Aunque olvidado por la primeras planas, el terrible fenómeno de los feminicidios en Ciudad Juárez está lejos de haber terminado. ¿Desde cuándo se comenzó a secuestrar, torturar, violar y asesinar mujeres en esa localidad? Probablemente nadie lo sepa. Acaso los asesinos. Lo cierto es que, como aborda con lúcidez este ensayo, el exterminio de la mujer en Ciudad Juárez ha dejado de corresponder a un tipo de dominación sexual para presentarse como un tipo de dominación cultural, ontológica, invisible.

Ilustración: Estelí Meza


Al principio, la imagen fue elocuente: me encontraba descalzo en el desierto bajo una brisa callada que, supongo, mi mente conectó inmediatamente con esa quietud desértica. Creí sentir un golpeteo en mis sienes —una recurrencia obvia de partículas arenosas— que al día siguiente relacioné con el tamborileo constante que uno de mis profesores de la primaria hacía cuando esperaba algo de nosotros. Entendí, dentro del sueño, que soñaba. Eso no impidió, por supuesto, que me sustrajera a sus escondites ni descubrimientos. Avanzaba por la arena. Mi mirada se concentró en mis pies. Había pedregales y guijarros que no sentía pero que me asombraron. De pronto —los sueños parecen presentarse en episodios— una congregación de policías o agentes de seguridad rodearon al cadáver. Llevaban batas de médico. Desde donde podía ver, el cuerpo estaba partido por la mitad. Era una mujer. Una de sus piernas, doblada en una posición que ahora recuerdo con extrañeza, presentaba excoriaciones diversas, probablemente frutos de golpes o heridas hechas con algún objeto puntiagudo o macizo. El murmullo que escuchaba a mi alrededor me pareció coherente con lo que veía. Al lado de la mujer o un poco a su izquierda pude ver el inicio de un cactus. Creo que con el rabillo del ojo alcancé a distinguir el color ceniza de una carretera. Al día siguiente la imagen me pareció un cliché. Encontré esta suposición totalmente frívola: entendí el asesinato como un asunto más que le concierne al mundo pero que no lo modifica lo suficiente. Seguramente, el sueño me llegó resultado de la regularidad visual con la que —en el transcurso de mi investigación en torno a los feminicidios de Ciudad Juárez— llegué a ver a mujeres desmembradas, mutiladas, asfixiadas y descubiertas como una intermitencia de tortura sexual en un oasis árido de vigilancia criminal.

Desde que comencé a intentar darle una respuesta a una pregunta tan corta como compleja —por qué los hombres matan mujeres— he soñado continuamente con la muerte, la cual se presenta, en ocasiones, en forma de analogía, como la mordida de un perro, o bastante explícitas, como la escena recién descrita. La imagen de la mujer partida a la mitad que vi en mi sueño la encontré recientemente en la autobiografía del escritor norteamericano James Ellroy, Mis rincones oscuros:

Elizabeth Short estaba cortada en dos por la cintura. El asesino había frotado y limpiado el cuerpo, y arrojó su cadáver desnudo a escasos centímetros de una acera de la ciudad, totalmente despatarrada. La torturó durante días. La golpeó y la cubrió de cortes con un cuchillo afilado. Apagó cigarrillos en sus pechos y le rajó las mejillas desde las comisuras de la boca hasta las orejas.

Conjeturé que la imagen de La Dalía Negra formaba dentro de mí una especie de sustancia viscosa de la cual no me había librado del todo, ya sea por la impresión del cuerpo mutilado o las circularidades con la que la muerte a todos se nos presenta. A Elizabeth Short —más tarde apodada La Dalía Negra por un reportero—, se le recuerda por el salvajismo que cayó sobre su cuerpo. Murió en Los Ángeles en 1947. Su asesino nunca fue encontrado. Las imágenes que circulan por internet hablan por sí mismas: antaño una mujer bella, la imagen de su cadáver mutilado persiste, serena, como un reclamo explícito de justicia. Golpeada, torturada, vejada, La Dalía Negra es, para mí, una especie de puerta secreta que hay que abrir sin esperar respuesta alguna. El cadáver como mensaje: su asesino exhibe un poder que deviene sadismo que deviene mera destrucción. Lo femenino obliterado. Elizabeth Short y sus ansias de Hollywood extintas. Recordada por su cuerpo, no por su actuación.

La imagen del desierto y de los cuerpos dejados en lotes baldíos es una de las más paradigmáticas a la hora de pensar en la serie de asesinatos que han ocurrido en Ciudad Juárez desde 1993. Esta fecha es una mentira. Todos lo sabemos: tanto Roberto Bolaño como la criminóloga Candince Skrapec han dejado escapar, tímidamente, la posibilidad secreta de una larga cadena de impunidad y tortura que no empezó a principios de los noventa, sino mucho antes: “En términos de lo que creo que ha estado sucediendo desde y, enfatizo, antes de 1993, porque sí que analizamos todos los partes policiales para 1992, mi impresión es que nada cambió en 1993 aparte de que los medios de comunicación se dieron cuenta que estos homicidios estaban ocurriendo”. ¿Desde cuándo se comenzó a secuestrar, torturar, violar y asesinar mujeres en Ciudad Juárez? Probablemente nadie lo sepa. Acaso los asesinos: masculinidades tóxicas que han encontrado en Ciudad Juárez toda una red gubernamental, espacial y cultural que les permite extender el homicidio serializado como una forma de subjetividad necroempoderada. Es decir, estos sujetos parecen reaccionar en contra de lo femenino como una manera de entenderse a sí mismos y de construir una subjetividad parchada con retazos de una muerte sexualizada y de un poder que penetra el cuerpo femenino con diversas tecnologías de exterminio. Y es que si vivimos en lo que Beatriz Preciado ha denominado un capitalismo farmacopornográfico, en donde “las verdaderas materias primas del proceso productivo actual son la excitación, la erección, la eyaculación, el placer y el sentimiento de autocomplacencia y de control omnipotente”, entonces estas masculinidades de la muerte encuentran en la tortura ese control omnipotente que, sobre otros cuerpos, cae con circularidad impune.

Así, estas masculinidades violentas encuentran en la muerte un registro soberano que recae sobre un cuerpo específico que desmiembran porque pueden. Ciudad Juárez: baronía de reyes anónimos que destrozan cuerpos para obtener un poder concreto que utilizan como mensaje. La muerte se transforma en una expresión de resistencia, en donde estas masculinidades de la muerte ansían un reconocimiento omnipresente de criminalidad desbordada. Penetran en el crimen como una forma de empoderarse fracturando el espacio legal, social y familiar. La serie de crímenes en contra de la mujer invoca depósitos de maldad en donde la búsqueda del placer sexual ha resultado una interpretación exigua para explicarlos. Rita Segato, antropóloga argentina, ha dicho que la interpretación de “crímenes sexuales” es insuficiente, por ello adelanta otra definición:

El poder soberano no se afirma si no es capaz de sembrar terror. Se dirige con esto a los otros hombres de la comarca, a los tutores o responsables de la víctima en su círculo doméstico y a quienes son responsables del Estado; les habla a los hombres de las otras fratrías amigas y enemigas para demostrar los recursos de todo tipo con que cuenta y la vitalidad de su red de sustentación…

Es decir: el exterminio de la mujer en Ciudad Juárez ha dejado de corresponder a un tipo de dominación sexual para presentarse como un tipo de dominación cultural, ontológica e invisible, excepto para aquellos que codifican los significados de la tortura —un pezón arrancado, mordidas, marcas específicas en algún lugar del cuerpo— como un mensaje perfectamente traducible. El hoyo negro de la impunidad en Ciudad Juárez también responde, desde mi punto de vista, a la forma en que los asesinatos parecen ocurrir y a las formas en que se procesan: a veces los secuestros ocurren a plena luz del día; a veces en ciertos negocios; casi siempre el mismo fenotipo de mujer.

Las recurrencias de la muerte en Ciudad Juárez provienen de grupos de hombres que, sí, fraternizan entre ellos para acceder a una suerte de colectividad criminal asesinado a la mujer, aunque también porque la colectivización criminal se ha anonimizado. Este último grado criminal es lo que llamo criminotopía, la cual ocurre cuando ciertas geometrías estatales adquieren tal grado de impunidad y terror que la ley ya no le sirve a las corporaciones de seguridad estatal, sino a los criminales, pues su funcionalidad se invierte al grado de corromperse: la existencia de la ley en un estado criminotópico simplemente sirve de fachada y extermina la agencia política de la ciudadanía, pues formalmente la policía ya se encuentra obligada a investigar el crimen. Esto no sucede. Puede ser que a la policía no le interese investigar porque el machismo se ha institucionalizado, porque la víctima no posee redes familiares inmediatas que presionen al Estado, porque el cuerpo es encontrado mucho tiempo después, etcétera. Roberto Bolaño, en La parte de los crímenes en su novela 2,666 —una especie de texto policiaco sin detectives o con detectives que ven cómo el crimen se transforma en paradigma— nos ha mostrado la inutilidad legal de la investigación. Bolaño se encarga de repetir las señas de los cadáveres como la única forma de justicia. Una especie de testimonio vuelto ficción, Bolaño describe a las asesinadas y lleva al lector a preguntarse si las correspondencias entre realidad y ficción quiebran los extremos de la novela al grado de convertirla en reportaje.    

Una segunda aproximación a la criminotopía como paradigma criminal es la presencia de sujetos o colectivos anónimos que se mueven con maleabilidad, espacialmente flexibles, ya que utilizan el movimiento migratorio y demográfico para matar y moverse sin ser detectados. La criminotopía crea redes de fraternidad entre subjetividades que Sayak Valencia, investigadora mexicana, ha llamado en su excelente libro Capitalismo Gore, sujetos endriagos, es decir, un “conjunto de individuos que circunscriben una subjetividad capitalística, pasada por el filtro de las condiciones económicas globalmente precarizadas, junto a un agenciamiento subjetivo desde prácticas ultraviolentas que incorporan de forma limítrofe y autoreferencial.” Desde un primer punto de vista, el sujeto endriago se afirma en la muerte como punto nodal de creación de subjetividad. Es desde el poder que le otorga el secuestro, la tortura y el asesinato que el sujeto endriago encuentra su lugar en el mundo. La criminotopía no es un asunto individual, sino colectivo. Prima sobre la muerte eso que Jean Franco ha descrito:

Aunque las drogas y el alcohol ayudan a eliminar tabús del asesinato y la tortura, la presentación de la fantasía colectiva por parte del grupo también juega un rol importante. La violación de mujeres durante las guerras civiles peruanas y guatemaltecas y los asesinatos de trabajadoras en Ciudad Juárez son (…) no actos individuales sino corporativos. Este importante punto de vista dramatiza una fantasía masculina compartida de poder y de sujeción femenina.

En el desierto, paradigma criminal en donde nada es visto, la mirada del endriago prima sobre un conjunto de espacialidades que lo aprisionan y desde contra las cuales reacciona: el capitalismo, la globalización, la expulsión, el trabajo precarizado, lo femenino, la ley. La migración hacia Estados Unidos ancla la especificidad de Ciudad Juárez como un lugar de paso, en donde a veces es difícil saber quién cruza, quién viene, quién camina, quién acecha. El carácter anónimo de la muerte es la muestra última de poder: cadáveres de mujeres en estado de descomposición que permanecerán para siempre sin nombre.

El poder criminotópico de estos asesinatos va más allá de la mera expresión simbólica de la tortura como poder. Se trata de toda una infraestructura alimentada por paradigmas culturales, económicos, históricos y sexuales que culminan en el homicidio como negocio. Transformarse en sujeto endriago, pues, tiene que ver con la manera en que se concibe la tortura y el asesinato: como un capitalismo necrofálico en donde las corporaciones criminales corrompen el deseo sexual para ajustarlo a sus propios patrones de subjetividad. Vistas como desechos de la producción capitalista, los cuerpos de estas mujeres recuerdan el presente racista; la idealización fálica de poder; lo femenino como basura que se desecha en lotes, lugares públicos, colonias marginadas, campos de algodón.     

Un tercer aspecto de la criminotopía es su carácter horrorista cíclico. Como nos recuerda Adriana Cavarero:

El horrorismo, aunque con frecuencia tenga que ver con la muerte o, si se quiere, con el asesinato de las víctimas inermes, se caracteriza por una forma particular de violencia que traspasa la muerte misma. Esto se evidencia teatralmente en la escena infinita de la tortura, cuyo étimo remite al latín torquere: torcer, retorcer el cuerpo.

El horrorismo necesariamente tiene que imbricarse con la criminotopía para generar mapas de exterminio diverso en donde el cuerpo, última referencia vital en la Tierra, se convierta en pedazo y desecho. Opera en la criminotopía, pues, toda una red invisible de significados que el investigador tiene que de construir. La experiencia de la muerte de esas mujeres entra a un plano vital indecible, pues esa temporalidad entre vida y muerte, los últimos segundos de las asesinadas, crean una zona liminal en donde el lenguaje es imposible que penetre. La criminotopía le roba a la víctima ese último momento y lo aniquila. Al analizar un pasaje de 2,666 de Roberto Bolaño en donde el escritor describe el cadáver anónimo de una niña, Jean Franco dice: “El cuerpo no tiene nombre, ni hogar, ni nacionalidad. No hay nada que marque el pasaje de esta mujer por el mundo. Lo que Bolaño ha registrado es el fin del humano como tal y la ferocidad de la misoginia que lo asegura”.

La criminotopía es la representación más extrema de la institución de la heterosexualidad convertida en salvajismo a través de mentalidades capitalistas que traducen el cuerpo de la mujer en mercancía. Y es que si la heterosexualidad y sus formas de dominación masculina —“matrimonio, maternidad, dependencia económica de la mujer por el hombre”, según Ann Ferguson— son intersectadas por discursos que convierten a la mujer en cuerpo vulnerable dentro de una geometría específica, entonces la evolución de la institución heterosexual puede optar por un exterminio permanente y, sobre todo, simbólico. El sujeto endriago, como yo lo entiendo, requiere destruir lo femenino para anclarse como amo (re)productor de su propio poder. Rita Segato lo expresa así:

Los misteriosos crímenes perpetrados contra las mujeres de Ciudad Juárez indican que la descentralización, en un contexto de desestatización y de neoliberalismo, no puede sino instalar un totalitarismo de provincia, en una conjunción regresiva entre posmodernidad y feudalismo, donde el cuerpo femenino es anexado al dominio territorial.

Así, el sujeto endriago forma su sexo esqueleto a partir de la asfixia, la violación y la tortura. Si a esto le sumamos el espacio criminotópico en el que se desenvuelve, vemos cómo la producción de subjetividades necroempoderadas encuentra en Ciudad Juárez —y también ya en otras latitudes nacionales— un campo fértil de siembra. Las zonas criminotópicas varían de lugar en lugar. Algunas pueden adquirir un carácter oficial, como los conflictos armados en Nicaragua y El Salvador, en donde las corporaciones del Estado —ayudadas por Estados Unidos— celebraron la sangre como una forma de exterminio anticomunista. La muerte se transforma en ideal, se vuelve anónima pues se mata por sospecha, por estar en un lugar determinado, por pertenecer a alguna clase social. Se vuelve corporación, se transforma en fantasía, ideal y paradigma. La criminotopía posee un carácter erótico en donde muerte y salvajismo convocan una nueva forma de poder: las manos que se cierran sobre el cuello por puro placer, la mujer como sacrificio territorial, la tortura sexual como vehículo perfecto para empoderarse desde el dolor.  

Hace algunas noches volví a soñar con la muerte. Creo que quería susurrarme algo al oído por la serie de partículas arenosas que me golpearon con insistencia. Estaba otra vez en un desierto. No había ningún cadáver. Me encontré de frente en ese espacio roto, amplísimo y descuidado. Conforme caminaba pude sentir las imperfecciones del desierto, su carácter anónimo y espectral. No había nada o muy poco. Llegué a las faldas de un cerro. Me corté la planta del pie con algo puntiagudo. Era un machete. Me imagino que uno nunca se acostumbra a soñar con la muerte. A espaldas de la noche, los terrores que nos acechan modelan figuras del horror contemporáneo que no hemos logrado descifrar.

 

Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales (Editorial de Otro Tipo, 2017).

Referencias

1) Cavarero, Adriana. Horrorismo: nombrando la violencia contemporánea, UAM, 2009.
2) Ellroy, James. Mis rincones oscuros, Literatura Random House, 2018.
3) Ferguson, Ann. “Patriarchy, Sexual Identity, and the Sexual Revolution”. Signs, Vol 7, No.1, autumn, 1981, pp. 158-172.
4) Franco, Jean. Cruel Modernity. Duke University Press, 2013.
5) Preciado, Beatriz. Testo Yonqui. Espasa Calpe, 2008.
6) Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, Tinta Limón Ediciones, 2013.
7) Skrapec, Candice. “The Morgue Was Really from the Dark Ages”: Insights from a Forensic Psychologist. Edited by Gaspar de Alba, Alicia, and Georgina Guzmán, 2010. Making a Killing: Femicide, Free Trade, and La Frontera, University of Texas Press.
8) Valencia, Sayak. Capitalismo Gore. Ediciones Culturales Paidós, 2016.