El ensayo que compartimos con nuestro lectores aborda la trayectoria del Premio Nobel de Literatura 2001 recientemente fallecido, V.S. Naipaul, autor que hizo del mito piedra de toque de su obra: ejemplo del sincretismo que nutre a la literatura occidental, e “impulso novelado por llegar al otro con independencia de su origen o credo”.


Quizá ninguna otra literatura occidental se ha beneficiado tanto del sincretismo como la inglesa. Su capacidad de adaptación al medio (sea hostil o favorable) y de asimilación constante, ha logrado con cada cruce nuevos beneficios culturales que se traducen en fortaleza, diversidad, amplitud y flexibilidad ante los embates que impone la natural obsolescencia. El idioma inglés, por lo demás, tiene la elasticidad necesaria para lograr cualquier adaptación imaginable y, además, hacerlo de un modo que resulta admirable. Los ingleses parecen nacidos para integrar a su favor todo lo que encuentran a su paso.

Es profusa la lista de escritores y artistas de otras procedencias que han alimentado y se han nutrido de la tradición inglesa, lo cual a su vez impacta a toda la producción occidental. Inglaterra es una bisagra que poliniza la actualidad hasta moldearla a su modo, casi de manera imperceptible. El colonialismo del siglo XX, en su parte menos condenable, puso en contacto a pueblos de culturas apartadas y hasta disímiles y los obligó a una conversación sostenida, incluso si la ocupación del territorio ya no se mantuvo en el tiempo. Francia mantendrá sus vínculos con Argelia, del mismo modo que Italia los sostendrá con Etiopía, España con México e Inglaterra con la India, entre varios países que vivieron alguna forma de intervención política o cultural.

El origen y producción literaria de Vidiadhar Surajprasad Naipaul (1932-2018) es extremoso por donde se le mire. Nacer en Trinidad y Tobado de padres hindúes para luego estudiar en Inglaterra genera una fusión multicultural que trenza poderosas tradiciones literarias y religiosas. Naipaul nació con vocación de nomadismo. El otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 2001, año crítico para la migración por el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York, subrayó que las naciones son realidades complejas que muestran su riqueza solo cuando se ponen en contacto con otras tradiciones. Sin ese contacto no son nada más que un acumulado de hechos, actos y obras, que explican el devenir de un pueblo. En la inaccesibilidad, una cultura muere en el aislamiento hasta que esa endogamia asfixia la circulación de productos culturales.

El estilo de V.S. Naipaul es el del mito. Cada generación tiene su narrador mítico y ese fue el papel que asumió y ejerció con libertad. Sus elaboradas estructuras para el relato son andamiajes que vuelven a la figura del héroe y la gesta, las pruebas que debe afrontar para salvar a la humanidad de cualquier desastre imaginable. El aparente realismo de sus narraciones —Un recodo en el río (1979), por ejemplo—, muy cerca del lector pero también de la figuración arquetípica, busca revelar que el alma del hombre es una y además es universal. Si todo es divino entonces no importa si se nace musulmán, protestante o anglicano. Tampoco si se vive en un país occidental o en la lejanía del Congo. El discurso favorable por la multiculturalidad y el desarrollo armónico de un mundo en permanente fusión, tiene en su obra a uno de los exponentes más significativos, ya que él mismo era ejemplo de lo que exaltaba en sus novelas. A su modo, Naipaul no podría escribir de otra manera. La parte narrativa de su obra será analizada durante décadas por los especialistas, pero escasamente ganará asentarse en el gusto del público, al menos de lengua española. La premura de cada premiación del Nobel impone obligaciones de lectura que no siempre se cumplen con el debido cuidado y la realidad de la India y de Trinidad y Tobado no son parte de la conversación de los lectores promedios en los países hispanoparlantes.

En otro segmento de su producción están los luminosos ensayos de interpretación sobre la India y el Islam, dos realidades inmensas que han inquietado a Occidente durante milenios y de las cuales apenas se ha podido dar una interpretación que ayude a navegarlas sin sobresaltos o intermediarios. La realidad profunda de algunos países orientales se mantiene como una visita que promete siempre un shock sobre cómo se ejerce la vida, tan dúctil como azarosa. Entregas como India (1977) o Entre los creyentes (2011) lo mostraron como un agudo observador de la realidad de países que conoció en grado epidérmico. A la manera de un Virgilio que nos habla desde la distancia, sus entregas complementan a los ensayos canónicos para el conocimiento de la India. De modo adicional, Leer y escribir (2000) ayudó en la visibilización de las lecturas que orientaron su tentativa y le dieron las herramientas narrativas para atizar sus páginas más logradas. Cúspides de la literatura oriental como Las mil y una noches, le dieron lo que necesitaba para arrojarse a la escritura de novelas en las que desfila casi todo lo creado.

La decisión de la academia del Nobel fue acertada, pues cumplió en revelar a los lectores a un escritor que, sin el premio, se habría mantenido como una joya oculta accesible solo para los especialistas. Lo que debe decirse es que el estado del mundo ya se alteró hasta quedar casi irreconocible. El mundo que conoció Naipaul y sobre el que escribió —aquel posterior a 1950— está lejos y si bien los problemas se asemejan lo mismo en amplitud que en dificultad, se han entretejido hasta volverse un tapiz de formas en las cuales no siempre es fácil concluir dónde es arriba y dónde es abajo. El estado del mundo es mucho más complejo ahora que entonces, aunque la perspectiva de Naipaul siempre fue optimista y en busca del entendimiento. Su obra, en síntesis, es un impulso novelado por llegar al otro con independencia de su origen o credo. Es una mano tendida para quien quiera tomarla. Las páginas en parte autobiográficas de El enigma de la llegada (1987) ayudan a otear el horizonte de su literatura, que es compleja y se forma con múltiples puntas de iceberg de los que nadie conoce la profundidad hacia abajo, ni la dirección o velocidad con la que viaja.

El nuevo destino de Naipaul —que inicia con su ausencia física—, ya no es responsabilidad de los lectores, que se acercaron a sus libros con tanta curiosidad como empeño, solo para descubrir que la condición individual se mantiene como la brújula que orienta nuestros pasos. Pese a las cualidades estéticas de su obra aún somos presos de nosotros mismos, de la condición múltiple y azarosa de ser y vernos obligados a actuar, arrojados a un mundo que oscila con un patrón que nunca es predecible. Hay una pátina de misterio en sus páginas. Es la vieja oración alrededor del fuego bajo un cielo de estrellas. El viajero incansable, de espíritu fornido y determinación tensa, que hizo como nadie por entender las fuentes de donde él y sus páginas brotaron, se aleja en físico para mirarnos desde su apacible distancia. Naipaul sigue su camino de héroe en la gesta que eligió: la arena literaria.

Despidamos al fabulador para quien cualquier trivialidad es un susurro de lo trascedente y quien, por lo mismo, nunca sintió reparos en alejarse de la vía estricta que impone la razón, para dar cabida al juego imaginativo que se instala en la realidad. Queda seguir atentos de sus murmullos.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.