El incendio del Museo Nacional de Brasil es el más reciente caso de una larga lista de recintos que han sido víctimas de algún desastre. El siguiente recorrido recupera aquellas historias y calcula las implicaciones de sus pérdidas.

El museo es en muchos sentidos una de nuestras instituciones más osadas. Con ellos no solo retamos el olvido, sino que apostamos por controlar los efectos del tiempo sobre los objetos que resguardamos e investigamos. Aunque la vigilia y el esmero ciertamente valen la pena, el monitoreo constante muestra cómo una colección se decolora, se deforma, se desgasta, se resquebraja todo el tiempo. Sabemos que las alteraciones son inevitables. Sin embargo, hay ocasiones dolorosas, como la sucedida el 2 de septiembre pasado en el Museo Nacional de Brasil, que rebasan las palabras o la contabilización de las pérdidas. Basta una llama para encender la paradoja de que una institución encargada de preservar termine por destruir el patrimonio reunido en sus paredes.

Quizá de todos los agentes de deterioro en un museo, y vaya que la lista es larga, el fuego es aquel que mayores daños causa en el menor tiempo. Incluso si se logra controlar, el calor, las cenizas y los gases tienen impactos tremendos en las colecciones. La vida cotidiana mitiga el asombro que podríamos sentir al prender un cerillo y observar el consumo vertiginoso de la varita de madera. Unos cuantos segundos bastan para que la flama avance hasta casi quemarnos los dedos. Aun en esta escala minúscula y controlada, el fuego es voluntarioso. Los museos están repletos de materiales ideales para alimentarlo. Además de sus colecciones, los museos albergados en edificios históricos tienen madera, elementos decorativos e instalaciones añadidas que aumentan su vulnerabilidad. 

Los incendios en los museos son más frecuentes de lo que pensamos. Afortunadamente no todos son tan devastadores como el brasileño, pero el fuego es una amenaza constante. El Instituto de Conservación Canadiense en algún momento calculó que en promedio tienen lugar 30 incendios al año. Hace 3 meses, el 9 de junio de 2018, un incendio terminó con el edificio de la Armería en Aberdeen, Washington. Aunque lo que más consternación causó fue que se perdió parte de la exposición dedicada a Kurt Cobain, del museo de historia de la pequeña ciudad no quedó más que un casco vacío, negro como el hollín, lleno de objetos carbonizados. Este tipo de eventos en museos de bajo perfil suelen reportarse solamente en los periódicos locales. Entre la vergüenza, el miedo a perder la confianza o la presión misma de lidiar con los daños, nadie habla del desastre. Muchas veces el origen de las llamas no se logra esclarecer nunca.

Anónimo, A Village on Fire, s.XVII.

Ante el fuego, los museos optan por sistemas de detección de humo, rociadores y muros aislantes para sellar las áreas que se queman. Constantemente, el fuego inicia cuando el museo está vacío y los protocolos de emergencia que dependen de las personas no son suficientes. Los costos, la dificultad de la instalación en edificios históricos y la mala fama que tuvo por unos años el contacto del agua con los objetos, provoca que no todos los museos cuenten con esta defensa. Sin embargo, cuando se toman todas las precauciones y se cuenta con los recursos económicos, la tragedia puede evitarse. Mientras miles de personas eran evacuadas en el sur de California por los incendios forestales el diciembre pasado, un museo como el J. Paul Getty en Los Ángeles ni siquiera sopesó desalojar los Lirios de Van Gogh o el Cristo crucificado del Greco.

Pero la gran mayoría de los museos en el mundo no pueden estar tan despreocupados. El 24 de julio de 2017, una tormenta eléctrica provocó un incendio en el almacén del Museo de Tatihou, una pequeña isla francesa en el canal de La Mancha. Además de perder 200 pinturas de su colección, se perdieron 3 en préstamo del Louvre —que irónicamente retrataban escenas de pescadores—. El año anterior, el 26 de abril de 2016, un incendio arrasó con el Museo de Historia Natural de la India en Nueva Delhi, abierto en 1978. En ocasiones estos museos no tienen nada digitalizado y resulta difícil identificar qué se perdió si también se queman sus registros. Sabemos que en el incendio ardió el esqueleto de un saurópodo y muchos animales disecados. A veces se corre con más suerte, como en el caso del Museo de la Lengua Portuguesa que se quemó en Sao Paolo en 2015, dedicado a exposiciones temporales, cuyo acervo era totalmente digital.

Asignar un valor a las pérdidas en cada siniestro es muy difícil. ¿Cómo le asignas un valor monetario al esqueleto más antiguo del continente americano? ¿Cuánto valen las grabaciones de una lengua extinta? ¿Qué cifra le añades para tomar en cuenta años de trabajo? ¿Cómo sumar el valor de aproximadamente 20 millones de artículos que se perdieron? Se podría argumentar un buen rato sobre cuán significativo es cada uno de los objetos perdidos, sobre la diferencia entre un espécimen científico y el fantasma que queda de una obra de arte. No termina siendo tan exagerado decir que un incendio de 1604 “cambió la historia del arte en España”: el 13 de marzo de ese año, un incendio consumió parte del Palacio del Pardo y se llevó consigo una importante selección de arte de los siglos XVI al XVIII. Obras de Tiziano, Moro y Sánchez Coello, entre muchos otros, desaparecieron. A lo que se pudo salvar, como la pintura Júpiter y Antíope de Tiziano, conocida también como la “Venus del Pardo”, se le añade una capa simbólica extra de sobreviviente. El fuego altera tanto lo que se pierde como lo que se queda.

La importancia de las colecciones y las dimensiones de las tragedias derivan en elegías conmovedoras. Un sentimiento de impotencia parecido se puede rastrear, por ejemplo, al fragmento del diario del primer secretario del Smithsonian en Washington D.C., que lamentó la combustión de gran parte de la colección el 24 de enero de 1865. El fuego se originó en una estufa nueva que recién habían instalado en la pinacoteca. En su diario, cuenta lo triste y al mismo tiempo grandioso que era el espectáculo de las llamas saliendo por las ventanas. Rápidamente ardieron pinturas renacentistas, estatuas, especímenes científicos de fauna y flora americana, material antropológico de las tribus indígenas. El secretario hubiera dado lo que fuera por intercambiar artículos cotidianos que no sufrieron daños por todo lo que se quemó. Las expresiones de duelo que podemos encontrar ante la pérdida de patrimonio se multiplican si a los incendios, inundaciones y otros desastres naturales les sumamos amenazas más humanas como la guerra y los saqueos.

Cuando un museo se quema perdemos el pasado, pero también todo lo que no sucederá en torno a esos objetos en el futuro. Perdemos la curiosidad del visitante del día de mañana, así como investigaciones aún inimaginables. Son terribles llamadas de atención que fuerzan a tomar medidas futuras e implementar nuevos protocolos. En algunos casos, la respuesta deriva en un cuestionamiento a la idea del museo. ¿Hasta qué punto estas bodegas enormes deberían de guardar la memoria y el conocimiento de la humanidad? ¿Para qué las atiborramos de objetos valiosos, uno tras otro? Surgen propuestas de hacer un respaldo digital no solo de los registros de la colección, sino de los objetos mismos con réplicas y modelos en 3D.  

Después de un incendio, también nos vemos obligados a buscar otras formas de memoria colectiva para compensar en alguna medida las pérdidas. El documental Los rollos perdidos dirigido por Gibrán Bazán sobre el incendio en la Cineteca Nacional en 1982 intenta rastrear una explicación del suceso. The Gallery of Lost Art, exposición digital que curó la Tate en 2012, contaba la historia de obras de arte que habían desparecido por distintas razones. Piezas de artistas como Henry Moore, Frida Kahlo, Richard Serra, Joseph Beuys, Willem de Kooning, Egon Schiele, Pablo Picasso y otros más formaron una colección de 40 obras exhibidas en la galería. Otros proyectos, además de recordar, recaudan fondos como Ashes to Art, organizado por la Glasgow School of Art tras el incendio que quemó en 2014 uno de sus edificios más emblemáticos y las numerosas obras de alumnos que estaban ahí dentro. Invitaron a artistas reconocidos a crear piezas con las cenizas para venderlas posteriormente en una subasta.

Hay algo humano intrínseco en el deseo de coleccionar, clasificar y mostrar cosas. No solo queremos cosas que sirvan para intercambiarlas por otras o para desempeñar funciones prácticas, sino que anhelamos crear con ellos, explorar a través de ellos, historias de nosotros mismos. Los museos son un testimonio tangible y sensorial de nuestras preocupaciones pasadas y presentes. No somos ingenuos y sabemos que la batalla contra el tiempo está perdida, pero en los años que dura el intento, los encuentros que se propician en estos espacios son invaluables. Además de lo que aprendemos en términos generales de una sociedad o de una especie animal, los objetos también son especiales por su capacidad de iluminar vidas individuales. La inscripción tosca y mal escrita de una urna romana que explica que una exesclava la compró para sus cenizas y las de su esposo querido con el que compartió 23 años, no solo nos brinda una prueba importante de la movilidad social en el siglo I, sino que nos conecta con su duelo. El fuego podrá arrasar con los objetos y poner en evidencia la fragilidad absoluta del museo, pero no cancela que son espacios ideales y sumamente necesarios para recordar, investigar y afilar la memoria colectiva.

 

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.