Dado que los tatuajes son una decoración perpetua, conviene estar muy seguros de nuestra relación a largo plazo con lo que uno se inscribe. Se trata de una decisión temeraria, una apuesta arriesgada por la perenidad; en ella se condensan las tres formas del tiempo.

I

Mi primer tatuaje es invisible. Me costó cuatro mil pesos en un tugurio de León, Guanajuato, llamado Wateke Ink. Me enteré de que me lo había hecho después de que rechazaran mi tarjeta de crédito un viernes por la tarde, en una librería. Llamé al banco y me informaron que, además de tatuarme, me había gastado una fortuna en gasolina, a pesar de que no tengo coche (mi tarjeta, obviamente, había sido clonada).

¿Qué me pude haber tatuado en Guanajuato? ¿Una Virgen de Guadalupe en la espalda, unas fresas de Irapuato en el brazo, el logo del Partido Acción Nacional sobre el corazón? En el mejor de los mundos posibles me tatué una cita del más insigne escritor guanajuatense, Jorge Ibargüengoitia, acaso una de las primeras declaraciones del general Arroyo en Los relámpagos de agosto: “quiero dejar bien claro que no nací en un petate, como dice Artajo”.

Nunca había considerado tatuarme, pero haberlo hecho in abstentia en un lugar llamado Wateke Ink me incitó a repetir la experiencia conmigo presente. Cuatro años y varios fracasos existenciales después, por fin me decidí a hacer lo que en mi escuela describían como “profanar la Casa de Dios”. Opté por una obsesión perdurable: las últimas notas que escribió Johann Sebastian Bach (compás 239, contrapunto XIV, El arte de la fuga). Me lo tatué en el antebrazo derecho (como soy zurdo y le temo a la gangrena, preferí intervenir la extremidad ociosa). Ya han pasado más de dos meses desde que lo hice y todavía no me arrepiento de la profanación.

Dado que los tatuajes son una decoración perpetua, conviene estar muy seguros de nuestra relación a largo plazo con lo que uno se inscribe. Se trata de una decisión temeraria, una apuesta arriesgada por la perenidad; en ella se condensan las tres formas del tiempo. Como cicatriz de un proceso doloroso, el tatuaje es garantía de pasado, afirma: “éste fui”; como adorno visible en el presente, declara: “éste soy”; y como marca más o menos indeleble promete “éste seré”. Por eso escogí algunas figuras musicales, negras, redondas y corcheas, escritas por un genio cuya obra me gusta desde la cuna (mi madre contaba que a los tres años de edad yo le pedía “ponme mi violín”, refiriéndome a los conciertos de Bach para ese instrumento); al menos una vez a la semana escucho una pieza suya y quiero, como el oncólogo de Las mutaciones, morir escuchando la cantata BWV 82. Gracias a mi devoción por Bach y a la pulcra austeridad del tatuaje, estoy bastante seguro de que nunca renegaré de este amuleto subcutáneo.

Pero existen clínicas para borrar tatuajes con láser. ¿Qué historias conducirán a esos tristes laboratorios del arrepentimiento, cuántos corazones rotos, borrachos contritos, padres de familia que no hallan trabajo debido a un tatuaje conspicuo; cuántos imprudentes que quisieron grabarse el rostro de su bebito y acabaron, por limitaciones técnicas del artista, con un retrato del maestro Yoda en el pecho?

Qué triste ha de ser ir a una de esas clínicas para borrar con láser lo que fuimos, lo que somos, lo que quisimos ser. Qué extraño vacío ha de quedar en el cuerpo, casi tan raro como el hueco de mi primer tatuaje, que intento descifrar todos los días.

Ilustración: Adrián Pérez

 

II

Antes de tatuarme por segunda vez yo miraba esta práctica con recelo mojigato. Me parecía muy bien para los criminales y los maoríes, ¿pero qué falta le hacía un tatuaje a un joven lector naucalpense como yo? Enfermo de dualismo psicofísico, concebía mi cuerpo como el envase biodegradable de una mente autónoma con la que me identificaba por completo. Yo no era mi nariz chiapaneca ni mis manos, idénticas a las de mi padre; yo no era mis ojos miopes, mis ligamentos duros ni mis pulmones irritados por el esmog. Yo era un intelecto, mi esencia eran mis traumas, saberes y opiniones, y mi carne, al mismo tiempo magra y cachetona, era un accidente de carbono, agua, calcio, poco más.

¿Para qué decorar el cuerpo si se acaba; si, como advirtió san Pablo, el que siembra para la carne cosechará putrefacción? ¿Para qué darle tinta de comer a los gusanos? Me parecía una moda necia y proclive a la apropiación cultural. ¿Qué tiene que hacer un chilango con patrones “tribales” de los guerreros polinesios? ¿A qué vienen los ideogramas chinos y las letras árabes en el cuerpo de personas que desconocen por completo esos códigos?

Más allá de estas objeciones, la fiebre por tatuarse me parecía síntoma de una crisis identitaria de nuestro tiempo. Acaso la exposición constante, a través de la publicidad y la pornografía, a imágenes de cuerpos más esbeltos, sensuales o fornidos que los nuestros, acaba por enajenarnos del propio cuerpo. “Esto —juzgamos—, no coincide con lo que soy”, y para domar a ese cuerpo insuficiente, para reapropiarnos de ese fenotipo que resulta demasiado fofo, oscuro o arrugado para el régimen estético de nuestra sociedad, para eso —yo creía—, recurrimos al tatuaje.

Ahora pienso que, aparte de lo esbozado arriba, el tatuaje responde a una búsqueda de permanencia. Vivimos tiempos inestables (líquidos, como diría Bauman), de incertidumbre. Ya no se cree tan fácil en la inmortalidad del alma, ni en el matrimonio, trabajo o domicilio perpetuos. Ya no hay pensiones al otro extremo del tunel laboral. La velocidad del cambio cultural y tecnológico nos ha dejado sin absolutos. El conocimiento científico se caracteriza precisamente por su carácter provisional, falible, mutante, y no es fácil vivir privados de certezas, sin futuro asegurado, sin mañana. Ya nada es para siempre, pero cuando nos hacemos un tatuaje sentimos el consuelo de una imagen que nos dice “pase lo que pase, voy a seguir aquí”.  

 

III

En Oaxaca conocí a una mujer de Suiza que se había tatuado ya en muchos países, y estaba emocionada por el prospecto de hacerlo en México (tal vez esperaba que la tatuara un sacerdote azteca con un cuchillo de pedernal). Un día antes de volver a su alpina y acaudalada patria, la joven fue a tatuarse una enorme catrina en el costillar, lo cual resultó ser tan doloroso y extenuante que en el vuelo trasatlántico seguía con fiebre, calambres, vómito. Estoy seguro de que esos tormentos le agregaron valor al tatuaje, lo convirtieron en una especie de trofeo existencial. El sufrimiento nos transforma. Por eso suele haber dolor en los rituales de paso, para dejar cicatrices en la memoria que templen el carácter y nos hagan afrontar la vida con más aplomo.

No puedo decir que mis primeros dos tatuajes hayan dolido mucho (el segundo sí dolió más que el primero). Por eso, desde que salí de un estudio de tatuadores en la Colonia Guerrero con el brazo envuelto en plástico autoadherente y la tarea de comprar crema humectante, supe que volvería pronto en busca de una experiencia que calara más hondo. Un tatuaje más grande y fogoso.

¿Por qué?

Como bien saben los monjes que se flagelan y los adolescentes que se autolesionan, mortificar la carne ancla, y de ese modo alivia, dolores nebulosos: culpas, nostalgias, odios, autorreproches. A uno le enseñaron que el castigo es requisito del perdón. Y también uno está solo, prisionero bajo el cráneo, y al herirse busca, sin saberlo, exponer sufrimientos indecibles. Uno se acuerda del nazareno dejándose azotar con todo y que era omnipotente; uno murmura el comienzo de esa canción de Trent Razor que Johnny Cash inmortalizó:  “I hurt myself today / To see if I still feel / I focus on the pain / The only thing that’s real”; uno tiene, harto de fingir en las redes sociales, hambre de realidad. Uno quiere ser genuino, visible, tenaz. El tatuaje es un tónico de la personalidad. ¿En serio creen que los miembros de pandillas se tatúan nomás por seguir la corriente? Sus vidas corren riesgo todo el tiempo; cometer crímenes, además de nefasto, es peligroso, y estoy seguro de que sienten miedo y buscan la manera de curtirse, de lucir amenazadores hasta para ellos mismos. Los nacidos a partir de los años ochenta somos, como los pandilleros de todas las épocas, jóvenes con un presente muy demandante y un futuro incierto. Por algo cada día nos tatuamos más.

 

IV
  
¿Cuál será mi siguiente tatuaje? Espero no volverme adicto y acabar tapizado por completo. Pero quiero más, nomás un poco. Tal vez la exquisita representación de la bacteria Escherichia coli que acabo de hallar en un libro, o el extraño laberinto de la Catedral de Reims, la huella de un animal extinto, el fósil espiral de un ammonites, una bestia rupestre de Altamira, la envergadura del cóndor, la fractalidad de un helecho, la ternura indestructible del tardígrado o el nombre de un amor que ya no digo. Algo que me duela y me consuele, algo que me cubra, me protega y amedrente a la fugacidad.

Es probable que después del tercer tatuaje venga un cuarto, quinto, sexto. Si en el colmo de este vicio decido cubrirme todo, dejaré un pedazo intacto, una parcela en blanco donde luzca, invisible, mi primer tatuaje, aquel que me hice en Guanajuato hace cuatro años, cuando tenía muchos más prejuicios y esperanzas que hoy. Ese vacío (¿empeine, cuello, nalga?) será el dibujo de mi pasado, el tatuaje que represente no lo que sigo siendo, sino lo que he dejado de ser.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017). Coeditor de la antología temática de poesía novohispana Entre frondosos árboles plantada (Secretaría de Cultura, 2018).