En su libro más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz, Armando González Torres vuelve al estudio del Nobel mexicano, revisando en esta ocasión la mayoría de los trabajos publicados sobre el intelectual tras su muerte. El resultado es un volumen que demuestra la presencia de un escritor que fue y sigue siendo referencia ineludible.

Ficha:
Armando González Torres
Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz
México, Libros Magenta
2018, 144 p.

Antes que ser encandilado por su personalidad, Armando González Torres prefirió no conocer personalmente a Octavio Paz. Amigos y colegas comunes que trabajaban o colaboraban en la revista Vuelta pudieron haberle allanado el camino para llegar al Nobel de Literatura, pero él no quiso. Prefirió que su relación se sostuviera en la lectura crítica y puntual. “Es la mejor manera en que podemos relacionarnos con un escritor”, asegura sin arrepentimiento alguno.

“Varios amigos presumían que Paz les había regalado un gato. Para mi generación fue un autor fundamental. Era accesible e interesado en tener vínculos con los jóvenes. No creo que estuviera exento de un interés propio por mantener la vigencia de su figura o modelar su posteridad, pero finalmente era alguien que se interesaba auténticamente por la obra incipiente de quienes se le acercaban. Yo entonces era tímido y, además, reticente a que alguien tan carismático y poderoso pudiera ejercer efectos irreversibles en una vocación tambaleante como la mía”, recuerda.

No obstante, la relación de González Torres con el poeta mexicano es tan o más profunda que la de varios de quienes lo conocieron. Lo ha leído y estudiado con dedicación. Su libro Las guerras culturales de Octavio Paz es indispensable para conocer las polémicas del autor de El laberinto de la soledad.

En la misma órbita se ubica su publicación más reciente, Los signos vitales. Anacronismo y vigencia de Octavio Paz (Libros Magenta), volumen donde revisa los trabajos que algunos escritores han dedicado al intelectual. “Quería hacer un registro de la muy variada producción generada alrededor de su figura después de su muerte. Hay libros celebratorios, poesía, biografía política y hasta novelas.  La producción que sigue generando es amplia y esto me parece un prodigio de continuidad.”

Sostiene que un síntoma de su permanencia son las antipatías que todavía despierta. “Sigue siendo un autor incómodo. Algunas de sus posiciones todavía son controvertibles y eso demuestra que su obra no es un monumento de mármol, sino que es perfectamente habitable.”

Sheridan, Aguilar Mora, Bolaño

Tras las conmemoraciones por su centenario en 2104, González Torres recuerda que se manejó un ánimo celebratorio exagerado. “Siempre tendemos a totemizar a nuestras figuras emblemáticas. No obstante, sirvieron para demostrar que entre los lectores más jóvenes sigue siendo un referente; un escritor querido o detestado. No deja indiferentes a sus lectores. Poemas fundamentales como Piedra de Sol o Blanco siguen hechizando, en tanto que sus ensayos aún convocan pasiones.”

Los textos incluidos en Los signos vitales destacan tres rutas del pensamiento de Paz: la plástica, la poesía y la política. “Su poesía no tiene fecha de caducidad. No es anacrónica porque nunca se quedó en una zona de confort. Siempre evolucionó. Tiene direcciones cursis, pero también adquirió extraordinaria gravedad y sentimiento dramático gracias a su conocimiento de la tradición inglesa. Fue un poeta que se transformó con su conocimiento del surrealismo. Lo mismo cultivó el poema de gran aliento que el breve; el impersonal que el testimonial. Es alguien que nunca se quedó quieto y siempre buscó la renovación. En este terreno difícilmente se volverá anacrónico.”

Armando González Torres sostiene que si bien su pensamiento político puede pasar de moda, las actitudes siguen vigentes. “Su instinto libertario y la desconfianza hacia todo tipo de autoritarismo está más viva que nunca. Más que una postura coyuntural es un reflejo que siempre debemos cultivar.”

Su revisión hace escalas en títulos como Poeta con paisaje o Idilios salvajes de Guillermo Sheridan, de quien celebra sus interlocuciones rigurosas e inteligentes. “Sus libros me parecen un dechado biográfico y me gustan porque existiendo una cercanía entre ambos, no son apologéticos, tienen una extraordinaria distancia crítica como autor y lector. En este sentido Paz ha tenido mucha suerte con sus lectores.”

En otro tenor, uno de los más críticos ha sido Jorge Aguilar Mora, autor de La divina pareja. Historia y mito en Octavio Paz. “Fue uno de sus interlocutores más rigurosos; hizo hincapié en determinadas contradicciones e impostaciones de la figura del intelectual independiente que buscaba representar Octavio Paz. Expuso con agudeza las contradicciones que alguien que por un lado se decía independiente, pero que a la vez tenía intereses políticos en el mundo cultural. Aguilar Mora contribuyó a situar de modo más realista la figura de Paz en el escenario intelectual.”

Una de las aproximaciones más novedosas emprendidas por Armando González Torres, es la revisión que hace del manejo del Nobel mexicano dentro de la novela Los detectives salvajes, del chileno Roberto Bolaño, quien no solo lo caricaturizó, también lo colocó en la posición de un adversario. “Refleja una visión representativa que cierto sector de la juventud tuvo hacia Paz. Lo veían como una figura omnipresente y a la vez odiada. Me interesaba jugar a imaginar un encuentro entre los dos.”

En este juego ubica empatías y diferencias. “Coincidían en su vocación por la literatura y su desarraigo. Ambos hicieron su obra fuera de su país, eran de mecha corta y afectos a la polémica.  En los años setenta Paz ya era una figura consagrada, un personaje con posiciones controvertidas en lo político y que iban más allá de las posturas más convencionales de la izquierda, lo cual era profundamente “shockeante” para los jóvenes. Recordemos que con la generación de los sesenta Paz tuvo una relación política ambigua. Si bien hubo un idilio breve cuando dejó la embajada en la India el 4 de octubre de 1968, durante la década de los setenta tomó posiciones que lo alejaron de los simpatizantes del movimiento estudiantil.”

El encono se avivó en 2015, cuando el periodista Jacinto Rodríguez Munguía dio a conocer una investigación donde exhibe que Paz no renunció al cargo y en cambio pidió “disponibilidad”, término diplomático que le permitía seguir cobrando. Al respecto González Torres apunta que, si bien no tiene testimonios sobre este punto, “no sé si eso demerite el gesto. Habría que ver si fue un arreglo. Si se jubiló anticipadamente no veo ningún problema. Lo que sí sé es que después del 68 hubo una hostilidad del gobierno hacia él e incluso intentos de obstaculizarlo. Se pagó, por ejemplo, la publicación de un panfleto en francés para desacreditarlo. En todo caso, Paz se volvió símbolo del establishment literario y símbolo de las posturas reaccionarias. Por eso es prototípica la relación con los infrarrealistas, entre los que destacaba Roberto Bolaño.”

Sin negar que fue un caudillo cultural, Armando González Torres destaca la vocación renacentista de Octavio Paz. “Era un intelectual omnívoro, capaz de conectar saberes provenientes de las más distintas disciplinas y con la capacidad de atraer al debate público temas que se supone solo están confinados al mundo de los especialistas. Ahora es prácticamente imposible que se reproduzcan figuras de ese tamaño. Defendió una serie de ideas que significaban un matiz a las posturas más extendidas dentro de la izquierda de ese momento y que significaban un matiz hacia el oficialismo. Introdujo una serie de valores liberales que fueron una novedad en su momento. A contrapelo cometió excesos que fueron bien ventilados en su época. No obstante, me parece interesante que autores jóvenes como Karen Villeda lo sigan analizando. Creo que sería enriquecedor ver cómo lo leen los más jóvenes. ¿Qué les dice su poesía experimental? Supongo que en los próximos años lo descubriremos.”

 

Héctor González
Periodista cultural.