1968 comenzó en Praga. Entre el 5 de enero y el 20 de agosto de aquel año paradigmático, Checoslovaquia fue el laboratorio donde se pretendió crear un “socialismo con rostro humano” que inspiraría a otras latitudes. A cincuenta años de esa tentativa, vale la pena hacer un repaso del acontecimiento que buscó concretar la utopía.

Checoslovaquia, un país que tenía 15 millones de habitantes en la década de 1960, situado en el corazón de una Europa dividida, se anexó definitivamente al bloque soviético en febrero de 1948 tras el desenlace de la Segunda Guerra Mundial y la marcha del Ejército Rojo sobre Berlín. La adhesión al bloque geopolítico emergente no fue tersa. Entre 1948 y 1952, tanto en Checoslovaquia como en la República Democrática Alemana (RDA), se presentaron paros y manifestaciones de protesta por la ocupación soviética y el consecuente endurecimiento de las normas de trabajo.1 Sin embargo, estos reclamos no fructificaron y la egida soviética se instaló en aquellos territorios.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) impulsó regímenes satélites en Europa del Este, que eran dirigidos por un partido único que vigilaba celosamente desde la economía y la política internacional hasta la cultura, el cumplimiento de la “ideología oficial” y la opinión pública. Sin embargo, desde la muerte de Stalin y el informe sobre sus crímenes en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956, el control de Moscú fue sistemáticamente puesto en cuestión. La ruptura con la Yugoslavia de Tito, la huelga general en la RDA de 1953, Polonia y sobre todo Hungría durante 1956, se pueden interpretar como tentativas de renovación y movimientos de protesta contra la tutela del “gran hermano soviético”. No obstante, el glacis del socialismo real se mantuvo unido gracias a la implantación de espías y políticos satélites, lo mismo que por la represión económica o militar.

Fotografía de CIA Analysis of the Warsaw Pact Forces: The Importance of Clandestine Reporting,
de la Central Intelligence Agency del gobierno de los Estados Unidos de América.

En la República Socialista de Checoslovaquia —nombre oficial instituido con Jrushchov para señalar la “realización” del socialismo— la tentativa democratizadora se desarrolló durante la década de los sesenta; su cenit fue la Primavera de Praga. Después de veinte años de tutela soviética, la sociedad checoslovaca protagonizó un proceso que, según testigos, buscaba “El socialismo en democracia, he ahí la formula de los hombres nuevos […]”.2 En 1967 la Unión de Escritores de Checoslovaquia, animadores de la Literární Noviny (Gaceta literaria), protestaron contra las políticas de represión y censura del presidente Antonín Novotný. Ante la afrenta de literatos y estudiantes, el gobernante que declaró la llegada del socialismo a Checoslovaquia intervino y estatizó la publicación.3

Tras la intervención oficial en el Literární Noviny los hechos se agazapan con velocidad y coordinación. Ante la creciente pérdida de apoyo popular y el estancamiento económico, el 5 de enero de 1968 Novotný es sustituido en la Secretaria General del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ), bajo la anuencia del Secretario General en Moscú, Leonid Brézhnev; ocupa su lugar el Secretario General del Partido Comunista de Eslovaquia, Alexander Dubček. Tres meses más tarde, el 22 de marzo, Novotný pierde la presidencia del país y es reemplazado por Ludvík Svoboda, un héroe militar en la lucha antifascista que apoyaba las reformas operadas desde el KSČ por Dubček. Un adagio: svoboda en checo significa libertad.

La hoja de ruta desde la cual operó la transformación del sistema político y económico checo fue El Plan de Acción delKSČ. Este documento, auspiciado por el Secretario General del Partido, preconizaba cambios sustanciales en el sistema político y económico del país. El nuevo curso contemplaba una lucha frontal contra las actitudes burocráticas, sectarias y dictatoriales, contraponiéndolas a una cooperación democrática dentro del sistema político y la confianza del gobierno hacia la sociedad. Por consiguiente, acrecentaba y garantizaba los derechos políticos: la libertad de reunión y asociación aun por fuera del Partido Comunista; la libre expresión mediante una ley de prensa que excluyera la censura y garantizara la demarcación entre la opinión pública y gubernamental; la libertad de tránsito tanto al interior como al exterior del país; la excarcelación de presos políticos y la reparación de sentencias y penas de muerte, así como la limitación de la policía secreta y una federalización igualitaria del país entre la nación checa y eslovaca.4

En cuanto a la economía, El plan… preveía la descentralización y autonomía, así como la legalización de empresas privadas a pequeña escala sobre todo en los servicios. Los cambios iban encaminados a promover la autogestión de los trabajadores, fomentar cooperativas y crear estímulos en la producción que la economía estatizada y el régimen de partido único habían sofocado. De hecho, en mayo estallaron huelgas en algunas empresas estatales contra la corrupción de sus directivos y para junio se conforman dos consejos obreros en un par de fábricas clave: CKD (de tanques) en Praga, y Skoda (de automóviles) en Pinsel. Los trabajadores de Českomoravská Kolben-Daněk elaboraron sus estatutos reivindicando la autogestión.5

Tanques soviéticos en la ciudad vieja de Praga
Bajo licencia de Creative Commons.

El Programa de Acción del KSČ se discutió acaloradamente en teatros, escuelas, centros de trabajo, televisión, radio, prensa y asambleas que se formaban espontáneamente en la vía pública. Su publicación oficial el 1 de abril y posterior aprobación en la sesión del Comité Central del KSČ cuatro días más tarde estuvieron acompañadas de la convocatoria a un congreso general del partido el 9 de septiembre de 1968; este debería ratificar y organizar la extensión de las reformas de forma coordinada en todo el país. El lema de El Plan de Acción fue “por un socialismo con rostro humano”.

Este florecimiento social se llamó La Primavera de Praga y estuvo repleto imaginación en las calles, debates en caricatura y letras, nacimiento de organizaciones como el Club de los No Afiliados a Ningún Partido Político (KAN), o manifestaciones masivas como la del primero de mayo, a la cual “[…] la gente acudió por propia voluntad y desplegó sus pancartas con sus consignas, unas optimistas, otras críticas y otras simplemente graciosas”.6 Los propios soviéticos que tuvieron la suerte de ver esta Primavera disfrutaron de sus bálsamos de libertad. Andrei Gratchev, de 27 años, representante de la URSS en la dirección de la Federación Mundial Democrática con sede en Budapest, recordó aquellos días en una entrevista al Nouvel Observateur:

Fui a Praga en mayo. Era Woodstock en territorio socialista: los beatniks en la plaza del ayuntamiento, el sol, delegaciones venidas de todos los rincones del mundo, un hervidero permanente de pensamiento. Estábamos en un país hermano pero ese país era una isla de libertad. No habíamos vivido nunca algo así y todo eso, sin embargo, ocurría en un territorio socialista: estábamos borrachos de la Primavera.7

Pero los burócratas no tuvieron la misma opinión. El 15 de junio los dirigentes de la URSS, Polonia, la RDA, Hungría y Bulgaria se reunieron en Varsovia y enviaron una carta a la dirección del KSČ en la que denunciaban “la ofensiva llevada a cabo por la reacción con el apoyo del imperialismo contra el partido y las bases del régimen socialista”.8 A la par, señalaban la ineficiencia del Partido checo para resolver la situación, pues su dirección se encontraba infiltrada por los mismos elementos contrarrevolucionarios. La Carta desde Varsovia concluye exigiendo la intervención de la “comunidad socialista” en Checoslovaquia ante la gravedad de la situación.

La dirección al mando de Dubček rechaza las acusaciones y continúa con el proceso de preparación del XIV Congreso, apoyada por la ratificación de todos los órganos del KSČ y las organizaciones de masas del país. Se calcula que el 80% de delegados en el Congreso estaba a favor de implementar las medidas estipuladas en El Plan de Acción y un 10% de ellos pensaban que aún éstas eran insuficientes.

A finales de julio del 68, para tranquilizar a los soviéticos, se organizó un encuentro en la fronteriza Čierna nad Tisou. Sin embargo, todas las garantías que les puedo dar Dubček (lealtad y contribuciones al Pacto de Varsovia y la Comunidad de Ayuda Mutua Económica, COMECON, etc.) no evitaron la autoorganización de las personas y su ímpetu de cambio. Esto se ve expresado en el texto de Ludovic Vaculik, 2000 palabras, publicado el 26 de junio, en el cual llamaba al pueblo checo a tomar la dirección del proceso de transformación, denunciando a los elementos “inmovilistas” del KSČ y el riesgo de la injerencia extranjera. Las señales se volvían inconfundibles. El 3 de agosto los miembros del Pacto de Varsovia, incluyendo a los elementos “inmovilistas” del KSČ, adictos a Moscú, firmaron la Declaración de Bratislava,en la cual reafirmaron su fe en el marxismo oficial, la lucha por el proletariado y contra todo elemento antisocialista, así como su convicción de intervenir en cualquier país del Pacto que se viera amenazado por la instauración de un sistema “burgués” (léase fuera de su control). Sus tropas se apostaron en la frontera con Checoslovaquia.

La noche que va del 20 al 21 de agosto, los ejércitos de cinco países del Pacto de Varsovia —la URSS, RDA, Bulgaria, Polonia y Hungría— invadieron simultáneamente Checoslovaquia. Los cálculos extremos sugieren que entre 200,000 y 600,000 tropas, junto a 2,000 tanques, entraron al país. Dubček fue apresado y llevado a Moscú para “negociar”, no sin antes hacer un llamado al pueblo checo para evitar la confrontación. 72 personas muertas, 266 heridos graves y 70,000 migrantes ­—que llegarían a ser 300,000 en años posteriores—fueron los saldos inmediatos de la ocupación. La Primavera de Praga amaneció el 21 de agosto pulverizada por la burocracia soviética, la cual la calificaba en sus órganos oficiales como “un llamado a la contrarrevolución” (Pravda, 11 de julio de 1968).

El controvertido XIV Congreso del KSČ se llevó a cabo al día siguiente en la fábrica CKD pero de manera clandestina. En él, dos tercios de los delegados que pudieron llegar rechazaron la ocupación y cualquier acuerdo que Dubček tomase en Moscú. Con ello, el XIV Congreso del KSČ inauguró una nueva fase en la historia checa: la de la resistencia a la “normalización”.

La Primavera de Praga luchó al mismo tiempo por la democracia que por el socialismo, pero queriendo que la primera fuera médula y no adjetivo. Era una idea muy cercana a lo que José Revueltas conceptualizó por esas mismas fechas, aunque en estas latitudes, como “democracia sustantiva”.

Como contó Dubcek en retrospectiva: “Ni mis aliados ni yo mismo contemplamos jamás el desmantelamiento del socialismo aún cuando nos desviamos de algunos dogmas leninistas. Seguíamos creyendo en un socialismo que no podía permanecer divorciado de la democracia, porque su razón fundamental era la de la justicia social”.9 Las versiones que intentan desconocer dicha combinación durante la Primavera de Praga simplemente no la logran explicar. Reformulación no es restauración, aunque para algunos los acontecimientos posteriores así lo sugieran.10 Hoy, cincuenta años después de 1968, la Primavera de Praga es rememorada en cada movimiento antiautoritario y, por su bien, también habría que recordar su contenido radicalmente transformador y, en ese sentido, exitoso. La Primavera de Praga perdura; de sus enterradores ya nadie se recuerda.

 

Diego Bautista Páez
Historiador. Doctorante en el Instituto José María Luis Mora.

Bibliografía citada

Delibes, Miguel, La primavera de Praga, Alianza Editorial, Madrid, 1968.

Dubček, Alexander y Jiri Hochman, Dubcek. Autobiografía del líder de la Primavera de Praga, Prensa Ibérica, 1993.

Garí, Manuel, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Catarata, Madrid, 2008.

Libera, Anna y Charles-Andre Udry, “Checoslovaquia: 8 meses de primavera”, Inprecor, nº 61, mayo 1988.

Samary, Catherine, “1989- 1968 en Praga: ¿anticipación o antípodas?” en Viento Sur, #99, septiembre 2008.


1 Catherine Samary, “Europa del Este y la URSS”, Manuel Garí, Jaime Pastor y Miguel Romero (eds.), 1968. El mundo pudo cambiar de base, Catarata, Madrid, 2008, p. 261.

2 Miguel Delibes, La primavera de Praga, Alianza Editorial, Madrid, 1968, p. 101.

3 La protesta en ese momento fue silenciosa: la baja masiva de suscriptores. Ibíd, p. 32.

4 “El programa de acción del Partido Comunista de Checoslovaquia”, en Alexander Dubček y Jiri Hochman, Dubcek. Autobiografía del líder de la Primavera de Praga, Prensa Ibérica, 1993, pp. 403-409.

5 “Los trabajadores de la fábrica CKD, ejerciendo uno de los derechos fundamentales de la democracia socialista, el derecho de los trabajadores a gestionar sus empresas, y deseando una unión más estrecha de los intereses de toda la sociedad con los de cada individuo, han decidido fundar la autogestión de los trabajadores que toma en sus manos la gestión de la fábrica”. Citado en Libera, Anna y Charles-Andre Udry, “Checoslovaquia: 8 meses de primavera”, Inprecor, nº 61, mayo 1988.

6 Dubcek, Op. cit, p. 211.

7 Citado en Samary, Op. cit. p. 268.

8 Liberaa y Udry, Op. cit.

9 Dubcek y Hochman, Op. cit. p. 210. El destino del dirigente de la Primavera de Praga fue su sustitución como Secretario general en abril de 1969 (ya que la resistencia había sido contenida) y su reclusión como guardabosques al servicio del Estado hasta que el gobierno de Vaclav Havel lo restituyó como jefe del parlamento en 1990.

10 Para una introducción sobre los debates y distintas interpretaciones de la Primavera de Praga: Samary, Catherine, “1989- 1968 en Praga: ¿anticipación o antípodas?” en Viento Sur, #99, septiembre 2008.

 

 

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