Durante años, Liliana Pedroza recorrió México de punta a punta con una consigna: rastrear a las  cuentistas mexicanas que han sido olvidadas por el canon. El fruto de esa investigación es Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017, obra en la que la investigadora reúne a una pléyade de autoras que nos obligan a repensar nuestra historia literaria.

Liliana Pedroza
Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017
Universidad Autónoma de Nuevo León, 2018
200 pp.


El proyecto comenzó a tomar forma en el año 2000. Un buen día en Madrid, Liliana Pedroza (Chihuahua, 1976) comentó en voz alta una idea que desde tiempo atrás traía en mente: realizar un catálogo de cuentistas mexicanas. Las cosas existen cuando se nombran y a partir de entonces se dedicó a trabajar en lo que hoy es la Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 (Universidad Autónoma de Nuevo León).

De 2003 a 2005, la investigadora recorrió 31 estados de la república para rastrear a aquellas cuentistas que durante el siglo XX y principios del XXI trazaron ruta. El objetivo de la investigación es mostrar el “lado B” de los trabajos de Luis Leal, Bibliografía del cuento mexicano (1958); de Emmanuel Carballo y su Bibliografía del cuento mexicano del siglo XX (1988); y el Panorama crítico-bibliográfico del cuento mexicano (1950-1995) (1997), de Russell M. Cluff. “Quería hacer un catálogo historiográfico con nombres y títulos de mexicanas que han publicado cuento. Quise empatar las publicaciones de mujeres con el canon de Luis Leal, pero no calzaban. Imagínate, en su libro menciona a doce escritoras, cuando en realidad había ochenta”, explica en entrevista.

Pedroza descubrió que la evolución literaria femenina está apegada a los movimientos sociales no nada más a nivel general, como la Revolución, sino también a luchas sociales propias como el derecho al voto, la planificación familiar o el aborto. Sin ser una minoría, “las mujeres somos tratadas como tal”, precisa. Un problema más era el centralismo. Ni en los catálogos ni en las antologías de la primera mitad del siglo XX eran nombradas. Los estudios y las críticas se basaban en las publicaciones que llegaban a la capital. La cartografía de Liliana Pedroza recorre 108 años y reúne 512 autoras, 856 libros y 312 antologías. Además, revisa el desarrollo de 19 políticas culturales vinculadas a su tema.

Publicar a contracorriente

En 1910, año en que inicia el recuento, las mujeres rompieron varias cadenas. Abandonaron los diarios y las crónicas personales para atreverse a publicar. “Solían hacerlo con pseudónimo para no afectar su vida personal y poder labrar una trayectoria profesional”. María Elvira Bermúdez firmaba con el pseudónimo ‘Raúl Weil’; Asunción Izquierdo de Albiñana, como ‘Pablo María Fonsalba’; ella, desde el anonimato, ganó un concurso de El Universal Gráfico. Dado que estaba casada con un político prefirió mantener un perfil bajo y no fue a recibir el premio. “Un caso particular es el Dolores Bolio, quien publica su primer libro de cuentos bajo el nombre de ‘Luis Avellaneda’. En el prólogo incluyó un diálogo imaginario donde revela su verdadero nombre. Usó el nombre masculino como anzuelo para atrapar al lector”, precisa la investigadora.

Un primer repunte en el número de escritoras se dio a mediados del siglo XX. A nivel nacional, la mujer representaba el 50.7% de la población, mientras que dentro de la UNAM ocupaba la cuarta parte de la matrícula. Reflejo de ello es la fundación de revistas con participación exclusivamente femenina como Rueca, a finales de los cuarenta, creada por Emma Saro y Carmen Toscano, y El Rehilete, a cargo de Beatriz Espejo y con la participación de Rosario Castellanos. “Probablemente es el primer boom literario femenino. Actualmente se menosprecia a aquellos esfuerzos, pero sin duda representaron un punto de quiebre”. 

Más allá de la moda

Desde hace al menos treinta a años, las mujeres ocupan la tercera parte de la literatura nacional. No obstante, todavía enfrentan problemas para ganarse un lugar. “Socialmente encontramos trabas y tenemos la misión de demostrar que podemos ser mejores que los hombres. Siempre estamos en el punto de mira. Todavía encuentras antologías donde de dieciséis autores convocados, solo uno es mujer, y eso para cumplir con la cuota de género. Hay una imposición tácita que nos pide nuestro mejor trabajo”.

El recorrido cronológico de Historia secreta del cuento mexicano 1910-2017 registra un nuevo repunte de la literatura femenina a partir de los años ochenta. “Es una consecuencia de los movimientos feministas. Cada vez más mujeres acceden a niveles educativos altos y figuran más en la espera pública”. Pero para hablar de un auténtico boom es preciso llegar a la década de los noventa. “Ahí es cuando la producción y publicación no solo explota, también se mantiene en buen nivel. Entonces, por ejemplo, hay un grupo de autoras lesbianas que denuncian cómo son invisibilizadas por ser mujeres, lesbianas y en algunos casos, indígenas”.

En lo que va del siglo XXI, la novedad son las búsquedas temáticas y estilísticas de las escritoras. “Primero, la mujer trató de hablar de su función social, después habló de su papel en la historia y en la literatura. A partir de las autoras nacidas en los sesenta se plantean búsquedas que permean a hombres y mujeres, es decir, se habla de temas que incumben a ambos sexos. En medio de esta línea del tiempo, un momento interesante en términos de modernidad lo encuentro durante los cincuenta y sesenta, donde leemos una gran variedad y exploración de gente como Margo Glantz, Rosario Castellanos, Beatriz Espejo o María Elvira Bermúdez, escritora de cuento policiaco poco leída”.

Crítica patriarcal

Actualmente Liliana Pedroza prepara una colección cuento escrito por mujeres para la editorial regiomontana Atrasalante. “Queremos mostrar la evolución del cuento mexicano a partir de la participación femenina”. Añade que hay bastantes escritoras poco leídas u olvidadas. “Del periodo revolucionario solemos hablar de Nellie Campobello, recientemente rescatada por su tragedia personal. No es la única, hay más. Coronelas que dan testimonio de una participación femenina muy activa. Cuando se habla de esta época no se toma en cuenta a estas voces. Son mujeres con un perfil fuerte, aguerridas, con estrategias de guerra. Mujeres que a caballo luchan, matan y mueren. Nos estamos perdiendo de una visión importante de nuestra historia”.

Dolores Bolio, Laura Méndez de Cuenca, María Enriqueta Camarillo, Emma Dolujanoff Asunción Izquierdo de Albiñana, María Luisa Vera, Carmen Báez, María Elvira Bermúdez, Rosario Sanmiguel, Virginia Hernández, Elvira Aguilar, Patricia Laurent Kullick, Maritza Buendía, Sylvia Aguilar Zéleny, Magali Velasco Vargas, Vivian Abenshushan,  Liliana Blum, Edith Villavicencio y Aniela Rodríguez, son algunos de los secretos mejor guardados dentro de la literatura mexicana, enlista Liliana Pedroza.

La razón de su olvido u omisión obedece a que la crítica literaria es esencialmente machista. “¿Por qué las mujeres no estamos representadas en las políticas culturales a pesar de que conformamos la tercera parte de la literatura mexicana? ¿Por qué no estamos en las mesas, los jurados o en las antologías? La razón está en una visión patriarcal. Yo misma me tuve que descolonizar en ese aspecto. Al principio de la investigación me daba flojera leer a una mujer hablando de la cocina, la menstruación o la maternidad. Pensaba que la literatura era otra cosa. Nos enseñaron que tenía que ver con las grandes proezas de los generales o las pequeñas batallas individuales. El ámbito doméstico no era literario. A partir de la lectura de estas autoras pude descolonizar mi mirada”.

Concluye que algunas de las vacas sagradas de la crítica, como Christopher Domínguez Michael, son eminentemente machistas. “Él lo es, aunque diga que creció entre feministas. Su Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2005) ofrece una visión parcial y personal nada más. Por mi parte quise darles visibilidad a las escritoras de cuento más a allá de si son buenas o malas; ya será labor de lectores atentos y críticos serios investigarlas. La reivindicación se irá dando poco a poco, pero para ello hay que tratar de incidir en el lector”.  

 

Héctor González
Periodista cultural.