Desde mediados del siglo pasado, la danza en México se ha debatido entre la que representa las “tradiciones nacionales” y la que intenta romper los estereotipos de cualquier índole. A propósito de la enésima representación del clásico El lago de los cisnes, este ensayo repasa la historia de la danza en nuestro país, y problematiza los hilos clave de su presente y porvenir.

Uno de los debates que se sostuvo con pasión y durante mucho tiempo en el ámbito dancístico en México se concentró en la consolidación de una danza mexicana versus una danza hecha en México. La primera era “representativa” de las tradiciones de las diversas regiones del país (lo que vagamente podemos denominar folclor), y buscaba acercarse al público a través de temas sobre la “realidad mexicana”. Por otro lado, la danza hecha en México se pensaba como aquella que cruzara paradigmas: la mezcla entre las distintas técnicas llegadas con la danza moderna y los saberes estéticos producidos en nuestro país.

El proyecto vasconcelista había privilegiado la primera de las dos variantes. A su término, la falta de patrocinios desatendió a artistas y coreógrafos. La única opción se volvió el Instituto Nacional de Bellas Artes, creado en 1946, que a duras penas pagaba representaciones, sueldos e invitaciones a profesionales de la danza. Las compañías que necesitaban del apoyo público para poder subsistir se tuvieron que sujetar, entonces, a los lineamientos creados por el Estado, dejándose institucionalizar. Este es el contexto que dio pie al nacimiento de una de las compañías más representativas del país, la Compañía Nacional de Danza (CND) que, irónicamente, asumió una forma de danza eurocentrista, tradicional e incluso repetitiva —el ballet— y que, al día de hoy, sigue siendo de las pocas que subsiste gracias al apoyo del Estado.

La consolidación de una danza mexicana se había logrado con cierto éxito gracias al Ballet Folklórico de México fundado por Amalia Hernández en 1952. Sin embargo, la llegada de maestros norteamericanos desestabilizó el status quo de “lo mexicano” para proponer, desde su horizonte cultural, una danza moderna mexicana, paradigma de la época. Si bien llegaron a nuestro país maestros de la talla de Xavier Francis, Anna Sokolow y Waldeen Von Falkenstein o José Limón (bailarín mexicano entrenado en Estados Unidos), el INBA fue reticente a la integración de sus formas dancísticas, pues su objetivo primordial era el de acompañar y consolidar un discurso estatal.

Los vertiginosos años sesenta

En 1963 se anunció la creación del Ballet Clásico de México (BCM) —antecedente directo de la CND— fundado por iniciativa del INBA y apoyado por el presidente Adolfo López Mateos. La nueva compañía se conformaría uniendo al Ballet Concierto de México, dirigido por Felipe Gorostiza, y a los integrantes del Ballet de Cámara, que estaban bajo el mando de Nellie Happe y Tulio de la Rosa. Ambas compañías ya contaban con experiencia en la preparación y presentación de sus repertorios. Sin embargo, como indica Cristina Mendoza en su libro Instituciones oficiales de la danza clásica y la producción coreográfica, los dos ballets tenían problemas económicos, por lo cual, el integrarse al proyecto oficial les venía “como anillo al dedo”.1 Así, iniciaron las negociaciones entre las compañías y el INBA para formar el Ballet Concierto de México.

Mendoza considera que el BCM fungió como “la representante máxima de la política cultural institucional del país”, pues su creación implicó el desplazamiento de la escena del Ballet de Bellas Artes (BBA), una compañía que había apostado por producciones asociadas a la recién llegada danza moderna. La discusión alrededor de las responsabilidades que estaba asumiendo el Estado en torno a la producción dancística marcó, aún más, las diferencias entre los grupos existentes de bailarines. Para entonces había dos órbitas particularmente discernibles: una concentrada en las profesoras americanas Sokolow y von Falkenstein, y otra de profesionales abocados al ballet. Finalmente, Celestino Gorostiza, director de INBA entre 1958 y 1964,  justificó la creación del BCM con el supuesto gusto del público mexicano por la danza clásica, aunque seguramente afectó que el funcionario se hubiera comprometido a crear una compañía de ballet antes de que terminara el sexenio.

Eran los tiempos del desarrollo estabilizador, por lo que la inversión extranjera era necesaria, y uno de los anzuelos para atraerla era el mostrar al país a la altura de las grandes ciudades “modernas”en servicios y calidad de vida. Una de las vías era la consolidación de una identidad oficial, construida por sus instituciones y lo que éstas produjeran. El modelo económico implantado tenía como fin impulsar el crecimiento del capital, por lo que se apostó por espectáculos taquilleros y que, a su vez, sustentaran los ideales estéticos y éticos promovidos por el Estado. Como señala Margarita Tortajada en su texto Danza y poder:  

El interés del Estado mexicano por transformar su imagen hacia el exterior; la imposición de modelos extranjeros en la danza, al igual que otras artes, donde lo prevaleciente iba a ser la forma y la espectacularidad; el interés de grandes sectores de la sociedad por convertirse en cosmopolitas, lo que afectaba su consumo de arte, y las razones económicas, pues la danza moderna no garantizaba éxitos en taquilla que sí lograba la danza clásica y folklórica.2

Para 1974 se establecieron las bases necesarias para conformar una gran compañía, lo que justificó el cambio de nombre de Ballet Concierto de México por el de Compañía Nacional de Danza, instituida por decreto presidencial el 2 de septiembre de 1977.

El menú

En su debut, el entonces Ballet Concierto de México presentó El lago de los cisnes, Electra, Pas de deux de Don Quijote y Speed Crazy. Ese programa, en palabras de Mendoza, “parecía una síntesis sobre la corta existencia de la danza en nuestro país y el frustrado intento por establecer una compañía oficial que no había logrado arraigar ni permanecer”.3 Lo increíble, sin embargo, es ver que estas formas se sostienen hasta el día de hoy, y sin la justificación de origen. ¿Tiene algún sentido presentar una vez más El lago de los cisnes, Giselle, Cenicienta, Sueño de una noche de verano?

La calidad técnica de los bailarines era (y es) indiscutible, sin embargo, al no interpretar algo que resultara propositivo en la escena mexicana —lo que en su momento sí hizo el Ballet Folklórico de México— los orilló a las críticas desde entonces. Una de las ideas que se plasma en la “filosofía”de la CND actualmente, versa: “La Compañía Nacional de Danza desde su creación representa a México y ha contribuido en la evolución artística de la cultura nacional, al promover y difundir la danza clásica y contemporánea, y demás artes involucradas en el quehacer escénico”.4 Viendo el repertorio y conociendo los orígenes de la CND es inevitable poner en entredicho a qué se refieren con “representar a México”. Por otro lado, es innegable que hay quienes consideran que “el ballet es la base de toda danza”, ergo, de cualquier discurso dancístico aquí o “en China”, lo cual hace que el canon occidental sea haya vuelto aún más obsoleto y el término evolución que sugiere que la danza sigue un camino lineal es cuando menos problemático.

Las cuarenta y tantas apariciones de Odette

Este 16 de agosto inició una breve temporada de El lago de los cisnes, en versión coreográfica de Mario Galizzi, director artístico de la CND. Este es el segundo año en el que se presenta el clásico de Marius Petipa y Lev Ivanov en el Palacio de Bellas Artes tras 40 temporadas en el Lago de Chapultepec por factores casi risibles como las bajas temperaturas o problemas de seguridad como el ocurrido en la temporada de 2016 (donde el público, molesto por la cancelación de la función, comenzó a arrojar sillas al lago). Galizzi hizo un par de ajustes escénicos para el nuevo albergue de los cisnes: nueva escenografía diseñada por Rem Studio Mx, un nuevo diseño de iluminación donde no hay recursos audiovisuales, solo los bailarines y el diseño de escenografía (sin mencionar un mínimo de ajustes “poéticos” a la dramaturgia de la historia).

Hace un año, participaron la totalidad de los bailarines de la CND y alumnos de escuelas oficiales de danza: la Academia de la Danza Mexicana y de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, con el fin de reivindicar una tradición de la identidad “mexicana”.

La Compañía Nacional de Danza tiene una tradición de compañía clásica con una escuela y con bailarines mexicanos. Los latinos somos muy emocionales, podría decir que emocionamos mucho más. Hay una gran cantidad de artistas latinos que triunfan en compañías europeas y eso es lo que nos destaca en este momento.5

Dicha afirmación es para ponerse en duda cuando pensamos que son pocos los bailarines mexicanos que obtienen reconocimientos a nivel internacional de manera resonante, como Isaac Hernández o Elisa Carrillo. Sin embargo, al igual que hace décadas, la CND apuesta por lo seguro. Como indica Galazzi:

Es una versión mía que he estudiado de los grandes maestros. Ya se hizo y lo ha bailado gente importante, no es una obra con la que vamos a probar, es un Lago de los cisnes probado y funciona como corresponde (…) es una de las obras que la gente no PUEDE perderse”.6

En 2014, la entonces directora Laura Morelos, indicó que una manera de dar “un vuelco a la coreografía” sería el uso nuevas tecnologías: una pantalla de agua y luces led, así como la participación de integrantes de otras compañías en algunas escenas de la obra. Sin embargo, el cambio de sitio le ha quitado el sentido incluso a esto, pues ha decidido regresar a la danza a sus espacios convencionales, modos estáticos y versiones “de cajón”. Nuestra danza clásica en México hizo fama y se echó a dormir, realidad que se corresponde con la notable falta de público, de recursos y patrocinios.

Posicionar a la CND como punto de referencia para “promover y difundir la danza clásica y contemporánea y demás artes involucradas en el quehacer escénico”, puede hacernos pensar que solo a partir de ella —en alguna medida, por lo menos— se logrará cierto alcance para la danza con el público en general. Si bien el ballet efectivamente es el primer referente para mucha gente, dejarlo sobreponerse a otros cuerpos y formas de bailar es perjudicial. La danza genera su propia decadencia al presentarse como un arte estático, fuera de su tiempo y sin ninguna relación aparente con los públicos contemporáneos.

 

Berenice Quirarte
Cursa la maestría en Estudios del Arte en la Universidad Iberoamericana; es miembro de Giroscopio: Danza + Filosofía.


1 María Cristina Mendoza, Instituciones oficiales de la danza clásica y la producción coreográfica. 1963-2003, México, Instituto Nacional de Bellas Artes, 2014, p. 28.

2 Margarita Tortajada Quiroz, Danza y poder, México, Instituto Nacional de Bellas Artes, 1995, p. 520

3 María Cristina Mendoza, op.cit., p.31.

4 Página oficial de la Compañía Nacional de danza, consultado 28 julio, 2018.

5La CND llevará por primera vez el Lago de los cisnes al Palacio de Bellas Artes”, Página ofical de la Secretaría de Cultura, publicado el 9 de febrero de 2017. Consultado 23 de julio, 2018.

6El Lago de los cisnes en la versión de Mario Galazzi”, El Universal, publicado el 9 de febrero de 2017. Consultado 23 julio, 2018.