvió a España después de cinco meses y se convirtió en entrenador, y vaya la clase de entrenador…, justo el que nunca ha sido Diego Armando Maradona.

Hay locos geniales —como Bobby Fischer— y locos que son los enemigos de sí mismos por el afán irreflexivo de separarse de los demás. Consultemos la fototeca. Ahí está Maradona, exhibiendo su tatuaje con la imagen del Che Guevara, jugando una cascarita con Nicolás Maduro, posando al lado de Fidel Castro en el Palacio de los Capitanes Generales, sirviendo de patiño al comandante Hugo Chávez. Pobre: tan lejos de la clarividencia política y tan cerca del ridículo.

Fotografía de Vinod Divakaran para Doha Stadium Plus Qatar, bajo licencia de Creative Commons.

***

¿Qué contiene la maleta con la cual Maradona llega a Culiacán? Para empezar, y para terminar, una larga cauda de escándalos. La diana de sus desfiguros ha tenido un radio de amplio espectro: compañeros de profesión, autoridades futbolísticas, fotógrafos, aficionados, seguidores de su iglesia laica, gente que estaba en el lugar equivocado. Ninguna bravata merece el desdén.

Tras el silbatazo final y la derrota del Barcelona a manos del Athletic de Bilbao en mayo de 1984, Maradona le asestó un cabezazo al Chato Núñez para poner punto final a un intercambio de linduras. Pero el Chato no estaba solo. Miguel Sola arrancó desde las escaleras que conducían a los vestidores y resbaló antes de encarar a Maradona. La pifia resultó costosa: recibió un rodillazo en la mandíbula que le valió un corte en el labio inferior y quince minutos de conmoción cerebral. Maradona se ganó tres meses de suspensión y su partida al Nápoles. “A mí, después”, escribe en su autobiografía, Yo soy el Diego, “me dio mucha vergüenza por el Rey. Claro, el rey Juan Carlos estaba ahí, en el palco de honor, era su Copa, y nosotros nos estábamos cagando a trompadas”.

Esta bronca fue, quizás, el primer desacato público en la cuenta de Maradona. Unos años más tarde, en 1989, cuando la relación con Corrado Ferlaino, presidente del Napoli, presagiaba un final sin vencedor ni vencido, el diario Il Mattino publicó una serie de fotos que llegaron también a las páginas de la prensa sensacionalista. Como habría de ser costumbre en el futuro, Maradona procuraba las malas compañías. Una imagen lo muestra junto a Carmine Giuliano, señalado como el capo del barrio de Forcella, uno de los bastiones de la Camorra napolitana. “Reconozco que era algo atrapante, ese mundo, lo reconozco”, dice el Pelusa. Admite también que recibía Rolex de oro, “autos, ¡autos! A mí, por ejemplo, me dieron la primera Volvo 900 que hubo en Italia”.

Incluso al papa Juan Pablo II se “le escapó la tortuga”. En el 2000, tres años después de anunciar su retiro, Maradona tuvo una audiencia privada en el Vaticano. Según parece, Su Santidad obsequió un rosario a la mamá y otro a la esposa de Diego, quien no dejaba de observar los techos de oro, las columnas de oro, los relicarios de oro. Llegó su turno y recibió también un rosario junto a las palabras: “Este es especial, para usted”. ¿Qué tenía de especial? Nada. Era un ejemplar en serie, indistinguible de aquellos que habían recibido la Tota y Claudia. Maradona recuerda su nerviosismo y también cómo encaró a Su Santidad. Preguntó cuál era la diferencia entre el relicario de su madre y el suyo y por respuesta obtuvo unas palmaditas condescendientes en la espalda. “Diego, no rompas las pelotas y pícatelas que tengo más gente esperando”, dice que habría sugerido ese gesto de comedido filisteísmo.

Hay también secuencias que alimentarían el apetito sin llenadero de un productor de televisión: Diego disparando perdigones contra un grupo de periodistas que iban tras la nota a las afueras de su casa en Buenos Aires, Diego estrellando un vaso en la cabeza de una mujer en un bar de la Polinesia, Diego tirando chingadazos a las puertas de un bar de Croacia.

Culiacán no tiene un ambiente pastoral como para dejar de ser un producto envalentonado de Fiorito, donde Maradona creció y aprendió las normas callejeras del desafío. De hecho, Culiacán tiene mucho de Fiorito, a pesar de sus centros comerciales, sus zonas residenciales, sus andadores que imitan la asepsia de las zonas exclusivas de California. Es bronco y pretencioso y desprovisto de urbanidad.

No creo por tanto que Diego Armando Maradona quiera ponerse al día. No espero que vaya en busca de las novelas de Élmer Mendoza o de las tardes violetas en el Malecón o de las maravillas ocultas en el jardín botánico. No espero siquiera que pregunte por Chayito Valdez o Luis Pérez Meza. Los tipos duros no cambian, menos aún los tipos duros de Fiorito. Será el mismo tipo de siempre, aunque doblegado por el calor y la humedad y quizá encantado por la oferta de mariscos. Ya lo dijo, hace tantos años que suenan cercanos: “La gente tiene que entender que Maradona no es una máquina de dar felicidad”.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil 101 preguntas para ser culto.

 

 

Un comentario en “El bato Maradona

  1. Nada más que la verdad y toda la verdad!
    Pero a la gente que le gusta el fútbol también le gustan los personajes como Maradona, el punto es tener de qué hablar y emocionarse y enojarse.
    El fútbol siempre ha sido y seguirá siendo pan y circo para el pueblo.