El siguiente ensayo —escrito en clave autobiográfica— navega por las aguas de un género en el que la memoria tiende trampas y puentes, donde la narración, contrario a lo que pudiera parecer, no se ancla en el tiempo sino en un punto de referencia que es observado de manera reiterada; una forma de la literatura donde el laberinto de la vida debe tomar en cuenta todas las posibilidades de la imaginación.

I

En Libro de familia, Patrick Modiano cuenta cómo se conocieron sus padres durante la ocupación alemana en París. Se me ocurre, entonces, que aquella resulta la pregunta fundamental de cualquier vida: cómo se conocieron nuestros padres, es un momento que al mismo tiempo nos precede y cifra. De alguna forma, pienso, siempre seremos las circunstancias de nuestros padres en el momento exacto en el que se conocieron.

Muchos años después de que sus padres llegaran a conocerse, muchos años después de haber nacido, Modiano se encuentra hojeando el periódico en las páginas de anuncios inmobiliarios, y mira casualmente que se renta el departamento donde creció. Hace una cita con el agente inmobiliario, tiene la intención velada de pararse por ahí solo para recordar. Cuando llega, y mientras finge ser un cliente en potencia, mira las paredes y considera que las capas de tapices que las recubren tienen un efecto similar al de la memoria. El lugar, decide, le trae recuerdos más lejanos que su propia vida: “esos pocos años que tanto cuentan para mí aunque fueron anteriores a mi nacimiento”.  Detrás de la ventana casi puede observar a una mujer, su madre, que baja de un taxi bicicleta. Es 1942.

II

En 2011 comencé a escribir un libro sobre mi padre, un libro que derivó en muchos otros libros a la postre abandonados, y en otro libro que en efecto se publicó. El libro original, en cambio, se mantiene en la categoría de “inconcluso”, y es un pendiente que en estos días me pesa tanto como la titulación. Recuerdo el trabajo que me costó escribirlo de la misma manera en que recuerdo cuánto tiempo estudié una licenciatura que a la postre no concluí. De alguna forma, pienso, para justificar el hecho, somos el tiempo invertido en los proyectos que no concluimos. Todavía con más énfasis, somos el tiempo invertido en los proyecto que no sabremos si concluiremos. De manera inevitable, pienso en los tapices y en la pintura desvaída del departamento donde creció Modiano.

III

Supe de la existencia de Novela familiar, del inglés John Lanchester, gracias a los algoritmos de Amazon, que con inquietante exactitud lo pusieron a mi vista en la pantalla, justo debajo del eufemismo “sugerencias”. En el prólogo, Lanchester asegura que aquella máxima de Tolstoi, —“Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”— resulta espléndida y grandilocuente, pero, sobre todo, falsa. Basado en su experiencia y en su observación, Lanchester propone que la mayoría de las familias son felices e infelices, “con frecuencia intensamente, con frecuencia al mismo tiempo”.

IV

He escrito autobiografía más o menos en forma a lo largo de diez años, y, a pesar de esa década a cuestas, llevo solo un par de meses preguntándome por qué lo hago. Todo comenzó cuando una amiga me pidió que impartiera una clase de autobiografía a sus alumnos universitarios de Creación Literaria. En principio, la petición me pareció de lo más normal; cuando escribo ensayos, escribo ensayos personales; cuando escribo novelas, escribo novelas alrededor de lo que me ha ocurrido. De manera que yo debía ser una persona, en principio, apta, para hacer una aproximación a esa forma de la escritura que consiste en hablar de uno mismo. Me senté frente a la computadora para redactar las líneas de la clase, cuando esta pregunta apareció subrepticiamente en mi cabeza: ¿por qué soy un escritor autobiográfico? Otra más: ¿lo seré siempre?, ¿es un rasgo distintivo e inevitable? Nunca antes había reflexionado al respecto de forma profunda; si llegaba a pensar en ello.

Suele ser un acuerdo común que, aunque sea de manera velada, todos escribimos acerca de nosotros mismos. Pero hay algunos listos que saben cómo esconderse en un personaje secundario, o que saben cómo verter sus profundas inquietudes en la trama, sin que el lector considere que los pasajes del libro son, sin duda alguna, vivencias explícitas del autor. Así que di un paso atrás en el conocimiento de mí mismo, y vi mi obra en ciernes con un sutil, aunque cada vez más evidente, extrañamiento.

IV

Leí Asuntos de familia, de la guatemalteca Anabella Scholesser de Paiz, ya encarrerado en las lecturas de libros que tuvieran la palabra “familia” en el título. Un proyecto que postergaba felizmente el momento de retomar —o no— aquel libro sobre mi padre. Me gusta que Anabella Scholesser disloca su genealogía, es decir que disloca su propio origen: el momento que funda sus memorias es el día en que su madre conoce al hombre que a la postre fungiría como su “padre amado y legítimo”, es decir a su padrastro. A diferencia de Modiano, aquellos recuerdos anteriores a su nacimiento le resultan, si no indiferentes, ajenos. El día fundacional, en cambio, perdura realmente en su memoria a pesar de las inexactitudes inherentes al hecho de recordar. “El día perdura en mi memoria como una especie de aparición sucedida en un campo abierto, posiblemente en algún lugar de la costa sur, aunque pudiera haber sido en un sitio mucho más cercano a la ciudad. Martin estaba montado sobre un tractor Caterpillar amarillo. Tenía piel oliva y ojos verdes y llevaba unos pantalones caqui y una camisa abotonada celeste de manga corta […] eran tan pocas las veces que mi mamá nos sacaba de paseo a mi hermano y a mí juntos, y menos aún las que se miraba tan contenta, que aquel momento quedó grabado en mis recuerdos como un poso de luz.”

V

Mi madre es socióloga, mi padre era antropólogo, y el tenía veintisiete años más que ella. Cuando se conocieron —él tenía casi 60 y ella poco más de 30—, los dos eran alcohólicos anónimos; mi madre tenía poco tiempo de haber entrado a los grupos y mi padre era ya un veterano. Si me atrevo a romper la “cláusula” del anonimato de los alcohólicos anónimos, para referirme a ellos, es porque de otra forma tendría que mantener mi propio origen en el anonimato: dentro del grupo de cosas que no existiría si no existiera Alcohólicos Anónimos, estoy yo.

Un amigo en común los presentó porque ella, que había estudiado sociología, buscaba que alguien la ayudara a hacer su tesis, que iba a ser precisamente sobre el alcoholismo en la Ciudad de México. Mi padre era antropólogo y se dedicaba a hacer investigaciones sociales, por lo que aquel amigo en común pensó que podía ayudarla. Lo relevante es que mis padres se conocieron, se hicieron novios, se casaron, tuvieron dos hijos, esperaron a que creciéramos un poco, y luego hicieron la famosa tesis, y siempre me ha parecido algo singular que, a pesar de todo, nunca perdieran de vista el objetivo por el que habían sido presentados. Uno de mis primeros recuerdos data de entonces: mis padres, en la noche y en el estudio, discuten el curso de la investigación. Mi madre aporrea el teclado de la vieja máquina de escribir, mi padre gira en círculos con papeles en las manos. Luego hacen una pausa para comentar el curso de las palabras.

VI

En el departamento donde transcurrió su niñez, Modiano recuerda las agendas de su madre, correspondientes a los años 1942, 1943 y 1944, que él solía hojear constantemente, y en donde vio anotado, en un día de otoño de 1942, “Casa de Toddie Werner – calle de Scheffer”: iba a ser una reunión en París, a la que acudirían varios judíos con identidades falsas, y en donde los padres de Modiano coincidirían por primera vez. “Las semanas siguientes, mi padre y mi madre fueron trabando conocimiento […] Al principio, mi padre no se atrevía a decirle a mi madre que era judío”.

VII

Los detractores de los autobiógrafos —en efecto los hay—, consideran que los relatos que giran alrededor del autor son, o bien, producto del individualismo exacerbado y un espectáculo público de la intimidad, o escritura cifrada —y anquilosada— en pareceres individuales y desorientaciones específicas. No obstante, de todos los reparos que pueden argüirse alrededor de los textos autorreferenciales, el que más me extraña es el que los juzga como textos carentes de imaginación, en donde imaginación, supongo, quiere decir creatividad, como si las traiciones de la memoria no fueran en sí mismas un socorrido vehículo de la creatividad.

VIII

En Novela familiar, Lanchester hace un escrupuloso repaso, con herramientas historiográficas, de la vida de sus padres antes de que se conocieran. Ella renuncia a su vida en el convento en dos ocasiones. Él, por su parte, es criado entre África y Hong Kong, y sirve en el ejército australiano durante la Segunda Guerra Mundial. Pero Lanchester, ajeno a mi curiosidad de lector, renuncia a los detalles sobre cómo se conocieron sus padres, y después de casi trescientas páginas, se limita a puntualizar que lo hicieron en una cena. En el párrafo que sigue, afirma: “No quiero escribir demasiado acerca del noviazgo de mis padres. En las autobiografías a menudo hay un momento en el que alguien encuentra un alijo de cartas y, babeando, cuenta los secretos que contiene. Yo no voy a hacer eso”.

En cambio, cifra su vida, su origen, la vida de su familia, en un secreto: la madre usurpó la identidad de una hermana para poder mentir respecto a su verdadera edad, restándose alrededor de diez años, una identidad falsa que cargaría por siempre, para que su marido no temiera que ella no pudiera tener hijos a los cuarenta años: “[…] en el enorme archivo de papeles, recuerdos y cartas que dejó no hay ni siquiera un pedacito que revele su verdadero nombre, su fecha de nacimiento o lo que hizo durante los años perdidos de su juventud. No quería ser atrapada o descubierta”. Finalmente, aunque trataron de tener varios hijos, sólo nació John: “Yo soy el final feliz […]. Excepto, claro, por el hecho de que nadie siente que su vida sea el final feliz de la de otra persona.

IX

Desde que impartí aquella clase de autobiografía, y mientras trato de desentrañar por qué la escribo de manera incesante, he pensado que el origen puede estar contenido en la manera cómo se conocieron mis padres. Los alcohólicos anónimos aprenden a hablar de sí mismos de una manera específica, en la que cifran su vida, todas sus acciones y pensamientos, alrededor de su enfermedad. Es decir que no ordenan su vida en torno al tiempo, sino que la ordenan en torno a un punto de referencia que observan de manera reiterada, y eso —precisamente—, es lo que hacen los autobiógrafos que más admiro: ordenan sus vidas —e insisto con la palabra ordenar— alrededor de la muerte de un ser querido, la lengua que hablan, una adicción, una anomalía del cuerpo, el lugar donde crecieron, por dar unos ejemplos.

Al caos de la vida, a la difícil irrupción de la enfermedad del alcoholismo, prosigue un periodo de ordenamiento. Qué importa si resulta artificial, siempre y cuando, y aquí está, según yo, la clave, resulte verosímil.

X

Hacia el final de sus memorias, Anabella Schloesser narra que, al morir su padrastro, se sorprende a sí misma diciendo en varias ocasiones que él no era su verdadero padre, que su verdadero padre está vivo. Eso la hace sentir de algún modo traicionada; de todas formas, decide concertar una cita con su abuela, la madre de su padre biológico, para tener un acercamiento a esa familia. A la reunión llega, de manera sorpresiva, el padre biológico, y se suscita un desafortunado encuentro entre los dos, con todas las torpezas e incomodidades que puedan imaginarse. No se habían visto desde que ella era una niña. Poco tiempo después, Anabella sueña con su padrastro, al que llama, en el libro, entonces, “papá”. En el sueño, él le dice a ella: “Donde tú me ves, ya no estoy”, y luego se echa a llorar.

XI

Me parece que la autobiografía, en su afán de ordenar las vidas de quienes la escriben —vidas que resultan por fuerza aleatorias e impredecibles—, está más relacionada con la fe que con la imaginación, siempre y cuando no concluyamos que la fe, a fin de cuentas, es una de las posibilidades de la imaginación. El espejo que nos permite reordenar el caos en una trama, una trama de preferencia verosímil. 

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.