Libro centroamericano de los muertos, obra ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018, es un canto desolador sobre la derrota y el infierno que padecen los centroamericanos que han sido y serán tragados y vomitados por La Bestia. El libro de Balam Rodrigo, como describe este ensayo, no da tregua, ni descanso.


Este es un libro excepcional por su factura, por su tema, por su fuerza, por su idoneidad, por su valentía. Un poemario que está a la altura, abismal, del horror que vivimos en México. Un libro valiente que apuesta mucho en lo formal y que, gracias a esta apuesta, consigue no solo dar voz a seres sin nombre, sino cantar sus desgracias y con ello darles otra dimensión que los salvará del olvido.

No es fácil leer las 138 páginas de este poemario y la dificultad no solo estriba en su apuesta formal que rompe esquemas y cánones. Abraza por ejemplo (no cita y mucho menos copia o repite) fragmentos de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de fray Bartolomé de las Casas, respetando su sintaxis, ortografía y gramática; utiliza signos de otros sistemas de comunicación (como por ejemplo los que se usan para designar las coordenadas en un mapa o para fines científicos en el ámbito de la geografía) y los resignifica, como resignifica y hace valer la voz de los desposeídos, al cantar todas y cada una de sus desgracias. El coro que forman revive una categoría poética que creíamos perdida en la historia de nuestras letras: la épica. Una épica de la derrota, la muerte y la desesperanza. El lugar que, en un pasado de conquistas y guerras entre iguales, ocupaban las naves o los corceles lo ocupa en el tiempo del poema (tiempo de la desgracia que vivimos) La Bestia, y los personajes son sobrevivientes miserables que huyen hacia la nada a lomos del ser que los devora:

Días y días crucificados
en los maderos que sostienen los rieles
por los que viaja el dolor del mundo.

El poeta recuerda que hubo otro tiempo en que los personajes de la desolación, los migrantes centroamericanos, convivían con él y con su familia; un tiempo idílico en que compartían el pan y la sal y sonreían. Como si fueran, incluso, felices.

Este poemario transgresor no solo propone un inusitado cambio en el género, dejando atrás el lirismo. La posmodernidad y su capitalismo salvaje requieren un registro y un tono distinto: posmoderno y ecléctico; entre los versos que lloran este tiempo, el autor coloca una fotografía, documento palpable de la verdad de lo que se dice. Las voces poéticas de este canto conforman un oscuro caleidoscopio, una polifonía en la que la palabra de los sacrificados se suma a la de los sobrevivientes en tránsito que, para fortalecerse, incluso acoge las formas de un discurso tan ajeno a la tradición poética como lo es el argot de la violencia que es resignificado y se aviene al canto para poder dar voz a los vivos, a los muertos y a los sobrevivientes sin esperanza.

Como muchos de los libros recientes que se han escrito en México, el Libro centroamericano de los muertos es un testimonio. Si la lírica habla de los sueños y los deseos, de la tristeza y el amor, en los versos de este palimpsesto revive un género: la épica, si bien se trata de una épica de la derrota y el desamparo. Un canto polifónico e intemporal en el que se escucha la voz de los derrotados; pero también la de los asesinos. Los kaibiles también se lamentan y entrelazan su canto con el de los polleros y con el mismo chirriar de los rieles del tren sobre cuyo lomo metálico sueñan huir de sus miserias.

“Árbol sin ramas, a mi cuerpo le han talado hasta la sombra”, dice uno de los jinetes de La Bestia, que podría ser también un adelantado del Apocalipsis. Una voz entre muchas. Porque estas páginas poseen muchos registros. Coro, polifonía, pero también, cuando hace falta, narración. Porque el poeta que solía cantar a la Tierra, ahora está atento al clamor de sus hijos y a la diversidad de sus desesperanzas. No hay límites, no hay fronteras sino un constante cruce de sistemas y sentidos: se bebe el cielo, mientras se enciende el GPS.

La mayoría de los cantos carece de título. ¿Cuál podría ser aquél que expresara el dolor sin traicionarlo? Muchos versos invitan al lector a partir de una serie de guiños: rupturas, sorpresivos signos que pretenden llevarnos fuera de los límites del discurso, cuando su única finalidad es internarnos en él de manera total, romper las resistencias, acabar con nuestras anteriores experiencias lectoras, desnudarnos, despojarnos incluso de nuestra piel. Para atraparnos en otro registro: la épica de un pueblo derrotado que huye no solo del hambre, sino también de la culpa y el odio, en pos de una esperanza inexistente.

Estas páginas pueden también leerse como dramaturgia. El personaje principal de esta tragedia es La Bestia y el coro su parvada de guadañas que devoran a hombres, mujeres y niños que suben esperanzados a sus lomos buscando otro horizonte: “tengo 11 años ahora y para siempre” dice una voz mientras es vomitada a pedazos.

Para proteger el horror, muchos cantos poseen títulos indescifrables, coordenadas ¿falsas o verdaderas?, escenas situadas al lado de las vías; describen infiernos migratorios que construyen silencio en la memoria del poeta. Memoria que preserva un sitio que es casi el paraíso. Reverso del universo de La Bestia, la casa paterna del poeta aparece como un posible remanso lírico, un transparente oasis en el centro del mundo que nos invita a protegernos del horror. La verdad de este espacio está documentada en la inusitada fotografía. Aunque cuando nos internamos en su sombra, este remanso desaparece:

Busco los rastros de la infancia como quien busca
una pepita de oro en la basura:
llego al pueblo, camino por la calle Central,
doblo en su esquina solar y allí, sin almendros,
al frente de este incendio sin fuego,
se yergue mi antigua casa en el centro del mundo.
Apenas me acerco, busco mis huellas, pero no encuentro ninguna.
[…]
Solo rescoldos aplastados por La Bestia del tiempo
sobre los duros y filosos rieles de la existencia.

No hay tregua, no hay descanso. El recuerdo es una traición, sumergirse en la memoria del pasado personal (lirismo puro) es dar la espalda al compromiso colectivo, por lo que el poeta rectifica:

(Debo desollar y tender, con estacas de sal en este libro,
el pellejo de mi corazón hacia los cuatro rumbos del dolor).

El silencio, falso machete que lo taja todo, es imposible. Solo la voz de la colectividad, el registro épico de los Caínes derrotados, que una vez se sentaran a su mesa y que hoy regresan de infiernos situados entre una y otra vía. No hay futuro, no hay destino feliz:

Dicen algunos que lo mataron los narcos,
otros, que sigue preso en la cárcel.
Ojalá Carlos haya montado en el tren de la tarde
para luego enrollar en sábanas de papel cebolla
su largo hachón de mariguana,
y así, en hondas bocanadas de niebla,
fumar a nuestra salud hasta desatar los nudos del odio,
del hambre, y ese agudo alambre de púas
que le ahorcaba la fruta podrida del corazón.

Los versos de este volumen cantan también silencio. El silencio que resuena, múltiple, en la memoria del poeta, que se mezcla con sus recuerdos de infancia para regresar a la casa paterna (ésta es una épica de la masculinidad, rota solo por la aparición de algunas cuantas figuras femeninas, entre ellas Las Patronas) para invocar la presencia del patriarca y sacrificar hasta el último resquicio de individualidad en aras de alcanzar la voz del dolor colectivo. En el lugar del corazón está la lengua, por eso el poeta no canta con palabras, sino con latidos colectivos. Y para entonarlos mejor busca los ecos tutelares de Cardenal y de Darío. 

Libro centroamericano de los muertos, canto de la desolación y la derrota,es una casa de muros anchos en la que habitan, vivos y muertos, todos los centroamericanos que han sido y serán tragados y vomitados por La Bestia. En su huida sin destino, una parvada de lenguas migratorias susurró al oído del poeta estos versos para dejar testimonio de este tiempo antes de ser devorados por la boca sin fondo del silencio.

 

Ester Hernández Palacios
Poeta y ensayista.

* Texto leído en la presentación de Libro centroamericano de los muertos el 18 de julio de 2018 en la librería Rosario Castellanos del FCE en la Ciudad de México.