V.S. Naipaul (1932-2018) fue uno de los escritores más incómodos y desconcertantes del siglo XX. Nacido en Trinidad y Tobago, en el seno de una familia de inmigrantes indios, Naipul tuvo una infancia conflictiva, una formación precaria pero empeñosa y a los dieciocho años prácticamente huyó de su país natal con una beca para estudiar en Oxford. “Éramos una colonia pequeña, fundamentalmente agrícola, y siempre decíamos, pero sin tristeza, que éramos un puntito en el mapamundi. Resultaba liberador, y éramos realmente pequeños, poco más de medio millón. Estábamos muy divididos racialmente. En la isla, a pesar de su pequeñez, las medias culturas o cuartos de cultura vivas de la Europa colonial y el Asia inmigrante no sabían casi nada las unas de las otras; una África trasladada era la presencia que nos rodeaba, como el mar. Solo ciertos segmentos de nuestra variada población tenían estudios, y al restringido modo local, que en sexto curso ya comprendíamos muy bien: veíamos los callejones sin salida profesional a los que nos llevaría nuestra educación.”

Pronto, el joven proveniente de la pequeña colonia descubrió en el cultivo del idioma inglés una forma de trascender y comenzó, con El curandero místico (1957), una meteórica y prolífica carrera literaria, que abarcaría decenas de libros. En una época en la que los experimentalismos o las retóricas progresistas eran muy bien recompensadas, Naipaul cultivó un pertinaz realismo literario, basado en la precisión de su prosa, así como en la profundidad de sus personajes y situaciones. Pese a que era un conocedor de la tradición de la literatura moderna, Naipaul se negó a patentar sus técnicas más convencionales y, en su lugar, desplegó una lograda mezcla de crudeza, inteligencia y ternura para dotar de carne y sangre a sus personajes y para infundir verosimilitud a sus tramas. Una casa para el señor Biswas (1961), esa sentida novela sobre la dignidad de un hombre mediocre y de mal fario (su propio padre), es un dechado de observación y muestra esa facultad dickensiana para hacer aflorar los aspectos más luminosos, sombríos o ridículos de lo humano. En un virtuoso tono menor, muchas de sus historias y novelas más memorables narraban las peripecias y empeños de personajes humildes, con talentos limitados y logros y penalidades ordinarias que simplemente luchaban por sobrevivir.
La figura de Naipaul no solo fue rebelde a las modas y grandilocuencias literarias, sino que con demasiada frecuencia incurrió en desplantes pedantes, misóginos y políticamente incorrectos, o bien en sonadas indiscreciones (sobre sus amantes o su gusto por las prostitutas). Quizá el rasgo que más condenaron sus desafectos es que, siendo uno de los paradigmas de la raigambre multicultural de la creación literaria contemporánea, no quiso aprovechar políticamente esa condición. Las alusiones de Naipaul a su país natal y a sus orígenes culturales nunca tienen un propósito pintoresco y, como ensayista, lejos de “denunciar” los imperialismos, esgrime una de las visiones más acerbas hacia algunos de los rasgos de victimización y resentimiento de los discursos poscoloniales. En efecto, Naipaul fue un trotamundos que a lo largo de sus múltiples viajes por países de la llamada periferia en América Latina, Asia y África, escribió reportajes y ensayos claridosos, tan llenos de exabruptos y prejuicios como de intuiciones reveladoras. En particular, sin negar las secuelas y daños del colonialismo, Naipaul observó la terca incapacidad de muchas antiguas colonias para dotarse de instituciones modernas, sus involuciones políticas y económicas y sus peligrosas caídas en los autoritarismos y fanatismos de toda laya.
Si la obra narrativa de Naipul muestra a un hombre asqueado y fascinado por lo humano y su mirada de viajero revela una rabiosa inteligencia que se empeña en nadar a contracorriente, otra vertiente fundamental de su obra fue la reflexión sobre su carrera y su vocación literaria y sobre la naturaleza del acto creativo. Naipaul hace un recuento de su tradición y sus lecturas dilectas, desmenuza las distintas fases y procesos de la escritura y deja testimonios sobrios y certeros sobre el prodigio de la creación.
Un momento esencial en Una casa para señor Biswas ocurre cuando el tímido protagonista se atreve a enviar a su jefe una carta para reclamarle una alusión injusta y desdeñosa. Este hecho parece cambiar la percepción de la vida del apocado Biswas, acostumbrado a ser manipulado por los otros (su mujer, su familia política, sus jefes) y brindarle un renovado sentido de autodeterminación y autoestima. Naipaul fue un consumado artífice del reclamo: hizo de la franqueza y el reproche un motor de su literatura y de su pensamiento y tuvo una visión ácida tanto de sus orígenes trinitarios como de sus raíces indias o de su siempre conflictivo estatuto como ciudadano inglés. Naipaul fue un auténtico desarraigado e inconformista. Si bien la espontaneidad y honesta intransigencia de esta actitud no lo salvó de equivocarse, si lo volvió absolutamente original, indescifrable e imprevisible.
Armando González Torres
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Es el decir el que decide, Salvar al buitre y Las guerras culturales de Octavio Paz.