En su temprana adolescencia Gustave Flaubert soñó viajar a Egipto, ser camellero y perder su virginidad en un harén en brazos de una mujer de piel aceituna, con una sombra de bozo sobre el labio superior. Tal vez uno de los mayores sueños del arte es el descubrimiento que nace con cada viaje. El siguiente texto nos muestra la forma en que una camada selecta de escritores y artistas, han concebido el viaje, real o imaginario, tan fructífero como desolador.

Creo que yo estaría siempre bien
donde no estoy, y esta idea de mudanza
 es una de las que constantemente
discuto con mi alma.
 —Baudelaire

 

El viajero es un espíritu rebelde, inconforme consigo mismo y con su entorno que se dispone a desafiar el espíritu de su tiempo. En el fondo, intenta transgredir el canon establecido: el de su familia, su escuela, su calle y su paisaje, su iglesia y sus leyes. Hay una idea que se extendió durante el siglo XIX que oponía la civilización y la barbarie, el desarrollo y el atraso; el mundo industrial era deshumanizado, un paraíso de chimeneas, el cielo de la electricidad y de los trenes; para escapar de él había que emigrar a culturas sin industrias y sin burgueses, en las que aún reinaba la paz primera, la del salvaje. Y hacia allá fueron científicos, viajeros, artistas.

Vargas Llosa explica esta situación al hablar de Gauguin y su viaje a Tahití:

La civilización había matado la creatividad, embotándola, castrándola, embridándola, convirtiéndola en el juguete inofensivo y precioso de una minúscula casta. La fuerza creativa estaba reñida con la civilización, si ella existía aún había que ir a buscarla entre aquellos a los que el Occidente no había domesticado todavía: los salvajes.1

Dos mundos irreconciliables

No existe el viajero puro, que solamente anota lo que han visto sus ojos; suele estar contaminado de otras experiencias y por lo mismo su escritura es heterogénea. Su producto es el relato de viajes que lleva claras huellas literarias. “El relato de viajes es como la novela: una forma híbrida”, dice Ottmar Ette, es decir, un elemento nuevo y original que se sirve ampliamente de otros géneros para crear su identidad. Sin embargo, a esos dos géneros los separa una discusión teórica en la que la ficción de la novela se opone a la referencialidad del relato de viajes. Pero sus similitudes en el terreno de lo narrado son muchas. Y es preciso recordar la función de la lectura en ambos casos: “Leer es también una forma de viajar”.2

Cada libro nos ofrece la oportunidad de entrar en zonas geográficas y psicológicas imprevisibles, conocer rostros, emociones de alto registro que nos contagian, relaciones amorosas o de temor y de odio, que nos producen incalculables experiencias. Basta recordar la novela de Ítalo Calvino, Si una noche de invierno un viajero o incluso El Quijote, que se ha considerado siempre un libro de aventuras, un relato de viaje, recorrido geográfico, sentimental y, ante todo, imaginario, por los caminos a veces abruptos de Castilla.

El relato de viajes sigue vigente en el siglo digital. Aunque el viajero sea más breve en sus desplazamientos porque cuenta con rápidos medios de transporte, no ha dejado de aparecer ese informe que nos remite a otras cartografías del mundo y del alma de los pueblos. Lo demostró una y otra vez la aventura que emprendió Bruce Chatwin alrededor del mundo y que detuvo solamente su prematura muerte; verla ahora es acercarse a una pasión sin freno, que lo convirtió en el James Dean de los viajes, el Alejandro de los trotamundos, cuya existencia nómada nos señala el camino a los que no sabemos adónde ir. Chatwin cambió el ritmo de los libros de viajes y los convirtió en géneros cruzados, o para decirlo más directamente, en relatos sin género. “Cruzó los límites entre la ficción y la no ficción, viajó como una efervescente reencarnación de Rimbaud. Era capaz de hacer un viaje para ver la armadura de un mongol disecado en el desierto de Sind, motivarse con un trozo de perezoso gigante y hasta tuvo de mascota un pitón”,3 y la pregunta obligada ante ese gigante que pudo observar el mundo mientras el mundo no lo veía, es ¿hasta dónde hubiera llegado? Chatwin le recuerda al viajero del siglo XXI que la realidad es inabarcable y nunca será reducida a una mirada.

En el relato de viajes es importante la geografía porque es una ciencia dirigida, y que asimilan a menudo, niños y adultos, el pueblo llano y el ilustrado, mujeres y hombres. Su receptor es amplio, heterogéneo. Es un género muy atractivo —a partir del siglo XVIII y hasta la fecha— porque confronta dos realidades culturales distintas, lejanas y sin embargo, en el lector aparecen como íntimas y propias, como si las hubiera ya vislumbrado. Lévi-Strauss decía en Tristes tropiques que los viajes se basan en cinco dimensiones, incluyendo una dimensión social. Humboldt, por ejemplo, “fue el viajero de lengua alemana más conocido del siglo XIX y, sin duda, también el más famoso investigador sobre la América española que conoció su época”.4 El mestizaje cultural que produce el viaje es evidente en su manifestación escrita y visual; el que llega aprende de la cultura autóctona, escucha, mira, palpa nuevas cosas que modifican su pasado. Los informantes lo van cambiando.

Andar como actividad creadora

En el fondo de toda actividad se encuentra el viaje. Siempre hubo y habrá un ser que sale de su casa y desde la esquina puede mirar su hogar donde ha dejado parte de su vida, sus días apacibles y de regocijo, sus horas desdichadas o felices, el ser amado y el que se ha muerto. La casa es un centro donde el sedentario puede viajar con la imaginación mientras que la calle, los caminos, representan al nómada que anda y anda en busca del otro y a menudo buscándose a sí mismo.

Viajero por excelencia que ha recorrido el mundo y sobre todo, escritor que se nutre de espacios lejanos y distintos a los suyos, Enrique Vila-Matas dice que “andar es actividad creadora”, pues cada día descubre que caminar “ayuda a pensar, a avanzar en las cosas que planeamos para el futuro”.5 Cruzar un espacio es ya someterse a otro lugar desde el cual podemos observar el camino para re-hacerlo a través de nuestra percepción; ya no se trata de un recorrido físico. Vila-Matas llega a la conclusión de que “tal vez [andar] sea una actividad tan creativa porque tiene la velocidad humana. La caminata parece producir una sintaxis mental y narrativa propia”.6

Desde antes de emprender el camino, el viajero puede estar influido por un lugar que ha visto en fotos: un espacio conceptual de imágenes que pueden estremecerlo, ilusionarlo profundamente. El hombre busca por los medios a su alcance la felicidad; va a ella como un enamorado perdido, ciego de deseos que tal vez con nadie comparte. Cuando Alain de Botton vio un folleto con fotos de Tahití le despertó la inquietud de salir de casa. El folleto es “un ejemplo, conmovedor a la par que ridículo, de cómo los proyectos, y aun la vida entera, pueden verse influidos por las más simples e incuestionables imágenes de la felicidad”.7 El problema que plantea De Botton involucra la capacidad de reconocer una nueva realidad, sentirla y apropiarse de ella; es preferible la imaginación que la realidad, ésta es opaca y limitada, muy pobre en comparación con la imaginación; una vez que el viajero ha paseado por la orilla del Sena bajo el intenso frío de enero o el calor bochornoso del verano su idea de París ha cambiado notablemente. ¿La realidad le ha decepcionado? No, pero preferiría quedarse con las imágenes nada más. El mejor lugar que visitamos es el que vemos a través de la mente pues al que llegamos se vuelve inaprehensible, huidizo, una realidad compleja que se inscribe en determinada cultura de un tiempo preciso, en un entorno político y social. Es decir, la imaginación puede suplir felizmente a los hechos.

No hay viaje sin poesía

Durante el viaje también hay lugares de paso, estaciones de trenes, aeropuertos, barcos, gasolinerías o estaciones de servicio, en una de éstas, entre Londres y Manchester, se detuvo De Botton. Qué tristeza adentro del café donde pidió algo de tomar, un anciano barbudo por ahí, una mujer distraída, un hombre y dos niñas comiendo hamburguesas; olía a aceite de freír y a cera de pisos, las mesas salpicadas de Ketchup. “Había poesía en aquella desangelada estación de servicio, encaramada sobre la autopista y apartada de todo lo habitado”,8 y le recordó la obra de Baudelaire, que desde pequeño sintió la necesidad de abandonar el hogar, y que hizo del viaje un emblema del hombre moderno y una alegoría de la insatisfacción por permanecer bajo el cielo en que nació y en el que tal vez morirá. Nadie le ha dedicado tanta tinta a esa idea del viaje como Baudelaire: “¡Llévame, vagón! ¡Ráptame, fragata!/ ¡Lejos! ¡Lejos! ¡Aquí el lodo está formado con nuestros llantos!”.9 El poeta, inquieto por naturaleza, no acepta el orden ni las reglas sociales; Baudelaire intentó apartarse del sistema donde había nacido y desarrollado su vocación. Por eso quería salir de Francia, hacia cualquier lugar, fuera del mundo. El viaje aparece así como una incitación mediante la cual nuestra sensibilidad se mueve para que finalmente tomemos la decisión de zarpar no hacia otro lugar, sino hacia la dicha.

No hay viaje mínimamente libre y relajado sin el aliento de la poesía; en las estaciones de autobuses, en los cuartos de hoteles al filo de la carretera, en restaurantes de hamburguesas de mesas de formica y asientos de plástico color naranja, en esos lugares la encontró para su obra plástica el genio de Chicago: Edward Hooper. La calle y su soledad, su frío, es el lugar de estos poetas libres y sin consuelo, ausentes del éxito y de la parafernalia del marketing que acosa a la humanidad en la era global. No es posible explicar el viaje si no se toma en cuenta el paradigma que anima y que lleva consigo el que lo emprende; en su mirada hay demasiadas imágenes acumuladas. Las palabras se estiran y multiplican, se hacen parte de la gente,10 y aún así parecen incapaces a veces de dar cuenta de esa cantidad de información que en pocas horas recibe el cerebro de un ciudadano lo mismo en una urbe como Nueva York, Sao Paulo o Hong Kong, que en una pequeña ciudad como Granada, Trieste, Dublín, Verona, Cartagena de Indias. Recibir “hechos” no es lo mismo que asimilarlos; son dos operaciones distantes aunque complementarias.

Nomadismo y exostismo

El hombre dejó de ser el aspirante a vivir en comunidad y se convirtió en un nómada, el farol de la calle. Raymond Williams escribió:

A partir del final del siglo XVIII, el instinto de camaradería ya no emanará de las prácticas de la comunidad sino del hecho de ser un nómada. De este modo, el aislamiento, el silencio y la soledad esenciales se convertirán en mensajeros de la naturaleza y de la comunidad, frente a los rigores, la fría abstinencia y la seguridad egoísta de la sociedad ordinaria.11

El viajero va a toparse con el exotismo de otra realidad; la palabra quiere decir ajeno a lo propio, lejano, extraño a uno mismo. Pero el exotismo empezó a relacionarse con países de Medio Oriente a partir de los poemas de Víctor Hugo, en Las orientales (1829), en los que describía ese mundo: piratas, pachás, sultanes, especias y derviches; sus personajes bebían té de menta; su obra tan bien acogida igual como Las mil y una noches.

Eugène Delacroix, Femmes d’Alger dans leur appartement [Mujeres de Alger], 1834, óleo sobre lienzo, Museo del Louvre.

En su temprana adolescencia Gustave Flaubert soñó viajar a Egipto, ser camellero “y perder su virginidad en un harén en brazos de una mujer de piel aceituna, con una sombra de bozo sobre el labio superior”.12 Quería huir de una civilización que, según la describió más tarde, había sido perfecta para crear ferrocarriles, venenos, y la guillotina, mientras él se sentía estéril, banal; escribió en su diario que se aburría soberanamente. Sólo el Oriente le daría la plenitud, una mínima felicidad que necesitaba para romper la monotonía de su vida en Francia y en Rouen; y cuando se puso a estudiar leyes, obedeciendo a su padre, escribió que sería un pobre diablo en un pueblo de segunda clase ayudando a un fiscal y sus sueños de viajar y dejar Francia estarían tan olvidados como sus deseos de subirse a un camello, caminar por el desierto para ver las noches infinitas del desierto, llegar agotado a una tienda donde una mujer de ojos inmensos y con largos collares entre los senos le estaba esperando. La actitud de Flaubert contiene el germen de la rebeldía contra el estilo burgués y sin esperanza que representaban los románticos y los realistas del siglo XIX. En el fondo, el espíritu quería ser libre, volar con todo y la imaginación a otros espacios y otro tiempo; algo similar hicieron Lord Byron y Baudelaire, y en América los poetas que siguieron una por una las enseñanzas de Rubén Darío, cabeza moral del modernismo, el poeta que amaba su patria pero rodó por varios países hasta llegar a la que soñaba día y noche: Francia.

Si el artista francés del siglo XIX sintió que la única vida se encontraba en el Oriente, el de América Latina creyó lo contario: que su única razón de ser estaba en Francia. Y allá fueron los poetas en persona o con la imaginación y no faltaron los que de plano evitaron llegar a París para que el sueño no se desvaneciera. Si algo es evidente en esta actitud es que el viaje también parece un acto de fe y lo demuestra sobradamente Calvino Las ciudades invisibles, donde vemos a un Marco Polo viajero e inventor de ciudades.

El viaje es un síntoma y a veces un remedio a la esterilidad; sin el viaje a Arles no se explicaría jamás el alcance de la obra de Van Gogh. A esta ciudad llegó en 1888, recién estrenado en las artes plásticas, a los 34 años; se instaló en el hotel que él mismo se encargó de inmortalizar, y empezó su infatigable trabajo. Solía comer en mesones grises que le recordaban los colores de Velázquez, el gran pintor de Las Meninas. En los 15 meses que permaneció en la Provenza pintó 200 pinturas, 100 dibujos, escribió 200 cartas, otras decenas de bocetos y aguatintas, que lo colocaron a la altura de los posimpresionistas más notables de su tiempo. El cambio de lugar provocó una reacción de tal magnitud en su alma que lo llevó a la gloria y pocos días más tarde a la muerte. Mientras producía más y más iba hundiéndose en la miseria y en la soledad más terrible de todas, la que proporciona la locura, y si quería salvar a la humanidad de sus angustias a través del arte, su destino lo llevó a la muerte.

Abandonar un lugar y llegar a otro es dejar de ser lo que hemos sido y empezar un nuevo viaje bajo otra experiencia. El viaje es un encuentro y también un desencuentro; sabe a un delicioso placer, a internamiento en el universo de lo exótico, de lo otro, aun a costa de la vida propia.

 

Álvaro Ruiz Abreu
Escritor y profesor-investigador de la UAM-X.

Nota: este texto es un fragmento adaptado de la parte introductoria del libro Viajeros en los andenes. México 1910-1938, UAM, 2018, que empieza a circular en librerías.


1 Mario Vargas Llosa, “Las huellas del salvaje”, El País, 4 de noviembre de 2012, p. 23.

2 En su libro, Literatura de viaje. De Humboldt a Baudrillard, UNAM, 2001, Ottmar Ette aclara que el movimiento de viaje va derecho a la literatura en un doble sentido: “La literatura y los viajes están relacionados  íntimamente de muchas maneras, pero no reconciliados. Se potencian mutuamente, pueden entrar en competencia e incluso negarse: la lectura de viajes puede hacer que se lleven a cabo nuevos viajes –como ocurrió en el caso de muchos viajeros alemanes que siguieron las huellas de Humboldt hasta Latinoamérica”, p. 31.

3 J. Antón, “Llegan las cartas del nómada dorado”, El País, 9 de diciembre de 2012, p. 40.

4 Otmar Ette, op. cit., p. 15.

5 Enrique Vila-Matas, “Café Pérec. Los viajes andados”, El País, 13 de noviembre de 2012, p. 42.

6 Ídem.

7 Alain de Botton, El arte de viajar, trad. de P. H. Lazcano, Madrid, Santillana, 2002, p. 20.

8 Ídem., p. 49.

9 Cit. en Ídem, p. 52.

10 Roger Chartier dice que las letras vulgares “en efecto, se llaman de ese modo porque quiebran el monopolio sacerdotal, luego aristocrático, establecido sobre las imágenes y los signos”.Véase Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero, México, Universidad Iberoamericana, 1997, p. 49.

11 Cit. en Alain de Botton, op. cit., p. 94.

12 Ídem.